Viaje de ida (David Rubio)

El reloj del salpicadero marcaba las dos en punto de la madrugada. Simón conducía, hipnotizado por la sucesión de las líneas blancas pintadas sobre la calzada. A su lado dormía Ángela, su mujer, con la cabeza apoyada en el cristal y cubierta con una chaquetilla de punto.

En el asiento trasero Beatriz, la hermana pequeña de Ángela, se desperezó. Miró de soslayo a su derecha y palpó el tapizado: al principio de forma sutil; después, nerviosa. Con la voz ronca, de recién despierta, preguntó:

—¿Dónde está Guillermo?

—¿Dónde está Guillermo? —Repitió Simón con un tono divertido, sin apartar la vista de la carretera—. ¡Anda!, sigue durmiendo todavía nos queda un largo camino hasta el hotel.

—Déjate de bromas, ¿por qué no está aquí? —volvió a insistir la joven arrimándose al asiento que ocupaba el conductor.

—Joder, ¿qué pregunta es esa? —Simón giró su cabeza y una mueca de sorpresa se dibujó en su rostro: su cuñado no acompañaba a Beatriz en el asiento trasero. Desconcertado, descuidó el dominio del volante y el coche viró de forma abrupta hacia la derecha. Al volver la vista a la carretera pisó a fondo el pedal del freno y encadenó varios volantazos hasta que consiguió detener el vehículo sobre el arcén.

Ángela, despierta por el traqueteo, exclamó sobresaltada:

—¿Pero qué está pasando?

Simón soltó el cinturón de seguridad y se revolvió sobre su asiento. Miró perplejo a Beatriz, que le agarraba la manga de su camisa mientras le preguntaba una y otra vez por su marido:

—¡Dímelo de una vez! ¿Qué le ha ocurrido?

—No… no sé qué decir. No he parado desde que salimos de aquel restaurante… miraba la carretera… Dormíais…

—¡Mentiroso! ¿Qué le has hecho?

—¡Cálmate hermanita! —Intervino Ángela una vez comprendió la situación—. ¿Habéis probado a llamarlo al móvil?

Como un resorte Beatriz cogió su bolso y sacó el teléfono. Deslizó su dedo sobre la pantalla.

Pero el aparato no se encendió.

—¡Malditos móviles!—Dijo mientras agarraba el manubrio de la puerta—. Voy a buscarlo.

—¡Espera Bea! Vas a conseguir que te atropellen ¿No ves lo oscuro que está? —Repuso Ángela— Vamos a probar con los nuestros Simón.

Los tres ocupantes se enfrascaron con sus teléfonos y con sus pantallas negras, hasta que pasados unos instantes levantaron impotentes la vista, mirándose unos a otros sin saber qué decir o qué grito dar.

—No perdamos la cabeza. Volvamos al restaurante. Lo único que puede explicar que no esté es que no llegara a montarse en el coche —dijo Ángela echándose atrás su pelo.

—¡Pero qué bobada dices! ¡Me he dormido sobre su hombro! —Gritó Beatriz

—¡Pues no va a desaparecer así como así! ¿Qué otra explicación puede haber?

—Eso pregúntaselo a tu marido.

—Cállate —Conminó Simón mientras giraba la llave del coche y el motor volvía a arrancar.

—Sí, me callo —musitó Beatriz recostándose en el asiento.

El coche giró ciento ochenta grados y reanudó la marcha. Los faros volvieron a iluminar las líneas blancas de la calzada; en contraste, las siluetas de los árboles que se encontraban a los lados de la carretera parecían desaparecer en la oscuridad.

A la entrada de una curva, una espesa niebla les envolvió. Simón redujo la velocidad, casi al paso de un hombre.

—¿De dónde ha salido? —Preguntó Ángela.

—Parece humo —Observó Beatriz—. Puede ser un accidente. Dios mío, ¿Pero qué sucede esta noche?

—Deberíamos parar y echar un vistazo, Simón. Alguien podría necesitar ayuda.

—No voy a detener el coche en mitad de una curva. No será nada. Mira ya se está escampando.

—Tienes a todo un samaritano por marido, hermana.

—¿Pero a ti qué te pasa con Simón? ¿De verdad crees que tiene algo que ver con la desaparición de Guillermo?

—Sí.

—Estás muy nerviosa cariño. Él jamás le haría daño a nadie.

—¿Oyes eso? —Beatriz se acercó al oído de Simón— Dice que tú nunca le harías daño a nadie.

Simón se limitó a señalar con el dedo las luces de neón del letrero que coronaba el restaurante donde cenaron esa noche. El coche tomó el desvío y se adentró en el camino que llevaba al recinto. Las farolas parpadeaban a su paso, como luces estroboscópicas que mostraban el paisaje fotograma a fotograma.

El aparcamiento estaba vacío. Siguieron hasta llegar a la zona más cercana a la entrada del restaurante. Simón giró la llave y el motor se paró.

—No se ve luz en las ventanas y la puerta tiene la reja bajada —Señaló Beatriz.

—Son las dos de la madrugada. Debe estar cerrado —dijo Ángela mientras observaba el vaivén de las ramas de las moreras que rodeaban el recinto.

—¿Pero estos restaurantes de carretera, no abren toda la noche? —Preguntó Beatriz— Voy a bajar, alguien habrá dentro —cogió el manubrio y tiró de él, pero la puerta no se abrió. Lo intentó otra vez más, pero continuó cerrada.

—Simón, no se abre. ¡Quita el seguro!

—El seguro no está echado.

Con un creciente frenesí, los tres ocupantes del coche tiraron de la manija de sus respectivas puertas sin conseguir que ninguna se abriera. Nerviosos, desconcertados, intentaban bajar las ventanillas apretando repetidamente el botón que las accionaba.

Pero ningún mando respondió.

Beatriz comenzó a golpear el vidrio, Ángela le gritó a Simón:

—¡Es cosa de locos! ¡Abre las puertas ya!

—El cierre se ha debido romper y solo pueden abrirse desde fuera —Respondió mientras pulsaba el botón del cierre centralizado.

—¡Mientes! —Espetó Beatriz—. ¡Tú eres el que no nos deja salir! ¡Voy a llamar a la policía! —Cogió su teléfono que se encontraba sobre el asiento. Pasó el dedo por la pantalla pero, como antes, permaneció apagado. Lanzó un grito de desesperación y comenzó a golpear a Simón en la cabeza.

—Por favor Bea —exclamó Ángela tratando de controlar las brazadas de su hermana—, todos queremos salir de aquí y encontrar a Guillermo.

—Tú no conoces a tu marido —respondió echándose sobre el asiento.

—¡Cállate de una vez! —Esta vez fue Simón quien se revolvió sobre el respaldo y estiró los brazos, apresando con sus manos el rostro de Beatriz— ¡Cállate zorra!

—¡Vas a hacerle daño! ¡Suéltala! —Rogó Ángela mientras intentaba separar, ahora, las manos de su marido de la cabeza de su hermana.

—¡Cerdo! No vales nada ¡Me oyes! ¡Nada! —Increpó Beatriz cuando logró zafarse — ¡Jamás hubiera estado contigo!

—¿Qué… qué estás diciendo? —Balbuceó Ángela.

—¿Se lo digo yo Simón? ¿Le repito a mi hermana lo que me suplicaste la noche que anuncié mi boda? ¿Cómo era? ¡Ah, sí!: “No te cases con Guillermo, ven conmigo… es a ti a quien siempre he deseado… Dejaré a Ángela… él no te merece” —Beatriz se pasó la mano por la boca—. Le odiabas.

—Cariño, dime que no es verdad —le inquirió Ángela a su marido con ojos llorosos.

Simón que se había vuelto en el asiento, apretaba pausadamente el botón del cierre centralizado del coche con la mirada perdida en el salpicadero.  Ángela se llevó las manos a la cara.

El silencio se instaló en el coche durante unos instantes eternos.

—Vámonos, son las dos de madrugada y aquí no va a venir nadie —masculló finalmente Ángela—. Volvamos a la carretera, habrá algún pueblo cerca donde pedir ayuda.

 

El coche reinició la marcha. Dejó atrás el restaurante y se adentró de nuevo en la oscuridad de la carretera. Las líneas blancas de la calzada volvieron a sucederse una tras otra.

Al llegar a la curva que antes se encontraba solapada por el humo, observaron un coche de policía detenido en el arcén con las luces de emergencia encendidas.

—¡Para, para! —gritaron las dos hermanas

Simón, sin dejar de mirar al frente, aceleró. Ángela y Beatriz se abalanzaron contra él; exigiéndole, rogándole, que detuviera la marcha.

—¡Lo sabía! ¡Lo has matado! —Beatriz volvió a golpear y arañar el rostro impasible del conductor.

El coche tras recorrer unos metros comenzó a frenar.

—Allí está Guillermo —señaló Simón apuntado con su dedo índice una figura que se encontraba detenida en el arcén a escasa distancia.

Las dos hermanas clavaron sus ojos en la silueta que poco a poco se iba iluminando con la luz de los faros. El coche se detuvo a su lado. Guillermo tenía la mirada perdida, ausente a cuanto le rodeaba.

—Cariño, ¿pero dónde has estado? —le preguntó Beatriz con la nariz pegada a la ventanilla.

Guillermo bajó la vista. Acarició el vidrió a la altura de la cara de su esposa antes de agarrar el picaporte y abrir. Sin decir palabra, se sentó en el asiento trasero.

—¡Háblame! ¿Qué te ha pasado? —insistió Beatriz mientras le abrazaba y besaba en los labios.

—No lo sé… abrí los ojos y vi las estrellas —Guillermo miró tras la ventanilla—. Recuerdo vagamente humo, fuego… y de repente habéis venido en el coche.

—No te preocupes, mi vida. Ya ha pasado todo —concluyó Beatriz atrayendo a su regazo la cabeza de Guillermo, después se dirigió a Simón y Ángela—. Yo… lo siento.

—Ya está todo dicho. Son las dos en punto de la madrugada —Respondió, sin atisbo de emoción, su hermana—. Durmamos otra vez, todavía podemos llegar al Hotel a la hora del desayuno.

El coche desapareció en la oscuridad de la noche como una suave brisa de verano.

 

A unos metros, bajo el talud de aquella curva, un policía cerró los párpados a un cadáver. Cogió el transistor y llamó a las oficinas centrales:

 —Soy el agente Márquez… Sí, por el accidente de las dos de la madrugada… Decid a la ambulancia que no corra: el único superviviente ha fallecido ya… Correcto, los otros tres ocupantes ya estaban muertos cuando llegué.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

18 respuestas a Viaje de ida (David Rubio)

  1. manolivf dijo:

    Ay que ver David! Me has dejado muda. Tu relato me ha tocado tanto que me ha robado las palabras. Me gusta mucho. Un abrazo.

  2. David Rubio dijo:

    ¡Te las devuelvo al instante! Muchas gracias por tus palabras tan generosas

  3. coinup dijo:

    Gran relato, David. ¡Enhorabuena!

    Un abrazo,

    Nico

  4. Mar dijo:

    Muy bueno, que manera tan sorprendente de narrar un accidente de tráfico, me ha gustado mucho. Un saludo.

  5. Genial me gusta mucho, sobre todo el desenlace que recoge todo… imaginariamente te hace retroceder. Como en el cine, utilizas retrospectiva.

    • David Rubio dijo:

      Gracias Edith, me encanta el símil con el cine: No puedo hacer un relato si no veo la historia pasar por mi cabeza, como una película. Tengo ver cada escena para poder escribirla. Saludos

  6. Estupendo el relato. Me he quedado sin palabras… Te deseo muchísima suerte!!

  7. Mar dijo:

    Enhorabuena, David.

  8. tarodsim dijo:

    Muy bueno. Aunque acerté por dónde iban los tiros al preguntarme cómo podía desaparecer Guillermo del coche, la historia funciona a la perfección. Con la que tienen montada tienen el purgatorio asegurado 😉
    Felicidades!

  9. manolivf dijo:

    Enhorabuena David. Me alegra que hayas ganado porque tu relato se lo merece. Un abrazo.

  10. rafasastre dijo:

    Lo dicho antes, David, enhorabuena. Te lo has currado.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s