Café Lisboa (Emilio Álvarez)

Con restos de legañas aún adheridas en los párpados, entro en la cafetería en la que solemos quedar para hablar de negocios. Llevaba como cerca de una semana levantándome con un malestar general, encabezado por una cefalea perniciosa y ciertos dolores musculares. Esa misma mañana caminé torpemente, notando los quejidos de mis articulaciones, hasta el cuarto de baño del dormitorio. Descargué la orina matinal que me oprimía la vejiga y bebí un sorbo de agua templada directamente del grifo para facilitar la ingesta de un analgésico. Regresé a la cama y me senté sobre el colchón desnudo. Las sábanas y el edredón reposaban en algún punto, convertidos en una maraña de tejido arrugado. En mi camiseta se acumulaba el sudor frío de toda la noche, y mientras acariciaba con las plantas descalzas el aterciopelado tacto de la moqueta, sentí un frío azotando mi cuerpo hundido. Me recompuse un instante y clave la mirada sobre la hora parpadeante en mi despertador electrónico. Iluminado con luces rojas, marcaba las siete y diez minutos de un nuevo día de invierno. 

Al entrar en el local siento el reconfortante cambio de temperatura. El calor del interior me descongela las facciones y por mis fosas nasales se filtra el olor a café recién hecho. Son las ocho de la mañana y apenas hay gente desayunando. Únicamente un par de tipos con uniformes de fábrica que beben café en la barra. Combinan la ingesta de cafeína con un continuo y molesto flirteo con una de las camareras. Mi compañero y mi jefe me esperan ocupando una de las mesas del fondo y, a juzgar por sus semblantes apáticos, no parecen muy contentos con mi retraso. Me acercó y ocupó la silla que está libre, predispuesta como si fuera mi destino plantar el trasero sobre ella. 

—Llegas tarde—me recrimina el jefe—. Hace como diez minutos que te estamos esperando. 

—¿Por qué tenemos que quedar aquí siempre?—me quejó.

—Porqué lo digo yo—masculla, transmitiendo que no se encuentra de muy buen humor—, ¿Tienes alguna queja?

—Olvídalo. 

La camarera espera a que los trabajadores se marchen para acercarse a la mesa y apuntar en su bloc de páginas amarillentas un nuevo pedido. En la cafetería trabajan dos empleadas. Una joven de veintipocos años, morena y con cierto atractivo, cuyo nombre no consigo recordar del todo. Comparte jornada con otra dama mucho más mayor, una mujer con aspecto afligido y una melena rala estropeada por continuos años de tinte. Se llama Marisa y tiene una nariz afilada como el pico de un águila, un enorme lunar sobre el labio y un rostro tan arrugado que denotan una mala forma de envejecer. Recuerdo como me estremecí la última vez que estuve aquí y esa mancha negra sobre su boca parecía aumentar de tamaño cuando me trajo el café con leche. Por suerte, es su compañera de mayor potencial sexual la que trabaja de mañanas esta semana, exiliándola a ella al turno de tarde.

—Perdona…—interrumpo a la joven justo antes de que ésta se de la vuelta para prepararnos el pedido—, siempre se me olvida. ¿Cómo te llamas?

—Laura—me sonríe forzadamente. Luego se vuelve y regresa tras la barra.

—Tío—me advierte mi compañero—, siempre le preguntas lo mismo. A lo largo de estos años te ha dicho su nombre como infinidad veces…

La joven Laura no tarda más que diez minutos en regresar a la mesa portando con suma delicadeza una bandeja con el desayuno. Un café sólo para el jefe, sin azúcar,  negruzco como las nubes que encapotan el cielo de esta mañana. Mi compañero y yo, sin embargo, optamos por una taza de café con leche, tan caliente que humea como el interior de un volcán apunto de explotar. Además, alguien ha pedido un cruasán y lo que parece una especie de rosco azucarado, con una capa blanquecina en la parte de arriba.  

—Bien, empecemos ya con el asunto que nos concierne—brama el jefe, formando un pequeño remolino en el interior de su vaso con la cucharilla—. A veces os comportáis como niños de párvulo, joder. 

—¿De que se trata esta vez? —pregunto, sintiendo que el analgésico no está surtiendo el efecto deseado.

—Una persona. Mañana, en el interior del maletero de un coche. Ya conocéis la dinámica, esta tarde os haré llegar más información.

—Diles a quienes se encarguen del secuestro y de meterlo allí que se aseguren de atarlo y amordazarlo como es debido—le recrimina mi compañero, realmente ofendido recordando el asesinato que se nos encargó el mes pasado—. La última vez se soltó y se escapó nada más abrir la puerta.

—Ya te digo—le apoyo —. Tuvimos que conducir apretando el acelerador a fondo por todo el borde del río, detrás de él hasta que lo atropellamos. Le pasamos por encima tres o cuatro veces y seguía con vida. 

—Fue un maldito desastre—sentencia mi compañero—. Quedó todo hecho un asco. 

—A mí no me deis órdenes—brama el jefe—. Ya sé qué salió mal la última vez, no soy tan idiota como para permitir que vuelva a pasar. 

Entran un grupo de madres que vuelven liberadas de dejar a sus hijos en el colegio. Descocadas, son todas un calco de sí mismas. Visten camisas estampadas cubiertas por chaquetas de colores vivos con capucha de pelo, una especie de medias gruesas negras y zapatillas deportivas tan relucientes que parecen recién estrenadas. Enseguida las fragancias de las féminas se mezclan con el olor a café que flota en el ambiente. Con todos los poros de sus rostros cubiertos por un quintal de maquillaje, se sientan en una de las mesas que, pese a no estar cerca de la nuestra, nos llega los voceríos con total nitidez. Hablan de sesiones de gimnasio, de hombres y de otras mujeres a las que dedican dudosos calificativos con sus lenguas viperinas. 

—El coche estará aparcado dónde siempre, en el descampado que hay unos kilómetros más adelante de la gasolinera de la entrada —asegura el jefe—. Como ya he dicho, más tarde se os notificará el modelo del vehículo y la hora a la que podréis ir hacia él. 

—¿Y hay que hacerlo de alguna manera especial? —pregunta mi compañero, que le ha arrancado un cuerno al cruasán y lo acaba de hundir en el café.

—No. Lo mismo de siempre. Os montáis en el coche y conducís hasta las cercanías del río. La dirección quiere que sea algo discreto, ya sabéis. 

Miro a mi compañero, que le da un contundente bocado a la bollería reblandecida y chorreando de café, y le pregunto el itinerario de esta vez. 

—Tú le disparas en la cabeza y yo me encargo de los dos tiros de protocolo en el pecho—me dice, masticando con la boca abierta y dilapidando migajas sobre la mesa. 

—Y una mierda—me quejo—. Quitando la otra vez que lo atropellamos, llevo disparando a las cabezas de los tres últimos objetivos.

—Eso es mentira.

—No, no lo es—hago un ademán de sacarme un cigarrillo de la pechera pero la camarera, Laura, me fulmina con la mirada.

—Aquí no se puede fumar—me recuerda el jefe, cuyo rostro se ha ido enfureciendo progresivamente—. Y parad de una maldita vez. Joder, esto es peor que tratar con mocosos enfermos. No sé ni como os siguen otorgando este tipo de trabajos. 

—Está bien—zanja mi compañero—. Está visto que no eres nada profesional. Ya me ocupo yo de la cabeza y el señor de los putos disparos de cortesía. 

Laura se acerca al grupo de hienas hambrientas de cotilleos y aventuras adulteras y les toma nota. Todas se piden bebidas bajas en azúcar o bien, cafés con sacarina como edulcorante. Una de la mujeres, la que viste una chaqueta rosa fucsia, informa abiertamente del nuevo juguete sexual que se ha comprado. Otra alardea del buen trasero que tiene un compañero de su trabajo. Terminamos de perfilar algunas cuestiones y de desayunar. Y mientras el jefe está en la barra, pagando la primera comida del día que nos proporcionará los nutrientes necesarios para aguantar el frío, observo un cuadro que cuelga de una de las paredes. Anonadado, miro la ilustración que aparece rodeada por un marco de color negro. Y creo que se trata de algún rincón de la ciudad de Lisboa.

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9 respuestas a Café Lisboa (Emilio Álvarez)

  1. aprendiz de poeta dijo:

    Muy buen relato, atrapa, independientemente del tema me he sumergido en tu historia y casi he podido oler el café e imaginarme la torva mirada del jefe.Saludos.Suerte.

  2. David Rubio dijo:

    Es muy buen relato. Destacan sobre todo los diálogos, impactantes, directos. Me atrevería a asegurar que solo con ellos ya tendrías armado el relato. Saludos

  3. Ángela dijo:

    Que bueno, parece una escena de Pulp Fictión. Los sicarios ahí hablando mientras despachan un buen desayuno rodeados de “marujas”. Excelente, me ha encantado.

  4. Emilio Álvarez dijo:

    Gracias a todos por vuestra lectura y comentarios 😉

  5. Mar dijo:

    Felicidades por ese primer puesto, Emilio.

  6. rafasastre dijo:

    Enhorabuena Emilio.

  7. Emilio Álvarez dijo:

    Gracias a todos de nuevo, un placer poder participar y leeros.

  8. Ángela dijo:

    ¡Felicidades Emilio, un placer leerte! 🙂

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