Amadeo y el origen de las cajas (Jesús España Rodríguez (SavantSale))

Aquella tarde mi única intención era hacer volar mi cometa. No entendía por qué aquel trocito liviano de papel y madera caía irremediablemente al suelo segundos después de que lo lanzara al aire con todo el amor del planeta. No entendía (y dilemas como éste pueden ser enormemente mortificantes para un niño de diez años) por qué mi juguetito no surcaba los aires como había visto hacer a otros juguetes similares en algunos programas de televisión o en alguna que otra película infantil. En ésas estaba yo, sufriendo en mis propias carnes la imperfección del mundo real y evocando en mi mente a un millar de sabios chinos que conducían con maestría otro millar de cometas con forma de dragón, cuando conocí a Amadeo.

-¡Pibe! Qué hermoso barrilete…

Un chico, de poco más de veinte años, me miraba sonriendo desde la terraza contigua. Apoyaba sus codos en el muro que separaba ambas azoteas. Tenía barba a rodales, el pelo largo y descuidado y en su enorme nariz descansaban unas gafas redondas con patillas de alambre.

-Me lo regalaron esta mañana. Mi tío Julián… que prometió enseñarme a volarlo pero tuvo que irse…

-No te enojés, ya volverá el tío Julián y podrás volarlo a la perfección. Te convertirás en un experto en el antiguo y misterioso arte de la aeronáutica barrilera…

El chico colocó ambas manos en el muro de piedra y, haciendo fuerza con los brazos, logró elevar la espalda por encima de su cabeza. Se quedó en esa postura medio segundo hasta que, súbitamente, y con un giro dramático de cadera, hizo aparecer sus piernas de la nada y logró aterrizar, suavemente, las posaderas en la medianera de granito. Aquella demostración gimnástica me sobresaltó, haciéndome dar algunos pasos hacia atrás.

-Pibe, ¿te asusté? Lo siento, no quería… Me quedo aquí sentado, ¿de acuerdo?

El joven greñudo fue fiel a su palabra. Durante unos minutos se quedó allí, sentado, con los brazos cruzados, mirando a la nada mientras yo, algo más tranquilo, examinaba mi cometa. Mi precioso regalo, que a primera hora de la mañana era un rombo blanco inmaculado con dibujos azules, se había transformado, después de un millar de aterrizajes poco ortodoxos, en un romboide ceniciento que inspiraba más lástima que otra cosa.

-Pibe, ¿no volás más el barrilete? Tiralo contra las nubes, que está el cielo precioso esta mañana.

-Es que no puedo… no se me da bien. Me duele ya la espalda de tanto agacharme a recogerlo.

-No te preocupés, eso siempre pasa el primer día. Mañana será más fácil. Y te ayudará el tío Julián, que de seguro es como mínimo piloto de reactores, ¿cierto?

-Es ingeniero…

-¡Mejor! Yo también voy a ser ingeniero, pibe. Me quedan algunos años aún. Por cierto, ¿cómo te llamás?

Había empezado a perder un poco el inevitable miedo inicial al desconocido que, ahora, se había convertido en mi nuevo vecino charlatán. Me miraba con sus ojos diminutos, sin cesar de sonreír, haciendo oscilar los pies, aireando unos tobillos delgados cubiertos por unos calcetines a rayas.

-Me llamo Amadeo.

-¡Pibe! ¡Esto es una locura! ¡Una broma manifiesta del destino! Yo también me llamo Amadeo…

El éxtasis en el que entró debido a la curiosa noticia de la coincidencia de nuestros nombres le hizo agitar violentamente las extremidades inferiores. Casi, supongo, sin darse cuenta, golpeó con los talones en la piedra y se impulsó, cayendo, sobre las suelas de sus zapatos, muy cerca de donde yo me encontraba. Volví a dar algunos pasos hacia atrás. Esta vez tropecé ligeramente con un saliente de hierro.

-¡No, pibe! Otra vez te asusté… de veras que no es mi intención. Lo de los nombres me pareció macanudo. Para morirse…

-Pues… no sé – dije yo, sorprendido por la efusividad con la que aquel individuo celebraba cualquier anécdota insignificante.

-De verdad. Y si, a lo mejor, no te creés que Amadeo es mi nombre de verdad…

-Bueno, sí que me lo creo… Mi abuelo también se llama Amadeo…

-Ya, sí que puede no ser tan alucinante que nos llamemos igual, pero, de todas formas, quiero contarte la historia: me llamo Amadeo por Amadeo Carrizo.

Mi vecino Amadeo paseaba despacio por mi terraza. Al asistir al silencio sepulcral y al rostro de palo que exhibí al escuchar aquel nombre que, a mis escasos diez añitos, no me decía absolutamente nada, puso los brazos en jarra y dibujó una divertida mueca de estupefacción.

-No me rompás el alma… no te gusta el fútbol o, peor aún… vos no sos de River…

-Sí, sí que me gusta el fútbol. Mi tío Julián y mi mami son de Millonarios pero mi padre y yo…

-Tu padre y tú… – añadió él, tamborileando con ambas manos sus caderas, reproduciendo un extraño sonido que imitaba un primitivo redoble de tambores.

-Mi padre y yo somos de River.

-¡Grande mi Amadeo junior!

Amadeo bailó. Hizo chocar sus talones en el aire y se puso a dar palmadas sonoras. Empezó a darme, de nuevo, algo de miedo. Dio un salto hacia un lado, extendiendo los brazos, en lo que interpreté como una suerte de estirada de portero de fútbol. Tras el despliegue mímico, pareció volver a la calma.

-Amadeo Carrizo, Amadeo junior, ¡el arquero! Era el ídolo total de mi padre. Yo me llamo Amadeo por él. Aunque yo salí con muchos menos centímetros y esta cara de mosquito que no asusta a nadie. No como él, que tenía esa facha de pistolero a sueldo que daba un miedo tremendo. ¿Quién es tu preferido?

-Mi preferido…

-El tuyo, tu jugador. ¿Cuál es tu jugador preferido?

-Bueno… Soy de Passarella…

-¡Como todos! ¡Qué jugador! El mundial no se nos escapa. Con él y con Kempes…

-A Kempes casi no lo he visto jugar – interrumpí yo, que, evidentemente, era un afectado más de esa pasión endémica nacional por el balompié.

-Sí, está en España. Pero jugará con la nacional en el mundial. Ya verás, se atragantará de meter goles. Amadeo junior…

-Dime – contesté, con una sonrisa, descaradamente cómodo gracias a River.

-Si te quedás aquí un instante, yo vuelvo en un momento. ¿Trato?

Asentí. Amadeo senior me dio la espalda. Comenzó a andar hacia la medianera de piedra. Lo perdí un instante que dediqué a recoger mi maltrecha cometa del suelo para estrecharla contra mi pecho. Cuando alcé la vista, Amadeo ya se encontraba al otro lado. Podía ver la mitad superior de su cuerpo. Sus gafas apuntaban al piso y deduje (gracias a que con el pulgar y el índice de su mano derecha se frotaba la barbilla) que estaba analizando algo que se encontraba a sus pies. Se inclinó, ocultándose por completo, y, tras unos segundos, apareció de nuevo cargando una voluminosa caja de cartón. La colocó sobre la piedra, saltó como pudo el muro y, ya, de nuevo en mi lado, agarró otra vez el misterioso paquete. Comenzó a andar hacia mí.

-Uf. Tanta cabriola me tiene finiquitadas las pantorrillas. Amadeo junior, te presento a la señora caja que no puedes abrir.

-Encantado… caja… ¿que no puedo abrir?

-Muy educado, Amadeo junior. Mi amiga la caja te lo agradece. Te contaré una cosa pero sólo porque sos un hincha incondicional de River. Si hubieras sido de Boca, mi amiga la señora caja que no puedes abrir y yo ya nos habríamos largado hace rato. Pues eso, la cosa secreta que te tengo que contar es que mi amiga se va a quedar a descansar en tu azotea.

-Ajá…

-Y es un secreto de Estado máximo porque no podés decir a nadie que está aquí. Tampoco podés decirle a nadie que la caja es amiga mía, ni que hemos hablado, ni que me has visto siquiera. Y me lo tenés que prometer por el Monumental. Que si rompés tu palabra le caigan mil rayos o un terremoto haga añicos las gradas y abra mil agujeros en el verde.

-Lo prometo – dije, sin apenas convicción.

-Pero es importante, Amadeo junior. Si dejo la caja aquí tenés que olvidarla. Si la encuentra tu papá, tu mama o cualquiera de tus amiguitos vecinos… tú te hacés el tonto. A ti la caja no te suena de nada. ¿Entendés?

-Ajá…

-Y, como parecés un chico inteligente, futuro as del barrilete supersónico, te revelaré otro secreto… esta caja está repleta de cosas perniciosas.

-¿Perniciosas?

-De cosas peligrosas. De cosas malas, prohibidas. De cosas… digámoslo así, de cosas que explotan.

-Pero… – balbuceé, visiblemente nervioso.

-No debés tener miedo. No debés tener miedo porque no vas a tocar la caja. Porque te vas a olvidar de ella. Porque, y esto sí que me da pena infinita porque me caés superiormente, Amadeo junior… porque también te vas a olvidar de mí.

-Pero…

-Dejaré a mi amiga en ese rinconcito, junto a esa tubería oxidada. Tú seguirás practicando el pilotaje de artefactos aéreos y yo iré a tomar unos refrescos con una amiga mía que está bien poderosa.

Sin darme opción a réplica, se apartó de mí y, caminando con determinación, puso rumbo al sucio rincón donde había decidido dejar abandonado a su suerte el paquete. Se acuclilló, lo colocó con insólita delicadeza, le dedicó unas palabras (algo que, creo recordar, sonó a ahí te quedás), se levantó y, con ceremoniosa parsimonia y con las manos en los bolsillos, enfiló por última vez el camino que le conducía a su azotea. De nuevo un salto elegante, de nuevo los tobillos delgados bailando en el aire. Y de nuevo su torso del otro lado.

-Amadeo junior, sos grandísimo, no lo olvidés. Y no parés hasta que ese barrilete lo tengás dominado.

Me guiñó un ojo y se giró para, casi al instante, volverse.

-Y una cosa. Si algún policía te pregunta algo… tú de cajas o de señores con barba y anteojos no sabés nada. ¿Ok? A mi amiga la caja que no has de abrir no le agradan absolutamente nada esos señores. Bye, bye, amigo.

Amadeo se perdió en un bosque de manteles y antenas de televisión. No volví a verlo, ni en la azotea, ni en los negocios del barrio ni en ningún otro lugar de Buenos Aires. Durante algunos días dejé abandonada la cometa, desmoralizado por mi falta de pericia para gobernarla. El asunto de la caja logré olvidarlo, igualmente, unos días, hasta una noche en que tuve una pesadilla protagonizada por un sujeto con antifaz que manipulaba un artefacto provisto de una infinidad de cables y de un complejo mecanismo de relojería. Una semana viví obsesionado (y casi convencido de que el incidente iba a acontecer de forma inminente) con la imagen de mi edificio explotando por los aires. Un miércoles de febrero, unos segundos después de descartar la posibilidad de informar a mis padres y afectado por una extravagante sed de aventuras, emprendí el temerario viaje que me llevaba desde mi cuarto a, por primera vez desde que conocí a Amadeo senior y a su íntima amiga de cartón, la terraza. Subí las escaleras a ritmo de desfile militar, orgulloso y concentrado, golpeando con mis botitas los escalones de mármol y bordeando el hueco que, unos años más tarde, ocuparía un feo elevador. Abrí la puerta de madera con recelo. Salí al exterior. Me saludó un cielo despejado. El Sol estaba oculto tras una nube oportuna. Mis pasitos hacían crujir tenebrosamente el suelo. Aquel sonido no tardó en despojarme de todo rastro de bizarría castrense. Visioné el objetivo. Se encontraba allí, en el mismo rincón polvoriento donde Amadeo el artificiero lo había dejado. Me coloqué de rodillas. Una paloma revoloteó a mi diestra. El sobresalto hizo que se me escurriera un chillido corto y agudo. Me tapé la boca con ambas manos y traté de calmarme. Pensé en Fantomas y en sus proezas. Algo más relajado, caí en la cuenta de que me había plantado allí, frente a mi enemiga la caja que debía olvidar bajo cualquier concepto pero que seguro que contenía la más peligrosa de las bombas que un humano pudiera fabricar sin ningún tipo de plan concreto. Había sido todo ímpetu y nada reflexión. Me pertreché tras una pila de tejas y, dedicándole una oración a Fantomas, resolví lanzar una piedrita al paquete. Plaf. Con la cabeza entre las rodillas y tapándome los oídos, cerrando tan fuerte los ojos que posteriormente me costó separar los párpados, escuché el aséptico impacto y me congratulé de no haber desatado el infierno. Definitivamente, parece que no habría hecatombes aquella tarde de miércoles. Asomé un cuarto de cabeza por uno de los lados de mi trinchera y comprobé que todo, salvo la pequeña arruga que el proyectil había causado en el cartón, seguía igual. Aferré un alambre de hierro que encontré tirado y avancé. Lo hice en zigzag, sin perder contacto visual en ningún momento. Cuando estuve lo suficientemente cerca estiré el brazo y, como quien analiza el cadáver de un gato, rocé la caja con la punta de mi bastón improvisado. No sucedió nada. Esperé unos segundos y repetí la operación. Sin consecuencias. Yo seguía teniendo brazos y el barrio se mantenía en su sitio. Di un par de cautelosos pasos y, con precisión quirúrgica, utilicé mi herramienta alargada para separar y abrir las solapas superiores. Pasaron los cinco minutos más largos de mi corta y aburrida vida. Permanecí agazapado, sin atreverme a levantar la cabeza, hasta que una ráfaga de aire se decidió a echarme una mano. La esquina de una hoja de papel emergió por encima de las solapas que yo había retirado. Olvidé las pesadillas, olvidé a Fantomas, olvidé que el cielo estaba despejado y olvidé que era miércoles. Me aproximé como un autómata y descubrí qué era lo que contenía aquella caja que ya estaba abierta de par en par y no había vuelta atrás. Lo que parecía una pequeña columna de papeles, coronada por una hoja de cuaderno cuadriculado manuscrita, ocupaba la parte superior derecha de la caja. Justo en el ángulo inferior se comprimían unos seis o siete paquetes cuadriculados que parecían los envoltorios de discos de vinilo. En la parte izquierda se agolpaban sin orden ni concierto unos diez libros de tapas ajadas y páginas amarillentas. Escogí, al azar, uno de color verde con adornos amarillos que parecían imitar filigranas de oro. En su lomo deshecho, se escribía, con letra cursiva, un nombre

El origen de las especies.

Conoce más del autor en http://savantsale.wordpress.com/
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