Últimas vacaciones (Manuel Fernando Estévez Goytre)

Cosas de viejos, supongo. O quizá decisión de la Providencia. ¡Qué sé yo! El caso es que hace varias primaveras que mis neuronas se desbocaron y desde entonces navegan a la deriva en un mar de confusión y delirio cuyo camino de regreso resulta casi imposible encontrar. ¡Soledad!, esa sensación ocre y hedionda que me visita cada día y gobierna sin clemencia mi voluntad olvidando mis sentimientos y emociones más primarios; bosques espesos y oscuros, pegajosos, que bloquean mi mente y me hacen caer en las garras del llanto y la nostalgia de mi juventud. ¡Resignación!, el último tranvía a coger en esta vida, sin otro destino que el que a mí me había tocado. El otoño de mi vida, con toda seguridad; un otoño frío y desolado en el que el viento saca sus uñas afiladas y hace estragos, arranca las hojas de sus ramas y después de mofarse de ellas las hace caer al suelo secas y quebradizas. Aún hoy, en mis cada vez más escasos momentos de lucidez, capto el significado de los comentarios de mi hijo.

Sin embargo, todavía encuentro fotogramas pretéritos que a pesar de las frecuentes turbulencias de la senilidad nunca podré olvidar. Mi cerebro aún crepita cuando recuerdo el día que entré en esta santa casa por primera vez. No tengo motivo de queja, es la realidad, he de decir que el trato que recibo no es abusivo ni humillante, mucho menos agresivo, pero ya no acepto ni las condiciones de su administración ni las formas del personal y, sobre todo, lo que más me quema por dentro es el hecho de no haber sido yo quien eligiera la nueva vida que me esperaba en ella.

Creo que la mejor forma de empezar esta historia es aportando la información que considero básica sobre mi persona, esos pequeños detalles que todos queremos saber de los demás y que muchos, no comprendo muy bien el porqué, pretenden mantener en secreto a costa de sabe Dios qué razones. Celosos de su intimidad, habría dicho Juana. En primer lugar quiero dejar claro que a pesar de mi avanzada edad, ochenta y ocho años concretamente, ya veis que no tengo inconveniente en hacerla pública, mi estado de salud física es relativamente aceptable. Dicho en otros términos, no me conservo nada mal. El mental, un cantar muy diferente al anterior, habría que analizarlo con detenimiento.

Otro dato de importancia para mí, que por algo soy el narrador de este relato, sería el relativo a mi ocupación profesional y la actividad o actividades a las que dedico mi tiempo de vacaciones. Ocio. Descanso. Lectura. Relax. Desde mi entrada en la fábrica de juguetes de Alcorcón, de eso hace ya más de medio siglo, veraneo todos los años en la costa Tropical. ¡Matemático! Verano tras verano, temporada tras temporada, solamente ha fallado una. ¿Por qué? Sencillamente porque es mi pasión y la de los míos. Al principio alquilaba un pequeño apartamento para disfrute de mi esposa y mi hijo Luis, que bebían los vientos por darse un chapuzón en la playa y macerarse el estómago a costa de un buen espeto de sardinas y una jarra de sangría, y yo, que todos me han considerado siempre un auténtico padrazo, me sentía pleno de vitalidad de tenerlos felices a mi lado. Pero como todo lo bueno se acaba y mi vida laboral no iba a ser menos, me tocó, como a todos los de mi quinta, jubilarme. Efectivamente, mi momento llegó, ¡casi veinte años han pasado desde entonces!, y en consecuencia mi poder adquisitivo se desplomó, la pensión que el estado tiene a bien abonarme no da para demasiadas fiestas.

-¿Qué hacemos? –preguntó Luis.

-Compartir gastos –contesté, sin dilaciones.

«Compartir gastos», ¡qué mal sonó aquel comentario a oídos de mi hijo! Sin embargo, aunque Luis puso el grito en el cielo, no tardó en entrar en razón y aceptar su obligación si lo que deseábamos era tomarnos un tiempo de relax en la época estival; siempre lo habíamos hecho y por nada del mundo permitiríamos que aquella tradición familiar se perdiese por una cuestión tan vaga para nosotros como la económica. Puestos manos a la obra, cuadrar las cuentas nos costó tardes enteras en las que un par de vasos de vino, unos aperitivos y una partida en la taberna ponían punto final a nuestras discusiones. «¡Sota caballo y rey!, mañana aportas las cien mil que te tocan». «¡Arrastro!, yo también pondré las mías». Una chispa de buen humor en medio de una conversación a veces suave y amable, a veces árida y tirante. Y tuvo que ser durante una de ellas cuando vino a fallecer Juana, mi esposa. Aquel año, por supuesto, nos prohibimos pisar la playa, el enorme duelo interior nos dejó fuera de combate.

La temporada siguiente, sin embargo, decidimos liarnos la manta a la cabeza y reservar habitación en un hotel. «¿Un hotel?», mi hijo se escandalizó cuando se lo propuse. «¡Sí!, ¿por qué no? –lo tranquilicé-, nos lo podemos permitir», y le expliqué los motivos. El primero, obvio para ambos, no hizo falta siquiera comentarlo: un simple cruce de miradas bastó para comprender que no sería precisamente Margarita, mi nuera, quien se hiciera cargo de las tareas domésticas. Conociéndola, estaba fuera de toda lógica, no estaba hecha para ciertas tareas, mucho menos para colaborar en familia estando de vacaciones. El segundo, tan triste como real, era de naturaleza económica: la muerte de Juana significaba que había una boca menos que alimentar.

 

Mucho tiempo después, hace dos años exactamente, mi hijo decidió unilateralmente que yo no debía continuar solo en casa si quería llevar una vida digna, que sería muy peligroso y triste para mí continuar habitando el que había sido mi nido de amor durante tantos años, de manera que ni hice objeciones ni puse excusas; una tarde me encerré en mi cuarto, preparé lo que consideré necesario y sobre la marcha me mudé a su piso de Carabanchel. Entendí que sería mejor para ambos, sobre todo para mí, una persona torpe y asustada que no hacía otra cosa que causar problemas y además se encontraba en la recta final de su vida. Yo estaría bien atendido, reduciríamos gastos y, por último, alquilaríamos mi casa, que nos reportaría unos beneficios respetables y nos permitiría llevar un nivel de vida bastante más elevado del que ambos llevábamos.

Un día, hace unos seis meses, teniendo sobre mi regazo el primer volumen de Los miserables, mi hijo tocó con los nudillos a la puerta de mi habitación y cuando le di permiso para entrar me dijo:

-Mañana salimos de vacaciones. ¿Tienes ya tu equipaje listo? Este año he reservado habitación por más tiempo.

-¿Más tiempo? –me ilusioné de momento-. ¿Y eso, por qué?

-Me han despedido –noté un atisbo de tristeza fingida en su voz, por algo era su padre y lo conocía mejor que su propia esposa-, pero no te preocupes, tengo algo de dinero ahorrado y estoy en contacto con varias empresas de mi sector. No pasaré fatigas, en unas semanas volveré a tener empleo. De todas formas, no hay que temer, las vacaciones no peligran.

Pasé toda la tarde en mi habitación canturreando y preparando las maletas. Bañadores, camisetas, pantalones cortos y largos, camisas, calzado de verano, ropa interior y, por supuesto, el viejo transistor que me acompañaba desde hacía más de treinta años. Serían tres meses, según Luis, los que pasaríamos fuera. Nunca habíamos estado tanto tiempo seguido de vacaciones. Cuando salí a la cocina a cenar, las palabras salieron en cascada por mi boca:

-¿Y vosotros, habéis preparado las maletas?

No contestaron. Mi nuera, siempre hábil, cambió sutilmente el rumbo de la conversación.

Al día siguiente me levanté temprano. Siempre me ha gustado madrugar. Preparé un café con leche y la bollería que Margarita había subido de la panadería la tarde anterior y desayuné solo, sin prisa pero sin pausa. Sorbo a sorbo. Bocado a bocado. Saboreando bien el alimento. Me duché y me vestí en un pis pas con una indumentaria propia de playa. Pantalón corto caqui, estilo militar, camiseta del mismo color muy amplia y cómoda, unas sandalias abiertas y una gorra con una visera que parecía haber recibido la orden de no permitir que un solo rayo de sol llegara a mis ojos. Hasta ese momento todo fue rutinario. Como todos los días. Mi hijo y su esposa habían salido a llenar el depósito de gasolina, de manera que encendí la radio y esperé paciente su regreso.

            No había pasado ni un cuarto de hora cuando escuché la secuencia de bocinazos a los que Luis me tenía acostumbrado cuando volvía a recogerme con Margarita. Nos metimos en el coche, yo con mis dos maletas, ellos sólo con una, hecho al que no encontré explicación hasta la tarde de aquel mismo día. Siempre llevaban el maletero cargado hasta la bandera. Después de seis o siete horas de carretera llegamos a nuestro objetivo: un hotel que más que hotel tenía aspecto de hospital. Grande, gris y sin lugar alguno de recreo. Al menos no vi ninguno a primera vista. Entramos en el vestíbulo, por cierto muy concurrido, y mi hijo se ofreció a realizar las gestiones de registro en recepción. Pensándolo bien, era el más indicado para hacerlas. Mientras tanto Margarita y yo subimos a la habitación acompañados de una señorita que llevaba una bata blanca, muy guapa y amable, ¡qué homenaje para mi vista!, que se empeñó en llevarme las maletas. Por la ligereza con que mi nuera cogió la suya supe que su peso no era muy elevado. El ascensor nos dejó en la segunda planta, donde un pasillo de unos diez metros de largo por dos de ancho nos recibía oscuro y silencioso. Anduvimos unos pasos con el silencio por escolta. Noté cómo la sangre abandonaba mi semblante cuando la chica abrió la puerta y me invitó a entrar en la habitación. Soleada y con muy buenas vistas al campo, cierto, pero no me agradó en absoluto. Me pareció pequeña, demasiado para un hotel de cuatro estrellas, como ya me había adelantado Luis. El baño tenía mucho que desear, el guardarropa era de un tamaño muy reducido, la cama estrecha, más a propósito para un niño de doce años que para un viejo de mi edad, y del escritorio mejor no hacer comentarios. La señorita me dijo que podía ir colocando la ropa en el armario. Eso mismo hice. Abrí la maleta y empecé a colgar y guardar prendas en los cajones.

            -No hace falta que te quedes conmigo –le dije a Margarita-. Ve a tu habitación y empieza a instalarte.

            -No te preocupes, me iré cuando vuelva Luis –contestó, escueta, con la vista perdida en la plantación de chirimoyos que decoraba el horizonte-. No hay ninguna prisa.

            No tardé más veinte minutos en colocar la ropa. Fue entonces cuando apareció mi hijo por la puerta.

            -Acabo de recibir una llamada, papá. Tenemos que salir pitando para Madrid. Parece ser que me espera un buen trabajo.

            -Estupendo –me alegré-. ¿Cuándo volvéis?

            -No lo sé con seguridad, pero si empiezo ya a trabajar intentaré estar aquí el fin de semana. Sigue las instrucciones del personal del hotel, ellos te dirán cuándo tienes que bajar al comedor y cuándo tienes que cenar, y por favor, no crees problemas.

            Nos despedimos. Aquella mañana no salí, preferí quedarme releyendo por enésima vez El romancero gitano y viendo televisión. A las dos de la tarde me avisó la misma señorita que me había subido la maleta. Con una sonrisa que le ocupaba el semblante entero, me acompañó al comedor y me dijo que me sentara, que no tardarían en servirme. Manteles de hule a cuadros rojos, blancos y azules cubrían unas mesas preparadas para cuatro comensales. «Más que un hotel parece una pensión de mala muerte», pensé. Me sentí un extraño en aquel lugar. Solo. Un fuerte pellizco en el estómago me avisó de que algo no iba bien. Sentí náuseas, y un escalofrío espontáneo recorrió mi espina dorsal de abajo arriba. Cogí una jarra de cristal que encontré sobre un carrito de madera y me serví un vaso de agua. Me aclaré la garganta y me refresqué por dentro. Lo necesitaba. Poco después, cuando comenzaron a llegar los primeros clientes, me sentí humillado y engañado. No quería creerlo. Gente mayor, por lo que vi. «Vaya, seguramente será un viaje organizado por el imserso». Quise convencerme de que así era, pero en el fondo sabía a lo que me enfrentaba. Acto seguido llegó una chica con un carrito y una olla de un tamaño más que generoso y empezó a servir la comida. ¡Cómo humeaba! Me extrañó mucho que no hubiera bufe libre, como en la mayoría de los hoteles en los que me había alojado. Cuando acabamos de comer, una joven con atuendo de enfermera me dijo que tenía dos opciones: dormir la siesta en mi habitación o pasar a la sala de usos múltiples para ver televisión, leer o hacer lo que me apeteciera. «¡Qué extraño! –me dije-. ¿A qué viene que me digan o me sugieran siquiera lo que tengo que hacer? Estoy en un hotel». Aquel sitio no me gustaba ni mucho ni poco. ¡No me gustaba nada! Y mi hijo y mi nuera en la capital. Mis sospechas se confirmaron cuando subí a mi habitación y me di cuenta de que Luis y Margarita habían olvidado su maleta. Estaba entre mi armario y mi escritorio. Pensé dejarla en un sitio más a propósito. «Encima del guardarropa estará mejor». La levanté y comprobé lo poco que pesaba. La moví. No escuché nada. La abrí y entonces lo entendí todo. Quise dejar de existir cuando la encontré vacía.

Conoce más del autor en http://deliriosdeautor.over-blog.es/
Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s