Triste canto (Marietth Suan)

Recuerdo que en el techo de la iglesia del barrio vivía una familia algo extraña. Era diferente no por su comportamiento, ni por como vivían, sino porque era una familia de pájaros de muchas especies, pero eran una familia. Al igual que una familia normal, ellos se querían, se ayudaban, se apoyaban y buscaban comida que entre ellos compartían.

Llevaban mucho tiempo viviendo de esta forma. Desde el día que se juntaron, cuando una camada de por lo menos 100 canarios de la familia de los fringílidos llego volando desde las Islas Canarias hasta Colombia, de estación en estación.

Algunos, decidieron descansar  antes de seguir su viaje. Cuando llegó el momento de retomar el vuelo, no notaron que seis de sus canarios se habían perdido mientras volaban alrededor del bosque cercano a la iglesia del barrio, observando la belleza del paisaje y buscando amigos.

Así inició la historia de unos de estos canarios que por estar en el bosque haciendo amigos se perdieron de su camada. Dicen que tres de estos no resistieron la tristeza y se fueron  volando y volando cada vez más lejos en busca de sus antiguos compañeros.

Los otros tres canarios decidieron dejar de ser nómadas, y emprender una nueva aventura, se juntaron con un grupo de Colibríes, que tenían su nido en la misma capilla de la iglesia.

Gracias a su habilidad para el canto y a los vivos colores de su plumaje, ganaron la simpatía de los colibríes que los apodaron -los canarios cantarines-. Y los colibríes, pequeñas aves, que también presumían de su colorido y exótico plumaje, si que sabían apreciar la belleza.

Juntas, estas aves, crearon un fuerte lazo de unión, amistad y camaradería que cualquier humano envidiaría y así cada día, sin pelea, sin problema, cada mañana todos sabían lo que tenía que hacer. Iban al bosque, trabajaban, se alimentaban y luego volvían. Comían lo que en el bosque había: trigo, espigas, hojas, el néctar de las flores, trozos de manzana y de otras frutas, lechuga, o cualquier otro alimento que encontraran.

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Cierto día el asistente del dueño de un circo estaba buscando animales para el nuevo acto porque debía inventar otras presentaciones, pues la venta de la boletería había bajado y los asistentes no tenían ya nada nuevo que observar. Ya todo lo tenían planeado y le pidieron que llevara muchos pájaros para entrenarlos y crear el número donde se mostrara una gran cadena que luego se convirtiera en un círculo que rodeara a un perro cuando este atravesaran el aro de fuego.

En el circo del pueblo las actuaciones, se hacían según las bases establecidas. Los números ya clásicos y que todos los espectadores conocían como las acrobacias, malabares con animales: leones, tigres, panteras, jirafas, osos, elefantes, cebras, chimpancés, pitones y equinos como caballos y mulas, pero esto ya no era suficiente el público ya se sabía estos actos de memoria. Los espectadores querían más.

Una vez adentrado en el bosque, el mismo cercano a la iglesia, el hombre caminó y caminó e intentó cazar todo el día pero ningún ave conseguía. Ya cuando se disponía a marcharse, una mezcla de colores tan resplandeciente como un arco iris, robo toda su atención y en medio de su torpeza, caminó lentamente con su red, con tan extraña delicadeza que ni él mismo lo creía y cuando  ya se encontraba cerca, abalanzó su gran red, con tanta suerte que abarco tres grandes nidos y entre los capturados, estaba el de los canarios y los colibríes a quienes apresó, mientras descansaban, luego de trabajar y alimentarse.

Ya en cautiverio, cuando perdieron todo vínculo con la libertad y camino al circo con la tristeza a flor de plumaje susurraban:

–       No hay nada como la libertad, aunque en  cautiverio los canarios podemos vivir hasta 15 años y mientras estemos libres solo 5 o10, preferimos vivir menos años pero con independencia.

A su vez los colibríes decían

–       Nosotros, vivimos entre tres y cinco años, hay casos excepcionales, en los que algunos de nuestra especie, han alcanzado los 12 años de edad, pero en libertad, volando por los bosques, cantando y danzando libremente.

Mientras tanto, habiendo cumplido su cometido, y una vez en el circo, el asistente entregó las aves para que fueran entrenadas.

El hombre, estaba muy feliz. Se le había ocurrido que a diferencia de las otras aves, el colibrí era bailarín y podía hacer otro número con ellos, ya que eran tres. Los pondría a rotar con sus alas extendidas y en círculos, hacia delante y hacia atrás con una velocidad sorprendente, porque el veterinario del circo había identificado que eran de la especie  Heliactin cornuta, que es el pájaro que aletea más rápido, así que en lugar de un número nuevo propondría ofrecer dos.

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Un día luego del ya acostumbrado número, una mujer de las muchas espectadoras que acudían al circo y desde siempre amante de las aves, se acercó para contemplarlas, pero una vez paso por esa jaula no pudo dejar de mirar. Lo vio allí, tan tierno, tan indefenso y a la vez tan triste que tuvo un impulso y no dudo en hacer un agujero a la maya que bordeaba la jaula para tomar al canario y meterlo bajo su chal para llevarlo a casa.

Ella quería tenerlo, cuidarlo y darle un poco de alegría a sus tristes ojos. Fue así como lo saco del circo burlando la seguridad del sitio para darle otra oportunidad de tener una familia, de vivir en paz.

Para el canario, la primera noche  pareció tranquila, en esa gran casa, que más bien parecía una mansión porque no faltaba nada: cortinas de lujo, poltronas de cuero, porcelana importada, pinturas autenticas, muebles de fina madera, en fin todo lo ostentoso que el ser humano podía desear.

Esa noche la mujer le hablo con una ternura hasta el momento para el canario desconocida y trato de transmitirle los detalles de su agitado día. Luego con delicadeza, cubrió su jaula con una tibia y perfumada manta, la misma que le acompañaría por muchas más lunas.

A la mañana siguiente las cosas sucedieron igual, se repitieron los mismos instantes, las mismas palabras y así al día siguiente y el siguiente y muchos con la misma escena: ella frente a su jaula, él revoloteando feliz. Así transcurrieron tres cálidos años de platica cariñosa mujer-canario, canario-mujer, porque podían comunicarse y parecían entenderse uno al otro.

Pasaron dos días más, desde el lunes y aún para el canario la oscuridad abrazaba su jaula, no escuchaba nada. De repente, después de tanto revoletear en su encierro descubrió un agujero en su manta y por el observó, que la mujer se acercó, inició la acostumbrada charla matutina, pero de un momento a otro, la mujer llevó sus manos al pecho, lo sostuvo muy fuerte, dio unos pasos atrás y sin dejar de mirar al canario, dejó escapar un suave gemido y quedó tendida en el sofá donde permaneció inmóvil.

Han pasado otros dos días y el canario se encuentra solo. Sigue trinando y cantando, con frío, hambre y aunque canta y canta sin dejar de cantar, solo entona su agonía, la mujer no dice nada, tan solo mira sin dejar de mirar.

Conoce más de la autora en http://marietthsuan.blogspot.com/
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2 respuestas a Triste canto (Marietth Suan)

  1. Mar dijo:

    Lo dicho, un placer leerte.

  2. Muchas gracias Mar, un abrazo.

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