Desolación (Mariela Cerioni)

Nací en una helada noche de julio. Mi padre así lo contó por años, agregando el detalle que el parabrisas del auto, que dejó afuera del hospital, se llenó de escarcha y que a la mañana siguiente tuvo que tirarle agua para poder salir a trabajar. Terminé de conformar una familia con cinco hermanos. Todos varones. Mi madre estaba convencida que conmigo iba romper la racha, por eso no habían pensado nombre masculino.  Alberto fue el nombre que encontraron ante la emergencia, porque así se llamaban mi abuelo paterno y mi tío materno. Ser el varón más pequeño no fue un detalle menor en mi vida. Odié siempre eso porque era el punto de las cargadas y el centro de los peores tratos, realizados  por mis cuatro hermanos que me llevaban 4, 5, 8 y 10 años. Yo era el maricón… el que lloraba por todo, según ellos. Por eso decidí por voluntad propia ser frío y distante. Ya no había motivo para cargarme, porque siempre andaba solo. Solía jugar a los vaqueros y ladrones en los polvorientos campitos del vecindario, mientras me imaginaba que los cardos que se movían bruscamente con el viento, eran los malhechores  peligrosos que querían acabar con mi vida. Doña Rosa, la vecina que vivía en la única casa que había frente de mi campito preferido, solía observarme por la ventana. A veces me intimidaba cuando se reía de las conversaciones que hacía con mis compañeros imaginarios de juego. Muchas tardes de invierno, en que ya el sol comenzaba a caer, salía para decirme –¡Albertito, por qué no te vas a tu casa, está poniéndose helado! Pero yo resistía jugando sabiendo que al rato salía con una taza caliente de cascarilla. Dulce sabor que entibiaba mi interior mientras afuera ya casi helaba.

Mi madre, pobre madre, a esa hora aún no volvía. Lavaba ropa y planchaba en casas de algunas mujeres que podían pagar esos servicios en el barrio. Mientras yo, a su creencia, quedaba a cargo de mis hermanos mayores.  Mi padre lo sabía. Él siempre se daba una vuelta por la casa durante el día para buscar alguna herramienta y veía que yo no estaba… pero confiaba en que andaba bien. De regreso a su taller sabía pasar por los lugares donde jugaba y me miraba serio, sin decir nada, al igual que cuando a la noche nos rencontrábamos a cenar.

Eso de andar solo y callado se me hizo carne, siempre me gustó.

Cuando me ofrecieron el trabajo en la morgue del hospital, se me revolvió todo adentro. Pero luego pensé que sería el perfecto lugar para seguir guardando mi silencio y anclando mi soledad. Para mi sorpresa no fue así. Al principio me mantenía alejado de las cavas, pero después hasta me empezó a gustar hacer las rondas nocturnas. Allí siempre es de noche, pero el frío humeante de los receptáculos al abrirlos, se ve mejor en la oscuridad con el reflejo de la luz. Los cadáveres me hablan. El seño fruncido de un accidentado, las uñas desgarradas de la mujer que fue atacada, el color azulino del que encontraron tirado en la calle. Yo los entiendo y ellos me cuentan sus historias de vida y deceso con sus rasgos, gestos,  sus heridas, sus colores y olores. Cuando el forense llega me pregunta. ¿Y Alberto? ¿Qué hay hoy? Y allí le cuento mis primeras impresiones que son escuchadas y tomadas con gran interés. Desde entonces me di cuenta que la frialdad, la distancia, lo inerme… no viene de la mano de la muerte.

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7 respuestas a Desolación (Mariela Cerioni)

  1. Ángela dijo:

    Una historia muy interesante que me ha tocado un poco la fibra, por pertenecer yo a una familia bastante numerosa.La verdad es que entiendo un poco a tu torturado personaje, que eligió la soledad y la frialdad como compañeras para evitar todas esas trompadas. Los amigos imaginarios son fieles a los niños solitarios y con una gran imaginación, si. Y ese trabajo me parece que le va a tu personaje como anillo al dedo. En cuanto a la última frase–que por cierto le da sentido a todo el relato–, pues creo que tienes mucha razón.

    “Desde entonces me di cuenta que la frialdad, la distancia, lo inerme… no viene de la mano de la muerte.”

    Buen trabajo en general, por cierto, por ahí se te ha colado un “seño fruncido”, supongo que lo has escrito tal como lo pronuncias. Un saludo afectuoso. 🙂

  2. Mar dijo:

    Hola Mariela, me ha parecido un relato tan interesante como, su propio titulo indica, desolador, aunque hay giros y palabras en el texto que he debido de releer para entender, puede ser por desconocimiento de esas palabras. Un saludo.

  3. Quiero hacer una aclaración: hay que ser conscientes de que en todos los territorios, las expresiones no significan lo mismo. Una palabra en Madrid, puede tener diferente signficado en Cartagena, Colombia.

  4. Me ha gustado mucho tu relato, Mariela, así como la forma de narrar, directa, sin artificios, sin nada que sobre. Describes perfectamente esa soledad que se nos queda prendida a veces en medio de la multitud…Gracias por compartirlo.

  5. Encantador relato. que te llega al alma, Mariela. Me ha gustado mucho, y te deso mucha suerte!

  6. Nelaache dijo:

    Un relato que cala hondo y que viene a ser una manifestación más de que, a veces, la soledad tampoco es tan mala si se sabe cómo llenarla. Te felicito y te deseo suerte!!

  7. Mariela dijo:

    Hola a todos! no sabía que mi texto tenía estos comentarios. Me han reconfortado. Quizás lo que noten distinto o raro son mis propias expresiones, porque soy argentina. Esto es así, porque a mi me pasa al leer textos de escritores españoles o de otros países de habla hispana. Nuevamente gracias y encantada de recibir comentarios porque lo que más me gusta es poder comprobar cómo llega lo que escribo a las distintas personas. Saludos a todos!! Mariela

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