Altair (Tarodsim)

Andaba descalzo por unos suelos tan sucios que no me atrevía a mirar hacia abajo.

Había llegado al viejo hotel casi sin querer.

Mi paseo solitario por la playa no se consumó. El temporal castigaba Punta Umbría y montañas rusas de espuma contaminada descarrilaban sobre el paseo marítimo. Los vecinos jugaban a no ser arrastrados sin remedio por el mar. Llevaba años sin aparecer por el pueblo y en cuanto atisbé la multitud me desvié sin dudarlo. Comencé a deambular como una rata que escapa de una fiesta. De pronto, la idea de salir descalzo de casa para sentir la arena bajo mis pies no parecía tan buena.

El asfalto mojado dejó mis dedos gordos entumecidos. Los cristales ingratos no recordaban que yo reciclo y surgían a cada paso, acechándome. O puede que sí lo supieran y me estuvieran pidiendo auxilio. « ¡Acércanos al contenedor verde, por favor! ». Los ignoré por si acaso.

El viento penetraba desde la costa en los callejones del pueblo. Aproveché el impulso… y me dejé llevar.

Anduve descalzo por unos suelos tan sucios que no me atreví a mirar hacia abajo.

Por suerte miré un momento antes del terrible descuido.

Cuando era pequeño tenía prohibido ir al hotel-casino El Gobi. Ya llevaba años cerrado por aquel entonces y decían que espectros y yonquis merodeaban por las habitaciones.

Creo que nunca llegué a entrar. Al menos no me recuerdo con tanto valor nunca en mi vida. Sin embargo muchas veces había llegado como ahora, por casualidad, hasta quedar bajo su perfil de mastodonte. Permanecía allí diciéndome que ese era el día que le echaría cojones, hasta que un ruido del interior o una reprimenda de alguna señora conocida, me hacían seguir mi camino.

Para desquitarme había soñado muchas veces con ir al desierto…al del Gobi. Entre huevos de dinosaurio y un morganucodon que era trastarabuelo de las musarañas, el Yeti esperaba anestesiado en un iglú a que yo lo descubriera, pero me faltaba decisión…o un sherpa.

El Gobi, como todos, había empeorado con los años. Me separaban apenas unos metros de la entrada. Un musgo naranja maquillaba las paredes ennegrecidas. Pensé que cuando se decidieran a demoler aquella reliquia saldría una especie de gazpacho caducado, de perfecta tomatosidad. Sobre todo si llovía como hoy. Y con un poco de inquietud supe que me lo bebería entero. Bien frío y con mucho ajo.

Entré en el hotel esquivando clavos oxidados sin cabeza y mi rata interior me condujo a la deriva, por pasillos de paredes húmedas y azulejos de mosaico rotos. En los charcos de orina diluida mis pies aplastaban hormigas testarudas. No se ahogaban.

La semana pasada atropellé a un cuarentón gordito. Supongo que quería adelgazar, porque iba de chándal y deportivas. El muy imbécil decidió tener arcadas en una curva. Después del impacto esperé dentro del coche. La calefacción me adormecía. El termómetro marcaba una temperatura exterior nada acogedora y el muy hijo de puta no se movía. Miré mi panza que chocaba contra el volante y me atreví a creer que al día siguiente empezaría a correr, pero mejor en una cinta de gimnasio…había que aprender de los errores ajenos. La nieve caía compasiva sobre el cadáver. En la radio sonaba Far From Any Road. Fue un entierro improvisado y sin saber por qué me sentí obligado a quedarme hasta el final. Mientras la nieve acababa su trabajo sonó Young Men Dead.

Cuando dejé de verlo arranqué a toda ostia. Me estaba meando.

El hotel quedaba eclipsado por el cerrito del Altair. La niebla inundó el salón de juegos. Di media vuelta y llegué al restaurante. Olfateé sin éxito en busca de comida. Los cocineros debieron faltar a su trabajo en cuanto dejaron de cobrar. En Estados Unidos no pasaría esto. Lo sé porque vi El Resplandor. En este país falta verdadero compromiso… y yo empezaba a tener hambre.

La luz de estrella que le da nombre al cerrito tampoco llegaba aquí. Altair, la duodécima estrella más brillante del firmamento, la más cegadora de la constelación del águila de helio líquido…era incapaz de prestarme un poco de calor…o claridad.

Me moví esquivando los sonidos espeluznantes que todo buen hotel fantasma achaca a sus viejas maderas. No veía nada, no quería ver. Salí a un pasillo que era el Gran Cañón en día de tormenta. En mi trabajo de ingeniero al que no volvería, trabajaba a diario con túneles de viento. Pero nunca fui yo el objeto sólido de estudio. Ahora tampoco es que me sintiera firme y vigoroso. Llevaba días sin dormir y mi cuerpo empezó a temblar. No oía nada, pero recordé que andaba descalzo y que decían que esto era un hotel de yonquis.

Anduve descalzo por unos suelos tan sucios que no me atreví a mirar hacia abajo.

Nunca fui un hombre de los que miran de frente y las legañas me daban una sucia excusa, grapando mis párpados.

Por suerte bajé los ojos al suelo justo antes de dar el siguiente paso. Reaccioné a tiempo de esquivar una jeringuilla y golpearme contra la pared. ¡Puto instinto de supervivencia!

Un pequeño bulto inmóvil se aferraba a la jeringuilla. Era un bebé y no se movía.

La sombra del ocaso de Altair me estremeció. El cero absoluto invadió mi ego hasta que el llanto del niño rompió mi sordera.

Mi vocación perdida de médico afloró con fuerza.

Salí del hotel con el niño en brazos. Volví la vista atrás y en una ventana me pareció ver al Yeti.

Mi pasado reciente estaba a dieciséis años luz del sol. Era una mota en el ala de un águila.

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2 respuestas a Altair (Tarodsim)

  1. Ángela dijo:

    Por un lado me parece un pequeño homenaje a El resplandor, me lo recuerdan algunas cosas, y por otro hablas de dinosaurios, sherpas, estrellas, atropellos, entierros, rock…, no sé, me encanta la mezcla ¿qué quieres que te diga? Y eso que no sé si lo acabo de pillar del todo. Pero en fin ¿a quien no le seduce lo prohibido? ¿Nos vamos de visita al Overlook?

  2. Tarodsim dijo:

    La habitación 237 parece que está reservada 😉
    Gracias por los comentarios.

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