Al despuntar el alba (Contxa Ramírez)

Una voz desgarradora acompañada de fuertes golpes en la puerta y el estridente ring del timbre a las dos menos cuarto de la madrugada, despertaron al inquilino del tercero segunda, en él ciento cincuenta y ocho de la Avenida Roma, truncando su sueño antes de despuntar el alba.

-¡Abre, ábreme!  ¡Ábreme, por favor! -.

Como tenía por costumbre se levantó casi a oscuras. Visiblemente aturdido avanzó a tientas por el pasillo, aprovechando la tenue luz que filtraban las rendijas de la persiana, procedente de la farola de la calle.

 -¡Ya va!-

De mala gana se dirigió a la entrada para abrir la puerta. Las llaves no estaban echadas, no recordaba con claridad que había hecho al llegar a casa, le dolía la cabeza horrores y los gritos procedentes del descansillo le resonaban de manera soez en los oídos.

¿Se puede saber qué demonios pasa? Masculló retóricamente para su fuero interno. 

Con su mano izquierda  bajó la maneta y bastó desplazar a penas unos milímetros el pestillo del cerrojo (sorprendentemente cerrado)  para que la puerta se abriera violentamente.  Sólo su pié izquierdo ligeramente adelantado, evitó que le golpeara en  la cara.

La mujer, traspasó el umbral jadeante, con el rostro desencajado y temblando toda ella, derrotada, ajada. Andaba de un lado a otro del comedor, ante la atónita mirada de su desconcertado espectador. En su torpeza, tropezó con la alfombra y chocó lateralmente contra el tabique. Entonces, se giró despacio y se dejó resbalar por la pared entre  ahogados sollozos regados de lágrimas saladas.

Todavía taciturno y descolocado, corrió hacia ella para evitar que cayera. La rodeó con sus fuertes brazos e intentó calmarla estrechándola fuertemente contra su pecho. La sentó con ternura en el suelo sin soltarla, envolviéndola en un cariñoso abrazo, asiéndola por las manos con suave energía, mientras la mojada cabellera de ella le humedecía la cara y refrescaba sus adormecidas fosas nasales incapaces aún de oler  nada.

En esa intempestiva hora  y envueltos en la penumbra no podía razonar con calma. La cabeza le seguía doliendo; desafortunada elección la de tomar esa última copa de Jack Daniel’s, el de siempre, el clásico de la botella cuadrada,  de intenso color  y ese  penetrante sabor maduro que le da el tiempo de reposo en barrica.  Sin duda un whisky  excelente, pero ahora sentía que los sesos le iban a estallar y lo lamentaba.

Hizo acopio de fuerzas con el intento de dominar la situación y tranquilizar a Leticia o a él mismo quizá.  

 -¡Cálmate por favor! A ver, date la vuelta, mírame a los ojos y cuéntame que ha pasado. –

Pero ella opaca a sus palabras seguía sollozando. Los latidos desordenados de su  corazón golpeaban intensamente contra sus voluptuosos senos, lacerándola a cada impacto, estrechando cada vez más su diafragma hasta producir un insufrible vacío interno. Sólo el  reparador calor del cuerpo que la contenía, fue acompasando paulatinamente esas desbocadas palpitaciones, sosegando  muy lentamente su ritmo cardíaco, invitándola a abandonarse tímidamente a su protector.

-¡Estás helada cariño y me estas asustando!-

Hubo un profundo suspiro y una pausa. Ella levantó su cabeza y giró lentamente su rostro. Miró a su hermano a los ojos y de sus temblorosos labios salió un tímido sonido con sabor a ausencia, como el viento que se cuela por el resquicio de la ventana que no encaja, como el oír del viento en la lejanía y que él escuchó con incómodo temor.

-Se ha ido-.

La gélida voz, casi inaudible abrasó el corazón de su interlocutor y necesitó un tiempo para recomponerse de esa temida afirmación, dejando que un silencio sepulcral volviera a invadir la estancia.  La forzada postura de ella con sus piernas dobladas y ladeadas la incomodaba más si cabía, a la vez que deseaba permanecer aferrada a él como aferrada a la vida o aferrada a la nada, entretanto la oscuridad, ocultaba la lividez de su cara. Mantuvo la respiración reteniendo el llanto como la araña retiene a su presa, amarrándola fuerte en su tela e inmovilizándola,  logrando al final que su garganta volviera a soltar un lastimoso  hilo de voz, violando el silencio, quebrando el alma.

-Ya me ha dejado, ya se ha ido, nos ha dejado… – Musitó quedo y repetidamente en una casi imperceptible cantinela.  –Nos ha dejado, nos ha dejado, nos ha dejado…-

Entonces el desconsuelo de ella se apoderó de los dos sumergiéndolos en una nube de dolor. Era evidente que se trataba de su mejor amigo y se derrumbó.  Su hermana se había dedicado a él en cuerpo y alma,  propiciando  toda clase de cuidados, atenciones y cariño más allá de su deber como esposa, antes y durante el transcurso de su  cruel y larga enfermedad.  Días a tras parecía haber mejorando  y sin embargo hoy se había apagado la llama.  Al fin descansaría en paz.

Y allí y así se quedaron los dos quebrados en el suelo, pecho contra espalda, uno abrazando y otra dejándose abrazar y de esta forma permanecieron por tiempo indefinido, pesarosos, aletargados, adormecidos, mientras por la ventana entre abierta de la habitación, llegaban sordos sonidos de sirenas lejanas.

De pronto algo sobresaltó a Marcos.

Una voz desgarradora acompañada de fuertes golpes en la puerta y el estridente ring del timbre le despertó, a las dos menos cuarto de la madrugada, en el tercero segunda, del ciento cincuenta y ocho de la Avenida Roma, truncando su sueño antes de despuntar el alba.

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4 respuestas a Al despuntar el alba (Contxa Ramírez)

  1. Buf, ¡qué miedo! Me ha gustado mucho, un dominio maravilloso de las palabras y un final genial. Me ha encantado eso de “un tímido sonido con sabor a ausencia” precioso. Enhorabuena.

    • concha ramirez dijo:

      Muchas gracias Estefanía. Agradecida por tu lectura, complacida por tu comentario y contenta de que te haya gustado. Gracias.

  2. Nelaache dijo:

    Muy buena historia. Logras crear inquietud y que el lector se sorprenda al final, casi como el ring que le despierta. Enhorabuena

  3. contxa ramírez dijo:

    Nelaache muchas gracias. Agradezco mucho tu lectura y el comentario, me complace que te guste. Muchas gracias de nuevo.

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