El hallazgo de tu sonrisa (Ana Pascual)

No había vuelto aquí desde la muerte de mi padre, parece que el tiempo se ha detenido dentro de esta casa, o al menos yo tengo esa sensación porque nada más abrir la puerta y, percibir ese olor a humedad me he sentido pequeño, como cuando vestía con pantalones cortos y mordisqueaba mis uñas… Tengo que vaciarla, borrar las huellas que evidencien nuestras vidas en este espacio, y llevarme todo cuanto pueda conmigo; lo demás ya se ha vendido, incluso estos viejos muebles que se esfuerzan por tenerse en pie. Empezaré por la habitación de mi padre; la ropa para Cáritas, aunque no tenía mucha, siempre fue muy austero y, en sus años de servicio pocas veces se quitaba el uniforme.

Estando así sentado en el suelo, con la caja de fotografías entre las piernas, tengo la  sensación de que en cualquier momento voy a oír sus pasos; antes de entrar a la habitación carraspeará para advertirme de su presencia y, sentiré su mano apretando cariñosamente mi hombro, cuando me quede ensimismado con alguna foto de mi madre. Sin embargo, la fotografía que ha captado en este momento toda mi atención es una de él; parece una de esas fotos robadas, en las que el protagonista ignora que le están retratando. Lo más curioso y sorprendente es que mi padre está sonriendo, pero si él nunca… En el anverso puedo leer una frase cariñosa que alaba su forma de sonreír, los hoyuelos de sus comisuras, el brillo en su mirada y la firma: “tu pecosa”. Me gustaría saber quién fue la afortunada, con la que sin saberlo compartí y disfruté de los escasos momentos en los que, mi padre mostraba abiertamente su tímida alegría.

Siempre creí que él fue una de esas personas que no sonríen y si lo hacen es hacia dentro. Decía que no sabía contar chistes, y era cierto, pero es que tampoco disfrutaba de los que escuchaba. Nunca reía, se quedaba serio y mirando fijamente a todos los que lanzaban carcajadas al aire. Mi tío Paco que era muy guasón nos deleitaba todas las navidades con un nuevo repertorio y, no podía comprender que su cuñado no se desternillase de risa. Más de una vez le preguntó si es que no entendía y sin esperar la respuesta de mi padre volvía a contar el chiste, variando algún detalle y disfrutando de nuevo con la narración, pero su esfuerzo no servía de nada; estaba incapacitado para elevar las comisuras. Alguna vez quise entender que pudo sonreírme con los ojos, pues veía más brillo en su mirada, como cuando le dije que quería estudiar Derecho… esa vez me miró de una forma especial, incluso me preguntó el motivo de mi decisión. En aquel momento no pude darle una respuesta y, si en algún momento la tuve ya no me sirve para el presente. Pudo ser porque él aludía frecuentemente a la falta de leyes que, censurasen los puntos de vista distintos al suyo. Crecí escuchando esta frase: “eso debería estar prohibido por ley” y, “eso” siempre era algo contradictorio a su pensamiento. Quizá por esa reiterada alusión a las leyes decidí que, lo mejor que podía hacer era conocerlas y aprender a interpretarlas.

En el pueblo era la máxima autoridad; algunos veneraban su honradez, pero la mayoría le temían, por mucho que él hablara de respeto hacia “el cuerpo”. Recuerdo que cuando entrábamos los domingos por la mañana al bar de Simón, se hacía el silencio y más de uno miraba al suelo o clavaba sus ojos en las fichas de dominó. Creo que mi padre no tuvo amigos…  y yo tenía pocos, claro, sólo Vicente se atrevía a entrar en mi casa, pero es que ese niño siempre congenió muy bien con él.

A Vicente le encantaban las armas y mi padre complacía al chico, dejando que las viese durante largo rato pegado a los cristales de las vitrinas; siempre pulcros y relucientes que más de una vez se dio el crío en la frente, pensando que estaban abiertas las puertas de aquel mueble prohibido. Sólo una vez le dijo que podía ir con nosotros a disparar; íbamos a menudo a matar el tiempo apuntando a cualquier cosa que se moviera entre los árboles de la finca y, una mañana de verano Vicente nos acompañó. Estaba tan nervioso que disparó contra todo; incluso contra el viento que movía las ramas de los algarrobos. Y no abandonó en ningún momento su empecinamiento por cobrarse una presa; menos mal que al final consiguió matar a una tórtola, después de que mi padre esquivara milagrosamente la primera bala que iba predestinada para él.

Mil perdones le pidió mi amigo entre desgarradores llantos, agarrado a sus piernas; pobre Vicente, a menudo me preguntaba “¿qué tal lleva tu padre lo del disparo?” y yo le contestaba apesadumbrado que no muy bien, como si hubiera recibido aquel tiro y estuviera debatiéndose entre la vida y la muerte.

La mala puntería de Vicente hubiera conducido a su padre al calabozo, de no haber sido porque el hombre había emigrado a Alemania y, mi padre fue incapaz de amonestar verbalmente a una mujer que, se deshacía en llantos cada vez que le preguntaban por su marido. Siempre recordaré a su madre vestida de negro y con un pañuelo blanco entre las manos, su pelo rizado que se volvía rojizo al sol, el arroz con leche que nos traía todos los domingos, su piel tan blanca y… moteada de pecas.

El sonido reiterado del timbre rompe mi embelesamiento. Mientras recojo rápidamente todas las fotos que han quedado esparcidas por el suelo, los recuerdos siguen apareciendo en mi memoria, como destellos fugaces que iluminan una escena que sólo puedo ver durante unos segundos, pero que percibo con una intensidad que, supera incluso a la vivida en presente aquellos momentos. Guardo la fotografía en el bolsillo de la chaqueta y, asomado al balcón reconozco el tejado de la casa de Vicente, entre una hilera de casas bajas y un descampado. Me siento tentado… quizá más tarde, cuando terminen de cargar los muebles, devuelva esta sonrisa a su dueña.

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6 respuestas a El hallazgo de tu sonrisa (Ana Pascual)

  1. MayteSanSem dijo:

    Me ha gustado, bonita historia. Sólo un “pero”: las comas detrás de “que”, rompen las frases por mal sitio.
    Enhorabuena.

  2. Ana Pascual dijo:

    Gracias Mayte, me alegra saber que te ha gustado. Y agradezco también tu corrección :). Saludos

  3. Mar dijo:

    Bonita y historia y bonito final. Saludos.

  4. Milyvall dijo:

    Deberíamos preocuparnos por devolver más de una vez “las sonrisas”. Me gusta tu historia Ana. Un saludo.

    • Ana Pascual dijo:

      Cierto Milyvall, hay que valorar los pequeños gestos y disfrutar de ellos. Muchas gracias por tu comentario. Un saludo, con sonrisa incluida 🙂

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