Somos lo que somos (Alex de la Rosa)

Aquella mañana había amanecido más fría de lo que diciembre tenía acostumbrada a la ciudad de Sevilla. Las adoquinadas calles estaban cubiertas por una fina capa de hielo que ahora comenzaba a derretirse con los primeros rayos del Sol, transformándose en diminutos riachuelos que se colaban entre los recovecos del empedrado. Los gorriones comenzaban a desperezarse, alzando un delicioso canto sin el que la ciudad sería capaz de despertar.

El frío no suponía, sin embargo, problema alguno para el bueno de Luis. Nada ni nadie podría romper la costumbre de tomar el desayuno del domingo junto a su abuelo. Allí estaba él de hecho, terminándose de colocar la bufanda y el gorro frente al espejo, más para evitar las riñas de su paciente madre que para otra cosa. Echando un último vistazo al reloj de péndulo que colgaba en el salón, Luis se dirigió a la puerta y salió tan rápido como le fue posible, despidiéndose de su madre que, sin él saberlo, había permanecido en el descansillo de la escalera asegurándose de que la indumentaria de su hijo fuera la correcta para una mañana tan dura como aquella. Una vez el pequeño hubo cerrado la puerta tras de sí, la madre volvió de nuevo a sus quehaceres, con una tierna sonrisa iluminando su rostro.

Como cada domingo, Luis daba un considerable rodeo para llegar a casa de su abuelo, pasando por los fascinantes entresijos de callejuelas y pasadizos, que tanta historia albergaban. Su primera parada de interés era la Plaza de los Refinadores, la cual atravesaba lentamente mientras admiraba los majestuosos Jardines de Murillo que lindaban a su izquierda. En el centro de la plaza, entre arriates de coloridas flores y prominentes árboles frondosos que proyectaban su sombra durante todo el día, se erigía la estatua de Don Juan Tenorio y, tal era su pose, que parecía dar a entender el porqué de sus dotes de seductor.

A continuación, Luis podía sentir cómo el tiempo se paraba al entrar en la Calle Mezquita, de una estrechez tan extraordinaria, que casi podías tocar ambas paredes si separabas los brazos. Ni siquiera el olor a orín que desprendían las esquinas de esos callejones le desagradaba, pues era algo a lo que se había acostumbrado después de tantos años repitiendo la misma ruta. Tras aquellos angostos muros en los que reinaba un silencio y una oscuridad casi místicos, se encontraba la Plaza de Santa Cruz, llena de luz y color con sus zonas ajardinadas y, en torno a la cual, se levantaban unas antiquísimas casas señoriales que se habían mantenido durante generaciones. También convergía aquí una mezcla de deliciosos olores que, sobre todo por esas fechas, los innumerables bares que se esparcían por aquella zona se encargaban de crear, como resultado de los primeros guisos del día.

Entonces, como por efecto de la magia ancestral que los muros de aquél lugar albergaban, Luis se veía convertido en caballero y, sobre su dócil corcel, atravesaba el Callejón del Agua para llegar a los Reales Alcázares, donde algún Rey lo esperaba impaciente para condecorarlo por los fieles servicios prestados.

Finalmente, tras soñar durante unos instantes con las magníficas batallas que  pudieron tener lugar en el mismo sitio donde estaba pisando, Luis terminaba su paseo, no sin antes pasar por un puestecillo de churros situado a las afueras de los jardines. Cuando lo vio venir, Santiago, el vendedor, comenzó a preparar el cartucho.

–¡Marchando dos de churros! – Gritó Santiago simulando no haberlo visto, mientras terminaba de llenar el paquete.

 –¡Buenos días por la mañana! – Exclamó Luis, alzando la mano en forma de saludo. – Hoy hace frío de verdad, así que los quiero de los más calentitos.

–Aquí están. Los tenía reservados para ti – Dijo Santiago entre carcajadas, ofreciendo el cartucho a Luis, que ya se había plantado delante. Éste lo recogió, le pagó y se despidió entre bromas y risas. Santiago había estado vendiendo churros allí desde que Luis tenía uso de razón, y eran como amigos. Podría rondar los ochenta y tantos años y, sin embargo, no había perdido ni un ápice de su vitalidad.

Luis llegó al portal del piso donde vivía su abuelo justo en el momento en el que salía la señora Jacinta, una amable vecina a la que conocía desde pequeño. Al verlo, la mujer aguantó la puerta echándose sobre ella para que no se cerrara, y cuando Luis pasó por su lado se saludaron. <<Que buen niño>>, pensaba Jacinta al salir. <<Nunca falta a su cita>>.

El abuelo Bernardo vivía en la quinta planta pero Luis casi nunca cogía el ascensor. Le gustaba subir por las escaleras correteando, sorteando de dos en dos los escalones. De hecho, la última vez que recordaba haber cogido el ascensor había sido durante los meses en los que tuvo la pierna enyesada, unos meses de auténtico calvario. Cuando por fin llegó a la quinta planta, caminó el último tramo hasta llegar a la puerta D y llamó al timbre. Segundos después, el entrañable y bonachón anciano que era su abuelo, le recibía sonriente.

–¡Mira quién está aquí! – Exclamó Bernardo, haciéndose el sorprendido. Abrió los brazos para recibir a su nieto, que ya se abalanzaba sobre él. De milagro no acabaron los churros desperdigados por el suelo.

Luis cruzó la cocina para dirigirse a la salita, que ya estaba preparada para la ocasión. Allí le esperaba su taza de chocolate bien caliente y, en frente, la taza de té del abuelo. Sin perder un segundo más, ambos se sentaron alrededor de la mesa de camilla y se arroparon con la falda.

–Hoy sí que hace frío abuelo – Afirmó Luis, que empezaba a sentir cómo el calorcillo del brasero le desentumecía las articulaciones. – ¿Te imaginas que nieva?

Su abuelo le había contado que hacía muchos años había nevado en Sevilla y Luis esperaba cada año que tan peculiar acontecimiento se volviera a repetir. Pero año tras año se frustraba su deseo. Lo más parecido a la nieve que había visto en su vida era la espuma que tiraban en el centro de la ciudad en Navidad. <<Tu imagínate que es nieve>>, le había dicho su padre una vez, mientras se intentaba quitar molesto los copos de espuma de la calva.

Mientras engullían los churros y alternaban pequeños sorbos de sus respectivas bebidas entre soplido y soplido, Luis le contaba a su abuelo las novedades de esa semana. Siempre era así. Bernardo necesitaba ponerse al día de las actividades de su nieto, aunque lo que éste esperaba era el momento de las historias. Le encantaban las historias de su abuelo y cada semana escuchaba una distinta. La mayoría eran historias de su vida, de una vida llena de acontecimientos, a cual más sorprendente. Por eso, cuando Luis terminó su perorata y su desayuno, se acomodó en el sofá, entre cojín y cojín, y aguardó a que su abuelo, al que le gustaba hacerse de rogar, decidiera que historia le contaría aquel día.

De fondo, la televisión emitía un anuncio sobre un nuevo y sofisticado modelo de teléfono móvil, que pareció llamar la atención de Bernardo. Dio un suspiro y apagó el aparato sin pensárselo dos veces.

–¡Ay Luisito, cuánto ha cambiado todo! Cuando yo tenía tu edad era todo tan distinto. Y no nos iba tan mal, la verdad. Con nuestras estrecheces, sobre todo a final de mes, pero no sentíamos que nos faltara nada. Te he contado ya que nuestro padre nos crió a mis cinco hermanos y a mí en una casa mas pequeña que ésta. Y aun así nos parecía grande. – Mientras ahondaba en su memoria, Bernardo miraba a un punto fijo en la pared, como si ese punto fuera el responsable de transmitirle los recuerdos. De repente, como si hubiera dado con algo importante que tuviera olvidado, miró a Luis con una sonrisa. – ¿Te he contado alguna vez cómo unos soldados me robaron de pequeño?

Luis soltó una exclamación de sorpresa.

–¿Unos soldados te robaron? ¿A ti, a un niño pequeño?

No cabía en su cabeza pero, por sorprendente que le pareciera, su abuelo permanecía con un semblante relajado y risueño. Al instante, Luis negó con la cabeza. Quería escuchar esa historia, saber cómo eran capaces unos soldados – que por lo que él sabía tenían el deber de proteger a las personas –, de robarle a un niño indefenso.

Bernardo tomó aire y comenzó su relato.

–Verás. Correría el año mil novecientos treinta y seis, si no recuerdo mal. Estábamos en plena Guerra Civil. Eran días de mucho revuelo y miedo para mucha gente. Para mí, que tendría unos ocho años, aquello no tenía ningún sentido pero, escuchando a unos y a otros, había llegado a la conclusión de que el país se había dividido en dos bandos y que cada uno tenía que elegir por uno u otro. En aquel momento no lo sabía, pero cuando fui un poco más mayor, supe que nosotros éramos del bando que se hacía llamar de los nacionales y, supuestamente, luchábamos por el bien de España. Yo no lo elegí, simplemente era así.

<<El curioso suceso del que te hablo ocurrió una tarde de verano de aquel año. Yo me encontraba en casa de mi abuela ­– que en paz descanse – que, al igual que tú, solía frecuentar mucho. Siempre llevaba conmigo una pequeña caja de madera donde guardaba las monedas que me iban dando, unas veces mis padres y otras mi santa abuela. Aquella tarde, como no podía ser de otra manera, me llevé la cajita a la casa, esperando poder ampliar mi pequeña fortuna. Si te soy sincero, aquella caja empezaba a pesar. >> Bernardo hizo una pausa para coger aire y prosiguió. Luis lo miraba embelesado, creando las imágenes que su abuelo le contaba en su cabeza.

<<Lo que sucedió fue lo siguiente: los rojos, que se encontraban aquel día visitando casa tras casa en busca de posibles simpatizantes de Franco, entraron en la casa de mi abuela sin previo aviso. Cuando se percató, mi abuela me cogió y me llevó a la última habitación, al fondo del pasillo, con la esperanza de que los soldados se cansaran de buscar y se fueran. Los rojos no tenían por qué saber que en mi familia había simpatizantes del bando nacional pero cualquier cosa podía pasar. Me agazapé detrás de la cama que había en la habitación, rodeado por los brazos de mi valerosa abuela. En ese momento sabía que nunca me dejaría sólo y que sería capaz de cualquier cosa para ponerme a salvo. Para nuestro terror, dos soldados nos encontraron y nos hicieron salir de allí entre gritos y empujones. A mi abuela la tiraron sobre la cama y empezaron a recriminarle cosas que no soy capaz de recordar. Estaba tan asustado que mi mente se bloqueó, y no salí de esa especie de conmoción hasta pasado un buen rato de que se hubieran marchado. Cuando lo hicieron, seguramente convencidos de que allí no encontrarían a nadie de su interés, mi abuela me ayudó a recomponerme. Al pasar al lado de la mesa del salón, donde había dejado mi preciada caja, descubrí que ya no estaba. ¡Imagínate que desilusión!>> Exclamó Bernardo.

Luis tenía los ojos abiertos como platos. En su cabeza, algo no cuadraba, y necesitaba salir de dudas.  

–Abuelo, hay algo que no entiendo. Un amigo de mi clase me ha contado que su padre le ha dicho, que los rojos siempre han sido los buenos y los fachas los malos.

Bernardo, con su infinita sonrisa cargada de ternura, se acercó a su nieto y se sentó a su lado.

–Querido Luis, hoy quiero que te lleves algo bien guardado en la cabeza y, quizás, puedas compartirlo con tu amigo, para que entienda como son las cosas de verdad. Rojos o fachas. ¿Qué más da? ¿Por qué unos son buenos y otros malos? ¿Quién se encarga de poner la línea de separación entre el bien y el mal? Te aseguro que ambos grupos mataron a cientos de inocentes, gente que no tenía nada que ver con esa estúpida guerra. No creo que ese padre le haya contado esto a tu amigo, ¿verdad?

Luis negó con la cabeza, pues suponía que no. De ser así, su amigo se lo hubiera contado.

–Pues bien. Lo que sí puedes tener por seguro, es que tanto unos como otros eran personas. Y como personas, capaces de lo mejor y de lo peor. Somos lo que somos, Luis. Quédate con eso.

El abuelo echó un vistazo al reloj que colgaba de la pared y se incorporó con apremio.

–¡Pero mira la hora que es! – Exclamó, señalando el reloj. – Tu madre me reñirá si no sales ya para tu casa.

Luis observó con asombro que habían pasado dos horas desde que había llegado a casa de su abuelo. La historia lo había tenido tan enfrascado que no se había percatado del paso del tiempo. Sin duda, su madre no sólo reñiría a su abuelo si no se apresuraba; también le tocaría a él una buena reprimenda. Inmediatamente se levantó y se dispuso a marcharse, acompañado de cerca por su abuelo.

–Hasta el domingo que viene, Luisito. – Dijo Bernardo – Aquí te espero con tu chocolate en su punto.

–Nos vemos el domingo, abuelo. Vete pensando la próxima historia – Respondió Luis, mientras terminaba de abrazarlo.

Un instante después se encontraba de nuevo en las frías calles, aunque ahora el sol se alzaba brillante en el cielo despejado, calentando un poco más que al amanecer. En su mente permanecía una frase que parecía haberse grabado como a fuego. <<Somos lo que somos>>, había dicho su abuelo. <<Somos lo que somos>>, se repitió Luis. Aquel día regresaba a su casa con la sensación de haber escuchado algo más que una historia.

Conoce más del autor en http://historiasdelarosa.wordpress.com/
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5 respuestas a Somos lo que somos (Alex de la Rosa)

  1. David Rubio dijo:

    Muy buen relato y un abuelo muy sabio

  2. Ángela dijo:

    ALex, me ha encantado tu relato. Primero por el maravilloso paseo que me has dado por las callejuelas de Sevilla, ciudad en la que no he estado nunca (bueno, ahora si: contigo), y luego porque me has robado una sonrisa con ese abuelo que espera al nieto todos los domingos por la mañana para compartir churros e historias con su nieto. Entrañable, en serio. El cariño de abuelos es un afecto que desgraciadamente no he conocido, y me pone sensiblera. Gracias. Sí, ese abuelo tiene razón ¿quien pone esos limites entre el bien y el mal? Un abrazo grande.

  3. Me gustó, ese abuelo se parece al mío, jajaja.

  4. manolivf dijo:

    Entrañable relato, Alex. con unas muy buenas descripciones que ambientan muy bien la historia en ese escenario de por sí mágico que es Sevilla. 🙂

  5. Alex de la Rosa dijo:

    ¡Gracias a todos! Realmente la historia ocurrió, o al menos algo parecido. Está inspirada en algo que me contó mi abuelo cuando era pequeño. Un saludo!

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