La última carta (Sandra)

            Ya no me duele. Percibo paz y calma en lo más profundo de mi ser. Siento frío, mucho frío, propagándose por todo mi ente. Los párpados me pesan al igual que el resto del cuerpo. Esta vez, no lucharé contra estos sentimientos, dejaré que fluyan. Hace tanto tiempo desde esa última sonrisa, de ese estado de euforia o felicidad. Lo único que puedo recordar ahora es miedo, dolor y amargura.

            ¿Y por qué a mí? Era una pregunta que me hacía todos los días y a todas horas. Como compañera, tenía la convicción de haber sido afable e indulgente. Había ayudado a todos, siempre y cuando las circunstancias lo requerían, protegido a las más indefensas y desamparadas, poniendo la cara por ellas y disculpándolas. Sería por ello, que todos los errores y faltas, eran otorgados a mi persona, sin aflicción ni justificación alguna. Para el gerente de la empresa, persona narcisista, insensible y manipuladora, no teníamos voz ni voto. Nuestra opinión no contaba y éramos considerados un carcinoma.

            Ésos que, consideraba algo más que compañeros, ésos a los que tanto defendí, fueron los primeros en tirar piedras contra mi persona. Cuando yo necesitaba apoyo, consuelo, abrazos, ánimos, únicamente recibí silencio, burla, zancadillas y traición.

            La sociedad se había vuelto en mi contra y nadie me entendía. Me sentía un bicho raro entre los demás, un espécimen cercado en un zoo, al que todos miraban pero nadie observaba. Ni siquiera tu propia familia te acompañaba en ese duro trance. Pensaban que era un estado de ansiedad debido al estrés laboral, a la gran cantidad de horas extras trabajadas sin remuneración alguna y a la falta de descanso. Todo lo que pudiera relatar sobre acontecimientos extraños allí acontecidos, levantamientos de voz por parte del jefe, de insultos y calumnias, de insinuar que no vales nada, que eres bazofia, todo lo atribuyen al agotamiento laboral, conocido como burnout.

            La única persona que me entendía era mi médico de familia. Había argumentado que tenía todo los síntomas de sufrir mobbing, algo desconocido para mí por aquel entonces. Me habló de una vivencia suya, muy parecida, de lo mal que lo había pasado y como lo había superado. Era la única persona que empatizaba conmigo y no se alarmaba al escucharme.

            La solución que me ofreció, a corto plazo, fue prescribirme ansiolíticos y antidepresivos, los cuales me tenían mema todo el día, además de remitirme al siquiatra.

            Los meses pasaron lentamente, todo lo veía tenebroso, gris. Me sentía sola, repudiada, abandonada por la gente de mi confianza, por la sociedad y el sistema en general. De ser una chica abierta, decidida, amigable y receptiva, pasé a convertirme un ser casi inerte, sin motivación ni interés, sin emociones. Me miraba en el espejo y lo único que sentía era pena de mi misma, asco, vergüenza, lo que ocasionó que me encerrara todavía más en casa sin salir, y si en alguna ocasión lo hacía, me escondía al escuchar gente o coches a mis espaldas.

            Ya nada de lo que dijeran tenía sentido. Aquello no era vivir, era un calvario. Estaba cansada de respirar y de tener que justificarme. Mi corazón sufría por la ausencia de comprensión, no pedía mucho más.

            Entonces, tomé la letal decisión de acabar con esa angustia de manera radical y rotunda. Me daba igual el daño que pudiera ocasionar en los demás con mi determinación. Había llegado el momento de descansar de una vida aburrida y carente de todo sentido.

 

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3 respuestas a La última carta (Sandra)

  1. Carlota Gauna dijo:

    Muy pocas personas comprenden la desolación intensa que sumerge a los desafortunados en los oscuros caminos de la depresión. La soledad más traicionera invade cada rincón de sus existencias, y esos mismos que se alejaron del infortunio del enfermo de desamor , serán los primeros en juzgar con irónicos y soberbios comentarios la insensatez cometida por el que abandonaron a su suerte..¡Muy real y frecuente en este mundo el acontecimiento que has relatado.!..Lo comparto en mi muro y agradezco la valentía que tuviste al tratar este tema tan álgido para los que no quieren ver el sufrimiento horroroso de los deprimidos…

  2. Ángela dijo:

    Un relato muy doloroso. Mira, te contaré que esta mañana, una compañera de trabajo se ha desmoronado (su madre está muy enferma) e inesperadamente se ha puesto a llorar, de manera silenciosa, callada, y el grupo de compañeras que estábamos con ella, la hemos ido abrazando sin preguntar nada, porque ella no quería hablar, solo quería abrazos.

    Pero hay gente muy cruel por el mundo; luego por otro lado está la gente sensible, a la que no todo le resbala, que dan la cara, que ayudan a los demás pero no reciben lo mismo cuando están mal. Ya, el mundo a veces es una mierda. No creo que tirar la toalla sea la mejor opción, pero soy una persona muy respetuosa, y no juzgaré sin conocer los motivos.

    Sí, tu relato refleja muy bien el frío: el frío que mucha gente tiene en su corazón.

    felicidades.

  3. Ángela dijo:

    Un relato muy duro, y que da mucho que pensar. Bueno, la gente a veces da la espalda a aquel que sufre una depresión, por ignorancia supongo, o por pereza. Haces un buen retrato de aquella persona que lo da todo por sus semejantes y luego no recibe nada a cambio, incomprendida, dejada de lado, insultada y humillada. Pienso que el suicido no es una buena solución, pero siento un gran respeto por las decisiones ajenas. Una última carta, un suicidio, mobbing, depresión, temas todos muy peliagudos y dolorosos. Muy bien, supongo que habrá sido doloroso de escribir.

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