Mensaje secreto en un cuadro (Arturo Daussá Lapuerta)

   Era poco antes de la puesta del sol, esa hora entre dos luces que ilumina las fachadas dándoles una luz propia y donde las sombras de las farolas se empiezan a desdibujar. Aquel diciembre resultó bastante frío y era mejor caminar con cierta celeridad, sin sacar las manos de los bolsillos, los hombros encogidos, la cabeza gacha y la mirada hacia abajo.

   Federico buscaba alguna cosa para regalar a Irene, el asunto estaba difícil. Las navidades anteriores, que fueron las de cambio de siglo, le regaló un óleo pintado por él; no fue uno más, había trabajado mucho en esa pintura. Para pintarlo fue muchas veces al rincón favorito de ellos, quería plasmar aquel recoveco de la costa desde donde tantas veces contemplaron el atardecer, con aquel cielo que se cubría de un incendio de colores mientras acrisolaban su intimidad sellada por besos furtivos, de esos que por ser prohibidos saben doblemente mejor. Tenía que superar ese regalo, pero iba a ser ardua tarea, ya se le ocurriría alguna cosa.

   A sus 52 años había conseguido fama y dinero; su obra era cotizada y las galerías de arte de todo el mundo se peleaban por organizar exposiciones de sus pinturas.

   Sin embargo su éxito no conseguía llenar su esencia. Tras una vida de amores interrumpidos que parpadearon a lo largo de su existencia y una gran dedicación al trabajo; había encontrado una mujer que era mucho más que cualquier otra que hubiera conocido, aparte de haberlo rejuvenecido físicamente, estando a su lado llegaba a sentirse feliz.

   En realidad era un amor disfrazado bajo el nombre de amistad, ya que la discreción de ella y la edad de él no permitían reconocer la diferencia entre ellos; diecinueve años era una distancia difícil de olvidar. Pero no significaba suficiente dificultad para que no pudiera haber una pasión, un instinto  y una fuerza primitiva para ambos, que no se podía explicar con razonamientos racionales.

   Caminaba acortando por una calle estrecha, para dirigirse al gran bulevar donde seguro encontraría algo adecuado para Irene. La acera apenas dejaba paso para una persona y menos para una mamá empujando su cochecito de bebe; tuvo que apearse para dejar paso a la señora. Ese momento fue suficiente para alzar la vista y fijarse que enfrente había un escaparte con un letrero pintado en el vidrio; anunciaba en letras, grandes y rudimentarias, una subasta de obras de arte para el martes de la próxima semana. Debajo y un poco atrasado se veía expuesto un caballete que soportaban un cuadro, una pintura al óleo.

   Más por deformación profesional que por otra cosa, se acercó. Al hacerlo y mirar notó una fractura en medio de su alma, le faltaba la respiración y sus piernas le temblaban, como si hubiera visto un zombi que se le abalanzaba.

Aquél óleo era ni más ni menos el mismo que hubo regalado a Irene el pasado año, la puesta de sol inequívoca desde el rincón preferido por ambos.

   Una especie de sudor frío y con la boca seca, como llena de polvo y arena, se apoderó de su ser. Aquello tenía que tener una explicación, además bien podía ser una excelente falsificación. Pensando eso se empezó a tranquilizar, además ahora le vino a la memoria que detrás del lienzo puso la fecha y una dedicatoria a ella, cosa que nadie copiaría de ser falso.

   Era menester comprobar aquello, seguro que se quedaría tranquilo, pero debía actuar con cautela no fuera que lo confundieran con uno de esos agentes de policía que se ocupan del expolio y falsificación de las obras de arte.

   Al abrir la puerta sonó el ruido de una campanilla y se quedo petrificado, como si estuviera allanando ilegalmente la tienda, pero se calmó al oír que alguien preguntaba que deseaba. Después de explicarle su deseo de examinar el cuadro del escaparte, la dependienta sin saber muy bien que hacer, le acompañó al fondo hacia unas estrechas escaleras que conducían a un semisótano, de aquellos que por ventanas tienen unas aberturas estrechas, alargadas y llenas de barrotes desde donde sólo se ven los zapatos de los transeúntes, y algunas luces del mundo exterior. Olía a tabaco rancio y caducado.

   Al bajar a aquel lugar, enseguida pensó que aquello tan lúgubre no podía ser trigo limpio, quizás era un negocio para blanquear dinero. Así que no se anduvo por las ramas, enfocó el asunto de manera directa ofreciendo un dineral. Ante esto nadie podría negarse a lo que pidiera.

   Después de comprobar que el cuadro era obra suya, allí estaba intacta la dedicatoria en el dorso del lienzo, aunque eso no hizo falta, al verlo de cerca no tuvo dudas. Pagó lo establecido. Esa experiencia de comprarse a sí mismo le llenó de una extraña sensación y le dio un mal pálpito, una especie de culpa por hacer lo que estaba haciendo, como el que se salta una clase en la escuela.

   No sólo salió con el cuadro debajo del brazo, sino con la información necesaria para saber que lo había depositado una pareja. Ella una chica de cuello largo y un mentón con unos pómulos tallados en mármol cubiertos por un maquillaje suave. De ojos almendrados y de pelo negro azabache distribuido en bucles. Debía tener unos treinta y cinco años o algo más. Iba acompañado por un tal Peter Landel, era un inglés muy educado que apenas hablaba español, ese caballero manifestaba ser el propietario del cuadro. El dueño de la galería había descrito a Irene con exactitud asombrosa, sin dejar espacio para dudar que fue ella quien dejó el óleo, lo del inglés vete a saber.

   Federico mientras escuchaba la información requerida, extrañamente no se puso nervioso, gestionó aquello como si se tratara simplemente de una transacción puramente comercial, en ningún momento se identificó como el autor. Además la increíble historia que contó, para hacerse con el cuadro y obtener la información, se convirtió rápidamente en creíble y justificable delante de los billetes. Así que todo fue fácil y rápido.

   Lo peor vino después. En su casa aquella noche notó la oscuridad y el silencio, le martilleaban en la cabeza innumerables preguntas como gotas de lacre que le quemaban el cerebro. Recordaba situaciones compartidas con ella, sábanas que colgaban de la cama como cataratas, risas, emociones y de pronto todo le produjo una inesperada lástima de sí mismo. Unos celos inesperados, terribles y una sensación angustiosa de abandono, de hombre decadente, por primera vez le pesaban sus años. Todo con un dolor reposado, contenido que no salía con lágrimas.

   —Quizás necesitó dinero —pensaba— o quizás ese viaje a Londres… y ¿ese tal Peter?, a lo mejor es un pariente, o alguien al que debía dinero, o sea cosa de su familia… ¡que se yo¡. Seguro que mañana en casa, después de la cena me lo contará todo, dejaré que me explique todo ese misterio.

   Al poco  volvían una y otra vez preguntas y más preguntas. Al final llegó a una conclusión que en cierto modo le tranquilizaba, hablaba en voz alta para sí mismo:

    —Seguramente la realidad será más sencilla de lo que yo imagino, más trivial, ordinaria e incluso grotesca, seguro que todo se aclarará.

   Pero enseguida esas cuestiones se diluían en su cabeza como el cacao en la taza. Todo aquello eran pensamientos de agua sobre una persona que ahora le parecía estar hecha de aceite, imposible mezclarse y llegar a un entendimiento.

   Debía confesarse a sí mismo la verdad, dejando aparte los pensamientos exculpatorios que aún le rondaban y aceptar que había llegado el final.

  Al día siguiente envolvió el cuadro, con el mismo tipo de papel del año anterior, y esperó que llegara ella para acudir a la cena de nochevieja con unos amigos, un escritor famoso y su pareja.

&&&

  Al volver de la cena, cuando las agujas del reloj hacía horas habían traspasado la medianoche, entraban los dos en el lujoso loft de Federico. Ella dejó su bolso en la cómoda del recibidor y con una mano agitó su melena, la fragancia de su colonia llenó la estancia calando en todos los rincones. 

   —No sé, te veo muy serio, mi amor. Casi no has abierto boca durante la cena —dijo ella mientras dejaba que él preparar un café.

   El aroma de la colonia enseguida fue diluido por el fuerte aroma a café, la atmósfera se tornó tensa. Federico se limitó a lanzarle una mirada iracunda y acusadora como toda contestación.

   —Pero… ¿qué demonios te pasa?… ¿Por qué me miras de este modo?

   Parecía que no la escuchaba; estaba dirigiendo su mirada hacia el cuadro envuelto que estaba apoyado en la chimenea. Ella se dio cuenta de ello y fijó su vista hacia el mismo sitio, entonces pensó que aquello sería su regalo, con suerte parecía otro valioso cuadro. Pero disimuló sin decir nada, tiempo habría para desentrañar todo ese misterio, además lo importante era recibir el obsequio.

   —No me hagas caso, estoy muy cansado y pensaba lo mucho que te he añorado estos meses que has estado en Londres. Por cierto ¿Habrás hecho muchos amigos… no? —dijo Federico doblando los labios con desprecio.

   Al oír esto, Irene enseguida pensó que el motivo de su extraña actitud eran celos, se tranquilizó eso se podía soslayar, respondió con voz firme, mostrando seguridad:

   —¡No que va, mi amor¡ Siempre pensando en tí, sabes… yo también te he echado mucho de menos —mientras decía esa mentira pensaba en Peter, ese joven soltero, futuro heredero de una gran fortuna, que ahora estaría en casa esperándola. 

   Federico al oír esto dicho con  tanto aplomo, se llenó de dudas, tenía que averiguar aquello sin que se le descubriera que sabía cosas.

   —¿Estas segura?

   Irene aquello no le gustaba, y menos la mirada irascible de él; dudó y con un murmullo impreciso contestó:

   —En Londres pasaron muchas cosas… mi amor ya te lo contaré otro día, ahora es muy tarde vayamos a la cama, ¡te deseo tanto¡

   Federico no aceptaba ese corte, pero no insistió en el tema del viaje. Cambió sutilmente de asunto, no acababa de dar crédito a lo que estaba descubriendo, tenía que asegurarse. Aquello no podía ser, era momento de ir con la verdad por delante, se dispuso a explicarle lo de la galería de subastas. Habló poco a poco balbuceando cada sílaba:

   —Estoy muy cansado, es mejor que hoy te vayas a casa. Por cierto ¿te acuerdas del cuadro de la pasada navidad? Pues verás…

   Irene al oír aquello le dio un vuelco el corazón, por fin le iba a regalar un nuevo cuadro, sin dejarle proseguir le cortó hablando de manera nerviosa y precipitada, como queriendo con lo que iba a decir asegurarse el tanto:

   —¡Oh sí que me acuerdo amor¡ ¡Cómo lo voy a olvidar¡ Mira lo tengo colgado en mi dormitorio, así cada mañana veo el atardecer y pienso en ti. Justamente esta mañana lo he contemplado un buen rato. Eres un encanto, no sabes lo mucho que te quiero —Al acabar se giró acercando su cara mirándolo con una actitud zalamera, como un gato que se acurruca para obtener los mimos de su amo.

   Federico sacudió la cabeza con una sonrisa enigmática, como si aquello le hiciera gracia, esa manifestación ahora la consideraba vulgar y absurda. Las palabras se habían convertido en un lenguaje de silencios.

   Estaban de pie, pasó delicadamente el brazo por su espalda en una forzada pero delicada maniobra, mientras la dirigía hacia la puerta. Permanecían callados, Irene no sabía si había algo más que añadir o era el momento de despedirse. Ya en el quicio de la puerta le echó los brazos al cuello, buscó sus labios y le besó apasionadamente.

   Él no esperaba esto, no se apartó pero recibió el beso con total frialdad, como una estatua de mármol. Al acabar se limitó a decir:

   —Vete el taxi espera, y por favor no me llames más, esto se acabó. —Sin dejar espacio a una respuesta cerró la puerta tras de sí.

   Ya solo se sentó en su butaca preferida delante de la chimenea, encendió un cigarrillo, expulsó el humo que se dispersaba formando una niebla opaca cuando la luz resbalaba sobre él, como si sus sentimientos se diluyeran en la nada. Miró el regalo no entregado, buscaría un cúter y lo destrozaría, sabiendo que ya no la volvería a ver nunca más.

   Irene se metió en el taxi, sentía rabia, no por el portazo en sí, sino por la morbosa curiosidad de saber el motivo de aquello. Ya en el taxi encendió su móvil, enseguida le dio señal de un mensaje que leyó rápidamente.

   “Mi amor, me han llamado de la subasta, han vendido el cuadro sacando un buen pico. Un señor mayor lo ha comprado. Estoy contento por ti. Un beso Peter”

   Enseguida cayó en la cuenta, eso lo explicaba todo. Bueno acababa una historia pero seguía otra mucho mejor. Cuando llegara a casa iba a tener una noche de amor gloriosa, noche inglesa eso sí; pero buen momento para ir cerrando su futuro. Se movió acomodándose placidamente en el asiento trasero, su cerebro se inundaba de libras esterlinas, lo otro era el pasado.

   Peter que sabía que Irene no volvería hasta el día siguiente, estaba tranquilo; no tuvo dificultad en mandarle el mensaje, eso sí lo hizo desde otra casa y en otra cama, con la que posiblemente en el futuro sería su esposa inglesa. 

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9 respuestas a Mensaje secreto en un cuadro (Arturo Daussá Lapuerta)

  1. aprendiz de poeta dijo:

    Muy ameno el relato,tiene intriga,suspenso y emoción, además de historia.Me parece muy interesante.Saludos cordiales,suerte.

  2. Ana Calabuig dijo:

    Bonito relato de engaños, entretenido, la historia no se queda colgada en ningún momento. Por poner algún “pero”, pero poco importante, algún problema con la puntuación. De todas formas la historia está bien llevada. Suerte.

  3. amaiapdm dijo:

    Arturo, muchas gracias por escribir, me ha encantado tu relato. Muchas felicidades en estas fiestas de Navidad y feliz año 2014. Un saludo. Amaya

  4. Alex de la Rosa dijo:

    ¡Menuda historia de engaños! Engancha y entretiene. Suerte. Saludos!

  5. Buena trama Arturo, has llevado muy bien la historia. Me ha gustado. Un saludo.

  6. Ana Pascual dijo:

    Me ha tenido enganchada hasta el final. Suerte y un saludo.

  7. eva dijo:

    El burlador burlado. No solo me ha entretenido sino que me ha devuelto confianza en la vida…¿Será que hay justicia más allá de nosotros? Ameno relato, te mantiene expectante, muy actual en la prosa…Me ha gustado. Gracias por compartirlo. Feliz Navidad!!

  8. leticiajp dijo:

    De primeras el título ya me ganó, aunque luego el mensaje tampoco era tan secreto. Me ha gustado el relato, tiene buen ritmo y mantiene la intriga, con un buen final. Yo quizás recortaría un pelín en algunos párrafos para hacerlo un poco más directo, pero hay frases realmente brillantes que me han encantado.

  9. Nelaache dijo:

    Relato ameno y entretenido. Consigue engancharte y mantener el suspense hasta el final. Bien logrado ese clima de suspicacias, celos e intrigas. Felicidades!!

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