Sueños (Estefanía Jiménez Alcántara)

            Todas las puertas se cerraron a la vez haciendo ese ruido atronador tan familiar. Era en esos momentos cuando uno realmente se sentía carente de libertad. Pronto todo se quedaría a oscuras y no habría otro remedio que tumbarse en la cama e intentar dormir. Aquello a veces era un alivio pues uno siempre estaba deseando que pasara el tiempo lo más rápido posible allí dentro.

            Sin embargo; cuando no estabas lo suficientemente cansado para caer dormido en el acto, aquellas horas antes de conciliar el sueño podían ser realmente terribles. Dicen que es por la noche cuando te asaltan los pensamientos más pesimistas. La verdad es que cuando estás en prisión con una pena por cumplir, y eres joven además, la mente no está por la labor de ofrecerte imágenes demasiado positivas para alegrarte la vida, sea de noche o de día. No obstante, ciertamente, las noches eran crudas allí dentro, el frío no se apaciguaba, el miedo no te dejaba dormir. Tan solo pensar en cerrar los ojos ya daba pavor porque después vendrían los sueños, las pesadillas…

            Antón solo llevaba dos meses allí, y todos le habían dicho que con el tiempo se acostumbraría; pero él no dejaba de llorar en esas horas terribles. Cuando las puertas se cerraban, cuando las luces se apagaban, él enterraba su cara en la almohada y se abandonaba a un llanto desesperado lleno de angustia. Las primeras semanas su compañero de celda, un chico apodado “el Lupa”, se había burlado de él. Había gritado a voces en el patio que era un “moña” que lloraba por las noches. Una noche se levantó de su catre y le golpeó con todas sus fuerzas para que se callara. Desde entonces, Antón había llorado aún más en silencio, como habría hecho de estar en casa.

Aunque lo que nadie sabía era que Antón no lloraba por la libertad perdida; para él hacía años que tal cosa ya no existía. Añoraba su pasado, aquel que jamás regresaría, aquel que recordaba que había sido en un tiempo remoto. Sólo tenía sus recuerdos, apenas unos vagos resquicios de momentos felices, demasiado pocos en su vida, demasiado lejanos ya.

Cada noche, cuando al fin cerraba los ojos, podía recordar aquel tiempo en el que el miedo no lo atormentaba. Tiempo atrás, él había sabido lo que era la felicidad. Había tenido unos padres cariñosos, unos amigos divertidos, cosas bonitas, momentos gratos que atesorar. Ahora tan solo le quedaban los recuerdos, y cada día que pasaba, éstos se volvían más difusos.

Sin embargo había uno que jamás se borraría. Hacía años, Antón había poseído un gran poder. Uno que nadie más poseía aunque todos hubieran soñado tener, y eso le hacía sentirse especial y diferente. Jamás se lo había contado a nadie por miedo a que no lo creyeran y se burlaran de él, pero daba igual quién lo conocía o no, él sabía de sobra que ese don era autentico.

Antón era capaz de hacer sus sueños realidad. Tan sólo debía soñar con algo hermoso y ese sueño se cumplía. Una vez soñó que los Reyes Magos le traían una bicicleta último modelo. A la mañana siguiente su nueva bicicleta estaba allí, deslumbrante, rodeada de juguetes y caramelos. Otra vez soñó que iban a la playa. Una semana después, Antón hacía castillos de arena con su madre y su padre, luchando entre risas por evitar que las olas los derribaran.

Fueron muchos los sueños bonitos que tuvo Antón, y muchas las veces en las que los pudo ver hechos realidad. Era tan feliz… ¿Dónde habían quedado aquellas emociones? Las sentía tan lejanas ahora que incluso dudaba que alguna vez hubieran existido siquiera.

 

Porque por desgracia todo acabó un día, un fatídico día en el que el miedo se adueñó de él y eso lo destrozó todo. Porque el miedo trae malos pensamientos, y los sueños se vuelven pesadillas con los malos pensamientos.

Así fue como todo comenzó, con el miedo. Sintió miedo cuando vio a su padre aquel día sentado en el sofá con la cabeza entre las manos cuando debería estar en el trabajo. Sintió miedo la primera vez que él llegó borracho y se puso a gritar a su madre, cuando la vio sangrar, cuando ella apareció a la mañana siguiente tratando de ocultar el ojo morado con unas gafas oscuras.

Sintió verdadero terror cuando su padre alzó el cinturón contra él aquella primera vez, y cada vez que descubría sus escondites y lo sacaba de allí a rastras para  golpearlo. Temía cuando los maestros le hacían preguntas, cuando los niños se burlaban de él cuando se orinaba encima.

Antón creció rodeado de miedo, miedo que le provocaba terribles pensamientos, pensamientos que le provocaban terribles pesadillas. Y así, aquel don que antes convertía sus sueños en realidad, acabó haciendo lo mismo con aquellas crueles pesadillas, haciendo que él tuviera que revivirlas una y otra vez cada día…cada noche…

Pero, aunque él no lo sabía entonces, aquel horror todavía podía ser peor, y una noche lo descubrió. Guiado por sus sollozos, buscó a su madre por todo el piso. La encontró caminando desorientada por la cornisa de la ventana del dormitorio, diez plantas por encima del duro suelo. Se quedó paralizado ante esa imagen: su cara destrozada por los golpes, su camisón empapado de sangre, su rostro desgarrado por el dolor y la desesperación. Deseó con todas su fuerzas gritarle que entrara pero… tuvo miedo… ella cayó.

            Sin ella allí todo se volvió brumas. Su padre regresaba borracho todos los días y lo buscaba, le hacía mucho más daño que antes ahora que no estaba su madre para ofrecerle resistencia. Deseó tanto desaparecer… Pero por aquel entonces sus deseos estaban velados por el horror y nunca lograba hacer sus sueños realidad, tan sólo las pesadillas venían a él. Después, tumbado en la cama molido por los golpes, recordaba impotente cómo antaño había logrado todo con sólo desearlo mucho.

            Y en aquel mundo de oscuridad, dolor, y miedo en que se había convertido su vida, llegó el día en el que el pánico logró enajenarlo por completo. Su resistencia se desvaneció, su mente se quebró y todos los sueños se convirtieron en terribles y crueles deseos.

            El poder que antaño había poseído para obtener cosas bonitas regresó para hacer el mal y su padre fue su víctima. Le hacía tanto daño aquella noche… estaba tan desesperado y deprimido… Deseó con todas sus fuerzas que los golpes cesaran, que su padre sufriera por mil el dolor que él padecía. Y su deseo se cumplió. Sin apenas ser consciente de lo que había pasado, Antón, aturdido por los golpes, había mirado a su alrededor y había descubierto el motivo de que su padre de repente estuviera tan callado. Su cuerpo se desangraba y daba sacudidas, mientras de su boca se escapaban horribles borboteos. El suelo de la cocina que su madre siempre había mantenido inmaculado se teñía de rojo mientras Antón miraba casi sin ver aquel enorme cuchillo de cocina que sobresalía del cuello de su padre. ¡Él había matado a su padre! En aquel momento fue incapaz de sentir lástima. Sólo sentía rabia y odio, desconcierto y dolor. Miedo.

Ahora, tumbado en su desmadejado catre en el centro de menores, no podía controlar las lágrimas. Y era incapaz de entender por qué no lloró entonces, cuando su padre extendía las manos desesperado hacia él.

            Lloraba por todos los recuerdos felices de ayer, aquellos que jamás volverían. Por su pobre madre que tanto había llorado antes que él, tanto que buscó una desesperada liberación en la muerte. Incluso lloró por su padre. A pesar de tanto daño, a pesar de tanto miedo… ¡Era su padre! El mismo con el que construyó antaño castillos de arena en la playa, el mismo que le enseñó a montar en bici… Su padre, al que él había arrebatado la vida.

            Pero principalmente, lloraba por todos esos deseos que habría podido obtener si no hubiera perdido su magnífico don. Aquellos sueños maravillosos que lo habrían llevado hacia un iluminado camino de felicidad. Pero ahora sus sueños eran pesadillas y sus deseos muerte. En lugar de caminar feliz con sus seres queridos, estaba allí penando, en una oscura celda, acompañado por un muchacho tuerto apodado “el Lupa”, que no dudaría en golpearlo si descubría que de nuevo estaba llorando como una “nena”.

            Observó la silueta de su compañero. Su respiración era regular y sus ronquidos suaves revelaban un sueño tranquilo.  Lo envidió, deseó poder soñar para siempre. Cerró sus ojos y aspiró el tórrido aire de la celda. Sacudió su cabeza y se esforzó un poco más. ¡Aquella noche lograría volver a soñar, alcanzaría ese mundo de sueños que desde hacía tanto se le resistía! Pronto lograría rozar con sus dedos todos los hermosos deseos reprimidos dentro de su corazón… ¡Deseaba tanto volver a abrazar a su madre! ¡Recuperar a su padre, el de antes de tanto dolor!

 

Nadie se extrañó demasiado por la suerte de aquel triste y débil muchacho. Algunos internos curiosos se agolparon en la puerta de la celda a la mañana siguiente, pero no demasiados hicieron preguntas, en realidad a nadie le importaba lo que había pasado. “El Lupa” explicaba a todo aquel que quisiera escucharlo, que había intentado despertar al chico y al sacudirlo se había dado cuenta de que estaba “tieso”.

Sin embargo, en ningún momento confesó que durante la noche había creído escuchar a Antón hablando con alguien, tampoco que cuando entreabrió los ojos vio que el muchacho se alejaba por el pasillo junto con un hombre y una mujer, los tres felices y riendo. Por supuesto no dijo a nadie que su corazón casi se paralizó cuando descubrió que en realidad Antón aún estaba tumbado en su cama, inerte y pálido.

            ¿Cuáles fueron los sueños que poblaron la mente de Antón aquella noche? Tal vez el miedo desapareciera por fin de su corazón. Quizás, después de tanto tiempo de sufrimiento, fue capaz de encontrar esos sueños perdidos largo tiempo atrás. Buscó en lo más profundo de su alma y encontró su más ansiado deseo, aquel que con más fuerza necesitaba hacer realidad.

            ¿Quién podría negarle ahora que tenía el don de hacer realidad sus deseos? Cuántas veces en todos aquellos días de dolor y agonía, no habría soñado aquel infeliz con recibir la muerte y que sus padres vinieran a buscarlo, que todo fuera como antes. 

Conoce más de la autora en http://ecosdeladistancia.wordpress.com/
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8 respuestas a Sueños (Estefanía Jiménez Alcántara)

  1. Nelaache dijo:

    Me ha gustado el relato y lo considero muy actual por la temática en la que profundiza, pero no acabo de entender ese cambio que se opera en el padre de modo un tanto repentino. Por lo demás, muy bien relatado. Se lee con interés.

  2. Gracias por tu comentario y por dedicarme tu tiempo 😀

  3. Isabel Antequera dijo:

    La piel de gallina, muy bonito. Transmites a la perfección la desesperación, el dolor y la esperanza de ese delgado muchacho. Enhorabuena.

  4. concha ramirez dijo:

    Yo no soy quien para opinar ya que no tengo bagaje literario, pero creo que es un relato valiente, con fuerza e intención, con un último guiño a los sueños que poblaban su mente. Enhorabuena.

  5. concha ramirez dijo:

    Yo no soy quien para opinar ya que no tengo bagaje literario, pero creo que es un relato valiente, con fuerza e intención, con ese último guiño a los sueños que poblaban su mente. Enhorabuena.

  6. David Rubio dijo:

    Excelente relato. Has conseguido combinar la violencia de género, con un punto de género fantástico para reforzar la intensidad del texto. Felicidades

  7. Sonia dijo:

    Mientras lo leía,pude ver las escenas perfectamente,tampoco soy palabra autorizada,pero lo he vivido!una historia impresionante,tan humana,tan real!Te felicito!

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