La elección (Antegar)

El invierno ha tomado a la niebla por compañera. Hoy no está demasiado baja, pero sí lo suficiente para ocultar el sol y mantener la temperatura cerca de los cero grados. Asociada a ella, una ligera brisa que mueve las hierbas secas y araña la piel de la mañana. A Mario le saca una gota de moquita de la aleta de la nariz mientras espera a su amigo Esteban, conversador diario en sus paseos por la ribera del Ebro. Una rutina que repiten desde que ambos se jubilaron. Lleva tres días sin verlo y eso avienta las peores sospechas.

Aparece, al fin, por el sendero, detrás de una nube de vaho. Camina despacio bajo el abrigo, el gorro, los guantes, la bufanda. Falta, sin embargo, la frescura y la energía de otras mañanas.

-He tenido visita -saluda.

Mario piensa en algún familiar, su hijo Arturo o cualquiera de los otros tres.

-Mi amigo el virus, continúa. Cada año pasa un par de días conmigo, me ata a la taza del water durante ese tiempo y luego se larga.

-Muy gracioso, ese amigo tuyo.

-Ayer quise venir, pero no me tenía de pie.

-¿Y por qué no me llamaste? O a tus hijos, Esteban, para eso estamos.

Si puede aguantarse, Esteban no lo hace. Los guarda para ocasiones de mayor importancia, para cuando la necesidad apriete de verdad. Cada uno tiene su familia, sus hijos, su nido. Igual que Mario. Innecesario molestarlos por una pequeñez.

-Arturo no tiene el compromiso de la familia, podía haber venido.

Arturo es la espina clavada. Vive a su aire, sin ocupación fija, abandonado al albur de la mañana, piensa. Con un grupo de amigos en un piso del extrarradio. Trabajos esporádicos en montajes audiovisuales, sobre todo en verano. El resto del año, parches.

Esteban ha perdido la batalla de la seguridad. De poco sirvió la misma escuela, los mismos conocimientos, los mismos valores que al resto de los hermanos; incluso más, que para eso era el pequeño. Y sin embargo se torció, así lo dice, en un lamento. No sabe dónde ni cuándo.

-La educación ya no es una garantía, Esteban.

Se detiene, de pronto. La frase le ha sonado a timbre. Se queda mirando a su amigo Mario mientras la cabeza pelea entre un zumbido de ideas. Una madeja que no acierta a desenredar. Ahora mira al río, a ver si en el lecho de esa corriente fluyen las palabras flotando sobre el agua. Siguen caminando hacia el bar, donde cada mañana terminan el paseo y calientan un poco el estómago con un café con leche.

Esteban recuerda a los hijos pequeños, sus años de colegio, los días difíciles de la adolescencia, la esposa prematuramente muerta. Estampas en blanco y negro. El tiempo ha pasado sobre él como una apisonadora y le ha dejado los recuerdos para enterrarlo en nostalgia. Le ha dado, también, lágrimas para bruñirla. Y en ese espejo se mira cada día, ahí queda varado. A veces, maldice esos recuerdos, impotente, por no saber qué hacer con ellos.

Mario le acompaña con una palmada en la espalda, un toque de ánimo, un amigo con quien desahogarse sin el siseo de la compasión.

Es entonces cuando el timbrazo parece despertarle. Mira de frente a su amigo.

-Esa fue nuestra vida, Mario. La nuestra.

Oyen el ruido de la puerta del bar. Esteban gira la cabeza y abre los ojos a la sorpresa. Es Arturo. Cazadora de cuero de piel vuelta de borrego, capucha también de piel. Calienta las manos en el aliento, se las refriega con fuerza. Saca el vaho de las palabras con una sonrisa. Un abrazo, un apretón, un “¡qué frío jase, carambita” que siempre celebra con bromas desde que lo aprendió en un teatro infantil.

-Algún día te quitarás esa zamarra, que ya ha hecho la mili –le dice su padre, un poco desairado.

-Abriga y pesa poco, ¿qué más quiero? –encoge los hombros y abre los brazos en un gesto inequívoco.

Las indirectas de Esteban siempre viajan en el mismo tren. Arturo las soporta sin hacer mala sangre, incluso las toma a chirigota si no se pone pesado. Sabe de sus sueños para con él, con los demás hermanos: que fueran hombres de provecho, que supieran defenderse en la vida. Y puso de su parte todos los materiales.

No quiere discutir con él y cambia de tema. Al no encontrarlo en casa, lo ha buscado por el paseo y después en el bar. Por eso está allí. Por verlo un rato y tomar un café con él. Nada más. Comprobar que todo marcha, que la salud aguanta. Él, tirando. Unos días, mejor; otros, peor. Como siempre. No se queja, tiene la vida que quiere.

-Alguien me enseñó a elegir –echa el brazo sobre el hombro de su padre y lo aprieta contra sí, con fuerza.

Conoce más del autor en http://www.lagartosquebrada.blogspot.com.es/
Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Blanco y negro" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a La elección (Antegar)

  1. Mar dijo:

    Creo que es la primera vez que leo en este blog algo tuyo y me parece que nos hemos perdido mucho, pero gracias por dejar tu enlace. Es magnífico tu relato. Un saludo.

  2. Mar dijo:

    Claro, ahora entiendo, Antonio Tejedor. ¡Inconfundible! Gracias por compartir tu relato.

  3. Nelaache dijo:

    Me ha encantado tu relato, la redacción, la historia, los giros que empleas y que me parecen geniales. Gracias por compartirlo y mucha suerte.

  4. aprendiz de poeta dijo:

    Me ha parecido muy buen relato, existencial,interesante,bien contado. Saludos.

  5. Mar dijo:

    Felicidades, Antonio. Yo lo esperaba.

  6. Ana Pascual dijo:

    Enhorabuena, me ha encantado este relato. La descripción del principio, y la forma de narrar, que nos hace partícipes de ese pesar que tiene el padre con uno de sus hijos y de las diferencias que hay entre ambos. La última frase es conciliadora, un buen final.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s