Queimafobia (Leticia de Juan Palomino)

Mi padre se llamaba Ricardo, de profesión aventurero. Muchos creerán que eso no puede ser un empleo, pero yo les aseguro que es y bastante lucrativo. No tanto como si eres famoso, pero no va mal. Mi padre era de esas personas que salen en la tele, o más bien, acompañan a los que salen a bajar a las profundidades de la tierra o a subir a los picos más altos. Cuestión de altura.

Un mes de febrero de hace casi veinte años, mientras ascendían un pico asiático que no sé pronunciar, les pilló una tormenta de nieve. El viento corría como si compitiera con la velocidad de la luz y el blanco peleaba contra la transparencia del aire y los demás colores del día. El grupo se dividió después de la caída de un inmenso alud y sólo los que iban delante consiguieron llegar a un refugio. Mi padre y otros tres cowboys del riesgo permanecieron desaparecidos durante cuatro largos días y sus consiguientes largas noches. Cuando al fin aparecieron, las imágenes salieron en todos los telediarios. La muerte los había arropado con un manto de hielo. Esa imagen penetró por mis ojos y se alojó en mi mente, diría que de manera vitalicia. Mi madre sostenía que ese día se fue mi padre y llegó la queimafobia.

Me daba miedo el frío, incluso la breve brisa. Yo que siempre había tenido fama de chicarrón del norte, a pesar de tener ocho años y residir en Albacete. Os aseguro que aunque no sea el lugar más septentrional de la península, los inviernos acogen de buen grado a las bajas temperaturas. Jamás me había importado antes de aquel fatídico día.

Comencé a no querer ir a la escuela. El estómago se me encogía y la ansiedad me impedía respirar. Creyeron que se debía a que echaba de menos a mi progenitor y al principio lo dejaron estar. Cuando tras una semana de pataletas y lloros, mi madre me obligó a salir a la calle, un nudo se fue apretando cada vez con más fuerza en mi interior hasta que perdí el sentido. Desperté en una cama de hospital, vestido con un ridículo camisón y tapado con una simple sábana. Empecé a sentir escalofríos y pedí una manta tras otra hasta sentirme lo suficientemente resguardado. Me tomaron la temperatura y la tensión y, como todos los datos eran normales, firmaron mi alta, sin poder arrebatarme una de las mantas que coloqué sobre el abrigo. Recorrí en segundos los metros que separaban  la puerta del centro sanitario del coche y, una vez dentro, me cubrí con otra colcha.

El primer diagnóstico fue de agorafobia, pero descubrieron que no era eso cuando llegó el verano y no fui reticente a salir fuera. Con una chaqueta de lana, pero fuera. Lo que no estaba dispuesto era a acercarme a ninguna piscina ni a ningún bosque de esos que hace fresquito. Mi lugar preferido eran los bancos de piedra donde el sol incidía directamente. Mejor aún que en casa.

Comencé a ir de un psicólogo a otro y uno de ellos habló de la queimafobia, a la que también podía nombrarse con los términos criofobia (pensé yo que por ser un niño), frigofobia (como los polos) y psicrofobia (este término no me decía nada en especial). Dijo que me quedara con el que más me gustase y decidí adoptar al primero, por ser en que más entradas tenía en Google. Ya de ser raro, lo menos posible. Familiares y amigos me miraban de manera extraña y no alcanzaban a comprender la situación. ¿Miedo al frío?

Mientras crecía seguí visitando especialistas, incluso un psicoanalista al que nunca le dejaba acabar las preguntas, no fuera a ser que me interpelara sobre si estaba enamorado de mi madre, que algo de eso había leído en Internet. Otro dijo que lo mejor era la terapia de choque y me abandonó semidesnudo en una cámara frigorífica. No recuerdo nada de lo que sucedió allí dentro, sé que tuvieron que sacarme en camilla con un montón de golpes y que la pierna del psicólogo no volvió a ser la misma. Desde aquel momento apenas salí de casa, exceptuando los días de más bochorno.

En cuanto cumplí los dieciocho me largué a vivir a Tenerife. Necesitaba un clima más cálido y volver a mantener contacto con el mundo. Me recomendaron vivir en el norte, porque el sur estaba más dedicado al turismo. Después de una semana comprendí que aquel clima no era suficiente. Las temperaturas no eran tan bajas como en Albacete, pero para alguien que llevaba suéteres en pleno estío, aquel no era el paraíso soñado. Me instalé en la zona meridional de la isla y conseguí trabajo en la cocina de un chiringuito. Donde todos sufrían entre los fogones yo me sentía feliz. Lo primero que pensé fue en ponerme de camarero, hasta que recordé la sensación del aire acondicionado sobre la piel y lo descarté. A la vez que hacía de pinche, también estudiaba informática a distancia. Había decidido que era uno de los empleos con más opciones de poder realizar desde mi propia vivienda y allí podía controlar los grados centígrados.

Cada vez que iba a visitar a mi madre, aprovechaba para comprar ropa de abrigo y alguna estufa. En Tenerife no había calefacción en las casas y la dueña del piso de alquiler no me permitió instalarla. Una parte importante del sueldo se iba en luz, pero era un mal menor. También me compré un gato persa para que se acurrucase sobre mi regazo. El calor vivo es el mejor con mucha diferencia.

Una tarde de octubre que libraba en el trabajo y el tedio me acosaba con sus garras más afiladas, decidí hacer algo que no había hecho hasta entonces. Me puse a buscar foros, chats y grupos en redes sociales de personas que estuvieran en una situación similar a la mía. Hasta ese momento había preferido permanecer en una cierta burbuja sin compartir mis experiencias con nadie. Hablar de ello abiertamente hacía que se volviera más real. En Facebook no encontré ningún resultado y en Twitter sólo definiciones de expertos y algunos graciosos que elaboraban comentarios del tipo: “La queimafobia es lo que siento yo cada mañana cuando suena el despertador”. Pasé a escribir el término en los buscadores, pero tampoco conseguí encontrar un lugar específico para este miedo, así que decidí conformarme con foros generales de personas con fobias inusuales. Así descubrí que la crometofobia es el temor al dinero, la aurofobia al oro, la enofobia al vino, la efebitofobia a los adolescentes, la antrofobia a las flores, la espermatofobia al semen y la hipopotomonstroesquipedaliofobia a la pronunciación de palabras largas, lo que significaba que ellos mismos no podían nombrar su dolencia. Una que me sorprendió mucho fue la sosofobia o miedo a adquirir nuevos conocimientos. Me dio la sensación de que no era tan infrecuente, viendo lo que sale por la televisión. De repente mis ojos se quedaron petrificados sobre el comentario de una tal “luna88”.

“Yo padezco de termofobia. Es fácil de adivinar que es el miedo al calor. Si a alguien más le sucede me encantaría poder comentarlo.”

Vi que había la opción de enviarle un mensaje privado y decidí probar suerte.

“Hola luna88. Me llamo Nico y me pasa justo lo contrario a ti. Me da pánico el frío.”

A partir de aquel momento nuestras charlas fueron un continuo y no había día en que no encontráramos un hueco para hablar. Descubrimos que sentíamos de forma casi idéntica a pesar de que las causas fueran opuestas. Era la persona en el mundo que mejor me comprendía.

Ella había crecido en Valencia, sin embargo vivía en el Pirineo Aragonés y trabajaba en una estación de esquí. En verano bajaba y se acomodaba en una casa antigua de pueblo con el aire acondicionado al máximo. Era la única vivienda de aquellas características que tenía uno instalado. Me explicó que generó la fobia a raíz de un incendio en la casa donde vivía. Consiguió escapar de las llamas por los pelos, pero se quemaron todas sus pertenencias y su perrita Lulú. Lo único que recordaba era un calor sofocante. Ahora tenía un Husky Siberiano. Habría preferido un can con menos pelo, pero esos no soportan las bajas temperaturas. Lo bueno es que el tamaño del animal le impide subirse al sofá y tumbarse junto a ella.

Llegó el día en que quisimos conocernos. Tardamos mes y medio en decidir las condiciones. Debía ser un sitio con una temperatura media y optamos por Madrid en primavera, tras revisar varias veces los partes meteorológicos. Daban quince grados de media, lo que venía a ser lo más parecido al Polo Norte. Necesitaría varias capas de ropa térmica para afrontarlo. Aún así, un impulso dentro de mí me animaba a hacerlo, aquel no era momento de echarse atrás. Requería un cambio y se presentaba la oportunidad perfecta.

Cogimos el mismo hotel y quedamos en la cafetería. A pesar de ser la primera vez que nos encontrábamos en persona, era como si la conociera de toda la vida. Se nos debía de ver como una extraña pareja. Ella llevaba una falda corta de lunares y un top de tirantes azul. Yo unos pantalones de pana, camiseta térmica, jersey y chaqueta. Pasamos horas hablando y riéndonos, contándonos anécdotas tan dispares y tan parecidas. Ninguno habíamos sido capaz de entablar una relación real y nos miraban como a bichos raros. Me sentía bien y no podía dejar de mirar los hoyuelos de aquella mujer en cuya sonrisa cabía el mundo entero. Ese día fue el primero en mucho tiempo en el que me quité la chaqueta (sólo la chaqueta) y en el que ella aceptó colocarla sobre sus hombros desnudos (por encima y con el roce mínimo). Pirineos y Canarias. Perro y gato. Calor y frío.

Conoce más de la autora en http://leticiadejuanpalomino.wordpress.com/ y                           https://www.facebook.com/LeticiaDeJuanPalominoBlog
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15 respuestas a Queimafobia (Leticia de Juan Palomino)

  1. Ángela dijo:

    Joder, que me ha encantado. Ninguna pega.

  2. manolivf dijo:

    Muy bueno, Leticia, de principio a fin. Me ha gustado.

    • leticiajp dijo:

      ¡ Muchas gracias, Manoli! Igual que la he dicho a Ángela, me alegro mucho de que te haya gustado. Valoro mucho vuestras opiniones porque sé que también lo diríais si fuera al contrario 😉

  3. Mar dijo:

    ¡qué bien, Leticia, uno tuyo! Me ha encantado.

    • leticiajp dijo:

      ¡Sí! Últimamente estoy un poco liada y cuando escribo es para otros proyectos, pero siempre me apetece pasar por aquí, porque es genial. ¡Muchas gracias Mar!

  4. ¡Anda! cuantas fobias… así estamos, cada uno que adopte la suya.
    Muy bueno el relato, pero tengo dos curiosidades: ¿Por qué él tiene un gato en lugar de un perro grande? le daría más calor y ¿Por qué el tamaño le impide al perro subir al sofá? Pregunto…

    • leticiajp dijo:

      Supongo que lo de los animales siempre sería intercambiable, pero en el caso de él, un perro le obligaría a sacarlo de paseo y no le hace mucha gracia eso de salir fuera. El gato es de estos de mucho pelaje, creo que le puede dar bastante calorcito. En el caso de ella, para estar en un lugar frío, debía elegir una mascota que aguantara ese clima. Sobre el tamaño, pues por mi experiencia, en las casas los perros pequeños siempre andan subidos en el sofá y en la cama e incluso te los subes tú para que se te acurruquen al lado, acariciarlos y que te den calor. Sin embargo, los perros grandes nunca los veo subidos a los muebles. No digo que sea imposible, porque habrá gente que suba al perrazo al sofá (si puede o si al saltar no se lo carga 😉 ) y otros que tengan enseñados a perros pequeños a no subir a ninguna parte, pero me he basado en lo que he visto hasta ahora y en lo que me parecía un poco más lógico. ¡Muchas gracias Alicia por tu comentario!.

      • unalicia dijo:

        Con lo del gato me has convencido. Con lo del perro no tanto, si están bien enseñados se suben a donde haga falta, pero “no se lo impide el tamaño”, que es lo que me sonaba raro en la frase, Pero ¡vamos! que no tiene mayor importancia.

  5. unalicia dijo:

    Jolín! si NO están bien enseñados, quería decir…

    • leticiajp dijo:

      Bueno, como te he dicho pienso que en general, los perros no muy grandes son más animales de sofá y los otros son más “deportivos”, pero de todo hay y no es siempre así . La frase completa dice que le impide subirse y acurrucarse junto a ella. No es que el tamaño no le permita subir a los sitios (ahora entiendo mejor lo que me querías decir), más bien quería expresar que no iban a caber los dos en un sofá normalito ni el perro iba a estar subido encima de ella mientras por ejemplo veía la tele. No sé si me he explicado ahora mejor :). ¡Gracias por haber seguido comentando!

  6. Nelaache dijo:

    Es un relato divertido, fácil y ameno de leer. Has despertado, además, mi curiosidad por estos peculiares temores a cosas específicas y determinadas y sus causas. Me ha gustado mucho y me he divertido leyéndolo, así que… ¡Enhorabuena y mucha suerte!

  7. Milyvall dijo:

    Nada Leticia que pasaba por aquí y que bueno, pues me he leído tu relato, sencillamente precioso!!!.
    Y que bueno, contigo es difícil, muy difícil competir, escribes muy bien . . . lo que puedo intentar es convencerte para que traspases los mares y te vengas al otro barco AYAYA.
    Es un placer leerte. Saludos

    • leticiajp dijo:

      No me había dado cuenta de que tenía un comentario sin responder. Muchas gracias Milyvall por tus palabras, me hacen mucha ilusión. Te he buscado porque no me sonabas y es porque has participado en meses que yo no, así que aún no hemos coincidido. Pero estaré atenta a tus relatos. Gracias de nuevo. ¡Un saludo!

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