El soldadito de plomo (Amaya Puente de Muñozguren)

La abuelita la había llamado a su lado, no era algo habitual, ya que desde que el abuelito se había ido al cielo, no quería hablar con nadie y se pasaba horas y horas sentada en aquella antigua mecedora, con una cajita de madera hermosamente tallada, sobre sus esqueléticas rodillas, balanceándose a su ritmo, mientras sus finas canas blancas parecían movidas por la brisa en la fresca tarde de otoño. A intervalos casi iguales su tos seca y dura retumbaba en el largo pasillo.

-¡María! no me hagas llamarte más veces, que me da la tos.

-Ya voy abuela…dime.

– Siéntate niña. Lo que tengo que contarte es un secreto guardado durante muchos años por nuestra familia, escúchame atentamente. En esta caja que ahora te entrego, vas a encontrar la más bella historia de amor jamás contada. Mi obligación era pasársela al primer varón de la familia que naciera, pero como eso no ha sucedido, vas a ser tú la que tengas que pasar el secreto a tus hijos, hasta que alguno sea capaz de resolver el enigma. Aquí dentro están las piezas de una bella historia que debe encontrar un final feliz, durante décadas ha pasado de mano en mano en nuestra familia y nadie ha sido capaz de solucionarlo, tu deber es custodiar la caja y entregársela a un niño, que creas que va a resolverlo; ni tu abuelo ni tu padre fueron capaces, ahora que me encuentro enferma y debo ir durante un tiempo a un hospital, te dejo encargada del cuidado de este tesoro.

María la miraba asombrada, ¿qué podría contener esa caja para que fuera tan importante?, no se lo podía imaginar. Acogió en sus manos la caja que le entregaba y con sumo cuidado fue a depositarla sobre la mesa de su habitación, en el pasillo resonaron las palabras de su abuela.

-Recuerda que la magia comienza siempre a las doce de la noche.

Un estallido de tos seca golpeó las paredes de todas las habitaciones de la casa.

-Mamá, la ambulancia ha llegado, vamos, agárrate de mi brazo.

-María, acuéstate prontito, volveremos en cuanto dejemos a la abuelita bien instalada y hayamos hablado con el médico. Buenas noches cielo, un beso.

Tras besar a su madre y a su abuela, María se encerró en el cuarto, presa de la necesidad de descubrir el secreto que por algún motivo estaba vedado a las niñas, pero…porqué. Con sumo cuidado abrió la caja, en su interior, sobre un lecho de terciopelo rojo descansaban una bailarina, con su tutú blanco y una diadema que brillaba como la luna, y un soldado de plomo al que le faltaba una pierna, uniformado, armado y valiente pero incapaz de sostenerse en pie, recordó que en una vitrina del despacho de su padre, había un regimiento de soldaditos de plomo igual a ese aunque con las dos piernas. ¿Por qué era tan especial?, no lo sabía y no había nadie que se lo pudiese explicar. Durante un buen rato hizo bailar a la pareja, ella con una sola pierna apoyada en el suelo y la otra flexionada hacia atrás en el aire y el soldado con la pernera floja por no tener pierna debajo. Parecían ser felices al estar juntos, la niña creía verlos sonreír.

Se fue a la cama pero era incapaz de dormir pensando en la salud de la abuela y en el extraño tesoro que le había encomendado,¿ por qué esas dos pequeñas figuras eran tan importantes?,¿ por qué las guardaba con tanto cariño?, ¿por qué el soldado no estaba junto al resto en la vitrina?… tantas preguntas se le agolpaban en la cabeza que le resultaba imposible dormir, la soledad de la casa y cierto miedo hacía que las sombras se le acercaran amenazadoras en un entorno tan conocido como su habitación.

María, una vez más se levantó al baño, al volver miró dentro de la caja, creyó ver a las dos figuras enlazadas en un tierno abrazo. Qué tontería, eso no podía ser, ella ya no era una niña pequeña y sabía que esas cosas no eran posibles.

Llena de una extraña inquietud se llevó las figuritas al salón, en donde brillaba un precioso fuego en la chimenea. En la repisa, junto a la caja de música los dejó apoyados, el uno en la otra, sobre sus piernas buenas.

María se metió en la cama justo cuando en el reloj del salón daban las doce, una tras otra con su retumbar lejano. Le pareció oír sonar la cajita de música. No, no podía ser. Con esa musiquilla en su cabeza se durmió inmersa en un sueño inquieto de bailarines de una sola pierna.

-Buenos días hija, ¿qué tal has dormido?

-Bien Mamá, ¿cómo está la abuelita?

-Muy bien hija, la operación ha sido un éxito a pesar de la urgencia, en un par de días estará de nuevo en casa.

Antes de irse al colegio se acercó al salón para recoger las figuritas y guardarlas en la caja, pero no las encontró por más que miró por todas partes. La caja de música tenía la tapa levantada y se acercaba peligrosamente al borde, a punto de caer al suelo. Algo en la chimenea llamo su atención, algo brillante como la luna, azul como el cielo y rojo como la pasión. Entre las brasas dormidas, reposaba tiznado y sucio un corazón, lo cogió con cuidado y tras limpiarlo reconoció los colores del traje del soldadito de plomo y la diadema de la bailarina, con sus pequeños brillantes plateados, en la parte superior del corazón, la bayoneta del soldado había formado un enganche para pasar una cadena, María empujada por una desconocida fuerza interior, abrió la cadena que llevaba al cuello, colgó el corazón y se la volvió a poner. Una gran felicidad le embargaba sin saber cuál era el motivo.

El día en el colegio pasó volando, todo le salía bien, estaba feliz.

-Cariño, ten cuidado al besar a la abuelita porque está muy débil, no la canses con tu parloteo, ya tendréis tiempo de hablar cuando vuelva a casa.

-Sí, mamá, no te preocupes.

La habitación olía a medicinas y a flores, el pelo blanco de la abuela flotaba como una nube sobre la almohada, al verla entrar sonrió levemente.

-¿Cómo estás abuelita?

-Bien hija, muy bien.

María se acercó a su mejilla para depositar dos sonoros besos y un abrazo, el corazón que dormía en la cadena en su pecho se precipitó hacia el rostro de la abuela acariciándola, llenándola de una corriente que le hizo revivir el profundo amor que sentía por su soldado herido, abrió los ojos desmesuradamente,  brillantes de lágrimas de alegría.

-¡Lo has conseguido, hija, lo has conseguido!

-Sí, abuela pero no sé cómo.

-No te preocupes, la magia hizo lo que tú comenzaste.

Sobre su pecho brillaba el corazón de dos almas que se amaron siempre, mientras lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas.     

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8 respuestas a El soldadito de plomo (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. orgav dijo:

    Este lo conozco. Ya sabes que pienso queces precioso. Espero retomemos nuevamente CUENTAME UN CUENTO. Yo ya estoy lista. Besos y suerte con él.

  2. Muchas gracias, Orgav, en cuanto me estabilice vuelvo a compartir con vosotros sueños y retos, un beso. Amaya

  3. eva dijo:

    Precioso cuento y sí el amor brilla, no hay forma de ocultarlo. Enhorabuena Amaia, gracias por compartirlo.

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por leerme, Eva, es un placer haceros pasar un rato agradable. Un saludo literario y un beso. Amaya

  5. Me ha encantado tu relato, hay mucho sentimiento en el. Un saludo, Vicente

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias Vicente, es para mi una alegría conseguir haceros pasar un buen rato, un saludo y felices fiestas y venturosa 2014. Un beso. Amaya

  7. Ángela dijo:

    Un cuento muy bonito, gracias por compartirlo. Y feliz Navidad.

  8. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias Angela. Te deseo un feliz año nuevo lleno de salud y trabajo. Un beso.Amaya

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