El muro (Carlota de las Mercedes Gauna)

“El burgués es el perfecto animal domesticado”( Aldous Huley)

 

Algunas hojas secas barridas por una intempestiva ráfaga de viento, se amontonaron a sus pies en ese anochecer de fines de febrero, anunciando un otoño temprano semejante al que vivía en su alma.

La noche se presentaría fresca y vacía de estrellas mientras una voluminosa luna brillante le hacía guiños desde lo alto de los pinos, atrás del muro.

En la sencilla placita que partía en dos la línea recta de la arbolada calle reinaba un silencio desacostumbrado . Las hamacas, desnudas de risas y gritos, apenas se movían balanceadas por desacompasadas ventoleras. Sin voces, sin rugir de motos, sin los movimientos torpes de adolescentes alcoholizados…

Desde el banco donde había permanecido sentada durante un tiempo indefinido, Alexia se ha bía distraído intentando descifrar la letanía errabunda de ese viento  húmedo y pegadizo al colarse dentro de los jardines de las pulcras casitas que delimitaban la calle, construcciones similares con puertas cerradas y persianas bajas que guardaban historias de vida tan variadas como lo eran los sueños de los que las habitaban.

El estrecho abrazo del chal sobre sus hombros le proporcionaba un calor soporífero del que le resultaba difícil emerger mientras sus ojos enrojecidos resistían la pesadez de los párpados frente a una imperiosa necesidad de dormir que iba minando su voluntad, desconectándola de ese mundo desconcertante y ajeno al que ella pertenecía, alejándola de las exigencias extremas y rancias a las que jamás se podría acostumbrar.

Sin embargo, estaba allí, sentada frente al muro, liberando los ríos del espíritu, encaramada en el salvaje desatino de cruciales horas, fervorosamente dispuesta a beber de un sólo trago la hiel de su postrera copa.

Irguió la cabeza. De pronto su mentón se había tornado altivo y su perfil, resuelto. La mujer frágil combatía el yugo con un gesto inusual que dejara perplejo a más de uno de los integrantes de la espléndida reunión organizada en los salones del Golf Club.

Ricardo detuvo sus manos a pocos centímetros de su delgada y bella esposa experimentando los efectos del ardor que partía de ese fuego nuevo que latía en aquellos hermosos ojos verdes.

Algunos casos se entrechocaban, risas ritualistas, pasos y movimientos estudiados en la escuela del hacer.

Cacofonía harto repetida junto al fulgor de las luces cabalgando sobre sedas y pedrerías, estúpida grandilocuencia y fragancias extranjeras compitiendo entre sí sobre las alfombras rojas, entre alineadas mesas, enmarcados rostros y acartonados mozos, verdaderos contorsionistas entre los artilugios de una sociedad enferma y decrépita que para Alexia ya estaba alcanzando su agónico final.

Mara permanecía inmóvil junto a Ricardo, intentando desembarazarse del asombro ante la imprevista aparición de su amiga, esbozando una sonrisa nefasta que convertía su boca de labios pulposos en un boceto grotesco de una cloaca abierta bajo la tabla rajada que trataba de disimular su

fétido contenido.

Mara, su mejor amiga, su confidente, aquella que la acompañara durante tantas noches de angustia y tantas horas vacías de una vida que repudiaba.

Mara, la que prácticamente recibió a su hijo prematuro y lo mantuvo muerto contra su pecho mientras ella se consumía en dolor y llanto , en una destructiva aflicción, lejos de su esposo, el eterno viajante del egoísmo y la mezquindad.

Ella los descubrió detrás de la mata de arbustos en un extremo de la enorme piscina del club, mientras buscaba a Ricardo, infructuosamente, en los diferentes ámbitos del lugar, aquejada por un fuerte dolor de cabeza.

Lo que vio coronó todas sus sospechas, justificó todas sus pastillas y psicólogos, aclaró sus aparentes desvaríos, encaminó sus esperas y otorgó respuestas a sus vacíos de años intentando ser para su marido lo que éste pretendía que ella fuese, en honor a la belleza de la que era su esposa ante Dios y ante los hombres: una pobre mujercita de porcelana engalanada con vestidos y joyas traídos de Europa, viviendo en una especie de castillo con foso, agua y puente levadizo incluido.

Nada más ni nada menos que una preciosa obra de arte de la naturaleza, articulada por él y sus caprichos, manejada por los invisibles hilos del poder que sostenía como importante funcionario dentro del gobierno provincial, dueño de una fortuna patriarcal que se ocupaba de distribuir entre los burdeles zonales tan equitativamente como los granos de maíz arrojados dentro de un corral de aves hambrientas.

-Espera, querida , no te apresures…Esto no es lo que…¡Por favor…espera!-

El ruego hecho grito le devolvió las fuerzas que habían comenzado a abandonarla cuando él avanzaba hacia ella tratando de aferrarla por los hombros.

Su tonto amor desmenuzado sobre el ara del sacrifico cobró alas y apresuró su huida mientras Ricardo intentaba avanzar por el salón, tropezando con todo lo que se interponía a su paso, ejecutando torpes figuras de ballet desencajado entre aquellos que se habían reunido para homenajearlos en su quinto aniversario de bodas.

Alguien corrió para detenerla haciéndose eco del ronco llamado del hombre derribado sobre la alfombra al chocar violentamente con uno de los mozos que conducía una mesa carrito colmada de copas y bebidas.

Pero hubo otro alguien que la llamó más allá de las luces y de la estridente música. Nadie pudo evitar que subiese al auto aparcado frente a los abetos esfumados entre las sombras. En su loca carrera derribó la barrera de contención de la garita y, aumentando la velocidad, se alejó del lujo, del miedo y de la arrogancia.

Apenas se vislumbraba un delgado trazo claro en el horizonte cuando detuvo el auto frente a la placita que le era tan familiar, frente a la casa de piedra donde transcurrió su infancia en vital plenitud, frente al muro que rodeaba a la enorme casona casi invisible entre el follaje de tantos árboles, inmersa en trinos, dueña absoluta de su amor y de sus sueños más gloriosos.

Y aunque la vieja casa ya no estaba pues había sido derrumbada para edificar uno de esos monstruosos aparatos que intentan ser viviendas y sólo son cárceles, ante la mirada nublada por el llanto, la vieja casa se proyectaba, de una forma tan vívida que con sólo pensarla, su recuerdo la traía al presente, le permitía recrearla, sólida, única, extraordinariamente fuerte ante los ojos de la niña que había reemplazado a la mujer .

Caminó hacia el  muro donde las puertas de rejas, pesadas y chirriantes, se alzaban para mostrarle el camino de entrada. Y al empujarlas sobre la grava y pisar la arena embelesada, el espacio se aligeró ante ella para recibirla como a una hija pródiga.

El tiempo, siendo tan relativo, se plegó ante sus necesidades y dejó de ser dimensional para ser sólo el ámbito que la cubrió con un abrazo auténtico que le amplió el alma y se adueñó de sus percepciones, impulsándola a través de un caleidoscopio intensamente colorido que la conducía hacia un vórtice de luz cada vez más esplendente.

La niña de trenzas rubias la condujo de la mano por cada rincón de la vieja casa y pudo aspirar el intenso aroma a jazmines y magnolias, rosas y alhelíes, en el reino de la primavera y en la tumba del invierno. Los intervalos entre estas estaciones conformaron la vorágine de sus jóvenes años y la mansedumbre de aquel amor que, por ser sincero y transparente estuvo condenado al fracaso desde el instante mismo de haber nacido.

Alejandro partió de su vida una tarde de abril, en pleno otoño, y ella lo vio irse sin objetar, resignados los dos a la determinación de sus mayores,.

Junto con Alejandro perdió su capacidad de sonreír con el alma…Ya nunca más su boca y su mirada nadaron en ese mar en calma que conoció entre los brazos de su pobrecito amor desolado y tan indefendible ante la rígida oposición de su intransigente padre.

De nuevo en esa casa, Alexia supo que Alejandro jamás se había ido realmente de su vida. Él permanecía allí, en los patios con macetones rojos y geranios blancos, en los brillantes pisos de baldosas negras, bajo los parrales, en las largas galerías y muchas habitaciones, junto al aljibe donde le ofreció su corazón como una plegaria, implantándole con sus besos inocentes la esencia sublime de lo que está destinado a sobrevivir.

La niña de trenzas rubias la vio llorar como partida en dos sobre el brocal, la observó incorporarse para contemplar la luna detenida en el fondo sobre la negrura del agua. Y le retuvo la cabeza entre sus manecitas, balbuceando aquella canción de cuna que una mujer amada, su querida madrecita, le cantaba otrora, canción hecha de rocío y lluvia sobre su cuna de madera. Y entre el cadencioso ritmo de esa nana, Alexia logró al fin oír la voz de su padre que en alas de la noche, le estaba pidiendo perdón.

Ya había amanecido y los primeros signos de la cotidianidad se conjugaban adentro y afuera de las prolijas casitas con sus coquetos jardines, a lo largo de la calle Buenos Aires.,

Alexia se incorporó en el banco sin sobresaltos, con la firmeza plasmada en cada uno de sus movimientos. La noche se había llevado sus miedos y de repente estrenaba la pura, refulgente y genuina sonrisa de ayer.

La gente pasaba cerca suyo , extrañada al contemplar aquella  mujer tan bella, con su vestido de satén largo, de color natural, su chal de terciopelo calado azul y sus cabellos claros peinados hacia arriba liberando caprichosos rulos sobre los hombros y espalda desnudos.

Tenía los pies descalzos y las sandalias doradas apenas sostenidas por los finos dedos de su mano derecha.

La vieron sonreír con gratitud, con placidez…La escucharon reír gozosa mientras corría hacia el automóvil blanco estacionado frente al muro que contenía la obra en construcción. Algunos de los obreros de la empresa constructora la saludaron con piropos y silbidos  al verla pasar. El mundo giraba en su HOY y ella estaba conforme de formar parte de ese HOY…

Lo demás, vendría solo. Como las frutas maduras caen del árbol que las origina, así su vida transcurriría con el sabor  placentero de lo que ella apetecía ser, hacer y proyectar…Puso el auto en marcha y partió lejos de la ciudad.

Pero antes de partir, dirigió una última mirada al portón de rejas de hierro tras las cuales se fusionaban los recuerdos…

Detrás de las puertas de rejas de la vieja casona, una niñita de trenzas rubias le sonreía con sus manitas elevadas en un dulce gesto de adiós. 

 

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3 respuestas a El muro (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. aprendiz de poeta dijo:

    Excelente, me ha gustado mucho leerte y trasladarme a los ambientes que creaste.Saludos.

  2. MayteSanSem dijo:

    Lo encuentro escrito con mucho esmero, quizá demasiado adjetivado para mi gusto, pero es sólo eso, mi gusto personal. El “pero” más grande que le encuentro es ese “cerca suyo” tan horroroso que ha sido como una piedra enorme en medio del relato. La cita del inicio, perfecta para la historia.

  3. Ana Pascual dijo:

    Te felicito, Carlota. Coincido con Mayte en que está escrito con mucho cuidado. Tus descripciones están llenas de detalles que hacen posible que el lector se sumerja en la historia. Saludos.

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