Pacto (Patricio Núñez Fernández)

Nunca creí que podría recuperarme de su abandono, quizás llegaría a eclipsarlo, pero hasta eso sería complicado. Cuando me dejó me encontré solo y señalado. En el pueblo todos hablaban, de que se fue con el vecino, que el romance lo mantuvieron a voces durante años, que yo me dejaba engañar, que no tenía el valor de enfrentarlos. La vida en un pueblo es así, los rumores son su esencia y el murmullo es como una brisa que todos sentimos.

Después que se fue estuve aislado. Mi contacto con lo exterior se desvaneció. Vivía en harapos, alimentándome de mi pequeña huerta, me convertí en un anacoreta. El dolor persistía golpeando en mis entrañas. No fueron pocas las oportunidades en que baraje el suicidio, no lo hice por cobardía, además por mi formación en la fe de Cristo. Ahora puedo comprender como esto fue lo que hizo que abandone mi autoexilio.

No logro recordar como me llegó la información de que el domingo era el domingo de Ramos. Sentí un fuerte deseo de asistir a la ceremonia, de vivir con júbilo la entrada de Jesús en Jerusalén, su recepción, los olivos, la redención antes del final.

Ese domingo corté unas ramas del olivo de la huerta, me acicalé y me apeé a la iglesia. Una pulsión en mi cuerpo me trasladaba sin que viese a mí alrededor, mis ojos estaban concentrados en la iglesia, no escuchaba, estaba carente de olfato, me aferraba fervorosamente a mi ramo de olivo. Un candor súbito padecí al ingresar al templo, todo el murmullo, hasta entonces sordo, se convirtió en un griterío infernal que me azotaba en la espalda, en mis brazos, en mi nuca, sentía la befa de un mundo al cual no pertenecía. El sonido no era nítido, pero sus ojos sí. Decidí retornar a mi soledad. Las estatuas me observaban jocosamente, cada una de ellas representaban mártires, personas que abandonaron su vida física por la redención mística, todas ellas me juzgaban silenciosamente, la eternidad de sus rasgos de piedra me aplastaban, el ser humano que creí ser murió traicionado. Mi juventud me lo reprochaba, esas esculturas personificaban el joven que había sido, que añoraba alcanzar la felicidad. Esos santos sabían lo que había sentido y escudriñaban en mi alma ahora también, tenía que escapar de ese infierno fustigador. En ese instante el párroco se hizo presente, este no era el padre Carlos. Este nuevo cura era pelirrojo, alto, de gran torso, tendría unos cuarenta años y aspecto de normando recién bajado de su nave. Algo magnético me llevó a quedarme. Toda la grey sentía sus palabras como si estuvieran hipnotizados. Su dicción era algo afectada, poniendo énfasis en palabras como “destino”, “lazos” y “vocación”. Sonaban como un azote en mi pecho. Sentía en carne propia la palabra del señor, me entregaba por completo a él. Comulgué sin importarme no estar confesado. Estaba renaciendo, ella se extinguía, mi pasado también. Sería una herramienta del Señor.

Abrí mis ojos, desperté de mi ensoñación, me encontré con los puños cerrados, arrodillado en la iglesia. Estaba solo, el resto de los feligreses habían abandonado el recinto. Estaba impedido de retirarme, una fuerza me sujetaba, era mi propia energía que quería quedarse permanecer, pertenecer. Necesitaba encontrar al padre, conversar con él, ponerme a su disposición.

Pronto recordé cuando era niño y me desempeñaba como monaguillo, me dirigí a una puerta detrás del altar. Escuché que me llamaban desde una de las puertas laterales de la iglesia, observé un numeroso grupo de jóvenes, se encontraban allí, reunidos en torno al nuevo párroco. Me acerqué, ellos me recibieron como uno más, me acercaron al padre que me miró fijamente a los ojos y me preguntó si estaba dispuesto a confirmar mi fe en la Santísima Trinidad y en la Santa Iglesia Católica, sediento de exoneración acepté con vehemencia, dije:

 –Quiero ser uno más de tu rebaño.

Eran mis primeras palabras en meses, me sentí dichoso que fueran esas. El padre dibujo una cruz con aceite en mi frente, mientras me comunicaba que podía retirarme, el estaría esperándome por la mañana. No me juzgaría, me esperaría.

Volví a casa, todo ahora me parecía resplandeciente, una nueva vida se apoderaba de mí, era un hombre con sentido en este suelo.

El lunes estuve en la iglesia, el padre me alistó para que fuese uno más de sus ayudantes. Esa pascua fue para mi uno de los episodios capitales de mi existencia. Me volví un activo colaborador del cura, obedecía todas sus directrices.

Se observaba un cambio en los devotos, que también se amplificaba en el pueblo. Los jóvenes se habían apoderado de el, en todo lugar que visité solo encontraba jóvenes, los ancianos estaban ocultos. Ellos eran los habituales concurrentes a la iglesia Era poco frecuente encontrarlos fuera de su casa, un pánico imperceptible los alejaba de la vida pública. Sentí empatía con ellos, mi aislamiento fue porque alguien había ocupado mi lugar junto a quien yo amaba, sin embargo la iglesia era nuestra, nuestro pastor nos lo hacía saber y sentir. Nos alentaba a redescubrirnos como los elegidos, el camino y la misión era nuestra.

Poco a poco fui notando otras modificaciones, los sermones del padre estaban apuntando a alzar nuestra flema religiosa; a descreer de todo aquel que no comparta nuestro credo, ni nuestro accionar; ponía especial énfasis en que los jóvenes éramos la única esperanza en este mundo rodeado de dolor, nos decía que si queríamos una sociedad mejor, nosotros tendríamos que hacer el verdadero sacrificio. Todas estas palabras nos alentaban, nos llenaban de vanidad, pero para nosotros tenían sentido, era lógico que la esperanza que nazca de nosotros, el presente y el futuro, todo junto, esperábamos con abnegación que llegue nuestra oportunidad de demostrar que estábamos vivos, que nuestro sacrificio llenaría de vida a todos y nos justificaría.

El pueblo se convirtió en una extensión de la iglesia, algunos viejos, generando alboroto, se marcharon del pueblo, la policía adoptó una rigidez inusitada. Salvo estos episodios, en las calles reinaba el orden, todos nos mancomunábamos, nos apoyábamos, la solidaridad entre nosotros creció. Era común ver a los jóvenes participar de actividades atléticas juntos, trotábamos, corríamos en filas, encolumnados. Muchos participábamos dando clases a los niños, por ejemplo, di unas clases de botánica en mi huerta que hicieron que mi animo este por las nubes, sentía ese orgullo de que estaba haciendo las cosas necesarias para justificar mi existencia y esperaba por más, tanto que no llegaba a comprender, pero esperaba tener más funciones, ser un siervo de mi fe.

En la celebración de las misas, el párroco, comenzó a solicitar que donemos nuestros libros para crear una enorme biblioteca comunitaria, que funcionaría en las instalaciones eclesiásticas. El padre nos alentaba a dar nuestros ejemplares. Su argumento estaba basado en la unión que generaría tener una biblioteca común. El pensamiento debía ser sociabilizado, no debía ser exclusivo de unos pocos. Fundamentar esto no era necesario, todos lo haríamos, responderíamos fielmente su encargo.

Se me encomendó la tarea de ordenar algunos de los volúmenes que acerquen los donantes. Debía ocuparme del sector de literatura. Desde que ella me dejó, había dejado la lectura, la había abandonado, no recordaba el tacto con el papel.

Antes de realizar la actividad encomendada festejamos una breve misa. Todos los jóvenes estábamos presentes y dispuestos a dar lo mejor para que la biblioteca crezca y cumpla con su objetivo, hasta los niños estaban dispuestos a dar lo mejor de sí para que la biblioteca se convierta en realidad. Atentamente escuchamos que nuestro padre nos hablaba de los cuarenta años buscando la tierra prometida. Los sermones habían virado su rumbo, ahora se dedicaban más al antiguo testamento. Comulgamos y nos dedicamos a nuestras tareas.

Estuve leyendo poesías que desconocía, recorriendo mundos ajenos, dichosos, olvidados. Rememoré mis momentos felices con ella, el placer de la literatura, las charlas, los debates que manteníamos acerca de sus amados y sonrosados franceses, contra el romanticismo teutón. La redescubrí de otro modo, nos queríamos tanto. Que desfile inoportuno de esperanza que es nuestra vida, toda confusa, puro deseo y nada más.

Continué leyendo, olvidándome de mi tarea, me llegó un libro a mis manos que me impresionó particularmente, en una de sus páginas una frase estaba resaltada, esta rezaba:

“Uno no defiende a su Dios; Dios es en si mismo una defensa”.

Me recordó algunos sermones del padre que hablaban acerca del otro, los otros credos, las otras religiones y de las formas que las distintas creencias disponen sacrificios para saludar, agradecer y defender su fe. Estos pensamientos con la fatiga de tantas lecturas fueron adormeciéndome.

En mis sueños, soñé con ella, me envolvía en sus besos, trataba de despertarme, luego se iba, me abandonaba en un desierto, un oasis de libros me aguardaba, en estos observaba grabados antiquísimos que representaban a cristo en la cruz, enfrentamiento entre cruzados e infieles, hogueras inquisidoras; observaba viejos papiros con representaciones del génesis, Caín  victorioso estaba ahí, el viejo Abraham, los pactos en el Sinaí. Comencé a sentir un intenso calor, en ese momento desperté.

Me encontré acostado, cientos de libros servían como lecho. Un intenso humo que bajaba desde el techo no me permitía observar que sucedía. Esa humareda era producto de un incendio, grité por ayuda hasta que mis pulmones no pudieron más, traté de salvar algún ejemplar, aunque sean unas hojas sueltas. Todo fue combustible para la hoguera. Intente escapar, las puertas estaban selladas, casi todas las ventanas tapiadas, excepto una, esa fue mi salvación.

En una maraña de confusión, humo y desesperanza retorné a mi casa, a lo lejos escuchaba el llamado del padre normando que gritaba mi nombre y se persignaba. En el ambiente, viciado por el humo, se podía oler carne vieja y dura. Al parecer el incendio fue de tal magnitud que unos viejos estaban abrazados en la plaza llorando y gritando infamias al cielo. Me encerré nuevamente, sin escuchar a nadie, sin querer abandonar mi morada, mi refugio, no me interesaban las explicaciones, las causas del incendio. Lo único que anhelaba era volver a soñar con ella, cosa que hice, pero lo que verdaderamente se proyectaba en mi visión era la última parte de mi sueño en el depósito, donde estaba en un desierto estudiando los grabados de viejos libros y esa oscura frase que se repetía constantemente. Noche tras noche, el mismo sueño. Sentía en carne propia los jirones del fuego inquisidor, el tiempo fue desdicha. Dios es en si mismo una defensa.

Sinceramente no logro descifrar cuanto tiempo estuve aislado nuevamente de la sociedad, un deseo me hizo salir de mi encierro. Cuando lo hice me encontré con un pueblo abandonado. Todo era un anexo a la iglesia, calles enteras en la desidia, algunos viejos erraban por las calles, portando algunos libros quemados o viejas fotos, se escuchaban gritos de un dolor demasiado intenso como para ser propio, se lloraba a otro, eso lo conozco como nadie. En las casas eran decoradas con una austera cruz, al parecer continuaban creyendo, aferrándose a lo que sea. El peso del universo no es algo que todos podemos cargar.

No podía ver a ninguno de mis compañeros de las misas, tampoco vislumbraba ningún joven, los niños tampoco aparecían. 

Ingresé a la iglesia, en el altar aprecié como unos viejos rezaban tomados de las manos, sollozando al unísono por sus perdidas. No me atreví a interrumpir. Noté una mirada penetrante en mi nuca, con pavor giré y me encontré con el padre del cual fui un servil y fiel lugarteniente. Silenciosamente se me aproximó, pidiéndome con un gesto que lo acompañe. De manera pausada comenzó a hablarme de los sacrificios y las pruebas que pone el todopoderoso en el camino de algunos, como los deseos de continuar viviendo pueden afectar la verdadera vida. La necesidad que tienen algunos de perdurar, que no se sienten listos o preparados para dar un paso al costado y perecer. El viejo Abraham no podía concebir un hijo, me dijo. Dios le ofreció un pacto para poder hacer feliz a su mujer Sara. Tuvieron a Isaac, Abraham tenía 99 años y su mujer 90. Dios le pidió un sacrificio, entregar a su primogénito, lo que Dios da, el viento te lo quita- masculló el cura. Abraham accedió, pero en el momento de consumar el hecho, un enviado de Dios, lo detuvo y un carnero ocupó el lugar de Isaac.

Lagrimas brotaban de los ojos del cura. Me preguntó, resignado, ¿qué sucedía si el enviado hubiese llegado tarde, si no hubiese tenido interés en realizar su misión, si estaría ebrio de poder, tanto que quería ser Dios y jugar en ese mesón? Quizá tenía interés en fastidiar a Abraham, me dijo, observar la voluntad de un hombre que daría todo por su Dios, también lo daría por si mismo y por sus anhelos. Al fin todos padecemos nuestro egoísmo. Lo padecieron los viejos de este pueblo, lo padezco yo, como enviado, como siervo, ¿qué no es Dios sino una gran voluntad que esclaviza? ¿Por qué uno tiene que cumplir con su misión? Yo me arriesgué a enfrentar mi voluntad con la del Señor, me aproveché de estos viejos que pretendían que sus hijos mantengan sus antiguas costumbres religiosas y morales, que traicionen su voluntad para acercarse a la iglesia. Lo logré, nadie puede decir lo contrario, pero estos viejos también jugaron a ser Dios, ahora lo están pagando, o lo que es peor, sus hijos pagaron ese precio infame. Yo era un enviado, mi voluntad quiso ser Dios, yo no puedo juzgarla, ya estoy pagando mi propio castigo, estoy muerto en vida. Soy una sombra pululante en este mundo decrepito que camina cansado hacía su fin, ya no hay forma de remediarlo. 

 

Deje al cura con su intento de expiación. Volví a mi casa. Mi huerta me esperaba. La soledad y la resignación volverían a ser mi cotidiano. Nada podría modificar. Todo estaba roto.

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5 respuestas a Pacto (Patricio Núñez Fernández)

  1. eva dijo:

    Uff…Me ha impactado. Duro relato, da para pensar mucho. Solo ha habido algo que me ha chocado en el uso del tiempo verbal: “Ahora puedo comprender como esto fue lo que hizo que abandone mi autoexilio”…¿Abandonará? Podría transmitir mejor secuencia. No lo sé, es solo una observación…Lo demás; Genial. Forma y contenido. Gracias Patricio por compartirlo.

  2. Patricio Nuñez Fernández dijo:

    Gracias Eva. Voy a tener en cuenta lo del tiempo verbal. es cierto, abandonará es lo adecuado.
    Un saludo cordial y nuevamente gracias por la crítica.
    Patricio

  3. amaiapdm dijo:

    Patricio, muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu intenso relato. Un saludo y felices fiestas y próspero 2014. Amaya

  4. Patricio Nuñez Fernandez dijo:

    Gracias Amaya por tus opiniones sobre mis relatos.
    Un saludo grande.
    Patricio

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