Un lugar bajo el sol (Manuela Vicente Fernández)

Aparqué el coche a la entrada del pueblo y me dispuse a cubrir a pie los escasos metros que distaban del cementerio. Al poco de echar a andar salieron a mi encuentro dos mastines ladrando acaloradamente, al tiempo que un silbido les llamaba al orden. El que parecía ser su dueño, un hombre de una edad entre los sesenta o setenta años, apareció tras un recodo del camino. Iba encorvado y portaba al hombro una azada.

-No tenga miedo, ya lo dice el dicho: “Perro ladrador, poco mordedor”.

Se me quedó mirando y frunciendo los ojos me preguntó:

-¿Busca algo? Lo digo por si necesita ayuda…

– No se preocupe, voy al cementerio, sé dónde está. –Repuse, cortante.

Me miró detenidamente, y aunque hice ademán de seguir, molesta por su escrutinio, su voz me detuvo:

-¿No eres tú la hija de Amparo Ribera?

-Yo soy. –Respondí, escuetamente.

-¡La de tiempo que ha transcurrido! Te reconozco porque eres igual que tu madre, los mismos ojos, la misma expresión al hablar…

-Me voy. Se me hace tarde…-Interrumpí al hombre.

-Desde luego –Me respondió- Con el cambio de hora ya se acerca la noche, y estar en el cementerio en un día como hoy…

 

Vísperas de fieles difuntos. Un día como hoy…En la tumba de Amparo Ribera puede leerse una fecha: 1 de noviembre de 1990. Ese día no pude acompañarla a su última morada. No pude porque estaba en el hospital, rota por el accidente y la conmoción. Acababa de descubrirlo. En su bolso había encontrado una carta que no llegó a enviar nunca. Su secreto mejor guardado. También el mío. Es por eso que no volví al pueblo nunca más. Hasta hoy. Cada año que me propuse venir me faltó el valor en el último momento. Por eso este año no pensé en el tema, hasta que hoy 31 de noviembre, arranqué el coche y vine. Sin pensar. Traigo la carta, oculta entre el ramo de flores artificial, que voy a dejar dentro de la vitrina que aísla su lápida. Está doblada en mil y un trozos diminutos, y asentada en la base del florero de porcelana de Sèvres que porta las flores. Otro ramo -natural esta vez- de camelias y dalias, sus flores preferidas, cuyo perfume inunda ahora mis sentidos, es el que deposito a los pies de su lápida.

“Querida…” no soy capaz de pronunciar la palabra. La palabra mil veces pronunciada, millares de veces, la más pronunciada. Duele y no digo nada. Entretejida con su carta he dejado la mía, no me quedan más palabras.

Deposito los ramos de flores –uno dentro de la vitrina, que cierro con llave, otro fuera.-Deposito mis besos en el mármol frío y me voy. Al cerrar la verja del cementerio alzo los ojos por inercia hacia la parte alta del pueblo. Se divisa la casa donde pasé mi infancia y mi adolescencia. No me preocupa el viejo, ahora me tranquiliza saberlo. No me importa quién pueda ser el otro. Quizá debiese importarme, pero prefiero no saberlo. Oigo en mi mente la voz del hombre con el que acabo de tropezarme: “Eres igual que ella…” una duda incipiente que no dejo transformarse en certeza, asoma por un instante antes de que la deseche al olvido. “No quiero más pasado.” Me basta con una certeza.

Eusebio estará ahora calentando la cena en su cocina de leña. Tal vez mañana, el hombre que caminaba encorvado le preguntará por mí, al no verme en la misa de difuntos, y él aparentará saber, formulará una excusa: “Tiene un largo camino hasta Salamanca, y tiene que trabajar al día siguiente…” quizás el otro se formule varias preguntas en su fuero interno. Que cada cual arregle lo suyo consigo mismo. Este lugar no es el mío. Nunca lo ha sido. He dejado el pasado en él.

Conoce más de la autora en http://lascosasqueescribo.wordpress.com
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6 respuestas a Un lugar bajo el sol (Manuela Vicente Fernández)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un beso. Amaya

  2. David Rubio dijo:

    El pasado, pasado está. Muy buen relato Manoli. Felicidades

  3. eva dijo:

    ¡Qué duros somos enjuiciando a los padres, sobre todo a las madres!!! Cómo cuesta entender que su vida es suya y está tan llena de humanidad y plenitud como deseamos que sea la nuestra.
    Sí, Manoli, el pasado hay que dejarlo atrás…y más si no se trata de nuestra historia, pero con tolerancia y gratitud…Y lo de esta chica, no sé, no sé…La ha costado!!! Me ha encantado, tan real como la vida misma y narrado con la sencillez y claridad de los grandes. Dices mucho en este relato. Gracias por compartirlo…y Feliz Navidad!!!

    • manolivf dijo:

      Gracias a ti, Eva. Tus comentarios son un bálsamo para mí, lo mismo que escribir es una terapia en mi caso. La vida está llena de historias y de formas de vivirlas también. Me alegra un montón que te guste. Feliz Navidad y feliz año. Un abrazo. 🙂

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