La sorpresiva montaña rusa (Arturo Daussá Lapuerta)

    Todo empezó por un detalle, como suelen ocurrir las cosas importantes.

   Aquel día amaneció con un cielo indefinido, de aquellos que parece que las nubes vayan a cubrirlo todo, y al poco asoma un nítido y claro azul para volverse a cubrir de negros nubarrones. Entonces no sabes si tomar el paraguas y ponerte una chaqueta; te instalas en  esa frontera meteorológica que te pone de mal humor.

   Yo no sabía que justo ese día mi vida subiría en una vagoneta de las montañas rusas. De manera que unas veces se precipita por una  fuerte  cuesta vertiginosa e imprevista que te sube el estómago hasta la garganta;  otras pausadamente asciende ganando altura de manera que tienes la sensación de que estás consiguiendo tus objetivos, las menos veces transcurre por las lisas rectas llenas de tedio, aburrimiento y falto de emociones.

   Pero lo que tampoco sabía era que al cabo de los años, esa vagoneta iba a caer de manera vertiginosa y sorpresiva, con una fuerza brutal como cae el agua desde la compuerta de una presa.

               

&&&

 

   En ese día algunos habían acabado las vacaciones, otros todavía estaban en ello, de manera que cualquier gestión que tenías que hacer en la ciudad se convertía en una incertidumbre constante; tus necesidades pasan a depender del azar y nada es seguro, el mundo ciudadano se paraliza, y solamente los turistas mantienen con firmeza el reguero de actividad en los puntos de interés turístico.

   La vi frente a la catedral, recuerdo que sostenía un mástil en cuyo pináculo tenía una banderita de color verde manzana, sin duda era la señal para que el grupo de turistas no se dispersara y se mantuviera cercano para escuchar las explicaciones, supongo que sobre la singularidad del barrio gótico.

   Cruzamos nuestras miradas, y una sonrisa se interpuso entre nosotros; uno de aquellos instantes únicos en la vida que sabes que ese simple gesto cambiará tu vida, y ese pálpito no te abandonará por lo menos el resto del día. Sin embargo no sueles hacer nada extraordinario para que eso se convierta en realidad; es decir, te abandonas otra vez al simple albur de la vida.

   Así fue y nada sucedió, excepto que aquella sonrisa no era capaz de sacarla de mi cabeza; y no sólo eso sino que empezaba a apoderarse de mis ensoñaciones.

 

   Todavía tuvo que pasar una semana, para que mi vagoneta empezara a andar por el carril de las montañas rusas.

 

   —¿Puedo ayudarle en algo? —pregunté al verla de nuevo, al tiempo que pensaba que aquello no podía ser una simple casualidad, sino el destino que claramente marcaba su objetivo.

   Ella estaba agachada recogiendo un montón de páginas del suelo que el viento les daba vida y las hacía correr, lo hacía con una gracia especial, parecía que los pliegos se paralizaban cuando ella se aproximaba.

   No esperé ninguna respuesta, simplemente empecé a perseguir los folios que corrían en todas direcciones; lo hice atrapándolos como pude, con celeridad como si se tratara de billetes de banco y en ello fuera mi sustento.

   Mi mano cerrada agarraba un montón de hojas, que había conseguido pillar, parecía que ya no quedaba ninguna más con vida propia.

   —Toma, me parece que están todas —dije esto alargando la mano para entregárselas

   Ella me miró, cruzamos otra vez una sonrisa, tal como días antes hubiera ocurrido. Sin duda ella pensaba lo mismo que yo, que aquello ya lo habíamos vivido. Pero ninguno dijo nada, simplemente nos dirigimos la palabra como si nos conociéramos de toda la vida.

   —¡Oh  gracias, me has salvado la vida! Estos papeles son importantes para mi trabajo —Dijo esto con un cierto rubor, pero sin ningún atisbo de desconfianza, más bien al contrario.

   Tomó los papeles de mi mano, estaban desordenados y arrugados pero los trataba como si se tratara de los planos de un tesoro. Yo la miraba un tanto desconcertado por su interés, entonces al ver mi gesto de sorpresa dijo:

   —Son importantes para mí, son las listas del grupo que espero para esta tarde.

   —¿Grupo? —pregunté arqueando las cejas en signo de curiosidad.

   —Sí, es que soy guía turística y esto son las listas de las personas, sus hoteles, sus nacionalidades, sus preferencias y cosas así.

   —¿Así que guía turística? Me parece muy interesante —mientras hablaba no apartaba mis ojos de ella, entonces me fui dando cuenta de la mujer que tenía delante.

    Según como movía la cara, la luz resbalaba sobre su pelo negro iluminando su piel del color de una tostada poco hecha; nariz pequeña y ojos grandes, protegidos por unas pestañas tersas y frondosas, marcados por una fina raya que los sombreaba dándole un aire intrigante a su mirada. Los iris de color verde, como de un grano de uva iluminada al trasluz.

   Sus labios eran abultados y bruñidos con vida propia, estaban cubiertos por un pintalabios transparente de un brillo que resaltaba su tersidad, y que al mirarlos daban ganas de besarlos. Las orejas se adivinaban pequeñas, ya que estaban medio cubiertas por el pelo que caía por ambos lados hasta la altura de la barbilla. Era cómo si su cara estuviera enmarcada por dos cortinillas laterales, y su frente medio tapada por un flequillo, recordaba las bambalinas de un escenario.

   Si hubiera podido escoger su época de nacimiento, sin duda esta sería la de una deidad del viejo Egipto.

   Hubo un momento de duda, de aquellos silencios que acompañan la incertidumbre, y que si no los sabes aprovechar te arrepentirás toda la vida de no haberlos sustituido por decisiones valientes. Lo que desconoces, es si esa resolución será buena o mala, debes vivirlo para saberlo.

   —Te invito a un café —le dije, así de golpe sin más preámbulo.

   Ella movió sus hombros en una actitud de duda, pero finalmente contestó:

   —Bueno ya que me has salvado la vida, es lo menos que puedo hacer, pero pago yo.

   Estábamos delante del colegio de arquitectos, justo debajo del friso esgrafiado por Picasso, el de la fachada principal la que da frente a la catedral barcelonesa.

   No hacía excesivo calor, ni tampoco la plaza estaba llena de turistas, la hora temprana de aquella mañana de agosto empezaba a arrancar muy lentamente.

   Ella pidió un café y yo un cortado, nos habíamos sentado en una mesa de la terraza del bar Bilbao-Berria. Yo siempre que iba al colegio de arquitectos a realizar gestiones, solía tomar algún pincho en ese bar tan típicamente vasco, pero nunca tan pronto y menos un simple cortado.

   Empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida, y ninguno de los dos tomaba la iniciativa de acabar aquella simple invitación.

   Fue una cosa singular, como cuando te despiertas y oyes llover, entonces no te decides a dejar la cama, alzas la sábana hasta la barbilla y te acurrucas saboreando esos minutos robados. No voy a decir que lo sucedido fue un amor a primera vista, pero si una placentera atracción.

   Una cosa trajo la otra y nos encontramos almorzando juntos, aquello era extraño, como si un poderoso imán no nos dejara separarnos.

   Pero la realidad se impuso, el grupo de turistas que esperaba estaba a punto de llegar, miró el reloj y sonriendo amablemente dijo:

   —Vaya Carlos (hacía rato nos habíamos presentado formalmente) mira que hora es y yo ¡ni siquiera he mirado los papeles!… tendré que improvisar.

   La miré de nuevo; esta vez con una mirada un tanto canalla, y con voz ampulosa dije:

   —¿Y eso te molesta?, o… ¿no ha valido la pena conocernos?

   Ella devolvió la sonrisa, contestó alargando las vocales en un tono seductor.

   —Eso depende cómo se mire… pero el trabajo es el trabajo.

   —Sí claro, tienes razón, pero estoy pensando que mi metedura de pata con mi descaro sólo la puedo arreglar invitándote a cenar.

   No contestó enseguida, se detuvo mirando al vacío con un gesto pensativo  resiguiendo suavemente con la punta del índice el borde de la copa, sin ocultar unas uñas romas y cuidadas. Como si ese gesto la ayudara a pensar la respuesta, o dejar esta en un suspense intrigante.

    El bullicio ahora era enorme, la plaza estaba llena de turistas, lucía un sol espléndido y hacía calor. Con su actitud parecía como si quisiera fundirse en el trepidante ambiente, aquello iba muy deprisa, pero parecía que le complacía extraordinariamente la idea que  le proponía, cuando menos no la rechazaba. Finalmente contestó:  

—Esta bien, acepto esa cena que me propones. Me pregunto si todo lo haces tan rápido, quiero decir si tus planos se convierten enseguida en edificios acabados.

   —Bueno ya sabes los arquitectos somos así.

 

   Esa noche fue el inicio de la vagoneta de mi vida, que justo en esa primera cena empezó a arrancar. Y lo hizo sobre vías suaves y placenteras; las otras las difíciles y tortuosas llegaron mucho tiempo más tarde y no vale la pena contarlas.

 

&&&                      

 

   Habían pasado muchos años, aquel lunes la volví a ver, hacía unos meses que nos habíamos divorciado,  nuestros abogados salían del juzgado con los papeles de la sentencia firme, yo lo perdía todo.

   Al final ella me volvió a sonreír, era una sonrisa como las que lanzan los ganadores en el podium.

 

   

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Sonrisa" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a La sorpresiva montaña rusa (Arturo Daussá Lapuerta)

  1. MayteSanSem dijo:

    Lo único que no me ha gustado ha sido el final, me ha parecido demasiado rápido en contraste con el resto del relato, aunque supongo que las montañas rusas son así 🙂
    Por lo demás, un argumento sencillo puede brillar si se cuenta bien, y tú lo has conseguido casi del todo. Enhorabuena.

  2. Ana Pascual dijo:

    Bonita historia, aunque el final rompa con el romanticismo que envuelve la parte central, pero así es la vida, y creo que es eso lo que has querido transmitir. Me gusta como la has narrado, pero encuentro que la última parte queda algo escueta; quizá es porque me hubiera gustado seguir leyendo algo más de esas “vías suaves y placenteras” ;). Saludos.

  3. Mar dijo:

    El principio me encanta, el enamoramiento de él, si es que cuando alguien te sonríe de una forma especial hay flechazo seguro, y más si la escena transcurre en un sitio tan especial. La escena que describes de la recogida de papeles al vuelo me ha recordado al corto ganador del oscar de este año “paperman”. Coincido con Mayte y Ana en que el final resulta rápido, por otro lado, imagino que las vías difíciles y tortuosas como bien dices no vale la pena contarlas.
    Muy bueno, Arturo. Un abrazo.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s