La dama del 4º piso (Lilián Costamagna)

Hoy la señora está compungida. Los eventos del día después por la mañana, no han conseguido lavar sus penas. Mira con displicencia desde el ventanal de su cuarto. El sol va escondiéndose tras los cerros, como si un vino tinto se derramara sobre la ciudad, la emborrachara de rosas y violetas y  tiñera de rojo las aguas quietas del lago.

Noches atrás había visto la luna llena y romántica. El insomnio la desveló y había alcanzado a ver más empequeñecida, esa misma luna escondiéndose, mientras engullía con fruición los bombones de sabores sutiles, cuando se quedó sola. Ahora tiene jaqueca; tal vez le han caído mal, porque iba comiendo despacito cada trozo de chocolate enroscando sus piernas largas contra el pecho, como para abrazar el vacío de su soledad. Las lágrimas que caían lentas por sus mejillas  no eran salobres. Ella pensaba, cuando la migraña le daba punzadas agudas en las sienes, que el chocolate iba a quitarle el amargor, que hace un tiempo, durante el duelo, la viene acompañando.

Quiere gritar y su voz se ahoga hundiéndose en las profundidades del alma. La viudez reciente, el olor a medicamentos que aún permanecía en la antigua casa, el aullido persistente del perro guardián,  el tablero de dibujo de su marido, los trajes, los zapatos, las camisas, las corbatas… tendré que hacer una feria de garaje, piensa …Todo eso la decidió a cambiar de casa y de vida. Le parece mejor que no salga el alarido lastimero, porque los del consorcio le han dicho que es una comunidad de señores y señoras mayores, que quieren vivir la paz del hogar, sin sobresaltos. El grito finalmente fue expulsado, pero las alfombras mullidas absorbieron todos los sonidos. Ni las paredes casi desnudas, la acompañaron con el eco.

Había instalado sillones de varios cuerpos  y sillas monacales en todos los rincones, para llenar el vacío de la sala. Todavía tienen que traer el aparador y los estantes de la biblioteca. Los libros están cubriendo todo el piso del estudio y entre los CDs asoma la caja del exprimidor, que estaba buscando. La languidez de sus tripas le anuncia el preámbulo de un mareo. Y el chico de los mandados no ha vuelto todavía. Quizás los sándwiches que encargó aún no están preparados. A ella le gustan los surtidos de cuatro quesos, los de morrón y aceitunas y los agridulces. ¡Qué hambre! La resaca la atormenta; ni el aceite de romero que acaba de pasarse tras las orejas y en las aletas de la nariz, hacen efecto.

Había comenzado la función de la inauguración de su piso nuevo. Se abría el telón. Políticos equilibristas en la cresta de la ola. Periodistas de los medios oficialistas. Psicólogos sociales. Esposas de los amigos, de largo y enjoyadas. Fotógrafos de las notas sociales. Profesora de yoga. Advenedizos y gays. Todos departen en correcta solemnidad. Acicalados y perfumados se buscan en los pequeños grupos  y se encuentran, como si cada uno tuviera dificultades para encontrarse a sí mismo.

La reina de la reunión, la dueña del piso, va acercándose alternativamente a un grupo y a otro. Por momentos, la parte cómica de su máscara, ríe con desenfado. Por momentos, la parte dramática de su máscara, se ensombrece. Luego, la  mueca de la risa o la de su pesar se distiende. Se apoltrona en su sillón preferido para enroscarse un mechón de su cabello rubio, mientras la profesora de esfero-dinamia, halaga su vestido nuevo; negro, entallado en las caderas, tiene un gran escote a la espalda, que le llega hasta el coxis.

Los invitados toman con delicadeza bocaditos salados, exquisiteces de vernissage y el vino de pura cepa y añejo va escanciándose con moderación. Unos pocos, en el balcón, fuman entrecerrando los ojos tras la niebla de sus sueños y del humo . Otros conversan con la mujer que los seduce con su charla. Su voz un poco ronca tiene entonadas vibraciones; el escote pronunciado deja entrever la abundancia de sus carnes. Joyas de plata peruana, según dijo ella, enredan su cuello, en sus dedos ansiosos y gordos, anillos también de plata y en la oreja izquierda, se hilvanan pequeñas piedrecillas de lapislázuli, su piedra preferida, la de la comunicación.

A la hora de los postres el debate ya ha subido de tono y la moderación ha trocado en desenfado. Las copas de champán o de whisky tintinean al calor de las opiniones, las risas y el desenfreno. La chica del balcón ya ha elegido compañero y se retira del brazo de un señor de gestos estudiados y cuerpo atlético. Ahora, con suaves toques, la guía por la cintura. La pareja de homosexuales se escabulle sin disimulo hacia el cuarto de huéspedes. Poco a poco los visitantes se van, esquivando platos sucios, vasos manchados de carmín, botellas dispersas y se despiden entre saludos y bostezos.

Desde el sillón-diván ella ha dormitado unos minutos y repasa las tareas que debe completar. La nota de crítica literaria para el diario está sin terminar. El “Señor módulo , como ella le dice, no ha logrado avanzar. La semana próxima deberá dictar las clases en la universidad; aunque tiene en mente el tema a desarrollar, no consigue dar con la estrategia correcta. “Etiología y progresión de los estilos literarios”. No encuentra el texto que dará apoyatura a sus argumentaciones y el técnico de computación tampoco ha venido todavía. El electricista ha prometido instalar aparatos, artefactos y enseres y el teléfono no suena, porque está desconectado.

La señora de la limpieza ha guardado prolijamente su ropa, con tanto cuidado, que ahora no encuentra ese sweater rojo que le gusta. Se ha decidido por el color de la pasión, porque imagina que el duelo ha concluido. ¿Me pongo el verde esperanza? No, mejor aquel color magenta, que dicen que es el color de la apertura y de la creatividad. Toma la decisión de salir a trotar por la costanera. El viento a esta hora se ha hecho presente y le despeina la cabellera. Lástima. El peluquero de confianza había hecho un trabajo precioso. Ese aire fresco le ordena la secuencia de las imágenes y le acomoda las ideas.

De regreso, está en la puerta el chico de los mandados con el paquete de sándwiches y la señora de la limpieza  recoge los restos del festín; ha puesto desinfectante, lo que le hace fruncir la naricita respingada a la señora del piso cuatro. Ella imagina que la asistente quiere desinfectar todo, hasta los prejuicios, hasta el cuarto de huéspedes, donde la pareja gay se ha despertado muy divertida. Cosquillas y risas se oyen tras la puerta cerrada que da al ala derecha. Y ella se encierra en su dormitorio  del ala izquierda, para no oler, para no oír, para no ver. Una ola de hastío la envuelve, blanca como un tul en baldaquino. Llegan apaciguados los sonidos de la calle y se adormece.

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Una respuesta a La dama del 4º piso (Lilián Costamagna)

  1. Muy interesante, este relato … Mucha suerte!

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