El extraño enemigo (Alberto Casado)

La nieve llegaba hasta las rodillas de los que iban a pie y dificultaba el paso de las bestias. Los caballos, famélicos por la escasez de pastos y las largas jornadas de trasiego, resoplaban por el cansancio y el frío. De repente, el Lord comandante ordenó acelerar la marcha, pues al parecer estaban cerca de su objetivo. El fornido caballero se relamía solo de pensar en la sopa caliente que les estaría esperando. Su cabello canoso delataba su edad, mas su cuidada barba le daba una apariencia señorial. La pena era que quienes estaban bajo su mando no estaban a su altura, puesto que se trataba de ladrones, violadores y asesinos. En tiempos de guerra se llamaba a las armas a todo varón que fuese capaz de empuñar un arma, ya fuese noble o plebeyo, hombre de bien o escoria de la sociedad; todos eran válidos para engrosar las filas del ejército.

A lo lejos se divisaba el que fuera imponente bastión defensivo, ahora en un lamentable estado. Las piedras ennegrecidas y los boquetes en las murallas eran mudos testigos de que allí, no hacía mucho, se había librado una batalla. Aún, en algunos rincones, se apreciaban hileras de humo, meros restos visuales del terrible fuego que asolara el castillo. El anciano soldado esperaba un recibimiento acorde con su rango, mas lo único que halló fue muerte y desolación.

Los cadáveres se contaban por centenas e incluso algunos colgaban de las almenas con expresiones de terror reflejadas en sus caras. Era obvio que el enemigo no solo no aceptó la rendición, sino que ajustició a los perdedores con una vil muerte en la horca. Sir Higgins, noble al mando, fue hallado atado al mástil de la bandera y con signos evidentes de haber sido torturado hasta la muerte. De los asesinos no quedó rastro, ya que incluso se llevaron a sus muertos.  

La soldadesca atribuía la carnicería a un ejército de espectros, que formado por antiguos pobladores del lugar, habían sido objeto de constantes abusos por parte de sus nobles durante siglos. Afirmaban que los espíritus se habían vengado de los moradores del castillo sin importarles su condición social. En cambio, Hastrig, el Lord comandante, no creía en supersticiones, y señalaba a los vacceos, nómadas bárbaros, como los causantes de la tragedia. Sea como fuere, y antes de ir tras ellos, habrían de hacer un alto para que hombres y animales descansaran.

Luego de enterrar a los muertos, y de darles cristiana sepultura, se repartió el rancho entre los fatigados hombres. Hastrig pensaba dejar una pequeña guarnición que sirviese como testimonio de que aquellas chamuscadas piedras seguían perteneciendo a su rey. Su idea era que los heridos se quedasen allí hasta su regreso, y fuesen los encargados de adecentar y reparar, en lo posible, el castillo.

A la mañana siguiente la columna partió rumbo al norte. Siguieron las huellas de al menos dos centenares de caballos al galope. Lo que les extrañó fue la celeridad con la que se movía el enemigo; quizás el propio demonio les pisaba los talones, pensó el Lord comandante.

Por fin dejó de nevar y los primeros rayos solares asomaron tímidamente entre un cúmulo de nubes. La subida de la temperatura animó a los hombres, que a pie o a caballo, continuaron la marcha a buen ritmo.

Pronto hallaron nuevas pruebas del paso del enemigo. El torreón de vigilancia, que hacía de nexo entre dos castillos, también había sido asaltado e incendiado. Sin embargo, esta vez sí hubo un superviviente, quien confirmó la presencia de los bárbaros del norte. Los describió como hombres de dos metros, melenas rubias y semblantes feroces. Unos iban armados con espadas de doble filo, y otros con grandes hachas, mas en ambos casos, luchaban cual posesos. El soldado estaba malherido y, tras la confesión, falleció.

Sin descanso, fueron tras los asesinos. Pronto les dieron alcance ―quizá, confiados en su superioridad, habían disminuido el ritmo de avance― cerca de una gran arboleda. El enfrentamiento fue cuerpo a cuerpo y la sangre de ambos bandos salpicó la arena tiñéndola de rojo. La ferocidad de los invasores fue contrarrestada con una mejor técnica por parte de los soldados del rey, lo que aparentemente igualaba las fuerzas. Sin embargo, resultaron ciertas las supersticiones, pues los hombres de Hastrig se enfrentaban a esqueletos con armadura ―entonces, lo que vio el soldado del torreón fue fruto de su imaginación, o bien había sido hechizado―. El ejército enemigo estaba formado por espectros que obedecían a algún poder arcano.

Así, pronto se desequilibró el curso de la batalla a favor de los aparecidos, aunque más por el temor de los hombres que por valía en el combate de los fantasmas. Los soldados fueron cayendo uno tras otro… hasta que al final solo quedó el Lord comandante. Su par se le acercó y le instó a rendirse. Hastrig, que tampoco se consideraba un héroe, se rindió al ejército de ánimas. Lo que sucedió a continuación, si no fuese porque el comandante estuvo presente, nadie se lo habría creído. Y es que cuando el vencido se arrodilló ante el vencedor y depuso sus armas, el ejército de espíritus se convirtió en arena y fue esparcido por el viento.

Hastrig dejó la milicia y se dedicó a ayudar a sus vecinos, fueran nobles o plebeyos. Los que lo conocieron alegan que su actitud fue motivada por la lección que había recibido del incorpóreo ejército de campesinos. En aquella región nunca volvieron a darse situaciones discriminatorias en contra de los más desfavorecidos; es más, se produjo un prometedor acercamiento entre las diversas clases sociales.

Cuenta la leyenda que el ejército de espíritus hizo de las suyas en los reinos vecinos. Lo que nadie supo nunca fue qué mago, hechicero o ser dotado con poderes extraordinarios, fue el responsable de tal suerte de magia. Muchos murmuraban que los dioses, cansados de las injusticias cometidas por parte de algunos hombres, quisieron imponerles un correctivo y enviaron a los espectros.

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2 respuestas a El extraño enemigo (Alberto Casado)

  1. leticiajp dijo:

    Está bien narrado y además pasa como en casi todas las leyendas: el protagonista aprende una lección y los demás son los que ya han sufrido las consecuencias ;). Quizás podías haber introducido que era una leyenda al principio, porque uno se encuentra con el final muy de repente y parece que falta algo más… pero creo que es un relato entretenido, ágil y bien escrito. Lo único, que el tema del frío, tampoco influye mucho, ¿no?

  2. Alberto Casado Alonso dijo:

    El tema del frío es circunstancial en el relato, efectivamente. Interesantes tus acotaciones. Gracias por leer el texto y comentarlo. Saludos.

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