Los eslabones perdidos (Carlota de las Mercedes Gauna)

   Avanzo por la avenida como a través de un verde túnel al final del cual se divisa el resplandor final colgado dentro de un espacio azul que fulgura como chispas a través de un cristal.

   Mientras camino voy sintiendo que me invade la luz, que dejo atrás las largas sombras de un eterno invierno…Allá, hacia donde me dirijo, las sombras han dejado de existir, el rencor y la angustia que producían van dejando paso a la redención, y la maravillosa música de la naturaleza llega hasta mis oídos transmitiéndome una inaudita pero tangible sensación de paz.

   Escucho risas cercanas, escucho pasos, escucho voces…Todo me llega como si se rasgase un velo permitiéndome respirar aires que ya había olvidado durante siglos. A ese resquebrajamiento contribuye el fuego de este amor que jamás enarboló las banderas de la rendición manteniéndose inalterable, desafiando tormentas y desasosiegos que hoy han dejado de interesarme, siendo sólo cruces empapadas por las sombras que voy dejando atrás.

   Llevo en mis brazos un cúmulo de sueños que se negaron a morir y siguen latiendo junto a mi corazón cual diminutas fogatas que se alimentarán con el nuevo aire que me espera detrás de la línea de fronteras…Una vez allí, levantarán vuelo -pequeños pájaros ígneos-, y se elevarán hasta cubrir el cielo con el reguero de la sangre que por ella vertí, porque ¿saben? ,nada desaparece del todo, nada se borra para siempre; los movimientos que cada acción implica se transfieren e inician huracanes imposibles de detener…

   En mi apagada soledad -blanca soledad de soledades blancas-, no hubo casi renglones que no contuviesen su nombre escrito con la sangre y con las lágrimas diseminadas lentamente sobre todos los paisajes del mundo que me vieran pasar derramando amargos llantos que ya no tendrán razones para permanecer en mis recuerdos como la de haberla amado más allá de mi mismo.

   _ Florencia, mi pequeña Florencia…_ le suplicaba echado a sus pies, besando uno a uno los diminutos dedos de sus pies de bailarina mientras su risa se pronunciaba fresca al ser vertida en la catarata de los sonidos del viento.

   _ ¡Te amo, mi dulce Florencia, te amo como un ciego ama a su lazarillo, te amo como un loco desenfrenado, te amo sin tan siquiera permitirme vacilar ante el espanto que significa entregar mi vida a un ser oscuro que apropiándose de mis fuerzas, me tornó rebelde obligándome a quemar mis naves de una forma tan absoluta que ya no tengo cabida en el regreso del perdón…_

   Y ella se reía y se aferraba a mi cintura haciéndome girar consigo bajo el espectro de la luna, con sus ojos del color de los amaneceres en quiebra que anulaban mi sentido del honor y abusaban de mi como la luz de esa luna que se iba apoderando de las sombras,llevándome a no discernir si estaba vivo o muerto, si me deshacía en la luz o me compactaba en las tinieblas…

   _ ¡Ven! ¡Ven, amado mío!_ me decía con su voz ronca de cascabeles reprimidos._ Ven y roza mi piel con tu boca, transmíteme tu calor, arréciame con tu llanto y permíteme flotar contigo entre los árboles de los huertos, dibújame con tu boca…¡Quiero que me beses para disfrutar de la humedad de tus labios en tanto tus manos se deslizan por mi cuerpo en busca de esa luz que aún conservo, a la que aspiras y que jamás yo podré brindarte si tú no me la robas!_

   _ No importa, mi reina, mi bien, mi oración, mi proceso de infinitud…Nada me importa si cabalgo contigo doblegado por la intensa felicidad de sentir la seda de tus piernas apretando mis caderas, muerto de frío entre tus gélidos pliegues hasta encontrarte en tu centro y desfallecer abrasado por el calor que bulle de tu vientre y me concede el milagro de conocer el misterio de la “pequeña muerte” en una oquedad fascinante que sólo puedo experimentar dentro de tu cuerpo…

    _ ¡Amado mío! ¿Dónde estabas cuando yo corría por los prados liberando nubes de mariposas, con el rostro repleto de sol, afanosa ante el empuje de la brisa, jubilosa entre la fragancia y los colores de las flores de mi valle?…¿Dónde estabas cuando mi alma blanca y pura, deseaba ser sólo tuya, mecerse en el abrigo de tus brazos y, reclinando su cabeza sobre tu pecho, sentir que la paz no era algo imposible de lograrse dentro de este bello e imperfecto mundo?

   _ Florencia, no me juzgues tan mal. Yo vagaba por las ciudades buscándote entre las multitudes, dispuesto a ser sólo tuyo, totalmente tuyo aunque para serlo fuera necesario dejar de ser yo mismo para transformarme en las sombras que a ti te faltaban vislumbrar…También te busqué en el agua, te busqué en el aire, te busqué en el fuego, te busqué en la luz…Y tomé del cielo la ilusión más blanca que no me hizo caso, se burló de mi, y que al final, sólo fue mi cruz_

   _ Estoy tan cansada…Ya no tengo fuerzas ni por qué vivir…

   _ Florencia, amor de mi vida, si te vas, quiero irme contigo. Renunciaré a la luz y me hundiré en las sombras de la eternidad más negra que la noche más negra de los siglos que se fueron y los siglos por venir…Pero siempre asido a ti, sin concederme la expiación de otro sufrimiento que no sea el de sufrir por ti…

   _ Ya es tarde, mi amor, debo irme. Todo te lo he dado, aún la misma infelicidad. ¡Y no obstante todas mis pretensiones, yo sigo siendo sombra y tú sigues siendo luz !

   _ Florencia, partiré mi corazón en dos, me arrancaré la claridad que en él se anida, me arrastraré a tus pies como un perro hambriento de caricias, y seré tu carcelero y tu enamorado furtivo que encuentra en los caminos de la noche el sendero oscuro que transitas tú_

   Florencia sonrió, tan dulcemente como una flor que se despoja de sus pétalos y al morir se encoge y se desactiva; así se dejó llevar, desnuda entre mis brazos hacia un devastador plenilunio que la transformó en una enorme lágrima, más fría que el mismo hielo, espantosa en su agonía, devorando mis besos, quebrada su cabeza hacia el sol que nacía y que, irremediablemente, la mataría. Ése fue su regalo de amor y su mortaja: entre mis manos quedó este puñado de brasas que chisporrotean en el vacío como un lamento callado. Un puñado de débiles fluorescencias que me apresuro a llevar hasta el altar de la luz.

   Sé que cuanto más corra, cuanto más pronto llegue, los dos más pronto estaremos libres de la negrura de las noches sin recuerdos, de los tiempos desesperanzados, de las preguntas sin ecos, de las metamorfosis que siempre amenazaron con aniquilar nuestros encuentros.

 

   ¡Allí, allí está la salida! Hay una magia de luces sorprendente, destellos iridiscentes en las aguas, urgencias que atenazan mis entrañas…

   Allí está el lago, las montañas, sus praderas y lugares que ella recorrió buscándome entre sollozos y entre risas, sus campos de amapolas y sus ríos de cristal…Sé que también allí se agazapan los volcanes prontos a estallar…Mas no me importa, no tiene por qué interesarme nada que tenga que ver con la muerte porque de ella estamos regresando.

   _ ¡Hemos llegado, Florencia, al fin estamos en tu reino, mi querida!

   Al arrojarme con sus cenizas las aguas del lago nos reciben, nos abrigan, nos contienen…Y se cierran sobre nosotros como un manto de piedad. Sólo ella y yo sabemos que entre los gritos de la gente que nos contempla sorprendida, somos esa pareja de cisnes que lentos se deslizan por las aguas, uno junto al otro, serenos y orgullosos del amor que nos encadena y nos revitaliza segundo a segundo…

   Yo, negro como la noche que pende entre zafiros esplendentes por los cielos del orbe; ella, blanca y tan nívea como la nieve que cubre las cimas de las montañas.

   Nos detenemos de a ratos, nos miramos, somos conscientes de la fuerza del inmenso amor que nos une…Y en ese arco que nuestros largos y finos cuellos definen, en ese roce de nuestras majestuosas cabezas entrelazadas en el beso, el sol se acurruca para deshacer las sombras e iluminar el espacio que delimitan nuestros corazones.

   Este amor es y será por siempre tan genuino y tan resistente que podrá resistir por toda una eternidad la dualidad que nos hermana.

   Y todo sucederá como está estipulado en la recta del tiempo, sin importar la explosión de los volcanes, el rompimiento de los glaciares ni la suma de todos los diluvios.

   Cada estallido de los días nos elevará más allá de las estrellas, esa luz que tanto he buscado ya la tengo conmigo, y junto a mi amada el amor se me entrega a flor de piel , lejos de las vicisitudes pasadas…Vendrán días de luces y de sombras, habrá cánticos y lágrimas, habrá cielos y habrá infierno, pero entre nosotros ya no habrá cabida para el miedo: hemos encontrado, al fin, el  secreto equilibrio de los grises.    

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3 respuestas a Los eslabones perdidos (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. Antonio Hernández Gutierrez dijo:

    Carlota Gauna, he leido tu relato, tu cuento y tiene una connotación literaria perfecta, es un cuento digno de ser analizado muy detalladamente, en él expresas, ese desprendimiento de la vida y esa transición a un plano diferente al de nuestro querido planeta azul, redactas muy bien esa experiencia que se experimenta despues de la muerte y nos explicas lo que hay más alla de la existencia del ser humano. Algo para destacar, lo importante que narras, que siempre aún despues de la muerte siempre llevamos el recuerdo del amor y que trascendemos a otro plano superior, siempre llevando y sin olvidar nuestros sentimientos nobles y buenos y nuestro amor puro y sincero. Mil felicitaciones, es excelente tu escrito.

  2. Carlota Gauna dijo:

    Antonio querido…¡es un honor para mi contar con un comentario tan pleno de connotaciones afines…¡¡¡Te agradezco sinceramente todo lo que me has dicho!!! estos bocetos de la eternidad se avienen los deseos internos del alma que anhela la inmortalidad de la cuel fue cruelmente despojada en la tierra que pisamos, dentro del vaso que ocupamos…Será por eso que soñar es algo que nos transporta al infinito , donde ya no existen los límites para los sueños…¡Un abrazo!

  3. aprendiz de poeta dijo:

    Un poema de aliento largo, una expresión de sublimidad que enaltece al amor…eso encontré en tu texto y lo disfruté mucho.Saludos.

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