La fábula del cuervo, el lobo y la serpiente (David Rubio)

En la cima de una montaña, más allá de cualquier camino transitado por el hombre, existía una cabaña solitaria. Una casita de madera toda ella recubierta de jazmines en la que vivía un curioso personaje. Podemos llamarlo el Hacedor de Cuentos, pues de su pluma surgían todos los relatos que han sido, y serán, contados por abuelos, trovadores, escritores o poetas.

Cada mañana se despertaba con el alba. Se preparaba un tazón de chocolate y esperaba a que llegaran los ruiseñores para darle noticia de los sucesos acaecidos en las aldeas y villas de los humanos. Con esa información, se sentaba en su enorme mesa de madera de roble, asía la pluma de un pavo real y, tras mojarla en el tintero, empezaba a escribir. Al terminar el cuento, enrollaba el pergamino y se encaminaba a lo alto de un risco, bajo la plateada luz de la luna llena. Allí esperaba la llegada del Viento de las musas para lanzarle el rollo a fin de que llevara el cuento a los humanos. Por el camino las letras cobraban vida y se separaban de la hoja, convirtiéndose en pensamiento. Y ese pensamiento alcanzaba a algún hombre capaz de comprenderlo y de sentir la necesidad de plasmarlo, como cuento, en un papel.

Últimamente los ruiseñores contaban hechos tristes. La vida de los humanos se había vuelto complicada. El bien y el mal habían perdido la nitidez de sus fronteras y, por eso, las historias que nacían en aquella cabaña eran cada vez más oscuras y retorcidas. El Hacedor echaba de menos la sencillez de otras épocas. Añoraba aquellas historias de princesas encantadas, de aquellos cerditos tan peculiares, de aquel pato tan feo o de aquella descuidada niña que se dejaba engañar por un lobo.

Y así fue como un día decidió escribir tres historias como las que había creado tiempo atrás: con animales malvados y enseñanzas de provecho para la vida. Una vez terminadas, se fue al risco donde lanzó los pergaminos al Viento. Pero sucedió que, esa noche, el Viento de las musas andaba un poco despistado y los dejó escapar, perdiéndose en un bosque de pinos. Los buscó sin éxito hasta el amanecer y, cansado, decidió dar media vuelta y pedir disculpas al Hacedor por su descuido.

Los pergaminos cayeron entre los árboles. De los tres, dos llegaron hasta el suelo. El tercero se quedó enganchado en el nido de un cuervo que comenzó a picotearlo, pensando que era un ave que quería hacer daño a sus huevos. Al observar que sólo se trataba de un papel se tranquilizó y empezó a leerlo.

—¡Esto es intolerable! —graznó una vez terminó su lectura.

Y es que el cuervo sabía quién era el responsable de la historia que había leído. Era el mismo que había escrito otras en las que siempre aparecía como ave de mal agüero o mensajero de la muerte. Fue entonces que se decidió por visitar al Hacedor para pedirle explicaciones a tanta ignominia. Tras comprobar que los huevos todavía no estaban listos para eclosionar,  levantó el vuelo.

Por el camino se encontró con una serpiente que llevaba enrollado con su cuerpo un pergamino parecido al que había leído. Sus ojos denotaban enfado.

—Amiga serpiente, ¿dónde vas tan enojada? —preguntó el cuervo posándose en el suelo.

—¡Voy a ver al Hacedor! ¡Estoy harta de ser la mentirosa, la manipuladora, la que tienta a los humanos a pecar!

—Si es así deja que te recoja con mis garras, pues yo también tengo reproches que hacerle y así llegaremos más rápido.

Emprendieron un apurado vuelo hasta que vieron a un lobo con otro pergamino entre sus dientes.

—¡Hermano lobo!, ¿acaso vas a ver al Hacedor de cuentos?

—¡Cómo no ir a verlo! Es inaudito —aulló el lobo—. Voy a quejarme por tantas historias difamatorias contra mí, ¿no es bastante con acusarme de devorar niñas, corderos o abuelos que ahora vuelvo a ser el rufián de un nuevo cuento?

—Compartimos tu indignación —añadió el cuervo—. Estoy cansado de volar con el peso de la serpiente y, dado que los tres vamos al mismo destino, ¿te importaría que me posara sobre tu lomo?

—¡En absoluto! —Confirmó el lobo—. He oído historias acerca de vosotros y no os dejan en mejor lugar.

Como cada noche, el Hacedor se encontraba al calor de una fogata en el jardín. Estaba contrariado. Momentos antes el viento le había informado de la pérdida de las historias. Aceptó sus disculpas pero le daba mucha rabia que un cuento cayera en el olvido. Y ese día habían sido tres.

De repente observó que algo se movía entre los matorrales. Poco a poco se fue formando una figura extraña: un ser de cuatro patas y tres cabezas, con alas y un rabo que se enrollaba y desenrollaba.

—¡Hacedor nos debes una explicación!

—Por favor, ¡no me hagáis daño! —suplicó—. Sólo sirvo para crear cuentos que hagan soñar, pensar, divertir o enseñar.

—¡De eso venimos a hablar! —volvió a clamar un coro de tres voces.

Cuando la fogata iluminó al extraño ser, el Hacedor respiró aliviado. Se trataba de un lobo, con una serpiente enrollada en su cuello y un cuervo posado sobre su lomo.

—¡Ah! sois vosotros, ¿qué es lo que os ha hecho venir? —preguntó ufano el Hacedor—. Pero, ¿y mis modales?… mejor que antes pasemos a mi cabaña donde sin duda habrá un delicioso chocolate caliente que ofreceros.

Entraron en la cabaña y se acomodaron alrededor de la mesa de roble: el cuervo se posó sobre el tablero; el lobo se sentó, apoyado sobre sus patas traseras, en una silla; la serpiente se enrolló sobre una de las patas de la mesa asomando su cabeza. El Hacedor les acercó a cada uno un tazón de chocolate caliente.

—Y bien, ¿qué os trae por aquí?

—¿Por qué siempre soy el malo en los cuentos —comenzó el lobo—. ¿Por qué he de ser el que engaña a los pobres cabritillos o a los niños para comérselos? ¿Son mis afilados dientes?, ¿es que los humanos no crían cerdos, terneros o gallinas para comérselos después? ¿Qué tiene de pecado comer cuando se tiene hambre?

—¿Y yo? —continuó el cuervo—. ¿Qué culpa tengo de que mi plumaje sea negro y que los humanos identifiquen este color con la muerte? Ha de saber que gracias a ese color puedo ocultarme de los depredadores por la noche. Además, ¿desde cuándo las brujas son mis amigas?

—¿Y qué me dice de mí? —finalizó la serpiente—. Mi vida es pacífica y tranquila. ¡Si hasta hipnotizo a mis presas para evitarles el dolor cuando las engullo! ¿Por qué he de ser yo quien tiente a los hombres a cometer el pecado? ¿Qué sé yo de la moral humana?

El Hacedor dio un sorbo a su tazón de chocolate. Sólo había querido hacer tres cuentos sencillos, con una hermosa y transparente moraleja, y por el contrario se encontraba recibiendo una reprimenda. Hizo memoria de todas las historias que había creado y, en verdad, en ninguna esos animales habían salido bien parados. Nunca había pensado que pudieran ofenderse. Después de todo él hacia historias para los humanos, nunca pensó que los animales supieran leer.

—En verdad que os debo una disculpa. ¿Cómo puedo compensaros?

—¡Queremos un cuento en el que nosotros aparezcamos como los buenos, los héroes y los virtuosos! —clamaron a trío los animales.

El Hacedor se quedó pensativo antes de volver a hablar.

—Vuestros motivos son razonables pero debéis tener en cuenta que yo creo historias por y para los hombres. Vosotros sois símbolos elegidos por ellos para expresar sus miedos, sus enseñanzas o sus esperanzas.

Observó que sus disquisiciones no convencían a los animales y pensó en alguna forma de poder resolver la situación. Finalmente tuvo una idea.

—La única manera para crear un cuento en el que aparezcáis como animales virtuosos es conseguir que un humano os vea de esa forma.

—¿Y cómo podemos conseguir eso? —demandaron los tres animales a la vez.

—Lobo, tú alimentaras al hambriento; así el hombre dejará de verte como una amenaza para sus reses. —El Hacedor se dirigió después al cuervo— ¡Cuervo!, tú le darás consuelo al moribundo; así no te verá como un presagio de su muerte y… ¡Serpiente!, tú guiarás al perdido para que vuelva a la senda correcta; de esa manera no te verán como la embaucadora voz siempre dispuesta a corromper sus almas.

—¡Eso haremos! 

Los animales salieron raudos por la puerta. El Hacedor se quedó recogiendo los tazones de chocolate. Le habían conmovido las quejas de los animales. Silbó y tres ruiseñores entraron por la ventana posándose sobre sus hombros.

—Quiero que los sigáis y me informéis de sus andanzas.

Cuando el lobo, el cuervo y la serpiente, al llegar al final de la ladera, encontraron el primer camino construido por los hombres, se separaron deseándose suerte. Tenían que buscar un hambriento, un moribundo y un perdido.

El lobo, escondido entre los matorrales, fue visitando las granjas hasta que llegó a una en la que el granjero vestía las ropas más ajadas que había visto. Tras observar un buen rato concluyó que ese hombre sólo disponía de una cabra que además tiraba a vieja. Decidió entonces buscar, en el bosque, un ciervo para ofrecérselo como alimento. Tras matarlo con un certero bocado en su cuello, lo arrastró hasta la granja. Llegó exhausto a la puerta y la golpeó con su pata. Cuando el granjero abrió lanzó un grito de terror y cogió una enorme vara de madera. El lobo, al verlo así armado, apretó sus colmillos y gruñó pero, recordando su propósito, tocó mansamente con su hocico el cuerpo del ciervo. Mas el hombre no entendió su ofrenda y le propinó un enorme mamporro en el lomo. El lobo aulló dolorido y se marchó corriendo.

No muy lejos de allí se encontraba el cuervo que estaba descansando sobre una rama. Había visitado hospitales en busca de moribundos a los que consolar pero, o bien había llegado muy pronto o demasiado tarde. Desde aquella rama contemplaba a un agricultor sentado en el suelo con una azada. Le llamó la atención que el buen hombre tenía vendada una de sus piernas. La venda estaba sucia y ensangrentada.

—¡Tengo que levantarme y seguir con la cosecha! —Exclamó con voz febril el agricultor—. ¿Quién alimentará si no a mis tres hijos?

Entonces el hombre se levantó, apoyado en la azada y prosiguió su tarea. El cuervo se percató de que la herida estaba infectada. Sin una cura y descanso causaría la muerte del agricultor. Decidió, entonces, revolotear alrededor suyo para darle ánimos. Pero el agricultor, al verlo, levantó su azada contra él.

—¡Márchate pájaro de mal agüero! ¡Acaso crees que moriré por culpa de esta herida! ¡Estás equivocado si piensas que no aguantaré hasta que termine la siembra!

En uno de esos aspavientos, la afilada hoja de la azada seccionó una de las patas del cuervo. Éste logró salir volando y adentrarse en el bosque, pese al dolor que recorría todo su cuerpo.

Los graznidos del cuervo fueron escuchados por la serpiente que se encontraba enrollada en la rama de un árbol. El réptil no sabía cómo cumplir con su cometido. Dar de comer al hambriento o dar consuelo al moribundo eran tareas sencillas de cumplir, pero guiar al perdido suponía comprender la ética humana y ella sólo era un animal. Al fin se decidió por esperar en un escondido recodo del bosque. Si un humano pasaba por allí seguro que estaría perdido, por lo menos en uno de los sentidos. En esas llegó corriendo un joven, casi un niño. Por su cara parecía que estaba huyendo de algo o de alguien. Llevaba una bolsa atada a su cinturón y un arma en la mano. Cuando alcanzó el árbol, donde se encontraba la serpiente, se detuvo para recuperar el resuello. Dejó su arma en el suelo y abrió la bolsa, dejando a la vista un montón de monedas de oro.

—¿A dónde puedo ir ahora? —se preguntó el joven mientras oteaba el espeso horizonte.

Ni corta, ni perezosa, se deslizó por el tronco del árbol dispuesta a indicarle el camino hacia el pueblo más cercano. Pero, al verla, el joven dio un brinco y apuntó con su pistola a la serpiente. Ésta trató de tranquilizarlo con su mirada mientras indicaba con su afilada lengua la dirección correcta.

—¿Tan pronto te envían del infierno para llevarte mi alma? —espetó el joven asustado.

La serpiente irguió su elástico cuerpo y el joven le disparó en la cola, partiendo a la pobre serpiente en dos. Malherida se internó como pudo entre los matorrales.

Transcurrieron varias semanas hasta que el apaleado lobo, el cojo cuervo y la media serpiente pudieron volver a la cabaña. Llegaron cabizbajos pues no habían conseguido cumplir ninguna de sus encomiendas. El Hacedor los estaba esperando con un pergamino bajo el brazo y, tras ofrecerles un tazón de chocolate, les habló:

—¡El pergamino que veis bajo mi brazo es la historia que os prometí! 

—¿Cómo es posible si no hemos conseguido cumplir nuestros cometidos? —exclamaron al unísono el cuervo, el lobo y la serpiente.

El Hacedor sonrió y llamó a los ruiseñores que envió tras ellos. Estos se posaron sobre su cabeza y sus hombros y hablaron uno a uno:

—¡Lobo! —dijo el primero—, provocaste en el granjero mucho miedo al pensar que pudieras haberte comido su única oveja y quedarse así sin sustento para vivir. Por eso, cuando te marchaste, decidió vender el ciervo que tú le ofreciste y, con el dinero que recibió, compró semillas para cultivar un huerto y con sus frutos dejó de pasar hambre.

—¡Cuervo! —exclamó el segundo ruiseñor—, tu presencia alertó al hombre de la cercanía de su muerte. Se dio cuenta de que si no curaba su herida moriría y nadie podría alimentar a sus hijos. Se fue al médico y en una semana sanó su herida. Y, aunque ha perdido parte de su cosecha, sus hijos seguirán teniendo un padre.

—¡Serpiente! —finalizó el tercer ruiseñor—, el joven había decidido dejar de ir al colegio y abandonar a sus padres para ganarse la vida como ladrón. Al verte ese día, por primera vez, sintió miedo de echar a perder su alma con sus malas acciones. Devolvió el dinero robado, regresó con sus padres y volvió a estudiar.

Fue entonces que el Hacedor pidió a los, por fin satisfechos, animales que le acompañaran hasta el risco. El viento de las musas estaba esperando. Al llegar, el Hacedor lanzó el pergamino y el viento lo acogió en su seno.

Esta vez sí consiguió llegar a las aldeas de los humanos y las letras cobraron vida, transformándose después en un pensamiento que inspiró a quien humildemente les ha ofrecido esta historia.

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18 respuestas a La fábula del cuervo, el lobo y la serpiente (David Rubio)

  1. Alex de la Rosa dijo:

    Bonita fábula muy bien trabajada. No he podido parar de leer ni un segundo, engancha desde el principio. Un saludo!

  2. manolivf dijo:

    Al igual que Alex, yo tampoco pude dejar de leer con curiosidad hasta el final de la historia. He aquí un cuento como los de antes al que se añade el valor de la originalidad. Muy bien narrado además. Me ha gustado mucho. 🙂

  3. rafasastre dijo:

    David: un maravilloso cuento, en la línea de los grandes clásicos. Te felicito y te envío un fuerte abrazo.

  4. Ángela dijo:

    Brillante. ¿Hace falta que te diga algo más? 🙂

  5. Mar dijo:

    Es verdad, parece un clásico. Me gustó.

  6. Carolina Garcés dijo:

    Muy buena historia, felicidades.

  7. Ángela dijo:

    Un gran relato al que yo he votado como ganador: felicidades, David. 🙂

  8. Ana Pascual dijo:

    Te felicito, David. 🙂

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