Un día cualquiera (Emilio Álvarez)

Detuvo el coche sobre el enorme barrizal, junto a las demás tartanas de los residentes, y apagó el motor. Amanecía un nuevo día de enero mientras esperaba a que terminase una canción que sonaba en una de las emisoras de la radio. Sentado sobre el mullido asiento, respiraba aquella mezcla formada por el olor del aceite quemado de las entrañas del capó y el tenue aroma a pino procedente del ambientador. Un ambientador desgastado en forma de árbol que se balanceaba sobre el retrovisor torcido, el mismo espejo donde veía reflejado su extensa barba y su pelo enmarañado.

Cuando salió al fin, atravesó con sus botas manchadas de barro el aparcamiento, minado de charcos que destellaban congelados por la luminosidad del cielo encapotado. Con las perneras de los vaqueros húmedas, subió con paso firme las escaleras metálicas que conectaban los pisos de los apartamentos. Después de toda una noche trabajando como vigilante en el parque de camiones y remolques, notaba cierta extenuación que, junto al frío, lo consumía lentamente.

Residía en aquel lugar desde hacía ya demasiado tiempo. Los apartamentos no eran más que un bloque rectangular de cuatro pisos de altura, con la fachada de ladrillo visto que aquella mañana lucia de un tono más fosco por culpa de las continuas lluvias. En el interior vacío de aquella estructura, entre verjas metálicas que intentaban alejar la zona de ocio de algún peligro inexistente, había una piscina comunitaria vacía. Recordó con un absurda melancolía como eran los primeros veranos al poco de trasladarse. Los residentes se daban un baño en aquella agua debidamente tratada para desfogarse del calor estival, mientras que otros tomaban el sol en las pocas tumbonas blancas dispersas en las cercanías. Pero todo acabó cuando, un día muy temprano, apareció flotando el cadáver hinchado y azulado de un tipo gordo. Ahora se había transformado en un enorme agujero donde las ratas correteaban libremente y la basura se amontonaba, desprendiendo un hedor vomitivo que se filtraba a los apartamentos de la planta baja del interior. Un desierto donde las pocas tumbonas que quedaban en pie estaban agujereadas y rotas por el granizo y el temporal de los años.  

Desde la tercera planta podía ver los contenedores verdes a rebosar de bolsas de basura de distintos colores y tamaños. Pese a que la Navidad ya quedaba muy lejos en su memoria, aún yacían abetos amarronados pudriéndose junto a ellos. Arboles marchitos aún decorados con algún adorno o con alguna rama cubiertas por spray de nieve artificial. Al terminar su jornada laboral, haría unos minutos, se detuvo junto a un surtidor en una gasolinera próxima para llenar el depósito y, de paso, comprar unos artículos. Cargaba con la bolsa de plástico mientras avanzaba por el pasillo y dejaba atrás las numerosas puertas de sus vecinos. Puertas pintadas por varias capas de pintura granate o roja o blanca. En algún punto de la madera astillada la pintura se desprendía en forma de costras, como si les hubieran acercado el calor de un soplete. De alguna mirilla colgaba alguna guirnalda o alguna rama de muérdago de plástico.

Entró en su apartamento y de deshizo de la abultada chaqueta deshilachada. Debajo del abrigo vestía una camisa gruesa de franela que no lo protegía del duro invierno, pero que era mejor que cualquier otra prenda que pudiera embucharse. La fragancia del desodorante barato había desaparecido y olía a sudor reseco y a nicotina, algo poco agradable a su parecer. Pero no podía permitirse darse una ducha aún, deberían de pasar por lo menos un par de días más. De todas formas, el calentador seguía sin funcionar, lo que transformaba el acto de meterse en la bañera en una autentica tortura. Arrojó la chaqueta sobre el edredón y las sábanas desechas y encendió el televisor de escasas pulgadas, casi como acto intuitivo.

El interior de su apartamento estaba oscuro, todo envuelto bajo una tétrica penumbra. Las persianas estaban bajadas y la poca claridad que se filtraba por los intersticios de éstas la opacaban las cortinas. Las paredes de un mustio tono amarillo crema se veían más sombrías que nunca, incluso aquella mancha de humedad negra que no paraba de crecer en una esquina del techo. Del cuarto de baño le llegaba el ya perpetuo olor a cañería. Un aroma como a huevo podrido con el que había aprendido a convivir sin tener ni un ademán de nauseas o arcadas. El escaso mobiliario que adornaba lo que era el salón estaba repleto de restos de comida basura aún con sus envoltorios de origen y vasos de bebidas, algunos con líquido en su interior. Aunque habían cerca de una docena de botellas de alcohol esparcidas por todos los rincones, unas vacías y otras por la mitad, compró el whisky más barato que encontró entre los estantes de la gasolinera. Sería con el que brindase hoy. Sacó la botella ámbar de la bolsa de plástico, la posó con delicadeza sobre la mesa pringosa y redonda junto a la ventana que daba al pasillo exterior. Se hizo con uno de los vasos de un restaurante de comida rápida que encontró y vació su contenido negruzco en el retrete, quitándole la tapa de plástico y la pajita incrustada que lo cubría. Luego abrió la nueva botella y vertió una cantidad considerable en él. Ni siquiera tenía regulador, por lo que el chorro de alcohol era consistente. Se sentó en la silla plegable y se acomodó. Del televisor emanaban los disparos y explosiones de una película bélica en blanco y negro. Cada cierto tiempo la señal se perdía y volvía al cabo de unos segundos, quedando toda la pantalla fundida. Otras, en cambio, el sonido se elevaba hasta extremos ensordecedores o bajaba hasta el silencio sepulcral.

Extrajo el resto de la compra de la bolsa: una magdalena que, aunque estaba embutida en un envoltorio de plástico trasparente, se veía dura y rancia y un paquete de velas pequeñas de diversos colores. Apretó la boquilla de un cigarrillo con sus dientes incisivos y lo prendió tras unos segundos de jugueteo, sintiendo sus manos temblorosas por el frío que se filtraba en el pequeño habitáculo. Tampoco funcionaba la calefacción, por lo que las mantas y la ropa de abrigo se convertía en el único refugio disponible. La sequedad en sus manos y rostro era tan evidente que lucía unas cuantas grietas y quemaduras rojizas, y pensó entonces en lo mucho que odiaba esa época del año. Antes de arrojar el mechero a un extremo de la mesa, encendió la vela que acababa de clavar sobre la magdalena. Se cantó a sí mismo el cumpleaños feliz, tratando de no desafinar demasiado. Luego expulsó el humo de la primera calada, dio un sorbo al vaso y sopló la vela que se sostenía sobre la pequeña pieza de bollería industrial, cuya dureza hacían suponer que permaneció en la sección de dulces demasiado tiempo. Una granada explosionó desde la televisión y el olor a cera quemada se unió con el de la nicotina, justo antes de que le diera el primer bocado.

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20 respuestas a Un día cualquiera (Emilio Álvarez)

  1. Alex de la Rosa dijo:

    Uff, que duro y triste. Has creado unas imágenes cargadas de soledad tan nítidas, que me has dejado un poco tocado después de leer tu historia; la atmósfera que has creado para envolver la historia también ha contribuído. Te felicito, porque aunque es muy duro, es muy bueno. Saludos!

  2. David Rubio dijo:

    La podredumbre lo contamina todo y se retroalimenta. Suscribo el comentario de Alex. Saludos

  3. manolivf dijo:

    Triste y difícil. La soledad unida a la desgana. Ese día cualquiera en el que todos podemos reflejarnos (aunque no quisiéramos). Buena historia, deja un sabor agrio, que no se olvida.
    Un saludo.

  4. Menudo panaroma desalentador describes y qué bien lo haces. Me ha gustado mucho. Sólo hay un detalle que no me ha convencido: la comida basura. Si se supone que es un hombre sin recursos económicos me cuesta creer que pueda permitirse el lujo de comprar ese tipo de comida al precio que va. El término “comida basura” queda muy bien estéticamente en ese ambiente que describes pero su significado no. Es un simple detalle que no emborrona tu magnífico relato.

    • Emilio Álvarez dijo:

      Gracias Vicente Mateo Serra por comentar y leerte el relato. Muchas gracias, también, por la observación 😉 Saludos.

  5. eva dijo:

    Me ha sobrecogido, tuve la misma sensación siendo muy joven y vi “Cowboy de medianoche”, en aquel momento, imagine que es muy fácil cruzar esa linea que determina una vida más o menos “acomodada” y las lindes de la pobreza y soledad. La vida es un carrusel. Las descripciones, la narrativa que utilizas envuelven al lector. Me ha gustado, gracias por compartirlo Emilio. Feliz Navidad!

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Emilio, me ha gustado y sobrecogido tu relato, a veces la vida es dura las veinticuatro horas de cada día. Un saludo y felices fiestas y próspero 2014. Amaya

  7. Joan manuel García Paz dijo:

    Tu texto llega y cala Emilio, la verdad has dibujado una escena estremecedora donde se conjugan la soledad y la nostalgia de una forma tan vívida que uno,irremediablemente se traslada al lugar.Enhorabuena.

  8. Ángela dijo:

    Un retrato excelente de un cumpleaños poco feliz. Es muy visual este relato, a medida que lo iba leyendo iba con cuidado de no pisar una peladura de patata, o una rata muerta. He olido, he visto y me ha apenado la vida de este personaje tuyo, solitario y viviendo en la inmundicia. Me ha gustado mucho. Buen trabajo.

  9. BANDOLERA dijo:

    Muy buena escritura. Felicidades.

  10. David Rubio dijo:

    ¡Enhorabuena! Feliz año

  11. Ángela dijo:

    Un merecido primer puesto, si señor. Felicidades Emilio. Muy bien, muy bien. ¡Y feliz año! 🙂

  12. Emilio Álvarez dijo:

    Gracias por vuestra lectura, por vuestros votos y por los comentarios. Un saludos 😉

  13. Ana Pascual dijo:

    Enhorabuena Emilio, es un relato excelente. La historia se proyectaba en mi imaginación según lo iba leyendo. Ah, y Feliz año. Un saludo.

  14. Mar dijo:

    No me dio tiempo a leerlo antes y lo hago ahora, es muy, pero que muy bueno tu relato, ENHORABUENA por ese primer premio, Emilio. Feliz año.

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