La muerte es el comienzo a una nueva vida (Alberto Casado)

«Siento frío… El vil acero ha traspasado la carne de mi cuerpo como el cuchillo lo habría hecho con la manteca. En lo más profundo de mí, percibo cómo la vida se aleja dando paso a la oscuridad y al vacío. Ahora comprendo qué significa la soledad. Aunque no me arrepiento de nada, me hubiese gustado vivir un poco más… tan solo unos minutos. Los habría empleado para agradecer a mis padres por estos años maravillosos, y a mi esposa, por su amor incondicional. Qué será de mi pequeña Beatriz y quién leerá su cuento antes de dormir. A la muerte de mis padres, mi asesino heredará el trono, aquel que sin dudarlo le habría entregado si me lo hubiese pedido. Mil veces maldigo su nombre y juro que regresaré del más allá para hacer justicia. Siento frío…»

     Un hombre y una mujer salieron de entre la espesura del bosque; al parecer habían visto al hombre malherido, que yacía en la nieve ―roja por la sangre vertida― con una horrible herida por donde se le escapaba la vida. No hablaban pero algo se decían, pues, de inmediato, la mujer cargó el cuerpo cual si fuera una pluma. El hombre la miró y sonrió y, a continuación, se internaron en lo más profundo del milenario bosque.

     La cueva era sencilla pero acogedora. Miles de cachivaches, testigos silenciosos de otras tantas aventuras, se hallaban desparramados por el suelo. La mujer depositó el cuerpo, aún con vida, en un lecho de hojas. Ahora, con más calma, examinó la mortal herida y movió la cabeza de izquierda a derecha, varias veces. El hombre asintió y se arrodilló ante el moribundo. Con delicadeza, acercó la boca a su oído y le susurró unas palabras. 

     ―Amigo, vas a morir. No tienes salvación posible… a no ser que te avengas a lo que te ofrezco ―comenzó a decir―. La muerte es solo el principio, pues hay algo más allá de la vida mortal y que muchos detestan porque no lo comprenden. Nosotros te ofrecemos la posibilidad de compartir contigo una vida eterna y, a cambio, solo te pedimos fidelidad y secreto…

     ―Acepto lo que sea que me permita seguir viviendo ―dijo el herido, entre agonizantes suspiros. La vida se escapaba, sin remisión, por cada poro de su piel, y era extraño que se aferrase con tanta fuerza a sus últimos hálitos.

     ―Debes estar seguro de lo que ahora decidas, pues el proceso es irreversible, y una vez de conviertas en inmortal, no podrás hacer nada por cambiarlo ―sentenció la mujer.

     ―¡Sí, por Dios, sálvenme! ―gritó el príncipe.

     ―Así sea. En unos minutos dejarás de ser el heredero a la corona de los humanos para pasar a ser el príncipe de las tinieblas ―habló, de nuevo, el varón.

     Fue ella quien tomó la iniciativa. Echó su cabeza hacia atrás y abrió la boca. Sus prominentes colmillos, que asomaban por sus labios carnosos, se clavaron con fuerza en la yugular del doliente. La mujer bebía la sangre con fruición pero con cuidado, pues debía evitar que se parase el corazón de su víctima. Cuando el príncipe estuvo casi desangrado, fue cuando ella se hizo un corte en la muñeca y la puso sobre la boca del hombre para que bebiese. La sangre de la mujer vampiro, unida a la suya, sería la encargada de proporcionarle su nueva vida inmortal.

     Succionó con avidez, tanto, que el compañero tuvo que ayudarla a separar al neófito, pues no se soltaba. Sin embargo, y a pesar de la ingesta de varios litros de sangre, se le veía mortalmente pálido. Más tarde sabría que los inmortales eran más pálidos que los humanos; por ello, para no ser detectados, solían ir maquillados en su presencia.

     El proceso de conversión de mortal a inmortal duró toda una noche, durante la cual, todas y cada una de las células humanas dejaron de existir. Los fluidos corporales, excepto la nueva sangre incorporada, desaparecieron por los orificios naturales, dando paso a un nuevo ser, más poderoso y evolucionado.

     A la mañana siguiente, despertó de un raro duermevela y quiso comer. Entonces, tuvieron que explicarle cuáles eran sus nuevos hábitos alimenticios y el cuidado que debía tener en la elección de sus víctimas. Le hicieron saber que los humanos odiaban a su raza desde tiempos inmemoriales porque sentían temor ante lo desconocido y le aconsejaron que se mantuviese lo más alejado posible de ellos, pues eran traicioneros.

     Supo cómo puede ser destruido un vampiro y que no puede beber la sangre de un muerto, pues hacerlo, podría traerle graves consecuencias. También le desmintieron las habladurías sobre su no reflejo en los espejos o que solo podían deambular durante la noche. Le explicaron que los vampiros del siglo XXI habían evolucionado tanto que podían cazar de día o de noche y algunos podían, incluso, volar.

     Una de aquellos seres dotados con superpoderes era la madre de nuestro príncipe de las tinieblas. Se llamaba Penélope. De origen griego, aseguraba sobrepasar los tres mil años de vida y haber estado presente en la mayoría de los grandes acontecimientos mundiales. Su cabello era del color del sol y su piel como el más puro marfil. Su belleza era tal que acobardaba a los hombres, que temían ser rechazados ante una diosa como aquella.

     El varón se llamaba Agustín de Ayala, y afirmaba haber combatido junto a Miguel de Cervantes en la batalla de Lepanto. Poseía una gran fortuna, amasada tras participar en numerosas batallas y saqueos. Se vanagloriaba de haber conocido al mismísimo Napoleón y haber departido con Alejandro Magno. No era tan longevo como su compañera, pero igual de poderoso, pues reconocía haber bebido de la fuente.

     Pocos conocían a los Primeros, pero se sabía de su existencia. La destrucción de los padres supondría la aniquilación de la raza; por ello, eran pocos los que conocían de su paradero. Agustín estaba en el círculo de esos pocos privilegiados, pero ni siquiera compartía esa información con Penélope.

     El príncipe Felipe de Borbón había nacido a la inmortalidad un día de invierno, en el que el frío y la nieve eran los amos. Ahora, ya no importaba el frío o el calor, el viento o la lluvia… pues a los dioses tales cosas no les afectan. Y es que los vampiros creían ser verdaderos dioses, cosa que asumió Felipe desde el primer momento. Y como seres supremos, nada podía escapar a su control.

     Transcurrió una década, en la que el nuevo vampiro aprendió todo lo que podía ser enseñado, mas el rencor y el odio anidaban su inútil corazón. Un día no pudo más y puso en práctica el plan que venía mascando desde hacía tanto tiempo. Se celebraba una fiesta en palacio para conmemorar el próximo casamiento del nuevo rey, al que serían invitados todos los nobles y personajes ilustres del reino y allende las fronteras. Felipe se hizo pasar por el hijo del rey de un país lejano y apenas conocido y solicitó ser invitado. Era obvio que no iban a rechazar a un posible futuro aliado, así que acudió a la celebración.

     La novia fue presentada con todo el lujo y boato posibles. Lo cierto es que era casi tan bella como Penélope, pero muy diferente. Lucía una larga melena color negro azabache y su piel parecía pura canela. Sus generosas formas llamaban la atención y su sonrisa enamoraba a los hombres. En el baile la conoció, pues discretamente solicitó una pieza y fue aceptado. Mientras bailaban la interrogaba sobre el carácter de su exhermano, a lo que ella contestaba con constantes elogios. «Quizás ha cambiado y ya no es la persona arrogante y soberbia que solía ser», pensó el príncipe.

     En uno de los descansos para reponer fuerzas, que empleaban en tomar un trago o ir a refrescarse a los baños, se cruzó con quien fuera sangre de su sangre. Enseguida, el rey, que hasta ese momento había estado despachando asuntos importantes con su secretario, reconoció a quien suponía muerto hacía diez años.

     ―O mis cansados ojos me engañan o estoy viendo visiones ―dijo al ver al inmortal.

     ―Hola, hermano, soy la voz de tu conciencia que viene a visitarte ―dijo el vampiro burlonamente.

     Como el rey no quería escándalos que empañase la celebración, se llevó aparte a su hermano. Sin embargo, el príncipe de las tinieblas no quería alargar el motivo por el que había acudido a la fiesta, y pronto se lanzó al cuello de su sorprendido pariente. Este intentó defenderse, pero la mayor fuerza del atacante lo impidió. En segundos, lo desangró y dejó tirado en un rincón cual si fuese un papel viejo. Como era evidente que deseaba la muerte de su verdugo, no le ofreció la posibilidad de ingresar al exclusivo grupo del que ahora formaba parte. Una vez seguro de que el rey había fallecido, de un salto se posó en el alfeizar de la ventana y saltó al exterior desde una considerable altura.

     Fue a reunirse con su nueva familia: Penélope y Agustín. El frío era intenso, pero él no sentía nada.

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8 respuestas a La muerte es el comienzo a una nueva vida (Alberto Casado)

  1. leticiajp dijo:

    Debo admitir que me estaba sonando todo un poco a “Crepúsculo” hasta que he leído “Felipe de Borbón”. Un giro interesante. Lo que me ha chocado es que cuando el protagonista piensa que quizás su hermano ha cambiado, parece que le va a dar la oportunidad de demostrarlo, pero luego se lanza enseguida a su cuello. Supongo que preferías no alargar más el relato. Está bien escrito y me gusta la división de los párrafos, porque facilitan mucho la lectura.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Me alegro que te haya agradado, Leticia. En efecto, para no hacer demasiado largo el texto, me he visto en la necesidad de acelerar el final. Gracias por leerlo y por tu comentario.

  2. Roba la atención desde el comienzo cuando dices:”En lo más profundo de mí, percibo cómo la vida se aleja dando paso a la oscuridad y al vacío. Ahora comprendo qué significa la soledad. Aunque no me arrepiento de nada, me hubiese gustado vivir un poco más…” ahí produce escalofrío…
    Después me encanta la creatividad de enlazar hechos históricos, me gusta el giro del relato. Soy nueva en el sitio, pero veo que participa con varios relatos a la vez, es admirable.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Me alegro que te haya gustado, pues eso es lo que se pretende al escribir, que los demás lo disfruten. Participo con varios relatos porque para mí escribir lo es todo, es mi verdadera pasión. Además, es la única forma de ir corrigiendo defectos. Muchas gracias por la lectura y el comentario; eres un encanto.

  3. Alex de la Rosa dijo:

    Es indudable que esta muy bien escrito; sin embargo el tema no es de mi estilo, y la verdad que me esperaba otra cosa al principio. Algo más original y no el tema del vampirismo que, personalmente, lo tengo un poco quemado. Aún así vuelvo a señalar lo bien que está escrito y a veces incluso roza la poesía: “roja por la sangre vertida― con una horrible herida por donde se le escapaba la vida”. Saludos!

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Evidentemente a todos no les puede gustar el tema de los vampiros y la inmortalidad. Aun así, agradezca tu comentario, pues lo que más me importa es que se valore el estilo, independientemente de que el contenido guste más o menos. Saludos.

  4. Ángela dijo:

    Pues me ocurre que aunque he notado un gran estilo y encuentro que está muy bien escrito, el tema no me seduce demasiado, y no porque no me gusten los vampiros, que sí me gustan, lo que ocurre es que yo me quedo con los viejos vampiros, aquellos como los que protagonizaba el gran Christopher Lee allá por Los Carpatos. Pero lo dicho, puedes sentirse orgulloso, porque está muy bien escrito.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Gracias por tu opinión, Ángela. “Para gustos, colores”. Soy consciente que a todo el mundo no puede gustarle la versión moderna de los vampiros, pero así surgió y así os lo conté. Saludos.

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