El lugar al que pertenezco (Alex de la Rosa)

Pertenezco a lo que yo llamo El mundo de los viajeros y, ciertamente, no soy el único que vive en él, aunque otros lo llaman de otra manera, o ni siquiera se han parado a ponerle nombre.

A decir verdad me he encontrado con muy poca gente de mi mundo; la gran mayoría viven en otros muy distintos, aunque ellos no sepan en cual, pero no es el mío. Desde hace un tiempo he observado que una gran mayoría de personas vagan por la vida de una manera absurda y anodina. He de reconocer que hubo una época en la que fui como ellos. Sin embargo, en algún momento, logré encontrarme a mí mismo y a mi mundo. Desde entonces, lo único que hago es viajar. Y me encanta.

Todas las personas que he conocido me han aportado algo. De alguna forma, todas te hacen aprender y cambiar; es cosa de cada uno utilizar lo aprendido para mejorarse a sí mismo. Pero de entre todas ellas, hubo una en especial que me ayudó en mi gran encuentro.

Sucedió en una fría mañana de invierno de 2.010, seguramente en otoño o invierno; ya por aquel entonces había perdido la noción del tiempo. Me desperté temprano, más aún de lo habitual. Llevaba semanas que casi no dormía y si lo hacía era por breves periodos interrumpidos por los ruidos de la calle, o por mis terribles pesadillas. Salí al aire libre, respiré profundo y estiré todo mi cuerpo. Recuerdo el sonido de mis huesos al crujir; sin embargo me sentí un poco mejor.

Comencé a caminar por la acera, abrazándome a mí mismo para intentar combatir aquel intenso frío. Las calles, solitarias a esa hora de la mañana, parecían estar heladas. Una ligera neblina estaba suspendida en el ambiente. El aire olía a polución, aunque en ese momento aún no había coches por las calles. El cielo, que debería de comenzar a teñirse de celeste con los primeros rayos de sol, estaba completamente gris oscuro. Las únicas luces que alumbraban mi camino eran las pocas farolas que aún funcionaban. Había tramos en los que me sumergía en una completa oscuridad. Igual de oscuro me encontraba yo por aquella época, así que no me importaba.

Como era costumbre últimamente, me sentí desorientado, sin saber qué hacer o hacia dónde ir. Pero de lejos vi los primeros autobuses comenzando sus primeros trayectos de la jornada, y eso me dio una idea.

Rebusqué en mis bolsillos y encontré algunas monedas sueltas. Me dirigí a la primera parada que encontré y, sin saber cuál era su destino, me monté en el primer autobús que paró. Pagué lo que el chofer me dijo y recorrí el pasillo, agarrándome a los asientos para no caerme, ya que el autobús había comenzado su marcha. Había muy poca gente y elegí uno de los asientos del fondo. Quería pasar desapercibido.

El autobús fue haciendo sus respectivas paradas y se fue llenando poco a poco. En una ocasión, subió una cría y se sentó delante de mí. Pensé que era demasiado pequeña para viajar sola, pero no le di más importancia.

Supe que el autobús iba llegando a la mitad del trayecto porque se empezaba a vaciar de nuevo, y no subía nadie más. Sin embargo, la chica de delante permanecía allí y, por curiosidad y también por aburrimiento, me incliné y empecé a hablar con ella.

-Perdona, pequeña. ¿Sabes a dónde vas, no? ¿No te habrás perdido ni nada de eso, verdad?

Ella se giró y me miró con una sonrisa muy dulce en su rostro. Era bastante guapa y tenía una cara angelical.

-No, no me he perdido, señor. Mi parada es la última. Gracias.

Asentí y le devolví la sonrisa. Me recosté de nuevo en mi asiento y me quedé mirando a través de la ventana. Calculé que debían de ser las ocho de la mañana, puesto que las calles comenzaban a atestarse de niños con mochilas y tráfico. Vi decenas de tiendas pasar por delante de mis ojos. Los vendedores comenzaban a abrir sus escaparates. El autobús estaba parado esperando a que el semáforo se pusiera en verde, y me dio tiempo a fijar mi atención en una tienda en concreto. Se llamaba La Boutique y estaba especializada en trajes de chaqueta para hombres. Miré su escaparate con nostalgia y debí de hacer algún gesto con la cara, porque cuando me quise dar cuenta, la chica de delante me miraba fijamente. Su sonrisa no había desaparecido de aquel dulce rostro. Tenía una piel muy blanca y fina. Casi podía sentir su suavidad sin ni siquiera tocarla.

-¿Quién es usted? – Me preguntó de repente

-Y tú, ¿quién eres? – Le respondí sorprendido

-Si se lo digo primero, ¿me contestará?

Guardé silencio durante unos segundos. Miré al resto del autobús y vi que estaba completamente vacío, a falta de nosotros dos. No debían de quedar muchas paradas. No tenía nada que perder, así que asentí con la cabeza.

-Bien. Me llamo Andrea y, aunque le sorprenda, tengo treinta y ocho años.

Me reí por lo bajo, para no ofenderla. La miré bien y calculé que podía medir poco más de un metro de estatura. Y, por supuesto, su cara la delataba. Era un rostro de niña. Además, comprobé, con algo de pudor, pero más movido por la curiosidad que otra cosa, que no tenía apenas pecho.

-Bueno. Le he dicho quién soy; ahora le toca a usted responderme.

Vacilé un poco, pero pensé que no me costaba nada presentarme: al fin y al cabo era una niña bastante simpática y seguramente no la volvería a ver.

-Me llamo Luis, tengo cuarenta y dos años, de los de verdad – Hice una pausa remarcando la última palabra y arqueando una ceja. – Me dedico básicamente a vender productos cosméticos. No me va mal, por cierto.

Le tendí la mano mientras soltaba alguna carcajada amistosa. Ella me dio su mano y observé que llevaba guantes; sin embargo, cuando se la estreché, noté que tenía una mano desproporcionadamente grande para su edad. Además era muy gruesa. Ella debió de notar mi asombro puesto que retiró la mano.

-Lo siento no quería…

-No es eso lo que me ha incomodado. Estoy acostumbrada a que me miren como un bicho raro. – Me respondió – La cuestión es que me has mentido sobre quien eres. Eres Luis, tienes cuarenta y dos años, pero no vendes nada.

Acto seguido se giró dándome la espalda.

-Perdona…Andrea. ¿Que te he mentido? ¿Acaso me conoces para decir eso?

-Conozco a gente como tú. Gente que se empeña en ser lo que no es, en ocultarse bajo una apariencia. – Me miró de arriba abajo – Pero es que tú, ni siquiera tienes la apariencia.

Me sentí avergonzado. Una niña pequeña acababa de dejarme en ridículo.

En ese momento el autobús frenó y el chofer anunció el fin del trayecto. Andrea se levantó y se bajó rápidamente. Yo la seguí, puesto que no quería acabar aquella conversación de esa manera. Además, me sentía intrigado por aquella niña. Verdaderamente, no hablaba como una niña. ¿Quién era en realidad?

La agarré del brazo para que parara y se volvió hacia mí.

-Mira, lo siento si te he ofendido en algo, pero no creo que haya hecho nada como para que te pongas así. – Le dije.

-No estoy ofendida. Solo espero que en algún momento dejes de engañarte y llegues a saber quién eres en realidad.

-¿Podrías parar de estudiarme? Dime más de ti, no me has dicho casi nada. ¿Qué es eso de que tienes treinta y ocho años? ¿De dónde eres? ¿Qué….qué es este sitio? – Pregunté mirando a mí alrededor. Hasta entonces, no me había dado cuenta de dónde me encontraba. Era un lugar extraño y por supuesto nunca había estado allí en toda mi vida. Multitud de calles se cruzaban entre sí, había numerosos edificios, aunque parecían viejos y abandonados. No había ni un alma por allí. Y el aire…el aire parecía cargado…olía a gris. No sabría cómo explicarlo mejor. Es eso lo que se me viene a la mente. Aquel lugar olía a gris.

-No necesito convencerte de nada. Yo sé quién soy y, pese a todos mis problemas, soy infinitamente más feliz que tú.

 -¿Qué problemas tienes? – Pregunté, imaginando los posibles problemas de una niña que apenas tendría doce años.

-¿Tan ciego estás como para no verme? Observa. – Acto seguido se quitó los guantes. Pude ver unas manos enormes. Eran incluso más grandes que las mías – ¿El síndrome de Turner te suena de algo? No, supongo que no. Eso solo me afecta a mi estatura, a mi apariencia de niña, a éstas manos desproporcionadas…-Dijo, levantando las manos para que pudiera mirarlas. – Pero el mayor problema es una enfermedad en los huesos que no me dejará vivir más de diez años.

En ese momento quise morirme. Recé porque el asfalto se convirtiera en arenas movedizas y me tragaran para desaparecer de allí. Ella me había dicho la verdad, y había sido tan tonto como para no creerla. Sin embargo, yo sí le había mentido. Me sentí avergonzado, incluso asqueado conmigo mismo.

-Lo siento, de verdad – Fue lo único que se me ocurrió decir.

Ella me miró de arriba abajo. Seguía sonriendo. No había perdido la sonrisa en ningún momento.

-Tus eres un viajero – Me soltó de repente.

La miré sorprendido. Quería que se enfadara, que me insultara, que me pegara. Su actitud hacía que me sintiera todavía más culpable.

-¿Perdón? ¿Un viajero?

-Si…eres un viajero, del mundo de los viajeros – Dijo, y su sonrisa se hizo más grande aún. Me miraba como si fuera alguien importante. Y esa mirada fue la que me hizo comprenderlo todo. Algo introdujo en mí, pues todo pareció volverse claro.

Sin decir ni una palabra más, Andrea desapareció entre aquellas calles y yo volví intentando seguir el trayecto que el autobús había tomado hasta allí. Caminé durante horas. En algún momento pasé por la tienda La boutique pero ya no le presté atención. Tampoco presté atención a las continuas miradas de la gente hacía mí, algo que había hecho que me escondiera hasta entonces. Pero ahora era un viajero. Un viajero del mundo de los viajeros.

Llegué a mi lugar de partida. Antes de entrar eché un vistazo a la fachada. Ya no me parecía tan ruinosa y desvencijada como la primera vez que llegué. Pasé al interior, y allí estaban algunos de mis compañeros de fatiga: otros, seguramente, estarían en algún banco de algún parque, o en alguna calle pidiendo ayuda. Me acerqué uno a uno y fui abrazándolos a todos, algo inaudito en mí. Desde que llegué, hacía ya varios meses, me había apartado de todos, pese a que me dieron una acogida como si de un familiar se tratase.

Cuando terminé de abrazar a todo el mundo, salí de nuevo al aire libre y respiré hondo. El aire ya no me olía a polución. Ahora me olía a libertad. Otra cosa difícil de explicar, pero desde aquel día, mis sentidos se han transformado en sentimientos y estados de ánimo.

Miré a mí alrededor. Todo había cambiado. O más bien, mi alrededor permanecía igual, y era yo el que había cambiado. Entonces, me dispuse a comenzar el primero de mis viajes, en mi nuevo mundo.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Sonrisa" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a El lugar al que pertenezco (Alex de la Rosa)

  1. Ángela dijo:

    Suele pasar: de vez en cuando una sonrisa, que nace de la boca de un ser que sufre, nos desarma y nos da el aliento necesario para seguir luchando. Y nos hace sentirnos egoístas, poca cosa. Me gusta el mensaje que transmites, Alex. Un saludo 🙂

  2. Alex de la Rosa dijo:

    Gracias por comentar Ángela. Me alegro que te haya gustado. Saludos!

  3. David Rubio dijo:

    Se dice que solo nos acordamos de la salud cuando enfermamos. ¡Y es tan fácil perderla! En las llamadas enfermedades raras se junta a la propia enfermedad, el espanto y rechazo disimulado que la acompaña. Me encantó la sensibilidad con la que narraste. Recién llegué a esta página y me estoy dando cuenta del nivel que tienen los relatos que voy leyendo. Saludos

  4. Alex de la Rosa dijo:

    Muchas gracias por leer y comentar David. He querido crear una historia que bien podría ser real, dentro de una atmósfera algo “fantástica”. Me alegro que te haya gustado. Saludos!

  5. Nelaache dijo:

    Me ha gustado esa atmósfera algo misteriosa y fantástica que creas para arrastrar al lector hacia el desenlace. Por descontado, el mensaje que transmites también me parece fantástico. Un relato que da que pensar. Gracias por compartirlo.

  6. Ana Pascual dijo:

    Me gusta el mensaje que transmites, sobre la importancia de aceptarse a uno mismo para sentirse libre. Saludos.

  7. Carolina Garcés dijo:

    Una historia muy bien contada. Al momento que mencionas el encuentro de los protagonistas la tensión se centra en ellos y logras seguir un hilo y captar la atención hasta el final. Hubo algunos fallos de comas que terminan sonando a poco. Felicidades.

  8. Alex de la Rosa dijo:

    Gracias a todos, por leer y comentar. Me alegra mucho que os guste. Un saludo!

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s