Esperanza cumplida en el hospital (Amparo Montoya García)

Gildardo en su agonía recordaba los días de su juventud cuando había conocido a Lucila. Gildardo sabía que estaba en la antesala de la muerte, lloraba por sus dolores no solamente físicos (cáncer en el estómago) sino morales (la vida llena de desencanto desde que se casó con Lucila).

-Papi ¿y cómo conociste a mi mamá?

-Ella trabajaba en mi casa…

-¿O sea que era la empleada?

-¡Así es!

-¿Y de dónde vino?

-¡Que te lo cuente ella cómo llegó a mi casa!

-¡Cuéntamelo tú!

-¡Prefiero no hacerlo!

-¿Y por qué te volviste alcohólico?

-Siempre me gustó el aguardiente, pero para volverme alcohólico, es mejor que no lo sepas…

-Papi ¿por qué me tiraste la vida a la basura?

-¡Perdóname, nunca quise hacerte daño!

-Papi, tú me perseguías, me hacías dar miedo, y yo me tenía que esconder en un escaparate…

-¡Perdóname!

-Papá ¿puedo pedirte algo?

-¡Dime!

-El pasado, pasado es, yo sé que tú me querías bastante hasta el punto en que cuando me viste en peligro de muerte, vendiste la casa por pesos para salvarme la vida…

-Como no teníamos una eps, cuando vi que te podías morir en el parto, no lo dudé ni un segundo…

-A Lucila no le gustó eso…

-¿Por qué no le dices mamá? No le gustó porque le dije que yo podía conseguir mujer para cabalgar en ella cuando me diera la gana, pero que hija no podría conseguir más…

-¡Hay tanto dolor de mi parte hacia ella, que no soy capaz de hacerlo y ahora veo que fue ella la que tiró mi vida a la basura, y tú, simplemente fuiste un instrumento de las circunstancias…

-¿Por qué?

-Porque ella me decía cosas tuyas, me mandaba a que me consiguiera un hombre con dinero para que le devolviera la casa, fue así como busqué tranquilidad en las drogas, viviendo en medio de gamines y sicarios, el frío de la noche calándome hasta los huesos, fue cuando conocí al padre de Robinson, que pensé que por ser americano me iba a dar de todo, pero mira como me equivoqué…cuando conocí al padre de Melisa, también tuve la esperanza de tener mi casa propia y fallé de nuevo…

Alba Lucía veía cómo su padre lloraba.

-Papá ¿por qué no le pides a Dios que me ayude a conseguir una casa para mis hijos? porque ellos al crecer al lado de Lucila, se me pueden perder también en la vida, ella tiene los sentimientos congelados y la ternura nunca llegó a su corazón…

-¡Lo haré!

-¿Me lo prometes?

-¡Te lo prometo!

Gildardo murió en brazos de su hija. Alba Lucía llamó a Lucila y le dijo:

-¡Ya puedes estar tranquila! Mi papá acaba de morir…

-¿De verdad?

-¿No era eso lo que querías? ¡Ya puedes estar satisfecha!

En una discusión familiar, como todos los días solía suceder, Gustavo le decía a Lucila, la mamá:

-Soy lo que quisiste que fuera… ¿de qué te quejas ahora? ¿Acaso no te complací cuando me decías que le pegara al viejo porque no te lo aguantabas?

-¡Cállate!

-¿Te atormentan los recuerdos? Le grita Gustavo.

-¡Que te calles!

-¡Te da miedo reconocer que si me tuve que “bajar” a esos maleantes, fue por orden tuya! ¿Quieres que te siga recordando por qué tu hijo, tu único hijo está huyendo por todo el mundo para que la policía no lo agarre y que tuvo que hacer las cosas más increíbles para poder sobrevivir en una tierra extranjera?

Lucila no aguanta el llanto y le dice:

-¡Sé que me equivoqué con ustedes! Pero yo quería lo mejor para mis hijos…

-¿Lo mejor? Ja, ja,ja…¡déjame que ría de tus estupideces… si a eso le dices “lo mejor” ¿qué diremos lo peor?

-¡Ya no me molesten más! Grita Lucila cogiéndose los cabellos en señal de desesperación.

-Mamá ¿cuál de los dos no es hijo de mi papá? ¡Tienes que decirnos ahora que él ya está muerto! Dijo Alba Lucía, hermana de Gustavo que estaba pendiente de la discusión que había entre madre e hijo.

-¡Ese secreto me lo llevaré a la tumba!

-Pero tenemos derecho a saberlo… dijo Alba Lucía al mismo tiempo que sacudía violentamente a Lucila.

-Ya… me van a dejar en paz, nunca lo sabrán…nunca…

-¿O sea que le pedías a Gustavo que le pegara a mi papá? ¡Porque no te lo soportabas ya! ¡Nunca te voy a perdonar eso!

-¡No me vengas ahora con remordimientos porque también lo hiciste sufrir y bastante!

-Pero jamás daría una orden de ese estilo y menos a un hijo, golpear al padre que se está muriendo, que está en la antesala de la muerte… ¿Que te parece si yo le digo a Robinson que te pegue porque no te aguanto? Ten la plena seguridad que él también es capaz de complacerme, igual que lo hizo Gustavo contigo…

-¡Hazlo cuando quieras! ¿Quién te lo impide? El hijo que le pega a la mamá, queda maldito…

-¿Y qué maldición le cae al hijo que le pega al padre por orden de la mamá? Y más aún ¿cuando está agonizando?

-¡La maldición va para los dos! Dijo Gustavo, a la mamá porque hizo pecar al hijo y al hijo porque por amor a la mamá, le pegó al papá y éste se estaba muriendo…Gustavo se limpiaba las lágrimas.

-¡Pues algún día tendrán lo merecido! Tú, Lucila que ni siquiera mereces que te digamos madre por desalmada y tú, Gustavo, por desgraciado…dijo Alba Lucía a medida que salía con rapidez de la casa.

-¡No te vayas para la calle! Le gritó Lucila.

Alba Lucía se le enfrentó:

-¿Y cómo me vas a detener? ¿Le vas a decir a Gustavo que me pegue? ¡Pues hazlo! Aquí a dos cuadras está la comisaria de familia y si me impides salir, tarde que temprano saldrá a la luz pública lo que hiciste con mi papá…

Lucila se quedó impávida. Conocía el carácter explosivo de su hija y sabía también que cuando Alba Lucía prometía algo, lo cumplía a como diera lugar, por lo tanto la dejó salir.

La noche avanzaba. Alba Lucía caminaba sin rumbo fijo y de su mente no se apartaban los últimos recuerdos que tenía de su padre:

“-Hija, no dejes que me manden para la casa… la casa es un infierno y quiero morir tranquilo…

– Papá ¿por qué es un infierno?…

-No te puedo decir nada más, sólo te suplico que no me saques de aquí… aquí quiero morir y sé que moriré tranquilo…

-Así se hará, te prometo que nadie te sacará de aquí y cueste lo que cueste, cumpliré tus deseos…”.

Alba Lucía sentía una soledad muy grande y pensaba: “mi mamá mandó golpear a mi papá y sabiendo que estaba desahuciado…pero ¿Gustavo por qué se prestaría para esa abominación? … en verdad creo que estaba bien “trabado” y mi mamá se aprovechó de eso… pobre papá, con razón me pedía que no lo dejara regresar a la casa… ahora entiendo el por qué Gustavo cogió ese maldito vicio y que lo llevó a cometer grandes errores…muchas cosas sabe de mi mamá y no tenía a quién confiarle sus secretos…él se metió a la droga y yo me metí a la prostitución…¡Dios mío, mira lo que nuestra madre ha hecho de sus hijos…basura…desechables de la sociedad”.

Gustavo por su parte, se había dirigido a su pieza. Cabizbajo, arrepentido por lo que había hecho con su padre, intentaba dormir, pero en las sombras de la noche, veía a Gildardo en el piso pidiéndole piedad y él, sin escucharlo, lo golpeaba por orden de Lucila y pensaba: “¿cómo pude haberle hecho caso a esa señora y golpear a un casi moribundo? Esta ansiedad y angustia que mantengo, pueden ser el inicio de un castigo que me va a llegar… Lucila, Lucila ¿cuándo se me borrarán estos recuerdos? ¿Qué has hecho de mi vida? ¡Un desastre total! Voy a cumplir cuarenta años y no me he podido casar ni estando bien enamorado… Lucila, aún me acuerdo como me hiciste golpear a Sandra que porque se seguía viendo con el padre de su hijo y era que tú misma la mandabas…”

Lucila interrumpe sus pensamientos, toca la puerta de la alcoba de Gustavo y le dice:

-¡Hijo, ven a comer!

-Mejor como mierda…algo me dice que en mis comidas estás echando yerbajos para quitarme la voluntad y hacer de mí lo que quieras…pero no te voy a dar el gusto de volver a probar siquiera una sola cucharada de tus comidas…

-¡Gustavo, no me hables así!

-¿Cómo quieres que te hable? ¡Déjame en paz!

-¡Por favor, ven a comer!

-¡Lárgate y no me hables nunca más!

Lucila se alejó y Gustavo siguió pensando: “¿será que terminaré mi vida como la del viejo Gildardo, enfermo y solo? ¿Será que por eso no he podido conseguir un trabajo bueno y honrado? ¡Pues cuando lo consigo, a los dos meses pasa alguna cosa y me echan!… ¿Qué voy a hacer? Me he tirado la sal encima… ninguno de mis amigos políticos quiere ayudarme… y son disculpas a todo momento…”.

Gustavo lloraba y con las cobijas se tapaba la cara para ahogar quejidos de angustia y de terror. Lucila por su parte, se dirigió a una pequeña capilla que ella misma había hecho a rezarle a los santos para que la protegieran contra todo mal y peligro.

Alba Lucía, caminando a ciegas porque el llanto le opacaba la vista, elevaba una plegaria hacia el infinito: “¿cuándo acabará todo este tormento ocasionado por nuestra propia madre? ¿Cuál fue el delito que cometimos para que tuviéramos esta suerte tan puerca? Robinson, mi hijo también metido en las drogas y no tener la forma de internarlo en un centro de rehabilitación…por lo menos mi niña todavía es muy pequeña y no entiende nada de lo que sucede a su alrededor…pero yo me comprometo a darle una buena educación para que no tenga que vender su cuerpo al mejor postor, como lo hice tantas veces yo…”.

Un frío helado corría en el pueblo. Casi todos sus habitantes, corrían para sus casas porque amenazaba lluvia. De pronto, un rayo certero cayó en la torre de la iglesia principal. Todo quedó a oscuras. Gustavo salió temeroso de su alcoba y empezó a gritar como un loco: “papá, perdóname porque yo no tuve la culpa…fue mi madre que todo lo planeó y yo no estaba consciente de lo que estaba haciendo…papá ¡perdóname!”.

Lucila, por su parte, también se asustó, prendió una vela y se arrodilló a gritar sus oraciones. El miedo también la estaba torturando.

Alba Lucía entró a la casa y en silencio se encerró en su alcoba, quedando profundamente dormida sin cambiarse de ropa.

Robinson por su parte, en medio de las alucinaciones que produce la droga, decía:

-¡Uy mi hermano…están cayendo rayos y centellas!

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