Libro B. Capítulo 6

Ya ha finalizado la votación para elegir el capítulo 6 del Libro A. La propuesta más votada ha sido la enviada por Alicia Bermejo. 

En breve tendréis disponible la continuación de este concurso, con novedades importantes. Permaneced atentos.

Este es el capítulo ganador:

Aquí podéis volver a leer el Capítulo 5

Capítulo 6

Más de dos meses llevaba Pablo intentando localizar a Javier, el número de teléfono que le había dado en la reunión de antiguos alumnos, parecía fuera de servicio, preguntó por él a otros conocidos y nadie supo darle razón. Le empezó a preocupar seriamente, era raro que tampoco Javier  hubiera contactado con él. Por eso, tal como hacía muchos días, casi por inercia, volvió a marcar el número, se sorprendió cuando oyó el tono de llamada y más aún cuando al cabo de unos segundos, una voz que no reconoció, murmuró un “Diga” con escasa energía.

-¿Javier? ¿Eres tú? ¡Oye!

-Si –contestó-.

-¡Por fin, tío! Llevo meses buscándote ¿Dónde te has metido? ¿Qué te pasa,    estas mal?

-Bueno, algo así, bien no estoy…han pasado cosas, ya te contaré…en otro momento -contestó con poco entusiasmo-.

-Me estas intrigando ¿te llamo otro día? ¿A este número o me das el de la oficina?

-No, no trabajo, estoy de baja, me puedes llamar a este mismo teléfono, pero te agradecería que dejases pasar unos días.

-Bueno, vale, como quieras, pero te llamare ¿eh?… me dejas preocupado, chico.

Pablo no quiso dejar pasar mucho tiempo, insistió con las llamadas y  finalmente consiguió que Javier  accediera a recibirlo en su casa. Le costó reconocer a su amigo en la persona que  abrió la puerta, demacrado y visiblemente más delgado -aunque parecía recién aseado para la ocasión- por lo que tuvo que hacer gala de grandes dotes de disimulo para aparentar una total normalidad. No hizo falta un interrogatorio para que Javier comenzará a contar lo acontecido en los últimos meses, como si al hacerlo pudiera descargarse de unos sentimientos largo tiempo enquistados.

Empezó por relatarle el descubrimiento de Sara en los juzgados, su posterior cita y su “no encuentro”. A partir de ese momento –reconoció- fue cuando cambio el rumbo de su encauzada y –más o menos- organizada vida.

Su amigo se dispuso a  escuchar sinceramente interesado, lo que preveía iba a ser una larga confidencia, dejando que hablara sin interrumpir su monólogo y asintiendo con ligeros movimientos de cabeza de vez en cuando, al tiempo que iba dando cuenta del whisky que le había servido.

Estaba realmente resentido con ella  -empezó diciendo-  según pasaban los días se le iban ocurriendo ideas –a cual peores- para darle un escarmiento por lo que él consideraba un premeditado desprecio. -Pablo se removió en la butaca que ocupaba frente a Javier, se estaba inquietando, a medida que éste hablaba-

-Me dediqué a buscar todo tipo de información relativa a Sara, a través de las redes sociales y  de foros, no me fue difícil, al fin y al cabo es una abogada con cierto renombre y según descubrí, muy bien considerada profesionalmente por sus colegas. Y cuando recopilé  los datos necesarios para mis propósitos, comencé  a actuar. -Por un momento Javier dudó como si buscara la mejor forma de continuar la historia y Pablo hizo un leve gesto con los ojos interrogándole-.

-Pues lo que hice, ni más ni menos, es presentarme en cada juicio donde Sara ejercía de abogada y montar un “numerito”, eso sí, debidamente camuflado, no quería que ella me descubriera. Lo que pretendía era distraerla  y entorpecer su actuación. Así un día simulé un desmayo en las últimas filas de la sala, te puedes imaginar que se interrumpió todo hasta que  el Samur  me sacó de allí

-Otra vez y escudado en mi carnet de periodista, pude acceder a los Juzgados acompañado de una pandilla de chavales, a los que hice pasar por becarios de mí periódico los cuales, según mis indicaciones,  una vez dentro  procuraron hacer  todo el ruido y alboroto posible, hasta que el juez ordenó su expulsión.

Así, una tras otra, fue enumerando cada una de sus fechorías, mientras Pablo se iba convenciendo por momentos de que su amigo, definitivamente,  había perdido el norte. Posiblemente si hubiera sabido todo lo que aún le quedaba por descubrir de aquella historia, habría inventado algún pretexto para salir de allí.

Tras una pausa, significativamente más larga, Javier cambió la expresión taciturna que hasta entonces mostraba y su rostro reflejó un sentimiento colérico, que acompañó a su siguiente confesión.

-Pues como te digo, esa fue mi mayor ocupación durante unos meses.  Mi estrategia empezó a dar los resultados que yo esperaba. Sara perdió varios de los  juicios y pronto se oyeron críticas negativas acerca de su competencia como abogada… pero ella -que como tú sabes es muy lista-  investigó, dedujo y ató cabos, así es como llegó a la conclusión de que yo andaba detrás del lío. Intentó ponerse en contacto conmigo, pero yo desaparecí –aprovechando un desplazamiento temporal al que me ofrecí voluntario- y no contesté ninguna llamada de teléfono, excepto las de mi jefe, ¡de ese no hay forma de librarse!

 

A estas alturas Pablo comenzaba a dar señales de intranquilidad, miraba el reloj cada poco tiempo y ya no seguía con tanto interés la descabellada historia de su amigo, por eso hizo un vano intento de despedirse inventando sobre la marcha una excusa, pero Javier le detuvo llenando otra vez su vaso y ofreciéndole algo de comer, ya que tenía –según dijo- que explicarle lo más importante. Con gesto de seria preocupación Pablo se dejó caer nuevamente en el sillón, resignándose a seguir oyendo la cada vez más enrevesada historia de su amigo.

-Pues como te iba diciendo –continuó Javier- regresé a Madrid casi tres meses después de todo esto y entonces comenzó mi plan B…que por supuesto ya tenía suficientemente planificado.

-¿Qué me dices? ¿Seguiste con el tema? ¡No me lo puedo creer! Chico, perdona, pero creo que tú no estás bien…

-Verás, ya te cuento. Si primero ataqué por el lado profesional, a la vuelta de mi “escapada”, me dedique  por entero al plano personal, así me informé a conciencia –con ayuda de una agencia de detectives, ya sabes ahora están a la orden del día y tampoco son excesivamente costosos- de dónde, cómo y con quién vivía Sara, y entonces la llamaba a horas intempestivas, con amenazas y hasta insultos, sin identificarme por supuesto. La seguía para enterarme como era su vida y así fue como descubrí que vivía sola pero tenía una sirvienta que acudía diariamente a su domicilio, a la cual incorporé fácilmente a mis planes, sin percatarme que iba a ser ella la causante de que este asunto diera un giro de 180º. Aunque obviamente con otras intenciones, entable amistad con esta muchacha, bueno, espera… que no te he dicho  que es una joven  espectacular,  morenita, veinticuatro añitos -colombiana por más señas- simpática, cariñosa y agradable en el trato… ¡no te puedes hacer idea! ¿Te puedes creer que me enamoré de ella?

-¿Cómo? ¡A estas alturas no sé si creerte o pensar que esto es una broma!

-¡Que no! Que es verdad, que estoy perdidito por ella.

-Bueno, pues ya está entonces ¿no? Fin del cuento, se casaron y fueron felices.

-Eso quisiera yo, pero ocurrió que entremedias de todo esto, la bruja de Sara me volvió a descubrir y me denunció por acoso, demostró sus buenas artes como abogada y yo dormí una noche en el calabozo y salí de allí con una orden de alejamiento y esta pulsera –Javier se remangó la camisa hasta entonces con los puños abrochados, para mostrarla-. Y aquí es donde vas a entrar tú.

-¿Yoooo?

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Libro B y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s