Cumplir una promesa (M. J. Valverde)

Han pasado mil días desde que todo cambió. Casi tres años ya viviendo con el frío adherido al alma, sin nada que ocurra a mi alrededor que la entibie un algo, que me arranque una sonrisa o me procure un atisbo de rabia, aunque sea una ínfima rabia en un instante de olvido. Cualquier cosa valdría antes que seguir vivir con este fingimiento que se ha apoderado de mí, esta mentira de que todo permanece igual, engañando a todos, y lo que es peor,  engañándome a mí misma.

Creí que podría hacerlo. Vencer su desidia. Estaba dispuesta a demostrarle que estaba equivocado, que a pesar de las circunstancia podíamos seguir adelante y ser felices; tan enamorados como el primer día si no más. Pero él tenía razón. Esto no es vida. Esto es un sinvivir; una agónica y lenta muerte en vida.

A veces lo observo cuando no se da cuenta. Él sigue siendo el mismo, aunque no lo es. También finge, y lo hace por mí. Solo su sonrisa es verdadera cuando cada tarde me ve llegar del trabajo. Luego sigue sonriendo, pero la alegría ya no le alcanza a los ojos. Si acaso, desvelan un velado reproche;  una sutil decepción  que hace  que me pese la culpa. 

La mueca oblicua en sus labios carnosos siempre me cautivó. Aunque fue su profunda mirada lo que me enamoró. Nunca antes me habían mirado como él lo hizo, como si yo valiese algo…, como si yo fuera un preciado tesoro aún por descubrir.

Sin embargo, esto no es verdaderamente cierto. Hubo otro para para el que también fui valiosa, aunque  al ser sangre de su sangre, parece que no cuenta.

“Eres mi tesoro. Mi pequeña joyita…”

Papá lo decía continuamente. Me lo repetía varias veces a lo largo del día, tras lo cual, siempre me abrazaba con una necesidad que me ahogaba. Yo era demasiado pequeña para entender, pero ya entonces podía sentir su profundo dolor; esa pena honda que va minando desde dentro hasta desgastarle a uno la vida.

Todos dijeron que fue un suicidio, pero entonces no quise creerles. Él jamás se habría arrojado a las vías por voluntad propia. Nunca hubiera roto su promesa de permanecer siempre juntos. Éramos felices. Solos él y yo…

Recuerdo las calurosas tardes de verano cuando no trabajaba en la mina y caminábamos hasta el lago donde me enseñó a nadar. Pasábamos buena parte del tiempo jugando dentro del agua que parecía estar siempre helada, aunque entonces yo no lo notara. Invariablemente tenía que sacarme a la fuerza cuando me tornaba azulada, y con una toalla empezaba a frotar y no paraba hasta  devolverle a mi piel su color natural.

Enfadada y envuelta como una temblorosa crisálida tendida al sol, lo miraba preparar la merienda en silencio. Una rebanada de pan regada con aceite y espolvoreada con azúcar junto a una pieza de fruta para mí, para él, un cigarrillo y su inseparable botella.

—Come ‒decía cuando me lo quedaba mirando  beber a morro‒. Eres flacucha como un junco. Hay que poner un poco de carne en ese cuerpo tuyo para que cuando llegue el invierno no se te me lleve un frío.

Al principio, los inviernos no me gustaban. No era por el frío, que en aquel tiempo no me afectaba. Tenía mal recuerdo de esos meses invernales porque  papá no me dejaba salir de casa ni para ir al colegio, a menos, que las nubes se despejaran y saliera el sol. Sin embargo, dos años después del fallecimiento de mamá eso cambió.

Un día cayó una gran nevada que cambió el paisaje eternamente verde a un blanco inmaculado. A mis casi siete años nunca antes viera nevar, o al menos, en mi memoria, ese hecho no había quedado registrado. Deseaba más que nada salir al exterior y atrapar con la lengua uno de esos níveos copos que parecían nubes de algodón. Quería averiguar si su sabor era dulce como el del azúcar. Pero él no me dejó salir, y enfurruñada, me fui a pegar la nariz al cristal de la ventana, donde permanecí durante horas sin moverme.

Cerca del mediodía, papá entró cargado con un montón de leña. Se quedó parado junto a la puerta con su mirada puesta en mí. Me volví hacia él silenciosa, con el anhelo reflejado en el rostro, pero él siguió su camino hacia la chimenea, ignorando la súplica en mis ojos acuosos. Dejó caer los troncos en el suelo, alimentó el fuego hasta que volvió a crepitar con fuerza, y desapareció sin pronunciar palabra tras la puerta de la cocina.

Esa fue la primera vez que comimos rodeados de un pesado silencio. Mis ojos viajaban continuamente del plato a la ventana. No podía apartar la mirada del exterior, temiendo que de hacerlo, el mágico paisaje desaparecería como desaparecen los sueños al despertar.

Al terminar de comer corrí de nuevo a pegar la nariz al cristal del ventanal de la sala. Ya no nevaba. En su lugar estaba saliendo un sol resplandeciente que dañaba los ojos. Papá terminó de recoger la cocina y vino a sentarse a mi lado en el abocinado de la ventana. Traía uno de mis libros favoritos, pero lo ignoré

‒Vale, saldremos ‒accedió tras un profundo suspiro‒. Pero tienes que prométeme que no te dejaras atrapar por el frío.

Se lo prometí. Corrí hasta mi habitación para arrópame con dos camisetas de felpa, y un par de leotardos de lana bajo la ropa de abrigo.

—Ya estoy lista, papá. Te lo prometo ‒repetí, y seguí haciéndolo a la vez que tiraba de él con fuerza  en mi premura por salir‒. Prometo que jamás me dejaré atrapar por el frío.

Me miró entristecido sin decir palabra mientras me ayudaba a poner el abrigo, el gorro, bufanda y los guantes de lana.

—Vamos, piojo —sonrió finalmente ante mi impaciencia─. Haremos bolas de nieve y se las lanzaremos al Papón.

No savia quien era el Papón ni mi importaba. Apenas podía caminar con tanta ropa como llevaba encima. Me sentía como una pequeña gran madeja de lana multicolor, temiendo tropezar en cualquier momento y ponerme a rodar montaña abajo, pero sin miedo, porque sabía que papá estaría cerca para atraparme antes de que me despeñara.

Tras aquel invierno los días comenzaron a pasar más rápido. Al menos esa es la sensación que tengo. Nos levantábamos temprano y tras desayunar emprendíamos camino hacia el pueblo, a casa de la yaya, en donde me dejaba mientras él se iba a trabajar. Allí permanecía hasta que era la hora de ir al colegio, y allí me recogía cada atardecer para regresar a casa. Tras cenar, papa agarraba su botella y nos íbamos a sentar al porche si era verano, o frente a la chimenea, si el frío ya arreciaba. Hablábamos  sobre cómo había transcurrido nuestro día, de lo que habíamos hecho o dejado de hacer, o planeábamos como pasaríamos el próximo fin de semana. Pero invariablemente la charla finalizaba sobre mamá. Me gustaba oírle hablar sobre ella, de la que solo tenía el vago recuerdo de su risa y de que olía muy bien, como a noches estivales perfumadas de jazmín y a mañanas límpidas de leche escarchada. Su voz lentamente iba pasando de suave a ronca, hasta que el contraste se acentuaba y se llenaba de pausas. Me quedaba oyéndolo hasta adormilarme y entonces me levantaba llevaba en brazos hasta la cama. “Duerme, tesoro mío, mi pequeña princesita”, eran las últimas palabras que cada noche le oía pronunciar.

Al día siguiente todo volvía a repetirse. Una rutina que se alargó por semanas y meses hasta convertirse en años.

‒Deja de jugar y come ‒dijo una mañana malhumorado‒. ¿Por qué serás tan enclenque y pequeñaja?

‒¡No soy enclenque ni pequeña! ‒le grité enfadada. Me había dado cuenta que desde que había empezado a beber nada más levantarse, su humor era cada vez era más agrio‒. Tengo nueve años y en un par más seré casi tan alta como tú.

Se quedó sorprendido ante mi arranque de ira, mirándome como si me viera por primera vez.

‒Sí que has crecido, sí.

No volvió a pronunciar palabra hasta dejarme frente a la puerta de la casa de la yaya. 

‒Es tarde… Tengo que dejarte ir.

Pero no era tarde y no supe lo que quiso decir con lo de dejarme ir. Esa fue la mañana en la que se cruzó con el cercanías, y ya no lo volví a ver con vida.

La yaya me llevó a vivir a su casa. Ella no lloró su muerte. Yo lo hice durante meses. Lo añoraba. Echaba en falta su presencia, su compañía, sus cuentos, sus charlas… Sobre todo su charla; esos largos monólogos que por las noches después de cenar escuchaba hasta quedarme dormida.

Prometió que siempre estaríamos juntos. Pero se fue y por primera vez yo sentí al frío rondarme. Una clase de frío que ni imaginé que pudiera existir.

No me gustó vivir en el pueblo. Tampoco, vivir con la abuela. Era una mujer demasiado hosca, fría y parca en palabras que vivía la mayor parte del tiempo amargada. Culpaba a papá de la muerte de su hija. Los sucesos que me contó versaban distintos a lo que suponía y papa me contó. No reconocía a mis padres en los hechos que me narraba.

Crecí. Crecí confundida. Crecí enfadada, anhelante y perdida. Sobre todo, perdida. Durante los siguientes siete años mi vida siguió su curso; latente, tediosa, vacía, y tristemente monótona hasta que apareció él.

Nos conocimos durante el trascurso de una romería. No era especialmente guapo ni alto; aunque si fuerte para ser extremadamente delgado. Como padre, también trabajaba en la mina. Aunque aquello no era una novedad; la mayoría de los hombres de la comarcan lo hacían. También era bastante mayor que yo, por lo que apenas me prestó atención cuando nos presentaron, aun cuando tuve la sensación de que saltaron chispas a nuestro alrededor.

Por las noches, en los días de fiesta como aquel, solía haber baile en la plaza del pueblo y ese año, por primera vez y tras mucho rogar, la yaya consintió en dejarme asistir con mis amigas a la verbena. Sin embargo, no acudimos a ella. La mayoría de los jóvenes prefería encontrarse en la discoteca  y allí fue donde mis amigas me llevaron.

La discoteca era en realidad el club social del pueblo,  un amplio local mal iluminado situado en la parte trasera del ayuntamiento, que en ocasiones se utilizaba como salón de actos cuando el propio del ayuntamiento no era suficiente para albergar al aforo.  El mobiliario consistía en una larga y tosca barra de madera situada en un lateral, sillas apiladas en el adyacente, y varias mesas desperdigadas sin orden ni concierto. Lo completaba un estruendoso y ensordecedor equipo de música, que a todo volumen hacia vibrar las paredes, que al punto parecía las ondas de un terremoto acercándose a toda velocidad desbastándolo todo a su paso.

Por ser fiestas, la entrada era permitida a todo el mundo, incluyendo a los que, como mis amigas y yo, no habían alcanzado la edad permitida para estar en un lugar como aquel. Me quedé sola en un rincón junto a una de las ventanas mientras mis amigas bailan en lo que era una pista de baile improvisada. No me fue difícil distinguirlo entre el barullo. Brillaba sobresaliendo entre la multitud.

Él también me vio, pero tras un guiño, apartó la mirada. Charlaba y reía con su grupo de amigos. De vez en cuando bailaba con alguna de las chicas que lo acompañaban, y desee ser una de ellas. Pero yo solo era una adolescente con un estigma: el que me marcaba como la hija de un borracho desesperado que se cruzó con un tren, y de una perturbada suicida.

Sin embargo, a lo largo de la velada lo sorprendí varias veces buscándome con la mirada y comprendí que no le era indiferente.

No se me acercó esa noche. Tampoco lo hizo en los meses que siguieron, aunque a partir de aquellas fiestas, mirase donde mirarse, siempre lo encontraba cerca. Empezamos a salir juntos en cuanto cumplí los diecisiete y nos casamos, para disgusto de la yaya,  en cuando alcancé la mayoría de edad. Durante cinco largos fuimos intensamente felices. ¿Qué más podría decir de ese tiempo que pasamos juntos sin parecer fatua o caer en tópicos? Nos adorábamos. Nos compenetrábamos. Lo éramos todo el uno para el otro. Como con papá. Como papá con mamá hasta que se le escurrió la alegría.   

Pero la vida no es justa y te pone a prueba. No una, sino ciento de veces. Un estallido en la mina y todo se derrumba alrededor como un castillo de naipes ante una ligera brisa.

Luché para cumplir la promesa que le hice a papá de no dejarme atrapar por el frío. Pero en los últimos tres años he vivido con su olor pegado al alma. No me importa, podría resistirlo. Pero él no. Cada día que pasa veo como se marchita. Cada vez queda menos del hombre lleno de vitalidad que me enamoró durante el transcurso de una romería. No quiero que lo que compartimos se convierta en desidia, necesidad o rutina. Tengo que dejarlo ir.

Bebo en la cocina un vaso de agua endulzado para disimular el sabor de la amargura. Cuando termino, le llevo otro igual a él. Postrado en la cárcel en la que se ha convertido nuestra cama, mira sorprendido el vaso que le tiendo.  Me somete a un escrutinio profundo hasta que le llega entendimiento. No hay necesidad de palabras. Sorbe por la pajita hasta no dejar ni gota y me sonríe agradecido.

Me tiendo a su lado y lo abrazo. Él habla. Habla mucho. Habla tanto como en meses no lo ha hecho, y su voz suena a un nuevo amanecer. Dice que seré feliz porque soy fuerte, porque me lo merezco. Porque soy una gran mujer. Y mientras lo escucho hablar, noto su relajo. Su última mirada está llena de dulzura. Una última sonrisa, y nuestros corazones empiezan unísonos a latir lentamente.

El hielo se deshiela. El frío abandona mis venas y por fin me inunda el calor. Veo a mamá bailar desnuda sobre un manto de nieve y a papá mirándola con amor.

Me abrazo con más fuera a él. Sonrío. Suspiro.

Siento que soy feliz.

Conoce más de la autora en http://desdemirealidiosincrasia.blogspot.com.es/
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2 respuestas a Cumplir una promesa (M. J. Valverde)

  1. manolivf dijo:

    Hay algunos párrafos en la redacción de la historia sobre los que volvería, para aclarar lo que se cuenta (como lo del fallecimiento de la madre, que dejas sin aclarar hasta el final cuando dices que es hija de una suicida). Por lo demás tu historia conmueve y haces que el lector conecte con los personajes, lo cual es muy importante en mi opinión. A mi me ha gustado.

  2. Ángela dijo:

    Lo del fallecimiento de la madre sin aclarar a mi no me importa mucho; la madre murió y el padre la echa terriblemente de menos. Lo que me resulta curioso es que siendo ella hija de un suicida, haya elegido la misma forma de morir, y no solo para ella, sino también para su esposo. Lo digo porque los familiares de un suicida son los que quedan terriblemente afectados por esa elección, son los que se sienten “estafados” “traicionados” por la decisión de ese familiar que los ha dejado abandonados decidiendo morirse en lugar de vivir, en este caso es el padre. No sé, no me convence mucho el desenlace que le has dado.
    Por lo demás es muy emotivo y tiene unas imágenes muy bellas.

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