El paso del tiempo (Patricio Núñez Fernández)

La noche anterior soñé a un hombre dentro de una esfera,  alrededor de esta cápsula todo era oscuro, no existía ningún punto de luz.

Al despertar lo olvidé, creyendo que era otro asunto baladí que se presentaba en mis sueños. No hice más que perderlo hasta que las cátedras de física quántica me lo trajeron a la memoria. Con el correr de las clases una frase se hacía presente constantemente. La máxima rezaba: “el tiempo no pasa a quien esta ajeno a la luz”. ¿Quién se encuentra ajeno a luz? Esta duda me dio una mínima posibilidad de creer en que podían existir argumentos veraces de ser productos de una imaginación potente y fervorosa; ser sus hijos soñados y vivir como una forma de entretenimiento para esta persona que no conoce el tiempo y las desventuras propias de ser un hombre. Solamente nos observa desde las mismas tinieblas.

Ser simplemente materia imaginable, moldeada según los deseos de una mente que no necesita más que consumir el divertimento de nuestro andar por esta confusión que es la vida.

Me sentí en la obligación, todavía no comprendo porqué, de comenzar a imaginarlo. Solo sabía que Él se encontraba en ese remoto punto donde las paredes interiores se vuelven exteriores. Mi imaginación no podía otorgarle un rostro, un cuerpo, sus partículas de defensa agotaban todo intento de mi inexperta mente. Lo único que sentía era una voz portentosa, intensa y grave. Solicitaba mi retirada, argumentaba que no era yo el que podía descifrar su etérea forma.

La vigilia no me permitía acercarme a este hombre que nos soñaba, al cual le pude reconocer su voz y su comanda. En el fervor de los sueños no podía dejar de percibir que un ambiente enrarecido se sistematizaba, noche tras noche una atmósfera densa  me oprimía sin dejarme respirar, intentando, ahora es tan simple notarlo, concluir con mi existencia. Podría haberlo hecho dirigiendo a otra persona, pero el hombre hace ya algún tiempo comenzó a realizar lo que su instinto le reclama, eso le proporcionaba al albino (perdón por el termino, así me propuse nombrarlo por su incapacidad frente a la luz) un nuevo entretenimiento.

Su homicida plan no resultó, estas líneas son la prueba fehaciente de mi perdurable existencia. Mi sopor continuaba y el acceso a profundidades inmateriales era mi forma de búsqueda, la vigilia era ahora una excusa de subsistencia. Intente ritos que me llevaban a antiguos templos que ahora eran redondeles marcados por un fuego pretérito sin lograr mi sueño de comunicación.

Me entregué sin más a padecer mi doble existencia como un paria, la primera y física ya había comenzado a errar por ese camino un tiempo atrás, pero ser un paria metafísico es una tarea sumamente compleja. Lo logré encerrándome en esos oscuros círculos que planteaba la atmósfera densa de mis sueños, me escondía allí esperando un pronto amanecer.

No hice más que recorrer senderos que me entregaron a la contemplación de un desierto, pero este era sumamente fértil, verde exultante, con la fuerza del rocío y la potencia del sol, si, la luz lo alimentaba. En esas latitudes deambulé hasta volverme sedentario. Siempre me encontraba en la máxima soledad enfrentándome al desierto verde. Para crear un tinte místico, podría mencionar que fueron cuarenta días y cuarenta noches, enfrentándome a la observación silenciosa de la llanura en la que la luz menguaba y la oscuridad aumentaba. Me encantaría poder contar los días y las noches, aunque sea los minutos. El tiempo no pasa a quien esta ajeno a la luz. Mi tiempo en la materia fue la búsqueda de mi existencia sin notar que retornaba a ser este hombre que vive del lado exterior de las paredes interiores. Pretendí soñarme de carne y confusión. Estas líneas demuestran que por un breve lapso, aunque batallando conmigo mismo, lo logré. 

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Una respuesta a El paso del tiempo (Patricio Núñez Fernández)

  1. Genial relato,asi como los anteriores, muy intenso,abrazo.

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