Memoria en blanco y negro (Nelaache)

Paula salió con su madre a la calle bien temprano. Hacía frío. Todavía era de noche. El invierno había caído sobre la ciudad con todo su rigor.

Durante aquel año que ya expiraba, la madre de Paula se había deteriorado considerablemente. Ya no era sólo que la cabeza se le fuera un poco. Su carácter había cambiado tanto que a Paula, a veces, le costaba trabajo reconocerla. Siempre tan dicharachera, tan optimista y alegre, tan habladora… y ahora había caído en el más sórdido egoísmo, apenas hablaba ni sonreía. Su mirada, antaño hermosa y llena de vida, parecía extraviada en la más absoluta indiferencia.

Llegaron a la parada de taxis sita en la plazoleta cuyo centro adornaba una fuente ornamental con un Poseidón de pequeño tamaño que empuñaba férreamente un tridente. Paula observó que la dureza del invierno había generado una fina capa de hielo sobre la superficie del agua.

Se encogió un poco a causa del frío y tiritó. Abrió la puerta del primer vehículo de la parada e invitó a su madre a que la precediera. El taxista que apuraba un cigarrillo junto a un compañero unos metros más allá llegó corriendo y la ayudó a mantener la puerta abierta. Una vez se acomodó en el asiento del conductor, el hombre observó a las pasajeras a través del retrovisor. Paula sólo pudo verle unos ojos rasgados y claros en el espejo que la miraban interrogantes:

– Ustedes dirán…

– Llévenos al ambulatorio de la calle Oliag.

– En seguida.

El taxista puso el motor en marcha y las ruedas del coche se deslizaron suaves por la calzada. Dentro del taxi hacía una temperatura agradable que contrastaba con el frío helado de la calle.

El taxi anduvo unas cuantas calles, dio un rodeo, se topó con algunos semáforos y acabó parándose a la altura de la planta baja junto a cuya puerta una placa indicaba que habían llegado a su destino.

Paula sacó su cartera y pagó al taxista. Abrió la puerta y bajó primero invitando después a su madre a que la imitara, cosa que aquella hizo sin rechistar.

Cuando llegaron a la puerta del ambulatorio comprobaron con cierta decepción que estaba cerrado. Unas letras de un trazo negro grueso impresas en un folio blanco les indicaron que la apertura del centro sanitario no tenía lugar hasta las ocho en punto, así que Paula consultó su reloj y observó con contrariedad que faltaban todavía veinte minutos.

Por un momento pensó en la relatividad del tiempo: veinte minutos en un momento cotidiano no es gran cosa, y sin embargo parecen una eternidad cuando se aguarda impacientemente a la puerta de un ambulatorio bajo un frío de justicia.

– Tendremos que hacer tiempo –indicó a su madre.

– ¿Qué hacemos ahora? –preguntó ésta preocupada

– Vamos a aquella cafetería –indicó Paula señalando una que había en la esquina-. Me tomo un café y hacemos tiempo. Tú nada. Para el análisis tienes que ir en ayunas.

Se acercaron a la puerta y entraron.

Un matrimonio regentaba el local. El marido estaba en la barra dispuesto a emprender la marcha de todos los días, mientras la esposa se afanaba alegremente en adornar el árbol de Navidad.

Paula se dirigió al marido primero y le pidió un café largo solo, puntualizando que su madre no podía tomar nada porque tenía que hacerse un análisis a las ocho y tenía que ir con el estómago vacío. Tras hacer la comanda, se dirigió a la mujer que canturreaba:

– ¿Ya estás preparando el árbol?

– Ya toca –respondió ésta alegremente-. ¿Tú no pones árbol?

– Yo soy más bien de belén.

La mujer pareció interesada por los adornos con que Paula ornamentaba su casa todos los años por esas mismas fechas, así que ella le explicó:

– Tengo un nacimiento. Compré hace unos años unas figuras de escayola, ¿verdad, mamá?

Intentó que su madre participara en la conversación, pero ella seguía abstraída en quién sabe qué pensamientos. Hacía mucho tiempo que no parecía interesada absolutamente por nada de lo que se dijera a su alrededor. Su vida parecía rondar en torno a cuatro cosas básicas fuera de las cuales lo demás eran naderías.

Sobre la puerta de la entrada había una enorme televisión de plasma como una ventana abierta al mundo. Una rubia y atractiva locutora daba las noticias más recientes de la mañana: el mundo seguía llorando la pérdida de Nelson Mandela.

Paula apartó la mirada de la pantalla y la dirigió a su madre:

– ¿Cuánto falta? –preguntó ésta que empezaba a impacientarse.

– Es pronto todavía. Faltan unos trece minutos. Ten paciencia.

Pero su madre hacía tiempo que desconocía el significado de esa palabra. Hacía mucho que había comenzado a borrar el significado de muchas palabras. Sólo parecía entender el sentido del término egoísmo, como si el mundo tuviera que girar a la velocidad que ella quería y servir para las necesidades básicas que tenía puntualmente: comer, defecar, vestirse, lavarse el pelo…

Paula ya no podía compartir con ella confidencias, ni comentarle un problema, ni acudir a ella cuando la necesitaba. Los papeles se habían invertido irremisiblemente. Ya no era ella la que dependía de su madre, sino al revés.

Observó los ojos extraviados de su progenitora, otrora hermosos y ahora vacíos, indiferentes a todo. Aquellos ojos parecían mirarla sin verla.

El dueño del local se acercó a la mesa y le sirvió el café humeante.

Paula tomó la taza y se calentó un poco las manos con ella. Luego volvió a dirigir la mirada al televisor sobre la puerta de la entrada. La dueña del local seguía canturreando y arreglando el árbol. Comprobó que las luces del abeto artificial se encendían y se apagaban. Paula volvió a interesarse por aquel símbolo de las fiestas que se avecinaban:

– ¿Y esas luces que parecen espolvoreadas…?

– Están insertadas en el mismo árbol –respondió la mujer-. ¡Hay qué ver lo que saben hacer estos chinos!

– ¿Ves, mamá? Mira las luces del árbol –indicó Paula a su madre consiguiendo que se girara y fijara su atención en el abeto artificial.

– ¿Nosotras tenemos árbol? –preguntó la anciana.

– No, nosotras tenemos belén.

Su madre volvió a sellar los labios y a introducirse en sí misma. Paula la contempló unos instantes lamentando que el estacazo de la vejez se hubiera comportado de un modo tan brutal y en cuestión breve de tiempo. Aunque reflexionando profundamente creía adivinar ciertos indicios del deterioro cognitivo de su madre desde unos años atrás, un poco más atrás…

– Mira –indicó a la anciana señalando la pantalla de plasma-. El tiempo.

Su madre se dio la vuelta y miró el televisor pero no dijo nada.

Paula consultó el reloj. Ya eran casi las ocho aunque faltaban unos minutos. Dos hombres entraron por la puerta y se dirigieron a la barra pidiendo dos cafés con leche.

Paula rebuscó en su bolso el monedero dispuesta a pagar. Su mano registró un objeto de papel acartonado con orillas dentadas que extrajo del interior. Sacó una fotografía en blanco y negro un poco deteriorada en la que su madre sonreía a la cámara mientras Nineta(1), la hermosa gata blanca y negra de la que ella tanto le había hablado descansaba en su regazo con los ojos semicerrados.

La foto la había hecho su padre cuando era muy pequeña, allá por 1965, más o menos. Ella tendría apenas unos dos años. Casi no se acordaba de Nineta.

Paula sonrió y extendió a su madre el retrato:

– Mira, ¿te acuerdas?

Su progenitora miró indiferente la fotografía que temblaba un poco en la mano de Paula. Lentamente acercó la suya al retrato y lo cogió.

Nineta… -murmuró con nostalgia como si la imagen de la pequeña felina la devolviese al pasado- ¡Qué lista era, la muy zorra!

Su rostro se iluminó con una sonrisa mientras seguía contemplando el retrato. Paula sintió una pequeña sacudida de ternura observando como, por unos segundos, su madre parecía revivir.

– ¡Y qué bonita era! – exclamó su madre sin levantar la voz – Por eso la llamábamos así …

Devolvió la foto a su hija y volvió a sumirse en la perpetua indiferencia a la que parecía haberla condenado la demencia senil.

Paula sonrió, a su vez. Luego consultó el reloj. Las manecillas marcaban casi las ocho en punto.

– Voy a pagar –dijo-. Tenemos que irnos.

Cuando salieron al exterior ya había amanecido.

 

1) Muñequita

 

 

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7 respuestas a Memoria en blanco y negro (Nelaache)

  1. Alex de la Rosa dijo:

    Triste relato sobre el deterioro y los achaques de la edad, ambientado en una primerísima actualidad. Desgraciadamente, algo muy parecido a lo que has descrito me toca bastante de cerca. Parece que la mente de la anciana permaneció varada en tiempos del blanco y negro, y al ver la fotografía, se produjo una conexión momentánea. Buen relato, aunque quizás me haya faltado algo más. Nos quedamos en medio de un camino que no has llegado a cerrar del todo, aunque el tema principal, por supuesto, queda muy bien reflejado. Saludos y felices fiestas.

    • Nelaache dijo:

      Muchas gracia, Alex. Compartimos pues la experiencia de la dureza de la vejez, pues también yo estoy viviendo el deterioro de un ser querido. Precisamente un corto espacio de tiempo compartido con la persona afectada fue el que me inspiró el relato. Gracias por tu bonito comentario y por leerlo. Que pases unas felices fiestas y un abrazo!!!

  2. Nelaache dijo:

    Muchas gracia, Alex. Compartimos pues la experiencia de la dureza de la vejez, pues también yo estoy viviendo el deterioro de un ser querido. Precisamente un corto espacio de tiempo compartido con la persona afectada fue el que me inspiró el relato. Gracias por tu bonito comentario y por leerlo. Que pases unas felices fiestas y un abrazo!!!

  3. manolivf dijo:

    Tocas varios temas en este relato, Nelaache. Aparte deldeterioro físico o mental de un ser querido, está el tema de la inversión de papeles madre-hija. Puntualizar al respecto que el “egoísmo” de la madre es mucho menor (por inconsciente) que el de la hija que se lamenta deno poder contar con ella como antes. En estas situaciones de dependencia que nos toca vivir a todos se despiertan muchos sentimientos, como el comprender lo que han hecho por nosotros nuestros seres queridos, lo que han sido y lo que podemos llegar a ser algún día. Por algo dicen que la vida es la gran maestra, cambiando continuamente la perspectiva. Me gusta tu relato por el tema -tan polémico- y por mostrar tan bien lo que siente en ese corto momento la hija, (difícil sería entrar en el complejo mundo interno de la madre). Un abrazo y felices fiestas. 🙂

    • Nelaache dijo:

      Muchas gracias por tus reflexiones. Me gusta la interpretación tan bonita y meditada que has hecho del mensaje que he tratado de transmitir con mi relato y por captar el amplio abanico de sentimientos que se pasan por la cabeza de la hija en esos escasos veinte minutos. Un beso y felices fiestas a ti también !!!

  4. David Rubio dijo:

    Es un relato extraordinariamente narrado. No es sensiblero. La emoción surgen de la propia historia, como debe ser y con todos los matices que ha señalado Manoli de forma brillante. Saludos

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