Lencería de mariposa (Carla Luna)

Apareció un día en mi vida. Un tropezón involuntario derramó su bandeja sobre mi falda. El primer instinto de insultarle se vio frenado por la visión de su rostro avergonzado. Parecía un crío, tan pulcramente afeitado que me hizo dudar de si alguna vez había tenido barba. Sus ojos tímidos se disculpaban tras unas gafas de montura oscura y su voz temblorosa apenas podía articular un “perdón”.

Intentó limpiarme con una servilleta de papel, tocando dónde no debía e incrementando su rubor y dejando caer al suelo sus libros universitarios que reflejaban la década que nos separaba. Se ofreció a pagarme la limpieza, pero le disculpé y no le di importancia.

Comí en mi mesa, sola, como últimamente. Cavilando sobre cómo lavar mi falda que tanto me había costado y que tanto adoraba.

Me sorprendió una voz diciendo “Perdón”. El muchacho había acertado  a coordinar sus cuerdas vocales y estaba frente a mí, tendiéndome un papel. Continuó con voz temblorosa, pidiéndome la oportunidad de compensarme. Le dije que no era necesario y me despedí. La nota guardaba la dirección de un restaurante exclusivo y una hora demasiado tardía de ese mismo día.

Parecía una locura, pero hacía mucho tiempo que no las hacía. Acudí a esa cita ataviada conforme a las expectativas de un local de ese tipo y con la esperanza  de conseguir al menos una buena cena y cavilando sobre dónde sacaría el dinero para invitarme. Entré en el local y antes de que el maître pudiera atenderme, mi joven cita apareció con uniforme de camarero pidiéndome un minuto de espera. Avergonzada ante la mirada de los presentes, aguanté el deseo de desaparecer, sin ningún motivo lógico para hacerlo. El muchacho me llevó a la calle y me invitó a subir a su moto. Se detuvo en la entrada de un hotel. La razón y la cordura me decían que llamara un taxi y saliera lo antes posible, pero todo aquello me estaba causando cierta excitación.  Le seguí hasta una habitación y se apresuró a darme una caja. La abrí y descubrí una falda igual que la que había manchado, con su etiqueta original y un tique “por si me he equivocado en la talla”. No se equivocaba, era la mía. Le miré su rostro, ya no me parecía tan crío. Todo aquello me había excitado mucho. Quería besarle, quería arrancarle la ropa y dejarle únicamente con sus gafitas de empollón y hacer con su cuerpo lo que hacía tanto tiempo añoraba. La pausa en mis pensamientos le confundieron y creyó que me sentía incómoda. Negué sus dudas. Pero su rostro ingenuo me hizo dudar de sus intenciones y pensé que a lo peor realmente sólo se tratase de un buen chico. Le di dos besos, inundándome con el olor de su loción de afeitado. Posé mis labios con suavidad en sus mejillas, dilatando el separarlos de ellas, para transmitirle lo que quería que hiciera. No podía salir de allí sin que me poseyera. Él estaba nervioso, volvió a abrir la boca, que parecía necesitar litros de agua para poder deslizar la lengua y me dijo que había algo más. Me tendió otra caja y me dijo que la abriera y que después de hacerlo podría irme o quedarme.

La abrí nerviosa. Le dije que esperara, fui al baño y me puse la lencería que guardaba su caja. Cogí su nuca con mis manos y le besé. Monté a horcajadas sobre él, notando toda su virilidad contra mi ser. Le desabroché la camisa y acaricié su pecho, sus brazos moldeados, sus manos, besando su piel y saboreándolo. Bajé sus pantalones y su ropa interior con ansia y dibujé con mi lengua cada una de sus venas. Le oía gemir y miraba su rostro con aquellas gafas que resistían en él, deseando que me correspondiera. No sé si lo dije o me leyó el pensamiento, pero en un instante me cogió en brazos y me tumbó en la cama. Besó mi mano y acarició la fina tela del sujetador, haciendo enloquecer mi pecho. Bajó, besando mi vientre hasta mi ombligo y sentí como sus dedos se enredaban en los laterales de la lencería con forma de mariposa que me había regalado y deseé que volara y volara. Y voló. Hizo un ademán para desprenderse de sus gafas pero le frené. . Enredé su pelo negro ensortijado entre mis dedos. Mis piernas temblaban, casi tanto como mi cuerpo y tuve que suplicarle que me follara. Atendió mis suplicas, superando mis expectativas.

Amanecí sola, cubriendo mi cuerpo desnudo por unas sábanas que conservaban el olor a sexo. Él no estaba. Su única presencia eran sus regalos y una nota en la que ponía: “esta noche ya forma parte de mi vida”.

No le busqué, aquella noche también había pasado a formar parte de mi vida. Un recuerdo hermoso, imborrable, perfecto. Tan perfecto que no merecía enturbiarse con un mañana.

Aunque reconozco que, a veces, me pongo aquella lencería y aquella falda y salgo a comer con la esperanza de que algún muchacho vierta su comida en ellas.

Conoce más de la autora en http://elrinconcitodecarla.wordpress.com/
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6 respuestas a Lencería de mariposa (Carla Luna)

  1. David Rubio dijo:

    Puff, un relato erótico en toda regla. Muy bien narrado

  2. orgav dijo:

    Un buen relato erótico. Suerte.

  3. Buen relato, me ha gustado, pero no acabo de creerme la historia porque todo pasa muy deprisa. A mi modo de ver eso perjudica a la historia. Creo que le falta un poco de pausa, pero sólo es mi opinión y quizá esa era tu intención cuando lo escribiste.

  4. amaiapdma dijo:

    Carla, gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato aunque más parece un sueño de un alma solitaria. Un beso. Felices fiestas y próspero 2014. Amaya

  5. Ángela dijo:

    Bueno, debo reconocer que aunque la historia me ha gustado mucho (porque con este frío que hace estas historias calientan el alma y otras cosas), pues me ocurre un poco como a Vicente, que no me lo acabo de creer. Parece de ese tipo de fantasía que la peña tiene (tenemos) bajo la ducha: rápido y sin preámbulos. De aficionada a aficionado te diría que una historia hay que hacerla creíble, solo es increíble la realidad. Cuando acabes de leerme quédate tan solo con que la historia está muy bien, pero le falta una vuelta más. Opinión de lectora ¿eh?

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