El almibar Toxico de la Vendetta (Albertocinco)

En un crepúsculo sereno y fresco para el romanticismo en Madrid, capital europea de la noche, Mapita Jiménez aprisiona con fuerza a su amado Paco De La Vega, su segundo marido, en un éxtasis de gozo, formando una sola figura en la penumbra. Era la reconciliación después de una peleílla como cualquier par de amantes. “Vuelvo a ti, en busca de consuelo que me trae tu recuerdo, vuelvo a ti”. Es la voz de Manolo Otero, interpreta la canción bolero: “Vuelvo a Ti”, en la discoteca Gabana de la calle Velásquez, establecimiento nocturno apropiado para acoger a los seducidos en pleno romance por el encanto de Cupido. Con cabinas separadas y una luz tenue, con la complicidad del abarrotamiento del humo de cigarrillo, permite a las parejas arroparse con las sombras. De repente, su cuerpo se estremeció, lleno de ansiedad, cuando expresó su angustia, susurrando a manera de reclamo:

         -Paco, tú nunca me vais a ser infiel, verdad, ¡júramelo! 

Le asaltó el recuerdo por su mala experiencia con su primer esposo, Pepe Toño de Mora, de quien se había divorciado tiempo atrás. Como respuesta, recibió un tremendo beso de su amado.

¡Ah! El atractivo y subyugante Pepe Toño de Mora, el de la mirada seductora. El mismo que con la timidez de un principiante apareció por la puerta de entrada del elegante buró de la psicóloga Rebeca Peralta. Y ahí, en ese despacho clínico, un consultorio adaptado para estimular a sus dolientes, con mensajes subliminales, armonioso, amplio y moderno, para permitir un agradable relax apropiado para la meditación, buscando un total equilibrio y armonía, una atmósfera de calma, especial para el descanso, para lograr una absoluta pureza que penetre en todos los sentidos, fué ahí, precisamente, donde asomaba su figura Pepe Toño de Mora, entraba con expresión lánguida a ese lujoso entorno para solicitar sus servicios. Se sorprendió cuando estuvo frente a esa guapa, pero fué tal la sensación que no dudo un instante en revelar otra imagen e inventarse la forma de hacerse el interesante para ella, cambiando el motivo de su consulta:

–Vamos, sabes, cuando yo veo a una hembra, inmediatamente la desvisto con la mirada, permitiéndome observar su escultura. –expresó con palabras convincentes su ocurrencia. –Esta situación me mortifica. Y ya está, vale, entonces me mantiene desequilibrado produciéndome una extrema tensión. –dijo.

Esto causó curiosidad en Rebeca ante este caso excepcional, después de hacerle algunas pruebas para determinar su estado normal, se atrevió a preguntarle si a ella también la podía observar desnuda. El persistió en su mirada y luego de cerrar sus ojos y tras un breve mutismo, muy emocionado se arriesgo a decir:

-En hora buena… tus pantis son de color negro.

La respuesta hizo sonrojar a la atractiva dama, porque efectivamente, sus pantis eran de color negro. La psicóloga no habló, permaneció sin palabras por algunos segundos. El bacán, emocionado e impactado por su acierto, se entusiasmo con las terapias, dada su actuación teatral, logró que lo atendiera casi todos los días y especialmente en las horas de la noche, con una insistencia persuasiva y la actitud permisiva de su doctora, quien expresaba, coquetamente, su intención bien calculada, para enrolar a su enamorado convaleciente, porque el individuo, según sus demandas, satisfacía los requisitos requeridos.

Rebeca Peralta es una destacada profesional, separada y sin hijos, que había contraído matrimonio con Carmelo Talavante, distinguido, gentil y con donaire, a quien después de analizar todos sus comportamientos, llegó a la conclusión que esa sociedad sería un buen negocio. Con el tiempo, Carmelo, su ídolo, comenzó a mostrar una situación enfermiza y obsesiva por su salud sin tener motivos para ello y con signos de padecer depresión y ansiedad, convirtiéndolo en persona aburrida, pesimista y de genio recio, que ella, a pesar de ofrecerle todos sus conocimientos profesionales, no pudo ayudarle a superar su manía. Por eso, decidió aplicar su teoría de la felicidad, circunstancia que la motivo para solicitar el descasamiento y recuperar su independencia, no obstante, su agobio por su prolongada e inquieta abstinencia. No encontraba a la persona con la cual podría satisfacer sus exigencias, para compartir su pasión, disfrutando en su lecho. Todos le resultaban ligones.

Un sábado en la noche en las vísperas de la Virgen de Atocha, en el atrio de la Parroquia de Nuestra Señora de Atocha, después de una espera impaciente, Pepe Toño se atravesó a Rebeca, que despojándose de su mantilla saliendo de la Iglesia, atinó a decir:  

      -No insistáis… ¡dije no!

En la Plaza de Toros de Las Ventas del barrio La Guindalera de la calle de Alcalá, por la Puerta Grande salía en hombros José Tomas, alternaba con Miguel Báez y Julio Aparicio, Rebeca muy jubilosa se encontró frente a frente con Pepe Toño: 

       -Otra vez usted…vale hombre…que vamos hacer…

En primera fila del teatro de la Zarzuela, de la calle de Jovellanos, en el Concierto Inaugural con la Orquesta de la Comunidad de Madrid, de nuevo Pepe Toño:

       -Ya hablaremos.-Le dijo ella.

Pepe Toño de Mora, después de varios rechazos, que ella hizo a propósito para alterar el ego de su pretendiente, logró persuadirla para que aceptara su invitación a comer. Llegó puntual a recoger a su querida, elegantemente vestido, lucía un traje de Giorgio Armani azul añil, conduciendo su Porsche convertible, 911 Turbo Cabrío. Su coche fue recibido por el valet frente al lujoso restaurante “El Café de Oriente”, ubicado en los sótanos abovedados del antiguo Convento de San Gil, un edificio del siglo XVII, donde Pepe Toño, en un ambiente romántico, solicitó al camarero; un individuo bien uniformado, con su camisa blanca de manga larga, su chaqueta y pantalón de pinza negros y su corbatín; una botella de champagne milesimado, acompañada de cuñas gruesas de queso manchego. En la cena, con aceptación de su linda conquista, disfrutaron de un menú afrodisiaco: ternera picante con leche de coco y un delicioso postre de manzana a la canela. Valiéndose de la degustación de la comida y la suavidad y frescura de la noche, no perdió la oportunidad para expresar su admiración por el atractivo e inteligencia con quien deseaba iniciar una relación sentimental, que le concedió salir de la estancia, pegados cuerpo a cuerpo y con los  dedos de las manos entrelazados.

Esta situación hizo que su tiempo nocturno lo dedicara a su nueva amiga. Como esta realidad comenzó a repetirse con bastante frecuencia, a pesar de cancelar todos sus efímeros compromisos promiscuos y fugaces amores, que Mapita Jiménez, su esposa, nunca detectó, su ausencia en el hogar, cada vez más reiterada, originó el incumplir con las obligaciones fundamentales, ya no había para con su cónyuge las palmaditas en el trasero, ni las cogiditas de nalga, ni el besito en la nuca con arrimadita y expresiones de amor y de deseo. Todo se quedaba donde su agraciada psicóloga, que dejó de ser para ella un sufrido enfermo, y se convirtió en un galán muy cumplidor.

Mapita Jiménez, astuta y de todo un carácter, en realidad si le encantaba la actitud melosa de su príncipe consorte y sus demostraciones de semental posesivo y arrebatado, comenzó a preguntarse si este macho ya no la encontraba atractiva, a pesar de su preocupación de mostrarse elegante y complaciente dentro de las cobijas.

-¡Joder! ¿Será que este muñeco ha perdido todo deseo sexual? ¿O está convencido que soy una muñequita que adopté una forma cristalina que si me toca me rompo? ¿O estará con depresión el desgraciado que ya no anhela follar? ¿O el tío se ha vuelto gay?

-¡Qué coños! Me he apartado de mis principios religiosos, como es posible, con todas las insinuaciones y esfuerzos por complacerle, hasta he usado ropa de noche y medias negras con liguero para semejar una doncella fácil, una vampiresa… mujer… he adornado la alcoba nupcial para toda una noche de romance y amor, he cubierto las paredes con sugestivos avisos. –Revelaba a manera de lamentación a su amiga Mariate.

-Bueno, pues nada, eso me faltaba, ¡Estoy hasta los cojones! Ya no soy yo la indispuesta, ahora es él, este miserable mortal parece un robot con mucho sueño y cansancio, con dolor de cabeza o con malestar. Amiga… Ahora el infeliz me dice: hoy tuve un día tremendo… pues nada, no quiero que me hablen de nada de esas cosas, lo he dicho todo.- Y con su cara de idiota y vocecita afeminada: -déjame tranquilo, ¡eh! Y ya está.

Fue su discurso lleno de manoteos y berrinche. Luego de una corta mudez, las dos damas se quedaron mirándose con picardía para exteriorizar, con una sonrisilla traviesa, la acción a seguir. Acordaron buscar un detective quien aclarara sus dudas y terminar con la incertidumbre.

Efectivamente, después de muchas artimañas, Fermín, el detective, llegó con las pruebas sobre la infidelidad de su esposo, mostrándoles unas fotografías tomadas al estilo paparazzi, donde muy acaramelado acariciaba muy apasionado a su diva.

–Vamos, se lo está pasando divinamente… ¡cabròn de mierda!- balbuceó Mapita.

Esto le causó un trauma que la obligó a guardar reposo por algunos días, su lloriqueo era su consuelo, “el mismo cielo se estremecía al oír su llanto”, pero tratando de no demostrar por ningún motivo su maltrecho estado anímico. Los cuidados de su amiga Mariate, quien le regaló el “Manual para no morir de amor”, de Walter Riso, el cual había comprado en su último viaje al extranjero, contiene los diez principios prácticos para la supervivencia afectiva, lo cual ayudó a la mujer para superar su tan denegada naturaleza.

-¡Ah! Pero te la verás conmigo. ¡Tonteando! ¡Eh! ¡Mira, ya verás! -comentó.

Inventaron una estrategia para satisfacer su venganza y señalar que la pelea era peleando, de pronto funcionaria haciendo entrar en razón al macho y volviera ser el mismo de antes. Mapita, con astucia y disimulo, torciendo en forma maliciosa su moflete, vació el contenido del frasco de shampoo usado por Pepe Toño, que a propósito había reemplazado recientemente, por recomendación de René, su estilista, para lucir un cabello suave, brillante y juvenil y presentarse más atractivo, rozagante y jovial a su querida Rebeca, quien no desaprovechaba oportunidad para solicitar a este la complaciera en sus caprichos. El contenido depositado por la hembra en el frasco, fue una crema depilatoria bastante fuerte, usado por las señoras para hacer desaparecer ese feo vello que cubre sus piernas o esos pelitos desordenados que aparecen por encima de los labios, exhibiendo una negrura que desvirtúa el lucimiento de la boca.

-Ahí va vuestro remedio mi querido cachondo, para que vuelvas al camino correcto, so miserable viejo verde, te la veraz conmigo, tonto.- manifestó para sí con la frescura de revancha marcada en su rostro.

El hombre muy inocente, alegre, entusiasmado y contento, cantando con voz de tenor: “solamente la mano de Dios podrá separarnos” dejaba derramar, con generosidad, una buena porción de la crema de su famoso shampoo, restregándose alegremente toda su cabellera. De repente, quedó inmovilizado, sus ojos hinchados, de su boca brotó como una babaza haciendo rechinar sus dientes, cuando observó en sus manos, reposando, bultos de pelos de su melena. Salió como ráfaga de la ducha para mirarse en el espejo, después de limpiar el vapor de agua impregnado en el vidrio, fue apareciendo en su cabeza una serie de mechones regados desordenamente, dejando protuberancias de calvicie. Expresó un aullido de estupefacción cuando se dio cuenta que su cara era más cara. Cuando salió despavorido, observó a su ejecutora, muy oronda, sentada con pierna cruzada y entre sus dedos un cigarrillo lucky strike, con una sonrisita impúdica y de regocijo, cuando ella le expresó:

-¿Qué ha pasado mi amor? ¡Querido como quedaste de guapo! ¿Qué voy hacer? ¡Oh, Dios mío! Esto es una locura, con todas esas zorras detrás de ti, amado señor de mierda desentejado. 

Pepe Toño de Mora no se rindió, su primera reacción, muy obstinado, fue dirigirse donde su peluquero para que le arreglara su despejada cabezota. René, todo un profesional y artista de estos quehaceres, después de muchas componendas, logró arreglar su figura para satisfacción del martirizado. Sin embargo, se observaba un poco raro, por cuanto estaba acostumbrado a su cabello bien cuidado. Se presentó con cierta preocupación ante su guapa amada, quien no dejó de sorprenderse por la nueva figura de su amante, pero este, conversador y seductor convenció a Rebeca, comentándole sobre un tratamiento especial para su pelo, que a sus años debía cuidar y renaciera con más vigor, suavidad y brillo. Ella aceptó así a su amante, porque ya lo tenía apremiado, presionando el desligue con su pareja, ya estaba cansada con eso de tener y no tener marido, no era propiamente una persona de compartir compañero, cama acá y cama allí, situación incómoda, no disfrutaba plenamente, como de medio tiempo y los mejores momentos de noches incompletas, por su ausencia al retirarse de su aposento pasada la media noche.

Rebeca ejerció una fuerte intimidación, hasta el punto de amenazar con terminar con la relación. El mortal, ante esta realidad, resolvió solucionar su problema, optó por recurrir a miles de astucias, acudiendo a la inclinación materialista de Mapita, para convencerla y firmara el divorcio, negociando, a manera de canje, despojarse de todas sus posesiones materiales a favor de ella. A pesar de la satisfacción por quedarse con todas las pertenencias, fué tal el plañido que el recinto se inundó, pues fue demasiado el líquido despedido por la desposada en cada sollozo. Pepe Toño entregó todo, menos su Porsche 911 Turbo Cabrio, convertible, que amaba más que a la mas de las hermosas féminas, era su tesoro, el cual admiraba perplejo como una alhaja, porque cuando entraba en él llegaba a su gradación sublime.  

Mapita Jiménez, con el teléfono en la mano, sonreía entre la melancolía, la ternura, el amor y rabia. Sí, la rabia, cuando vociferaba con neura:

-¡Asómate por la ventana, gilipollas! ¡Desgraciado, cloaca desnaturalizada! ¡Asómate imbécil, para que sepas como duele cuando te pegan por donde más duele! ¡Como tú lo hiciste conmigo con esa meretriz! ¡Puta madre, esa que desbarató nuestro hogar y terminó con nuestra felicidad, maricón de mierda!

Enseñando su figura de dolor, dejó caer sobre su mejilla unas gotas de lágrimas que manifestaban su rostro estropeado, riéndose a carcajadas, desgañitándose, gritó:

 -¡Hijo de puta, malnacido, aborto de la naturaleza! – Y colgó el teléfono.

Pepe Toño de Mora quedó sorprendido ante semejante hecho, nunca imaginó hasta donde podrían llegar los alcances de un ser enamorado y con un intenso dolor de amor perdido y de engaño. Sus manos temblorosas, puestas sobre su cabeza, sus ojos desorbitados, reflejaron la angustia de algo que se pierde, petrificado, sin poder reaccionar, como estampilladlo en el piso, vociferó:

-¡No, no, no puede ser! ¡Qué ha pasado!

Quiso tenerla junto a él, quería destrozarla, desbaratarla, botarla al suelo y pisotearla, asfixiarla lentamente, hasta que sacara la lengua y cortársela. Su Porsche convertible, 911 Turbo Cabrío, al estilo de Indiana Jones, ardía en llamas frente a su lujoso apartamento.

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