El cuadro (Alberto Casado Alonso)

Bernard era un pintor francés acuciado por las deudas y el alcoholismo. A lo segundo había llegado por la desesperación que sintió al no poder pagar las letras de la vivienda que con tanto esfuerzo había comprado para él y su familia. La esposa, que gustaba de la buena vida, se divorció de Bernard en cuanto comenzaron a llegar los primeros avisos de embargo y se llevó consigo a los dos pequeños hijos gemelos habidos en su matrimonio.

Lo cierto es que el hombre llevaba una larga mala racha en la que no había vendido ni una sola obra, e incluso su agente le había dado la espalda. Ahora estaba solo, sin familia y con apenas cien euros para pasar el mes. Ante la gravedad de su situación, por su mente pasaron todo tipo de locuras, incluso el suicidio, mas era un hombre profundamente religioso, y en sus creencias no cabía esa posibilidad.

A pesar de que la inspiración también lo había abandonado, un día en que bebió hasta el corcho de la botella, se sintió con ganas de pintar; así que tomó sus cachivaches e inició una alocada composición. No se despegó del lienzo hasta que no dio por acabada su pintura. Al finalizar, agotado por el duro trabajo, se tumbó a descansar, quedándose dormido.

Al despertar, envolvió el cuadro en papel de estraza y salió de la habitación que alquilaba en una vieja pensión, próxima a Montmartre. Sin pensárselo dos veces, tomó la línea del metropolitano que le dejaba a dos cuadras de la oficina de su antiguo representante. Este quedó muy sorprendido al verlo entrar a su despacho con una sonrisa de oreja a oreja. Bernard, sin dejarle abrir la boca, le mostró su más reciente obra.

El agente se quedó sorprendido, tanto por la belleza de la pintura como por lo revolucionario del mensaje que transmitía. En ella estaban representados George Bush, David Cameron y Osama Bin Laden; todos con los ojos vendados y las manos atadas ante un paredón de fusilamiento. Los justicieros eran un pelotón de viejos desnutridos y madres andrajosas con sus retoños agarrados a sus raídos vestidos, que empuñaban sus fusiles, listos para disparar.

Era evidente que se trataba de una pintura-protesta contra la manipulación ejercida por los poderosos en sus sociedades, con independencia de que fuesen cristianos o árabes. Al agente le pareció perfecta la obra y, enseguida, se comprometió a organizar una exposición con esa y otras pinturas de Bernard. A la semana siguiente la galería contratada para el evento abrió sus puertas.

Aunque hubo intentos de boicotear la exposición por parte de diversos agraviados, por considerar que la obra de nuestro pintor alcohólico era una exaltación a la violencia, no prosperaron y, además, sin pretenderlo, dieron más publicidad al evento. Finalmente se subastó la pintura objeto de la polémica, siendo adquirida por un comprador japonés anónimo, que pagó una exorbitante suma por ella.

Al éxito de la venta del cuadro, por efecto rebote, le siguió la del resto de sus obras. Las sumas alcanzadas fueron mucho más modestas, mas con la sola venta del cuadro de los fusilamientos, tanto el agente como Bernard, se habían hecho millonarios.

Lo primero que hizo nuestro ya ilustre pintor fue recuperar su vivienda, embargada por el banco, y trasladarse a vivir allí. Al poco de disfrutar, de nuevo, de su casa, recibió una llamada de su exmujer, solicitándole la reconciliación. Esta vez Bernard no cedió y la dio calabazas, pues mujeres no le iban a faltar; eso sí, ya nunca más se fiaría al cien por cien de ellas. Sin embargo, con sus hijos sí restableció la relación perdida y ello le llenó de felicidad.

A partir de ahí, Bernard continuó pintando con gran éxito y sus obras se exponían en las mejores galerías de todo el mundo. Hoy es un hombre feliz, casado con una empresaria australiana, y sigue viviendo en la casa que adquirió con tanto esfuerzo.

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