Hanna (Chapter one) (Santo Alcibíades)

Langley me había enviado a Buenos Aires y ahora me encontraba en un cuartito de los suburbios con aquel problema. Hannah me miraba fijamente desde la profundidad de sus ojos azules, ríos de rojizos rulos surcaban su rostro intenso y hermoso, parecía como agazapada y vagamente me parecía irreal, como una pantera al acecho. Samir, sentado en suelo y con sus manos esposadas a la espalda nos miraba a los dos y no demostraba temor, parecía no darle importancia a mi Beretta que apuntaba firmemente entre sus ojos. La israelí me dijo de pronto con su voz grave y su acento gutural:

-Tenemos a Samir pero que hacemos si no localizo a Eric…?

Sabía donde quería llegar Hannah y eso eran dificultades para mí, había localizado a Samir para el pequeño grupo de la Mossad y esa era toda mi misión… sólo que ahora parecía que había quedado en el medio.

-Hanna -le dije despacio- debes esperar a Eric, la tarea ahora es de tu jefe.

-Sí pero… ¿que hago con el bandido?

Samir seguía la conversación siempre como desinteresado, comencé a preocuparme ¿tendría algún as en la manga? Decidí que debíamos salir de allí de inmediato, con Samir o sin él.

Miré a Hannah.

-Debo matarlo -me dijo ella suavemente.

Me pareció que Samir pestañó, de pronto habló con su extraño acento:

-Eso te convertirá en asesina y en este país hay leyes…

Hanna seguía mirándome fijamente y su expresión era como abstraida. Sus sensuales formas se desdibujaban en la penumbra; no obstante, su exótico y bello rostro parecía irradiar el cuarto. La mirada azul seguía petrificada en mí.

-Bob -me dijo con su voz suave- este bandido ha asesinado sin hacer distingos entre culpables e inocentes. Ha matado por fines políticos pero no ha discutido sus sentencias en ningún Parlamento. Debe morir, no como castigo y yo no soy verdugo, sólo para que no pueda seguir matando… 

-Esa tarea no es… no debería ser tuya… -murmuré.

-Se trata de aquí y ahora -me contestó.

Su silueta seguí recortada en la penumbra de la habitación cerrada, con sus vaqueros gastados y la corta blusa blanca resaltando las suaves curvas, los labios apenas entreabiertos. Dudaba y seguía mirándome fijamente.

Lo que yo tenía que decir me sonaba despreciable a pesar de la realidad. Tenía que irme y ella debería tomar su decisión, lo que fuere, en soledad. Comencé a sentirme un poco como la rata que abandona el barco pero estaba claro que no era mi barco ni yo era una rata.

-Tengo que irme -le dije simplemente.

Ella nada me contestó, seguía mirándome fijamente. Los tres permanecimos en silencio, extrañamente inmóviles. Guardé mi arma, instantáneamente Hanna levantó su pequeña Walther y apuntó a Samir. Seguía mirándome. Ahora veía yo claramente sus pecas beige bailando hacia el puente de la nariz, el ángulo un tanto asiático de sus pómulos, el contorno de su boca sensual y el marco, como anhelante, que parecía expresar su rostro. Miré a Samir que había inclinado su cabeza hacia abajo como si rezara. Me volví hacia la puerta y salí del cuarto sintiendo la brillante mirada azul fija en mi espalda. Ya en la calle, confundido entre los transeúntes, caminé lentamente hacia el coche. Pensaba:

-Dulce Hannah, toda mi vida te extrañaré. En estos pocos días en Buenos Aires aprendí que donde esté, mi alma siempre vivirá en Jerusalén.

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