La Puerta de los Hombres (David Rubio)

Pudo suceder en cualquier pueblo del Mediterráneo, pero no otra noche que no fuera víspera de San Juan.

Eusebio Montemayor, acostado en su cama, hojeaba un libro del que solo miraba las ilustraciones; antes de pasar página, se humedecía la yema del dedo con la lengua: eso hacía ese anciano, en la habitación del sanatorio, mientras las gentes del pueblo celebraban la verbena.

Poco antes de la medianoche apareció, bajo el umbral de la puerta, una figura cuyo aspecto, extraño y enigmático, le asemejaba a un espectro: negra era su gabardina y negro su sombrero de alas; negros eran sus guantes y el pañuelo con el que cubría su cara.

—Me permites entrar —preguntó con un acento afectado que recordaba a todos los idiomas del mundo.

—Bartolomé, hace tres noches que acompañas mis horas de vigilia ¿y todavía lo preguntas? Dime, ¿qué historias vas a contarme hoy? ¿Me dirás cómo el Macedonio sitió la ciudad de Tiro? ¿O tal vez describirás la entrada en Aquisgrán del primer elefante visto en Occidente?

—Con gusto te contaría esas y otras historias olvidadas en el tiempo, pero hoy es noche de fiesta y quiero que me acompañes a ver la jarana —dijo acercándose a la cama.

—¡Pero qué locura me propones! ¿No ves mi estado?

—Esa muleta apoyada en la pared me dice que andar puedes y mi hombro todavía es fuerte para servir de apoyo.

—Aunque así fuera, está prohibido a los internos salir del sanatorio más allá de las diez de la noche.

—Lejanas risas y tintineos de copas me hacen pensar que los enfermeros no serán obstáculo.

—No insistas, nunca he sido un hombre de fiestas —dijo Eusebio perdiendo su mirada en la portada del libro.

—¿Y de qué has sido hombre entonces?

—¿A dónde quieres llegar? No soy yo quien cubre su rostro en verano y se viste de negro.

—Lamento si te he importunado —Bartolomé se sentó en el borde de la cama. A la habitación llegaba un eco de algarabía y música—. Mi único propósito es darte oportunidad para redimir tu pecado.

—¡Insolente! ¿Qué sabes de mí? ¡Jamás hice mal a nadie! Nada en mi vida puede merecer el menor reproche.

—Y, sin embargo, cometiste el peor de los pecados —Bartolomé se levantó y cogió la muleta—. Si vienes conmigo te lo mostraré, pero decídete rápido pues esta es la noche más corta del año y su provecho no admite demoras.

 

Una cálida brisa los recibió al salir. El humo de los petardos formaba halos en las luminarias de las escasas farolas que alumbraban el camino hasta el pueblo. El anciano se aferraba al brazo de Bartolomé como una novia llevada al altar.

—Buena cosa dirá la gente de nosotros: un viejo del brazo de un espectro todo cubierto de negro.

—¡No sufras buen Eusebio! —dijo un sonriente Bartolomé—. Cosas más extrañas se ven hoy día. Es noche de verbena y sin duda el alcohol que corra por sus venas nos hará pasar desapercibidos.

Así llegaron a la calle Mayor del pueblo, toda cubierta de coloridos banderines. La gente se arremolinaba en torno a los bares profiriendo estruendosas voces y carcajadas desmesuradas. El anciano los miró con desdén.

—Si buscabas pecadores podrías haberte ahorrado llegar hasta el sanatorio. La gula y la lujuria te saltan a la cara con solo mirar a esos bulliciosos.

—Ni esos, ni el resto de los Siete es tan grave como el que tú has cometido.

—En verdad que desconozco qué clase de hechizo me obliga a seguirte.

En esas, irrumpió un pasacalle de demonios y tragafuegos que danzaban bajo las bengalas, al ritmo marcado por el tropel de tambores. Bartolomé quiso apartar a Eusebio hacía un lateral de la calle pero la horda los engulló y los separó. El anciano sintió ahogarse por el ruido y el humo. Perdió la muleta. Entre empellones, como una paloma moribunda, logró guarecerse en un portal. Se tapó los oídos pero el tronar de los tambores traspasaba sus manos.

—¿Qué temes?, acaso no es hermoso esto que presenciamos —dijo Bartolomé cuando consiguió llegar al anciano.

—¿Hermoso? Toda esta locura, ¡este caos que me martiriza! Te ruego que me saques de aquí.

—No es caos lo que nos envuelve —Bartolomé acercó su mejilla al oído del anciano—. Son multitud de corazones latiendo bajo el mismo compás. 

Poco a poco el séquito de tambores se alejó de aquella calle. Bartolomé recogió la muleta del suelo y ayudó a Eusebio a levantarse.

—Vamos a la dehesa, allí hay música, baile y bebida. ¡Sin duda una copa de cava levantará tu ánimo!

Cuando llegaron, la orquesta tocaba pasodobles y rumbas. Alegres farolillos y banderines colgaban de los árboles. Había largos tablones, dispuestos a modo de mesas, sobre los que se encontraban botellas de cava y cocas cubiertas de fruta confitada. Bartolomé llenó dos copas y le ofreció una a su acompañante.

—La medicación me impide beber.

—¡Por los cuernos del Minotauro! ¡Nadie se ha muerto por un poco de cava!

Eusebio le dio un sorbo a la espumosa bebida. Notó un repentino vigor en su cuerpo cansado. En ese instante, un petardo explotó a sus pies. Un niño se acercó pidiendo disculpas y, en compensación, le ofreció uno para explotarlo.

—¡No te enojes y tíralo, amigo mío! ¡Haz que resuene como un volcán! —Le animó Bartolomé.

El anciano encendió la mecha y lo lanzó contra el suelo. La explosión le hizo sentir una felicidad que le pareció absurda. El niño le quiso ofrecer otro pero en su bolsa solo quedaba uno más. Eusebio rebuscó en su bolsillo y le dio un billete de diez euros.

—Anda cómprate más.

El crío le dio las gracias y se marchó con sus amigos exhibiendo el billete como un trofeo.

Entre el cava y la música fue transcurriendo la noche. Eusebio sonreía con la retahíla de chistes que se animaron a contar dos ancianas con las que compartía mesa. Los chavales que, con su billete, habían comprado nuevos petardos le ofrecían, de tanto en tanto, alguno. Bartolomé asombraba con sus dotes de danzarín en la zona de baile.

Así pasaron la verbena hasta que la orquesta dejó de tocar.

—Sin duda tus talentos no tienen mesura —dijo Eusebio a su compañero de fiesta cuando, agotado, se sentó a su lado.

—No es talento sino años… muchos años.

—Los que ya no me quedan a mí. Dime, ¿es acaso la envidia mi pecado? ¿Qué otra cosa puede explicar esta aflicción que me ahoga al contemplar los besos de los adolescentes, el baile de aquel padre con su hija o aquellos ancianos cogidos de la mano?

—Es desesperación, pues ahora que tu camino termina es cuando lamentas los pasos que no has dado.

Eusebio se quedó en silencio, apuró su copa y rompió a llorar. Bartolomé le abrazó.

—Ahora ves tu pecado, pues no lo hay mayor que entregar tu vida a la Tristeza. ¡Detén tu llanto! Esta es la noche de redención. Levántate una vez más y busquemos una hoguera donde lanzarla.

A su paso, reiniciaron la marcha hacia un sendero que atravesaba un boscaje de olmos. Atrás quedaron el bullicio y la música. La luz de la Luna dibujaba fantasmagóricas figuras sobre el suelo. Se olía a tomillo y romero. Una mujer grababa una cruz sobre el tronco de un árbol, otras recogían helechos y hierbabuena.

—Esas mujeres que ves preparan ritos de amor—dijo Bartolomé—. La vida es corta y única por eso deseamos que sea perfecta. Pero siempre falta algo, amor, suerte, inocencia…

—¿Y a ti,  Bartolomé? ¿Qué es lo que te falta? ¿Por qué vistes de negro?

—La mujer a quien prometí amor eterno falleció la semana pasada.

—¿Y aun así tienes ánimo para celebraciones? En verdad que eres un ser peculiar.

Llegaron al final de la vereda. Tras unos matorrales quedaba la playa.

—Hace mucho tiempo, alguien se preguntó dónde se refugiaba el divino Sol que, tras esta noche, abandonaba los cielos. ¿Dónde iba su luz? —dijo Bartolomé dejando que el anciano se adelantara unos pasos.

Eusebio se ayudó de la muleta para apartar la maleza. La imagen le estremeció. Incontables hogueras formaban columnas de fuego y humo que parecían unir Cielo y Tierra; a su alrededor hombres y mujeres, convertidos en almas atormentadas, saltaban, danzaban buscando la luz como los ahogados el aire.

—¡Míralos! Observa al Sol cruzar la puerta de los hombres y penetrar en su espíritu —Bartolomé apoyó su mano sobre el hombro del anciano—. ¿Qué penas lanzan al fuego? ¿Qué pecados no confesados alimentan las llamas?

Eusebio notó que la voz de su acompañante sonaba distinta. Al girarse apenas consiguió ahogar un grito de espanto. Bartolomé se había despojado del pañuelo y descubierto su cara: un rostro del que se desgajaba la piel de los pómulos, los labios colgaban de su barbilla, las bolsas de los ojos eran una mancha carmesí y la única oreja apenas se aguantaba por un hilo de carne.

—¡Por todos los santos! ¿Quién eres? —gritó Eusebio.

—¡He sido tantos hombres que ya no soy nadie! Una noche como esta, hace miles de años, fui un niño que lloraba perdido en el desierto. Mis lamentos fueron escuchados y fue entonces que una serpiente emergió de las arenas. Me dijo que los dioses se habían conmovido. Sus palabras fueron: “tú has sido el elegido para portar el don de la inmortalidad…”. 

—Pero, tu piel, ¡el horror de tu cara!

—“… y por él, en la noche de la renovación, mudarás tu cuerpo cuando envejezca o enferme sin remisión. Así será, por la eternidad, hasta que sea tu voluntad entregárselo a otro que lo acepte” —La voz de Bartolomé sonaba cansada—. Es mi deseo que tú lleves, en adelante, dicha gracia.

Eusebio le escuchaba perplejo. Su discurso le parecía propio de un loco pero no quería dejar de escucharle.

—No puedo dar crédito a tus palabras y, si hubiera verdad en ellas, tampoco comprender tu voluntad. ¿Cómo puedes desear la muerte?

Bartolomé se asentó sobre la arena y le respondió:

—Me he bañado en los ríos del Sáhara cuando era un vergel y me he perdido en sus arenas de fuego; fui rey de imperios olvidados y mendigué onzas de pan podrido; he admirado monumentos que ocultaban el Sol y que hoy son pequeños cantos rodados en los ríos; escuché a Sócrates en el ágora y vi arder la Biblioteca de Alejandría; escuché la Palabra de los labios del Nazareno y prendí fuego a herejes; vi a Miguel Ángel pintar la Capilla Sixtina; en la Santa María mis ojos contemplaron el Nuevo Mundo; he compartido orgias con Casanova y he sido santificado; he conocido la peste, la guerra y los placeres cortesanos; he prometido mil veces amor eterno y mil veces lo he enterrado. Todo eso he vivido y sin embargo, para mi alma, ya no es más que un grano de arena perdido en la inmensidad de lo que fue, es y será.

Todas las imágenes se agolparon en la mente de Eusebio. Sintió la emoción de un explorador contemplando el Edén soñado y no pudo por menos que decir:

—Si eso es posible, acepto tu carga, que es mi anhelo.

Entonces Bartolomé siseó y comenzó a hablar en un idioma que bien podría ser el primero de todos. Una tenue neblina emergió de la arena y, con ella, una serpiente. Erguida, fijó sus ojos en la figura vestida de negro, cimbreó su lengua bífida y le mordió en el pecho. Después se volvió hacia un atónito Eusebio para morder el suyo. Tras ello desapareció bajo la playa.

El anciano se derrumbó. Comenzó a sentir horribles retortijones. Estiró su brazo buscando a Bartolomé que había conseguido ponerse en pie y le miraba con ternura:

—Es ahora que muero cuando siento la emoción por el último beso dado. Gracias, amigo mío.

Se dirigió con torpes pasos hasta la orilla. Con el agua mojando sus pies, levantó los brazos y miró al cielo; así se adentró en el Mediterráneo hasta que lo cubrió por entero.

Eusebio se retorcía sobre la playa, sentía arder su piel y desmembrarse su cuerpo.

Fueron unos instantes terribles hasta que el dolor desapareció por fin.

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19 respuestas a La Puerta de los Hombres (David Rubio)

  1. Increíble y magnífico relato, David. Reúne todos los requisitos -misterio, leyenda, magia, y mucho más- de una buena historia. Felicidades.

  2. Alex de la Rosa dijo:

    Menuda historia! Y que bien escrita…me ha gustado mucho, David. En algunos momentos me parecía estar leyendo algo de Zafón. Enhorabuena. Saludos!

  3. orgav dijo:

    Fascinante!! Me encanta el enfoque misterioso. Felicidades y suerte.

  4. Muy buen relato, me ha atrapado de principio a fin. Lo he disfrutado mucho.

  5. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, David, me ha encantado tu relato, un saludo y felices fiestas y Año Nuevo. Amaya

  6. manolivf dijo:

    Enhorabuena, David. Tal como te comenté en su momento tu relato es muy bueno, me alegro de que hayas ganado. Feliz 2014. 🙂

  7. Ana Pascual dijo:

    Enhorabuena, David. Me ha tenido enganchada hasta el final, muy bueno. Aprovecho y te felicito el Año Nuevo 😉

  8. Mar dijo:

    Enhorabuena, David, Muy merecido este premio. FELIZ AÑO.

  9. Ángela dijo:

    Felicidades David, un premio merecido sin duda. Un abrazo y feliz navidad. 🙂

  10. Alberto Casado Alonso dijo:

    Magnífico relato. Es justo que sea publicado. Enhorabuena. Un abrazo.

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