Mientras arden los leños (Carlota de las Mercedes Gauna)

Con sus doloridos huesos crujientes y los torpes movimientos de su cuerpo entumecido por el frío, Ignacia se detuvo unos momentos para contemplar la espesa niebla a través de su ventana. Pensó que tal vez debería agregar más frazadas a su cama o buscar el viejo pijama de frisa que la abrigaba tan bien años atrás. Pero…¿Dónde buscarlo? Había tantas cosas y lugares en esa casa suya que sería muy difícil encontrarlo a tiempo, ahora que el invierno se había ensañado contra los niños y los viejos, arreciando con temperaturas realmente desacostumbradas para la época, ya que recién menguaba junio y los peores meses aún restaban en el calendario.

¿Y si optaba por el acolchado de piel? Aunque demasiado pesado para su fragilidad, era como una bolsita de agua caliente. Pero su hija lo había rociado con antipolillas y guardado en una caja, envuelto en celofán azul…¿Dónde era que lo había puesto?

Últimamente la memoria le estaba fallando bastante…Hasta llegó a imaginar que la ausencia de su hijo Enrique se debía a que nunca había existido un hijo llamado “Enrique” más que en su imaginación. Y entonces…¿quién era el joven sonriente que la miraba con ternura desde los retratos dispuestos sobre la cornisa de la estufa hogar?

Sin proponérselo una honda agitación la conmovió al mirar la manta tejida al crochet que recubría el respaldo del gran sillón instalado junto al ventanal que daba al jardín…Como a través de un velo, vio a Enrique colocarlo allí y luego, con una mirada cómplice, lo escuchó decirle: -¿No era éste el regalo que tanto querías y le pediste a papá?-

Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Sobre el  inmenso sillón de estilo provenzal la manta semejaba una colorida flor tropical que desentonaba con la opacidad de los vidrios y el gris de la tarde que ya moría. Sobre el sillón estaba el cuadro donde se destacaban las margaritas pintadas por su hija Ángela, la feliz jovencita que partiera hacía algunos años hacia Europa para especializarse como pintora en una escuela anexa al Museo  del Louvre, y desde allí, viajar por distintos países, soñando con ser famosa y reconocida por el medio. Nunca regresó…

Al principio, cartas y tarjetas de diversos lugares le delineaban un panorama de la vida bohemia de su pequeña. Luego la merma de noticias y por último el silencio ante sus preguntas, los cruces de miradas, la solapada indiferencia…Optó por guardar el recuerdo de su niña en el cofre de su corazón y no preguntar por ella nunca más…

Miró hacia el antiguo reloj de carillón, ubicado en uno de los ángulos de la sala ya sumida en las penumbras…Las ocho campanadas retumbaron como martillazos en su corazón: y como adivinando sus pensamientos, el péndulo osciló con mayor potencia al ponerse en funcionamiento los engranajes de su mecanismo.¡Dong! ¡Dong! Doooong!!! …Las contó de a una. Se acercaba la hora de la cena. Sobre el jardín comenzaban a caer blandos capullos de nieve semejantes a pétalos de rosas blancas cristalizadas.

Mirándolos caer y deslizarse blandamente sobre los pequeños abetos de la entrada, Ignacia sintió que retrocedía en el tiempo, cuando su marido se sentaba precisamente allí, frente al televisor, con sus grandes ojos celestes fijos en los partidos de rugby, enfundado en el pijama color crema y con los pies abrigados por las pantuflas de cuero forradas con piel de conejo…Su marido…

Durante ese frío invierno de 1996, la temperatura había descendido bruscamente haciendo sentir su rigurosidad. En la estufa hogar los leños crepitaban y las llamitas oscilaban en destellos fulgurantes. La cálida atmósfera de la sala invitaba a cerrar los ojos, a soñar con los mañanas, a pensar que las cosas tomarían giros diferentes…

Así imaginó a sus cuatro hijos frente al fuego, descongelando sus manos  mientras ella les preparaba chocolate caliente con vainillas dulces. Los troncos crepitaban e Ignacia volvía a enternecerse ante los rostros jóvenes y despreocupados , esos rostros queridos que cubría de besos antes de apagar las luces de sus cuartos al despedirlos cada noche, no sin antes recomendarles que rezaran a su ángel guardián para que los protegiese durante el sueño y durante toda actividad cotidiana de los días futuros.

Cuando llegaba con la bandeja con el chocolate en barra derretido en la leche hervida y apenas azucarada, los pastelitos de dulce de membrillo recubiertos con almíbar o las tortitas de coco con cobertura de glacé y almendras, despertaban ecos de admiración que entibiaban gratamente su corazón. Recetas de su abuela que sus hijas intentaron aprender, pero Ignacia decía que todo era cuestión de manos y corazón, así de simple…

¡Se estremeció! Los leños permanecían apilados aguardando que alguien los encendiese. pero ella nunca quiso hacerlo y tampoco lo haría ahora. Ésa era “una tarea para los hombres de la casa”, decía…

Ahora existían esos calefactores ultramodernos que con sólo apretar botones lograban maravillas. Mas no embriagaban el alma con la emoción producida por los leños consumidos lentamente, con un ritmo que sólo se alteraba cuando el fuego lograba deshacer la dureza de los nudos de la madera al tiempo que el aroma exquisito del pino se difundía por la casa. Mientras los leños se transformaban en cenizas, el perfume dulzón de las manzanas que se asaban al rescoldo les hacía agua la boca, sin ningún miramiento…¡Todo eso era la esencia de su hogar!…

_ Pero mujer, ¿qué tanto te molesta que no me haya puesto la camiseta gruesa? Aquí está calentito…_ replicaba él cuando ella le solicitaba que se cuidase, que ya no estaban en edad de andar desabrigados, que el reuma, que la gripe, que esto y que lo otro…Sonrió tristemente…¡Cuánto daría ahora por escuchar nuevamente esa voz querida, refunfuñando ante sus  exigencias…

– ¡No hago mas que cuidarte, Diego!_

Y ahora , que lo estaba pensando, advirtió que no había hecho otra cosa en su vida que cuidar a los seres que amaba, vivir para su marido y los cuatro hijos que tuvieron.

_ Si tu padre usaba calzoncillos largos…no será ése mi caso, mujer_

_ ¿Cuándo me darás la razón en alguna cosa de las que te digo?Luego comenzás a toser hasta el punto de no dejarme dormir o te quejas de que te duele la cintura…¡Tenemos nuestros años, Diego!

_ Con una bolsa de agua caliente  solucionaríamos el asunto de mi ciática, pero te opones_

_ No olvidaré jamás las quemaduras que tía Marta sufrió por ese motivo…

Diego susurraba entonces lo que entonces ella consideraba “bromitas”: _ Y encima, no aceptás “cucharitas”_

No había cosa que la enojara más. Y él lo sabía._ Prefiero caricias anticipadoras y no ir “directo al grano”, como a vos te gusta_

_ ¿Cómo puedo acariciarte con tanto abrigo que siempre usas para dormir? Lo único que te falta es colocarte el gorrito que usaba el abuelo Pedro…-

Y entonces él reía, tomándose la barriga con ambas manos mientras ella sentía que sus mejillas enrojecían. ¿Por qué no podía ser tan liberada como la mayoría de sus amigas, tan complacientes a la hora del sexo, tan manipuladoras de sus parejas, tan alegres y espontáneas? Ellas disfrutaban intercambiando recetas afrodisíacas para satisfacerse y satisfacer a sus maridos y ser, a la vez, tentadoramente sugestivas…

Diego nunca lo había manifestado pero más de una vez escuchó sus resignados suspiros, cuando, en lugar de permitirle poses nuevas se sometía siempre a su rutina, cuando en lugar de orgasmos distendidos, se resignaba a recibir de su parte orgasmos forzados, desnudos de cualquier atisbo de pasión y desenfreno…Después del acto sexual , como ella lo designaba, en contraposición con él, que lo llamaba “acto de amor”, Ignacia se deslizaba rápidamente al lado de Diego , tapándose hasta la cabeza con las mantas, espalda contra espalda, obligación marital contra posesión de amor mutuo…Y entonces ella sentía que el río de sus lágrimas fluía sobre la almohada mientras sus manos se cerraban con fuerza sobre su boca para que el hombre que amaba no la escuchara sollozar.

Sabiendo cuán inútiles eran estas tentativas, y que Diego la dejaba llorar a solas, sin interrupciones, lo sentía sufrir pero sus preconceptos estaban tan arraigados en ella que sus intentos de cambio solían terminar en tristes muecas de fantoche.¿Cómo confesarle que ésa era la parte del matrimonio que ella más detestaba, que sería mucho más feliz si el sexo no tuviese cabida entre ellos?…

Solía contar las noches que seguían luego de llevar a cabo sus obligados rituales, y durante ese intervalo se sentía tranquila, podía leer o ver televisión desde la cama y hasta reír con los comentarios de Diego acerca de sus andanzas en el trabajo. Luego comprendería que precisamente, era esa euforia lo que lo excitaba hasta requerir su atención otra vez.

Con el alma quebrada por la tristeza, ahora que él ya no estaba, que ya no la “lastimaba” con su amor asfixiante y su dedicación frenética a “buscar el bien para su amada esposa y sus queridos hijos”, ahora se sentía capaz de ofrecerle las estrellas si Diego se lo pedía. ¡Lo extrañaba tanto! ¡Lo extrañaba a rabiar! Lo necesitaba, sintiéndose cada vez más sola.

Luego de la discusión que sostuvieron sus hijos en esa misma sala, Enrique, ese Enrique que tanto le negaban, partió de la casa dando un portazo para nunca regresar. Ignacia se tragó la pena, aceptando que él la llamase sólo en las fechas importantes, mientras que al oír su voz amada, Ignacia, con las lágrimas surcando sus arrugadas mejillas, rogaba a Dios para que le otorgase la posibilidad de ver a sus cuatro polluelos juntos otra vez, en el living de su casa, riendo como niños mientras ella amasaba los fideos domingueros y Diego preparaba la parrilla para el típico asado familiar.

Su existencia se fue convirtiendo en una desesperada espera, en un constante reclamo de amor.¡Cuánta ironía representaba el solicitar ser amada cuando ella misma se había confinado a resguardar sus miedos dentro del disfraz del servilismo! Hasta llegó a relegar su condición de mujer enarbolando quejas eternas y una demanda condicionante de las conductas ajenas.

Sus hijas mujeres terminaron por renunciar a lograr cambios en los hábitos de su madre y sin presentir su gran sufrimiento oculto detrás de la máscara del desinterés por seguir sus bien intencionados consejos, hicieron la vista a un lado para no ver la profunda desilusión que roía sus entrañas como un mal bicho y cercenaba sus incipientes manifestaciones de ternura ante los reclamos de sus hijos…No había podido detener la lógica consecuencia de sus inhibiciones; nada pudo contra la inalterable ley que la condenaba al olvido.

Las tenues luces de la calle llegaban hasta ella esa noche de junio cargada de pensamientos sobre experiencias guardadas en la mochila que soportaba sobre su espalda, anhelando un resurgimiento que le permitiese sobrevivir a su íntimo desencuentro.

Recordaba que faltaban apenas horas para su cumpleaños y le  pesaba la impía soledad. La casa estaba llena de recuerdos…¡Estaba harta de vivir con los recuerdos!

Para colmo de males, detrás suyo y sentado en el sillón, precisamente en su lado favorito, con la cabeza apoyada en la manta que le había regalado Enrique y la mirada de sus ojos celestes fija sobre su silueta delineada contra el vidrio de la ventana, Diego no cesaba de hablar del último partido de fútbol americano que había visto por la tarde, luego de tomar unos mates con ella. También le estaba preguntando qué podrían cocinar ese domingo, para su cumpleaños, para recibir a sus hijos, a su yerno, a sus nueras, a sus nietos… Ella hubiese preferido salir a comer afuera pero él se empecinaba en hacerla trabajar ,¡justo el día de su cumpleaños!

¡Entonces gritó! ¡Gritó tan fuerte que le dolió la garganta! Y su grito resonó como tambores en medio de la selva que la encerraba dentro del único claro donde se hallaba a salvo. Se volvió bruscamente hacia él, con chispas de ira en la mirada. Y al grito le sucedió un llanto estrepitoso que la arrojó a los pies de su hombre, sintiendo dos manos tibias posándose sobre su cabeza…Los leños se encendieron y los troncos comenzaron a crepitar con fuerza cerca de sus cuerpos.

_ Tranquila, querida mía, tranquila…

_ Te amo, Diego, te amo!

_ Lo sé, Igna, siempre lo supe, sólo que no pudiste amarme de la forma que yo te lo pedía porque nunca te permitiste claudicar de tus principios inflexibles que sólo te ocasionaron dolor…

_ ¿Por qué estás aquí, Diego? ¿Quién te trajo hasta aquí?- Los leños crujieron con insistente frenesí-

_ El amor, mi vida, el amor…

_ ¿Qué estás diciendo, Diego? Te escucho apenas…

_ Perdóname, mi vida, mi querida, mi buena y amada esposa, la fiel mujer que hizo mucho más fácil la vida de todos y tan difícil su propia vida_ 

_ Es que…¿Lo sabías?

_ Siempre, mi amor, siempre. Y porque ya es tiempo de que seas feliz, he vuelto para buscarte, para llevarte conmigo_ 

Sintiendo que su carga se alivianaba, Ignacia cayó en los brazos de su marido para recibir y dar los besos que siempre anhelaron intercambiar.

Nevaba mucho esa mañana cuando Enrique llegó para saludar a su madre, siguiendo un impulso que por años había reprimido. Cansado de oprimir el timbre sin recibir respuesta, llamó a Marta, su hermana, para que abriese la puerta de la casa de su madre, venciendo su propósito de no comunicarse más con ella. Cuando Marta arribó, la nieve se había tornado extremadamente copiosa. Sin decir palabra entraron en la casa. Una ráfaga de luz grisácea iluminó la cabeza del cuerpo sentado contra el sillón. Las manos frías como el hielo y blancas como la nieve aferraban con fuerza la bufanda a cuadros que perteneció a su padre, la misma bufanda con la cual lo habían sepultado.

Y ambos no dudaron en afirmar después, luego del sepelio y las primeras manifestaciones de dolor y de la infaltable culpa, que el rostro de su madre se encontraba en esos momentos, radiante de paz y felicidad.

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9 respuestas a Mientras arden los leños (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. Alberto Casado Alonso dijo:

    Aunque es un poco largo y predecible, me ha gustado, pues tienes un bonito estilo. Un saludo.

  2. Mar dijo:

    Madre mía Carlota, que envidia sana produce esa manera de escribir. Sencillamente, EXCELENTE tu relato. ENHORABUENA.

    • Carlota Gauna dijo:

      Mi querida Mar!!! Es un honor para mi el recibir tu positivo apoyo… ¡Gracias por tus palabras que han calado hondo en mi!

  3. Muy entretenida la historia, muy triste el final, pero me gustó este relato.

    • Carlota Gauna dijo:

      Gracias Marieth! He tratado de reflejar los desgraciados convencionalismos que nos atan de puies y manos y nos quitan hermosos momentos de felicidad…¡Ay si los seres humanos pudiesen vivir en libertad plena aquello que están necesitando vivir! Un gran abrazo!!!

    • Carlota Gauna dijo:

      Gracias por leerme, María Edith!!! Me alegra que te haya gustado mi relato…!

  4. Nelaache dijo:

    Un relato entrañable y tierno, y una atmósfera muy lograda. Casi me parece oír el crujir de la leña cuando el fuego la devora lentamente. Precioso. Enhorabuena.

  5. Ángela dijo:

    Con ese final bien te hubiese valido para el tema de este mes. Me ha gustado y no lo he encontrado largo: habían cosas que necesitaban ser explicadas. Bueno, supongo que la postura reprimida de Ignacia frente al sexo es la misma que tenían muchas mujeres, debido a su educación.
    Una historia triste. El marido muerto y los polluelos lejos del nido…, mucha soledad, mucha nostalgia. La fragilidad de la vejez, los recuerdos…
    Me ha gustado, felicidades.

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