Corrientes heladas en los pasillos de la cabeza de un genio (Ángela Eastwood)

Si os gusta observar el cielo, si se os humedecen los ojos con la imposibilidad de tanta belleza, creo que podréis imaginar de qué os hablo. Era un atardecer de mediados de febrero, hacía un frío espantoso y el cielo se desangraba entero sobre las montañas, confiriendo un tono nostálgico a la tarde. La lluvia transfería una pátina de acero a las calles. Rojo sobre gris. Callejeaba yo, embobado y extasiado con estos cambios celestiales, tan bellos como imposibles, cuando descubrí, acurrucado bajo unos cartones, un rostro familiar. Me paré en seco, anonadado: aquel rostro, delgado y mugriento, aquella cara…No, no podía ser, no podía tratarse de él. Negué con la cabeza y chasqueé la lengua e iba a pasar de largo cuando mis ojos se cruzaron de nuevo con los de aquel mendigo. Era él. No podría olvidar esa mirada aunque quisiera.

— ¡Maestro!—exclamé noqueado por la sorpresa. Y no supe qué más decir.

El hombre no me reconoció al principio, pero de pronto su sonrisa se iluminó y me invitó a sentarme a su lado bajo los cartones húmedos, ofreciéndome, cortésmente, un trago de su botella de vino. Denegué y sacándome el abrigo lo coloqué sobre sus hombros escuálidos. Llovía y él tiritaba.

Apenado, intenté convencerle que la mejor opción era acudir a los estamentos sociales, tal vez podría dormir por las noches en un albergue y además existían comedores que…

Volví todos los días a aquella cabaña fabricada de cartones, porque él no quiso oír hablar de cárceles para pobres, ni de limosnas ofrecidas con cara de asco y pena. Combatíamos el frío extremo con sorbitos de ron —que yo le robaba a mi padre—, y él, agradecido, me ofrecía una de esas colillas que encontraba tiradas por el suelo, y que guardaba como un tesoro. Una noche, en la que estábamos los dos bastante borrachos, mi maestro me dijo:

—Observa el cielo, muchacho ¿has visto algo más hermoso?

Una luna gibada apoyaba su joroba sobre una nube adormilada. Negué con la cabeza, no, nunca había visto algo más bello.

—Maestro, ¿de qué se esconde usted? –le pregunté abiertamente.

—Muchacho, no puedo esconderme de “aquel” que todo lo ve.

—Habla usted de Dios.

—Tú y yo solo tenemos un Dios, amigo. Y es el que sostiene la pluma y escribe esta historia nuestra.

—No entiendo nada—confesé.

—Muchacho ¿sabes por qué estoy aquí, debajo de estos cartones? Porque me ha puesto Él. Me tiene aquí a la espera de nuevas aventuras: aún no ha decidido que hacer conmigo. Soy el  personaje de un escritor loco.

—Si usted es el personaje de un loco. ¿Quién soy yo?—la conversación se hacía cada vez más interesante y di un largo trago a la botella de ron.

Mi maestro levantó la ceja izquierda y sonrió.

—Voy a contarte algo que te costará creer, pero que demostrará mi teoría:

“Un día al despertar de la siesta me encontré rodeado de gente extraña. Todo el mundo actuaba con normalidad, como si me conocieran de toda la vida. Pregunté quiénes eran y dónde estaba. Aquellos desconocidos rieron con ganas y uno de ellos me dijo: “Capitán, nos encanta su sentido del humor”. Capitán—pensé—me llaman Capitán. Luego ya no supe más de mí. Pero cuando desperté, ardía de ganas de llegar a mi destino. Ya no era el profesor de literatura que tú conociste, chico. No. Era el capitán de una expedición que buscaba respuestas. Y estaba al mando. Dos largos años viajando, hibernando, durmiendo el plácido y engañoso sueño de los fármacos, pero cuando por fin llegamos a nuestro destino, la felicidad nos embargaba a todos.”

— ¿Habla usted de un viaje espacial?—mis ojos se desorbitaron. Di un largo trago a la botella, aquello prometía.

Mi maestro me robó la botella de ron e hizo un gesto para que guardara silencio.

“Buscábamos respuestas a las preguntas que flotan en nuestro intelecto desde tiempos inmemoriales. Teníamos ilusión y curiosidad. La expedición se componía de diez personas, cualificadas y preparadas.

No nos sorprendió encontrar un planeta verde y azul en el que se podía respirar, un planeta muy similar al nuestro. La blancura extensa del hielo fragmentado contrastaba con la amenaza de los cielos plomizos. Caminamos muchos días hasta que abandonamos el hielo y llegamos a un lugar rocoso. Muchacho, allí todo tenía un color extrañamente rojizo. Entre los jirones de la niebla, visualizamos una especie de poblado, donde unas flores violetas lucían esplendorosas entre las ranuras de unas ciclópeas y olvidadas fortificaciones. Aquellas edificaciones, grandes como montañas resultaban desoladoras. Alertados y preparados para cualquier amenaza, entramos en silencio por aquellas bocas desdentadas y oscuras. Allí no había nadie. Era un lugar tan bueno como otro para descansar y decidimos pernoctar en él antes de continuar la marcha. Por la noche un sonido de cristales me despertó y, preocupado, salí a investigar. Eran los árboles. Los árboles, muchacho…sus ramas parecían huesos y como huesos se entrelazaban, nauseabundas, interpretando una suerte de melodía macabra.

Al amanecer, bajo un silencio aterrador, continuamos. Anhelaba yo algún sonido, pero ni siquiera se escuchaba el latido de la tierra. Todo lo cubría la niebla, sucia y densa. El paisaje se tornó aún más extraño a medida que nos acercábamos al océano. Exhaustos, conseguimos llegar hasta el pie de un acantilado y, ante la imposibilidad de proseguir, paramos para dormir un poco; pero pronto nos despertó el aullido de uno de mis hombres.

— ¡Abajo! ¡Miren abajo!—gritó, señalando un montículo gigante varado, cerca de la orilla del mar.

Era el ser más monstruoso que he visto jamás. Sus dimensiones eran extraordinarias. Asombrados, nos acercamos al borde del abismo y fuimos testigos de sus vanos intentos de incorporarse. Incorporarse…”

Mi maestro dispensó un largo trago a la botella de ron.

“Hipnotizados, mirábamos cómo el monstruo se impulsaba espasmódicamente, ayudándose de unas frágiles extremidades superiores; la tierra se estremecía bajo su peso y, al caer, terribles olas se levantaban furiosas. Se hizo la noche y el animal no cejó en su intento.”

— ¿Y de qué animal se trataba?—pregunté.

—Era una ballena—respondió—. Si, era la ballena más grande que nadie haya visto jamás, pero su cabeza…su cabeza correspondía a la de un animal de tierra. Tal vez un rinoceronte. No entendíamos nada ¿Era una ballena transformándose en un rinoceronte? ¿Tal vez al revés? Más tarde comprenderíamos toda la verdad, pero en ese instante no podíamos apartar la mirada de aquella cosa… aquel monstruo oscuro y deforme…

— ¡Pero eso es imposible!—dije yo, arrebatándole de nuevo la botella.

—No, no en aquel lugar.

— ¿Qué ocurrió después?

—Que nos alejamos demasiado de la nave y nos perdimos. Escucha:

“Tras el episodio de la ballena los hombres estaban asustados. Buscábamos respuestas, mas no creo que estuviésemos preparados para lo que intuíamos. Las provisiones escaseaban y la enfermedad acechaba. La niebla sustituyó a una extraña tormenta de arena que levantaba remolinos andantes. Los remolinos nos acompañaban como una suerte de peonzas doradas; pronto fueron uno más del grupo. Cuando llegaron los caballos uno de mis hombres agonizaba entre terribles estertores. Su boca llena de arena impedía cualquier maniobra de salvación, y cuando por fin expiró, uno de estos remolinos lo engulló y no lo vimos más.”

—Ha dicho usted que aparecieron los caballos…—recordé.

—Sí –respondió—. Eran unos animales fabulosos, grandes y fuertes, pero taciturnos. No pudimos montarlos, pero su compañía nos reconfortó. Uno de ellos, tal vez el líder de la manada, resultaba claramente amistoso, y mis hombres y yo le tomamos mucho aprecio. La desesperación hizo que preguntase a aquel animal si conocía la forma de devolvernos a nuestra nave.

—No maestro—comencé a negar con la cabeza–. No puede decirme que aquel animal entendía lo que usted le decía. Es demasiado para mí.

—Hice la pregunta y el animal me miró a los ojos. Juro por dios, muchacho, que entendió mi pregunta.

“Mermados en número y en fuerzas, nos pusimos en camino por la mañana. Aquellos animales hermosos nos acompañaron hasta el océano y una vez en la orilla, inexplicablemente se tumbaron todos en la arena. Parecían esperar algo. Pronto una espeluznante imagen nos sacó de dudas: la descomunal ballena había completado su transformación. Era un animal de tierra que había vuelto al agua. Nos miramos todos y luego observamos a los caballos. Me arrodillé junto a mi nuevo amigo y una lágrima rodó por mis mejillas. Con los ojos cerrados él esperaba paciente la difícil transformación. Desde allí conocíamos el camino hasta la nave y decidimos esperar a ver qué ocurría con los caballos. El hermoso animal tiritaba y su pelaje, antes negro y sedoso, ahora brillaba en tonos acerados. Sufría convulsiones y abría mucho la boca. Sus extremidades casi habían desaparecido, y en el lugar donde antes había una sedosa cola negra ahora se moldeaba una aleta caudal. Su mirada…Dios…no me preguntes cómo, pero sé que me rogaba que le acercase al agua.”

— ¿Y luego?

—Luego nada más. Pusimos rumbo de vuelta a  la tierra.

La botella estaba vacía, mi boca abierta y la luna se había librado de aquella joroba absurda.

—Maestro, convendrá conmigo en que todo esto que me cuenta parece de todo punto imposible. Ni usted ni yo somos personajes en manos de un loco dubitativo, ni existe ese planeta extraño. Sea sensato, mire alrededor y cuénteme que ve.

—Veo, muchacho, una realidad que no me gusta. Siento que hace mucho frío y nada me calienta ya el corazón.

— ¿En qué animal marino se convirtió aquel caballo?

—En un hermoso delfín.

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19 respuestas a Corrientes heladas en los pasillos de la cabeza de un genio (Ángela Eastwood)

  1. Alex de la Rosa dijo:

    Sencillamente brillante. Desde ese título tan embaucador ya nos estás incitando a que nos adentremos en tu historia. Y vaya si merece la pena adentrarse. Prosa cuidada, llena de detalles e imágenes. Relato con trasfondo, con el que te puedes quedar en la superficie por su belleza, o llegar hasta el fondo del mensaje que parece entreverse. Bravo, escritora. Un saludo.

  2. INSOMNE dijo:

    Envidia, me das. (y no sana) 😉

  3. Mar dijo:

    Pues la mía es sana, la envidia, digo, si no fuese así ya estaría verde, ¡¡je,je!! Lo mismo digo con el relato de Carlota, y es que hay relatos en este blog que son para aprender. Suerte y un saludo.

  4. savantsale dijo:

    He disfrutado leyendo. Un saludo.

  5. Sinceramente me gustó desde el principio hasta el fin. Felicitaciones.

  6. Me gusta, es diferente e interesante la historia, captura.

  7. coinup dijo:

    No puedo más que declararme fan -o fiel seguidor- de tus textos, Ángela. Muchas gracias por este regalo.

    Un abrazo, Nico.

  8. leticiajp dijo:

    Un relato maravillosamente escrito, como todos los tuyos, que además siempre son intreesantes y cuentan algo. Lo único, me ha parecido un pelín largo todo lo que explica para el desenlace final, porque con menos historia en el medio habría acabado de la misma manera. Pero reconozco que a mí ya me habías ganado con el título 🙂

    • Ángela dijo:

      Es una historia dentro de otra historia, para mi las dos tienen importancia. Ninguna de las dos existe, existiendo las dos al mismo tiempo. Pero me lo pienso leti! Un gran abrazo y gracias por leerlo. ¿Sabes? creo que el título es muy importante.

  9. Mar dijo:

    ¡Enhorabuena, Ángela! ¡Poco iban a corregir en este relato!

  10. Ángela dijo:

    jajaja Más contenta que unas pascuas, Mar. Me conformo muy y mucho con haber conseguido distraeros un rato. Gracias preciosa. Un gran abrazo.

  11. David Rubio dijo:

    Felicidades Ángela, nos distraes y nos enseñas con cada texto tuyo. Un abrazo

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