El viaje (Mónica de Solís González)

Abrí los ojos, que apenas había cerrado durante unos minutos. La habitación olía a humedad caliente mezclada con aroma de flores tropicales. Llovía intensamente. Era la época. Consciente de que aquella tromba duraría tan solo una hora, arrastré mis agotadas piernas hasta el cuarto de baño, recogiendo por el camino el  vestido negro de seda que  había dejado sobre el respaldo del silloncito. Era fresco y discreto, perfecto para la ocasión y el sofocante calor de la mañana. Una hora… y luego el sol rompería en los ventanales y elevaría, aún más, la insoportable temperatura que hacía. Me di una ducha templada. El agua templada allí era lo más parecido al agua helada. Después de un brevísimo café, me puse el vestido. Me observé en el espejo. Mis profundas ojeras delataban mi cansancio. Sin tiempo ni ganas de arreglar eso, busqué en mi bolso las gafas de sol, mientras luchaba con mis pensamientos que, alocadamente, insistían en proyectarme una y otra vez, la película de nuestra vida. La mía. La suya. Escenas del pasado. El ahora estaba hoy aquí, en su meridiano, respirando su ambiente, empapándome del sudor de sus ilusiones y esfuerzos. Ese calor que vibraba constantemente en nuestros asiduos correos, aquí se mantenía intacto, efervescente. Hacía tan solo dos semanas que tomé la decisión de viajar hasta este perdido lugar, para volver a encontrarme con la persona que, sin duda, me había cambiado la vida. Después de un año de separación consentida, aunque incomprendida, me había dado cuenta de donde estaba mi sitio. No importaba la distancia, ni el lugar, ni siquiera el futuro. Mi sitio estaba junto a él. Me costó demasiado tiempo descubrirlo. Y me preguntaba una y otra vez por qué. 

Qué importaba ya. 

Después de 24 horas de asfixiante calor, sin apenas resuello para respirar el pastoso aire de esta estúpida isla que se lo llevó, regresaba a su lado para decirle adiós. Cuando a las doce en punto del mediodía, pisé el ardiente suelo arenoso de aquel sucio cementerio, mi piel sudorosa, pegada literalmente a mi vestido negro, se enfrió como una estaca de hielo. Nunca en mi vida había sentido un calor tan inmensamente frío. 

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Una respuesta a El viaje (Mónica de Solís González)

  1. Ángela dijo:

    Triste, pero muy buen escrito. Cuando algo está así de bien cuidado es una delicia leerlo.

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