Somos novios (Ángela Eastwood)

A la misma hora y como todas las  tardes Isabel corre a sentarse en su viejo sillón de orejas. Anhelante, se acurruca bajo la manta, cuidando de no derramar el contenido del oloroso té de rosas de pitiminí; unos capullitos rosados y blancos que una amiga trajo de un lugar remoto donde brotaban salvajes, según su amiga, de la corteza de un viejo sicomoro. Huele Isabel la exquisita fragancia de las rosas y toma un sorbo en silencio reverente, saboreando el exótico brebaje.

Es la hora de la radionovela.

Cuando el viejo reloj del salón da las cinco, el engrasado eje del mundo se detiene, preciso, y los meridianos, azorados y sorprendidos,  se piden perdón por los pisotones causados por la brusca detención del globo caprichoso.

Suena la ansiada sintonía y una voz familiar da las buenas tardes a los fieles radioyentes; pronostica después que continuarán las lluvias torrenciales y tras elogiar brevemente las ventajas del detergente Alburín, que deja la ropa tan blanca como la carne prieta de los cocos más sabrosos, se hace el más angustioso silencio. Isabel se encoje y sujeta con las uñas  los tambores de su pecho.

Clop, clop, clop, clop.

Es la madre, que se acerca – piensa Isabel, acariciando los rebeldes pelillos de su bigote–. Y ahora Augusto le confesará, mirándola a los ojos, que se muere de amor por Alondra la bella. La madre le escuchará en denostado silencio, y, temblorosa, se aferrará a una silla para no caer, simulando un desmayo –pronostica ahora Isabel despectivamente. Eso es –piensa–, aflojará las piernas al tiempo que se le desdibujarán  las comisuras de la boca y respirará deprisa, emulando la muerte más cruel: aquella que sobreviene por la ofensa lacerante del hijo mimado. ¡Ah! Pero Augusto se mantendrá firme en su actitud, seguro de sí mismo: enamorado. Isabel inspira lentamente hinchando los pechos;  sonríe, saboreando de antemano la victoria del amor.

Abriéndose paso a través de la tormenta, la voz aterciopelada anuncia unos minutos de pausa, dejando paso a una bella melodía de Armando Manzanero:

“Somos novios, mantenemos un cariño limpio y purooooooo, como todos, procuramos el momento más oscuuro, para hablarnos, para darnos el más dulce de los besoooos, recordar de qué color son los cerezos….”

Una lágrima le asoma al ojo. Isabel siente un escalofrío,  una nausea le revuelve el estómago  y se incorpora despacio para no perturbar la paz de esos rulos que moldean su pelo lánguido. Envuelta en su mantita apoya la frente contra  los cristales helados. Ni un alma por la calle. A la hora de la siesta las mujeres se acurrucan en la tibia espalda del amante, escuchando la radionovela. Dentro de poco anochecerá y la plaza se llenará de gatos; el silencio se aferrará a las esquinas y algún gemido de amor se escapará por las ventanas;  tal vez una mano maltratada por los años lance agua sucia por los ventanales, mientras grita el nombre de un chiquillo.

Nunca pasa nada.

Armando Manzanero sigue apuñalando su corazón marchito recordándole de qué color son los cerezos. Ella tuvo un novio una vez y sabe de qué color son; también recuerda el sabor dulce de esa fruta compartida. Recuerda, así mismo, aquella noche en que, arropado por la oscuridad de la madrugada, un limeño de ojos verdes y mal aliento la forzó en el silencio de su portal,  y no olvida que, paralizada por el terror, se mantuvo quieta soportando las embestidas del malhechor. Y callada. Esa decisión la convirtió en culpable, la culpa se hizo sucia y con la suciedad se marcharon los aromas de cerezas.

Acaba la canción. Isabel limpia sus lágrimas y corre a sentarse de nuevo. Vuelve la voz masculina, rica en matices. Se escucha de pronto el estruendo de muebles caídos seguido de un llanto desconsolado y un golpe sordo: la madre ha caído al suelo. Sí, rota: herida de agravios. Y Augusto -el  amante valeroso-, ha bajado la mirada entristecido, avergonzado ante los lamentos inconsolables de la progenitora enlutada. Lágrimas de desconsuelo ruedan ladera abajo por las mejillas arrugadas de aquella que, mientras lo amamantaba, espantaba los demonios que se aferraban a su cuna de encajes; esas lágrimas sagradas han derribado los firmes muros que rodean el  amor de Augusto por Alondra.

Isabel, maldiciendo, se levanta del sillón arrancándose los rulos. El cabello cae lánguido, mientras, en otro lugar, la madre reposa su dolor en una silla de mimbre, bebiendo sorbitos de un licor medicinal adecuado para los sustos que dan los hijos.

— ¡Calzonazos consentido! ¡Faldero! –aúlla Isabel–. ¡Tú no! ¡Tú no!

En la oscuridad de los callejones los gatos se erizan del susto, los enamorados se detienen, intrigados, dejando los besos a medias. Las luces se encienden, algunas caras se asoman.

No imagina ella que su amado Augusto, su principesco amor altanero de pasos firmes,  enjuga en esos momentos las lágrimas de la madre, que no es una enjuta viuda enlutada de moño apretado y lustroso,  sino  un señor de estatura baja, barrigón,  de voz aflautada y nariz enrojecida, propia de los grandes bebedores. Los brillos de su chaleco indican una falta de jabón importante.

— ¡Madre! ¡Debe entender mi amor por Alondra! ¡No sea de ese modo, por Dios! – declama Augusto mientras abanica, con aire distraído, a su compañero de reparto con un cartón en el que se lee: “letrina atascada, no evacuar”, mientras este—entre hipos– da otro sorbito al vino sanador de los disgustos que dan los hijos.

— ¡Ay, hijo mío! ¡Déjame morir en paz! –tras este dramático y aflautado lamento el gordo Amelio disimula un espeso eructo con la mano y se desabrocha el botón de su chaleco;  la carne contenida hasta entonces se extiende buscando territorios nuevos. Después se agarra el corazón en un gesto muy teatral, mientras gime desconsolado rascándose la entrepierna.

Apiadado de la madre, que yace derrumbada por el dolor, Augusto toma fervorosamente la mano del compañero y la besa con ardor reverencial. Huele esa piel hinchada a todas esas substancias que se incrustan entre las uñas cuando uno se rasca ciertas partes de su anatomía. Augusto tuerce el gesto, asqueado.

—Madre, si usted no aprueba nuestro amor, me mataré. ¡Se lo juro! —ahora nuestro apolíneo protagonista se lleva el dorso de la mano a la frente, lánguidamente, y se arrodilla junto a la madre que le acaricia los cabellos con sus dedos de uñas negras.

—Ella no te conviene, pajarito mío. No pertenece a nuestro mundo. —Amelio mira al vacío: todo le da vueltas. La tarde se ha vestido de luto, los gatos callan, la lluvia no cesa—. Te hará infeliz.

—Madre, madre. –Augusto ahora llora desconsoladamente. El pecho ufano ya se desinfló. Ya se despegaron las plumas por el sudor del miedo. Ya…

Suena la melodía que anuncia la bajada del telón. Una voz almibarada recuerda que mañana, a la misma hora, el serial continuará.

“Queridos radioyentes: ¿Se ablandará el corazón de la madre? ¿Y qué oscuro secreto subyace en su obstinada negativa? ¿Vencerá el amor por fin?”

Ring ring ring ring

—Tienes a una loca al otro lado de la línea –anuncia Alondra la bella, que hace las veces de telefonista—. Está muy enfadada, dice llamarse Isabel y amenaza con  romperte las piernas por faldero. Ten cuidado: recuerda lo que sucedió la última vez.

Augusto, que se halla en esos momentos administrando suaves cachetadas en la mejilla de la madre –que ahora ronca imprudentemente–, rememora aquel día en que, a la salida de la radio, una diminuta octogenaria contrariada le asestó sendos bastonazos en la testa, acusándolo de flaqueza de espíritu. A una madre no se le hace eso ¡Ingrato! –le gritó tirándole de la oreja–.  Tras los bastonazos llovieron cachetadas, patadas en la espinilla y acusaciones varias: mujeriego, putero, amasador de fortunas, jugador y hasta lesbiano.

Oscurece ya, y la incesante lluvia brilla sobre los tejados; en las casas la voz de terciopelo rasga la quietud de la tarde y recuerda a sus oyentes las maravillosas ventajas del cepillo engomado para frotar los cristales. ¿Sus cristales están sucios? No lo duden, acudan prestos a su tienda más cercana y adquiéranlo por un módico precio. La vida se verá diferente, los paisajes más nítidos, el cielo mucho más azul.

Conoce más cosas de la autora en http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com.es/
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11 respuestas a Somos novios (Ángela Eastwood)

  1. Ana Calabuig dijo:

    ¡Genial! Encantadora tu protagonista. De principio a fin no decae la intensidad del relato. Es tierno, pero sin llegar a ser ñoño. Me gusta como expresas el interés por las radionovelas. En otro tiempo hubieron en la radio grandes radionovelas que enganchaban todas las tardes a las gentes, tal como describes, mayores y no tan mayores. Y también genial la forma como das a entender la necesidad de compañía de Isabel y como, esa necesidad, la cubre la radio. Mucha suerte en la votación.

    • Ángela dijo:

      Era yo muy pequeñita cuando mi madre me obligaba a dormir a su lado a la hora de la novela. Pero yo no me dormía, porque me intrigaban mucho esos ruidos interiores de aquella caja mágica, de donde igual salía lluvia, truenos y relámpagos como el galope desbocado de un caballo. Era algo mágico, aunque a mi entonces los besos me daban mucho asco por aquellos de ser húmedos y babosos :), pero debo reconocer que el asunto tenía mucho encanto. Sí, recuerdo que mi madre abandonaba el lavado de los platos, la colada y todo lo demás para tomarme en brazos y acurrucarnos juntas a escuchar los amores de la prota de turno. El mundo se paraba, es así.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato, un beso. Amaya

  3. orgav dijo:

    Ummmm!!! Qué buen recuerdo me has traído! Ojalá volviese la radionovela. Me encantó. Suerte y gracias por el regalo de un gran recuerdo.

    • Ángela dijo:

      Bueno, ahora están las telenovelas, pero no creo que tengan ese encanto. Es tan seductor imaginar de donde nacía un rayo en la radio, tal vez surgía de una fina plancha de metal sacudida; o la lluvia, que tal vez era agua vertida con una regadera, o arena cayendo sobre un cartón jaja o qué sé yo. Todo un mundo de magia, y detrás, unos ojos soñadores que imaginaban a su manera cómo sería esa hermosa mujer que se resistía al amor, o cómo sería ese hombre de varonil y ronca voz. Todo amenizado por una bella sintonía, tal vez un bolero o un tango de Gardel. Creo que es algo encantador que se ha perdido y su simple evocación me arranca una sonrisa de añoranza, porque me recuerda a mi niñez, a los brazos de mi madre, a esas siestas en las que se veía como se marchaba el sol…
      En fin, muchas gracias a ti por leerme, Orgav.

  4. eva dijo:

    ¡Ay, qué recuerdos! Entre las radionovelas, la Sra. Francis y Antonio Machín discurrió mi infancia. Qué decirte Ángela, que ya no sepas…He disfrutado, como siempre. Gracias por compartirlo. Pero qué buena eres, caramba!!!…En qué piensan los editores???!!!

  5. David Rubio dijo:

    La radio es un medio que consigue una comunicación muy especial entre locutor y oyente. Nos habla y nos invita a soñar. ¡Cuanta soledad ha mitigado!. Es un gran relato, escrito con tu maestría que empiezo a comprobar que es marca de la casa. Saludos

  6. Buen relato, buena historia y bien escrita, y con un humor muy fino 😉

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