El ático (Carolina Garcés)

Los soportes de madera crujían por las caricias que mis tacones les estaban legando. Mis ojos se dejaban guiar por la silueta de mi cuerpo que se reflejaba en la oscuridad, gracias a ese débil rayo de luz que se infiltraba por la ventana.

El sonido de mis pisadas era cada vez más fuerte al igual que los latidos de mi corazón. Sentía cómo la sangre corría como una liebre a través de esas líneas azulosas que dibujan mis venas. Estaba muerta de pánico y las escaleras eran interminables. No entiendo por qué caminaba a tientas. Estaba sola en casa y Mario, mi marido, llegaría bastante tarde.

“Cariño, tengo una cena de negocios con Alberto; mi compañero de la ‘uni’, ¿lo recuerdas?, el que te tiraba la caña antes que yo, no te hagas”, de esa manera Mario me advirtió, minutos antes, tras una llamada, que ya lo vería al despertar.

Su vida era esa. De la casa al trabajo y del trabajo al ático. Éste era su lugar favorito del piso y allí era donde me dirigía yo con tanto sigilo.

Continuaba avanzando. Me negaba a encender las luces. Eso sí, cuidaba con esmero las puntas de mi falda para no arrastrarlas. Era cara y de mis preferidas y aunque no la había pagado yo era consciente de que Mario curraba duro para darme mis ‘gustitos’ y no la iba a echar a perder por dármelas de detective.

Por fin alcancé el último escalón. Sentí tanto alivio que seguramente mi suspiro aturdió a la única compañía que tenía en ese momento: la soledad. Posé mis dedos sobre el amarillo bronce de la manija de la puerta. Le di vueltas lentamente y poco a poco se fue abriendo. Desvié mi otra mano a un costado para lograr encender la luz. Por varios segundos manoseé la pared hasta que lo logré. Otro suspiro se evadió de mis pulmones.

Mis ojos no se sorprendieron. Estaban frente al ático de mi apartamento. Un lugar que respiraba limpieza. Todo estaba en su puesto. Las carpetas ordenadas por colores. Los libros por temas y tamaños. El negro de la gigantesca tele empotrada en la pared brillaba tanto que al acercarme me pude ver. El escritorio solo estaba habitado por un porta lápices y la estampa de una familia feliz, es decir, la mía. Una enorme sonrisa que se desprendía de las bocas de Sebastián, mi hijo; Mario y yo daban fe de ello.

En esa habitación de no más de 12 metros cuadrados, no parecía haber nada raro. Lo inusual era que Mario no dejaba que nadie sucumbiera en ella. Por eso mi enorme curiosidad en entrar, y qué mejor oportunidad que aquella noche en que iba a estar absorto en su reunión de negocios con Alberto. A propósito, claro que lo recuerdo. Tenía al pobre ilusionadísimo hasta que llegó Mario y me engatusó con sus deliciosos besos. Ummmm. Se me pone la piel de gallina al pensarlos en mis labios.

Empecé a abrir cajones con delicadeza. En todos había papeles minuciosamente ordenados. Las hojas no se dejaban ver arrugadas ni con las puntas para arriba. Era como si Mario las plancharas cada día.

Las películas que estaban junto al DVD también lucían impecables. Se hallaban ordenadas por género. Solo unas cuantas parecían desentonar en la ‘pasarela’. Parecían no haber sido bautizadas con ningún nombre y apellido. Con mis largos dedos saqué con cuidado la primera. La retuve en mis manos intentando sacar letras de una caratula que no decía nada. Con los dos pulgares separé la caja y, como era de esperarse, dentro encontré un CD, donde tampoco reposaba ninguna letra. Me dije “debe estar vacío. Seguro Mario lo compró para grabarse una de sus series”. Al darle la vuelta, esa sombra que indica que cierta parte del disco está ocupada, admitió que efectivamente allí había algo.

Obviamente quise saber qué era. Encendí la tele y el reproductor, inserté el CD y al principio no se entendían bien las imágenes. Se veía la silueta de un hombre de espaldas. Estaba muy oscuro todo. De repente la luz brilló y apareció Mario en la pantalla. Un grito de espanto invadió la habitación al mismo tiempo que una ráfaga de aire entraba. La puerta se cerró con un estruendoso azote.

No lo podía creer. Empecé a llorar desesperada. Mario, mi Mario estaba frente a mi nada más y nada menos que vestido con mi ropa interior. Qué era eso. No lo entendía. Baila y se tocaba hasta el orgasmo una y otra vez. Me sentía asqueada, confundida e inmensamente triste. Sin embargo, no podía parar de mirar los vídeos. Los observé todos. Con tal desprecio que me vomité cada que pude. Me ahogaba en mis propios sollozos. Afortunadamente Sebastián se encontraba en Miami con sus abuelos de vacaciones. No tenía fuerzas ni cara para explicarle que su padre era un maldito maricón, que se había burlado de mí, de los dos.

Ya entendía dónde iban a parar mis bragas y sostenes. Cada semana me traía de regalo un ajuar nuevo y al otro día desaparecía. Esa era la excusa de sus imparables obsequios. Cerdo asqueroso. Hasta usó mi traje de novia para su ‘rodaje’. Cómo pudo hacerme esto. Me siento humillada, sucia. Tantas veces que me he comido su polla sin saber dónde la ha metido.

En medio de mi llanto incontenible escuché la llave perforar la cerradura. Me quedé muda.

Adivinaba cómo transitaba despacio para, según él, no despertarme. Vaya sorpresa la que se llevó al no encontrarme en la habitación. “Amor ya he llegado. Pensé que dormías. Dónde te has metido”, me saludó a la distancia.

Supongo que al ver encendida la lampara de arriba subió a toda carrera. Percibí sus pasos desesperados. Yo lo esperaba sentada en el suelo con unas lágrimas teñidas de negro que resbalaban sobre mis mejillas. Mis ojos se clavaron en los suyos como un puñal. Su rostro palideció al ver la peli que rodaba en la pantalla, donde él era el protagonista. Sus manos temblaban y el sudor visitó su frente.

Se me acercó y me tomó de las manos. “Te lo puedo explicar. No es lo que parece. Te amo”, repetía sin cansarse. Nunca más volví a musitar palabra. Era como sí el impacto me hubiera dejado muda. No quería hablarle. Lo único que me daba era repugnancia. “Contesta algo amor. Dime que me crees”, agregaba.

Solo lo miraba. Las lágrimas seguían escurriéndose. Por fin se calló y se sentó a mi lado. El silencio de ambos petrificó el ático, que cada vez olía más a indiferencia y ofrecía un frío que helaba mis entrañas.

“Está bien. Tengo un fetiche con tu ropa interior. Cada que terminamos de hacer el amor espero a que te duermas para subir hasta aquí y probármela. Se suponía que esos vídeos eran para compartirlos entre los dos. Sin embargo, un día que te fuiste de viaje y bebí un poco con Alberto aquí en casa, le mostré el primero y nos pusimos tan cachondos que nos acostamos. Desde ese día no hemos parado. Por eso ves tantas grabaciones. Las hago para él. Esto no quiere decir que no te ame. Tú eres la mujer de mi vida, pero él; el hombre de mi vida. También lo amo endemoniadamente”, me explicaba Mario con un cinismo que me llevó a hablar de nuevo.

¡Cálleteeeeeeee! No te quiero oír más. Lárgate de mi casa. No te quiero volver a ver. No eres más que un maricón que se esconde bajo sus finos trajes. No te has puesto a pensar qué dirá Sebastián cuando sepa todo esto. Me repugnas.

“Ni te atrevas a decirle nada al niño. Si él se llega a enterar, te mato”, insinuó con soberbia.

Pues se lo contaré. Ya Sebastián es grande y aunque le vaya a causar una pena, tiene que saber la verdad. Llamaré a mi madre ahora mismo para que lo traiga de vuelta.

“Ni te atrevas Laura”, me dijo deteniéndome fuertemente con su brazo. Suéltame cabrón de mierda. El niño sabrá quién es en realidad ese padre a quien tanto admira. “Que no lo hagas, Laura. Juro que te mataré”, insistió.

Me le solté y corrí hasta la puerta. Me alcanzó dando un estremecedor tirón a mi pelo y me tumbo al sillón. “No lo quería hacer, pero me has obligado”, me dijo mientras ponía uno de los cojines del sillón en mi rostro.

Forcejeamos un montón. Le di cachetadas, le clave mis dientes en su inmunda piel. Traté de defenderme sin piedad, pero fue inútil. Mi respiración se fue agitando hasta desfallecer. “Qué he hecho, qué he hecho”, gritaba Mario desesperado con las manos en la cabeza. “Tendré que desaparecer el cuerpo”, agregó.

Salió del cuarto hacía el sótano. Al regresar traía la sierra con la que solía cortar las ramas que estorbaban a los árboles del jardín. Desmembró una a una las partes de mi cuerpo. Las metió en una bolsa plástica junto con las sábanas teñidas de sangre y las lanzó en un basurero ubicado a las afueras de la ciudad. “Tengo que escapar. Nadie creerá que Laura ha desaparecido por que sí”, se decía mientras hacía el intento de conducir.

Durante varios días Mario permaneció encerrado en casa. Justo un día antes de que Sebastián regresara de sus vacaciones fue hasta la policía y se entregó. “He matado a mi esposa, porque descubrió que todo este tiempo le he sido infiel con otro hombre. Le iba a contar todo a mi hijo y eso sí que no se lo iba a permitir”, confesó con mirada extraviada. 

Mario fue ingresado a la cárcel, donde pagaría una condena de más de 40 años. Al enterarse de que pasaría el resto de su vida allí, se suicidó. “Total contagiado de VIH, es poco lo que me quedaba por vivir”, consignó en una trozo de papel arrugado que dejó junto a su cuerpo inerte. 

Noooooooo, ¡Mariooooooooo! Desperté sobresaltada. Uffffffff, menos mal fue solo un sueño. 

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4 respuestas a El ático (Carolina Garcés)

  1. David Rubio dijo:

    Me encantó. El relato te va llevando y te atrapa, que es lo que se pide a un buen relato. Creo que no haría falta que fuera un sueño, así sería más contundente. Felicidades

  2. Coincido con David. Es genial. De todas formas hay tantas historias super descabelladas que son reales que no es necesario que sea un sueño.

  3. Ángela dijo:

    La historia me gusta, está bastante bien, pero la forma está un tanto descuidada.

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