Típico (Karonlains)

Cuando entré en la cocina ella vio mis libros y miró con desdén la mochila en la que los cargaba.

—Oiga, ¿y esa mochila tan maluca qué? —Preguntó con voz socarrona.

—Es que presté mi maleta y me toca cargar los libros aquí. —Alce la mochila y la abracé— Y no me le diga así que yo la quiero mucho.

—Eso ni siquiera es típico ni artesanal, con ese café tan pachuco, eso está muy feo. —La mueca de desprecio por su parte fue bastante diciente.

—Pues para que vea que si es típica. Esta mochila me la regaló una prima, de esas que en las fiestas familiares es hija del hijo de la prima segunda de la tía del pueblo perdido. De esas de la cual se es pariente más por visitas que por consanguinidad.

Imagínese que ella ya era una señora viuda, tenía dos hijos y se enfermó de cáncer. Muchas veces vi a mi mamá hablar con las tías de cómo ayudarla, sobre todo a coger los buses y acompañarla para las citas y esas cosas. A uno de muchacho poco se le ocurren esas vainas. Hasta que a alguno se le iluminó la pensadora y me escogieron a mí.

Yo debía rondar los doce o trece años y la verdad la ayudé con gusto, ella padecía cáncer de garganta así que no hablaba mucho. A mi no me daba nada, ni plata ni nada por eso, Dios es testigo que una vez la estuve esperando como tres horas en el hospital, usted sabe que allá en nuestro país toca rogar para que el seguro le dé a uno una aspirina si quiera, y a ella le tocaba hacer unas filas enormes para que le firmaran las recetas y estaba en una parte que yo no podía entrar. Me acuerdo muy bien porque ese día la esperé al lado de una de esas maquinitas que expenden comida, y a mí que me trozaba el hambre, como sería el desespero que me puse a fijarme en la maquinita esa, a ver si le podía sacar algo de comer. Me agaché, la miré por detrás, por debajo, por encima, por todos lados, hasta me fijé de reojo cuando sacaban la comida, pero no logré nada, hasta que una enfermera pasó por mi lado y me escuchó el estomago crujir y me regaló una aromática. ¡Qué aguantada de hambre tan verraca esa vez!

La verdad solo la acompañé tres veces, la última se sentó en la sala de su casa y mientras esperábamos a mi mamá me mostró las mochilas, esta y otra, una con los colores de la bandera que decía COLOMBIA en mayúsculas con letras torcidas. Con la voz ronca que le quedaba me contó que se las había regalado un preso de la Picota, la cárcel para hombres de allá de nuestra ciudad. La verdad no me acuerdo si ella trabajaba allá, pero sí sé que el  hombre no estaba ahí de gratis, había matado mucha gente. Él decía que para él eso era normal, que lo hacía porque le pagaban, como un trabajo, pero ya estando en la cárcel conoció a parientes de quienes había matado y se dio cuenta que de ninguna manera era un trabajo, que matar gente está mal y punto.

Él aprendió a tejer en la cárcel, en eso de los programas de rehabilitación. Cada vez que acaricio estas fibras me acuerdo que ella me contó que él le dijo que en cada puntada había una petición de perdón para su alma, que cada línea de tejido era en honor a una de sus victimas, y que lo único que quería de la vida después de salir era sentarse frente a un telar para pedir perdón y reivindicar sus muertos. Cambiar las mochilas por comida, por un cuartico para dormir. Nada más.

A él lo mataron en la cárcel, los familiares de sus muertos: la venganza siempre es un círculo difícil de romper y él no corrió con la suerte de vivir esa ruptura. Lo descuartizaron a machete en la celda y con la cabeza jugaron fútbol, muy azteca el asunto.

Nunca la volví a ver porque al otro día la ingresaron al hospital y a de ahí no salió. Le pedí permiso a mi mama para visitarla y me dijo que los menores no podían entrar, no insistí mucho. No me gustan los hospitales. Ni en el entierro ni en el velorio la vi, no me gustan los cementerios tampoco, es que se me hacen muy parecidos a mi país.

El hijo de ella se mató unos meses después, una sobredosis de coca. Se la pasaba llorando todo el día por no haberla ayudado, y la hija vivía en USA de ilegal, no pudo visitarla durante la enfermedad, ni ir al entierro, ni ayudarla. Usted sabe, si salía de Gringolandia no volvía a entrar.

En eso terminó mi prima. Pasado el entierro mi mamá resultó con las dos mochilas, esta café y la de  COLOMBIA, mi prima se las había legado, ambas entendimos que eran para mí. Yo cogí esta porque la otra con esos colores era muy bandera, al final no supe quién la cogió ni qué destino tuvo.

En fin, que así como puede ver esta mochila puede que no sea tejida por indígenas, pero sí que es típica.

Y agarré mi mochilita con mis libros, mi café y salí de la cocina mientras ella se quedaba pensando en lo típico que es nuestro país.  

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