Grasa (Emilio Álvarez)

La joven que le atendió en ese caluroso día de verano tenía el rostro repleto de cicatrices de un acné juvenil mal tratado. De los laterales de la gorra le caían unos mechones lacios de pelo castaño, visiblemente acartonados por culpa de los vapores que eructaban las freidoras. Era algo con lo que tenían que lidiar por trabajar en un restaurante de comida rápida, ese olor a grasa que se impregnaba en cada centímetro de tela de los uniformes. Un atuendo que, por otro lado, dificultaba la libre transpiración, compuesto por un polo de manga larga rojo y unos pantalones de color azul oscuro. Se elevaba de la protuberancia de su seno derecho, la tarjeta identificativa en la que se podía leer un nombre femenino junto a una fotografía de tamaño carnet. Un retrato donde la joven aparecía sonriendo y con un semblante mucho más jovial. Con más vitalidad que la que tenía en ese momento, preparando el pedido de aquel tipo que tenía delante del mostrador. Un hombre de mediana edad, de entre cuarenta y cincuenta años, con un visible sobrepeso que lo dotaba de una fachada enfermiza y de padecer una aversión crónica hacia las dietas saludables. 

Cuando al fin elevó la comida desparramada sobre una bandeja de plástico duro, el tipo intercambió un par de billetes y esperó con desgana a que la joven le devolviera el cambio. Le dio las gracias con un balbuceo y cargó su almuerzo hasta una de las mesas más apartadas. 

Una vez acomodó su enorme trasero sobre el asiento acolchado, observó con avidez, mediante una panorámica aérea, las numerosas calorías que estaba apunto de devorar. En la mesa lacada había manchas aceitosas que relucían bajo la luminosidad de los fluorescentes del techo. Dispuestas como estratégicamente, se expandía un manto de migajas de pan y trozos de lechuga pocha, pegotes de salsas secas que parecían pinturas rupestres de alguna caverna primitiva.

Pegó sus labios carnosos de tonos amoratados a la pajita de su refresco y sorbió un buen trago de Cola. Hacía calor y el aire acondicionado parecía no funcionar correctamente, emitiendo un extraño ruido que indicaba que algo no iba bien. En su camisa color salmón se dibujaban redondeles de sudor fresco, que se mezclaban con el desodorante barato con el que se roció esa mañana en la zona de las axilas. Líneas aguadas entre los pliegues de carne de su barriga blanquecina. Regueros que desembocaban en dos alas de humedad en la tela de su robusta espalda. Pronto empezó a notar como se cocía junto a aquel ventanal que ofrecía unas anodinas vistas del estacionamiento exterior. Trató de sobreponerse a la ceguera que le proporcionaba los rayos solares y divisar su coche, pero no lo logró. 

Hacía apenas un instante aparcó demasiado lejos de la puerta de entrada. Con el sol quemando el alquitrán del suelo, recorrió a pie la distancia que lo separaba de la primera comida contundente del día, ya que el café aguado y la pieza de bollería industrial del desayuno apenas podía considerarse un aperitivo más. La travesía le supuso un esfuerzo físico sobrehumano para sus más de cien quilos de peso. 

Los goterones le seguían desfilando por la frente mientras que la boca se le quedaba tan seca como las suelas de sus zapatillas blancas. Esas llenas de mugre y con los cordones tan sueltos que cualquier persona normal se tambalearía cada dos pasos seguidos. No le gustaba demasiado esa clase de calzado deportivo, pero desde hacía ya unas semanas, y por culpa de una súbita hinchazón de las extremidades, era de las pocas cosas que podía calzarse sin sentir los latidos de su corazón oprimiéndole en los pies. Le propinó un contundente bocado a la hamburguesa, al tiempo que algunas semillas de sésamo que cubrían el pan se le incrustaban entre los intersticios de los dientes. Masticaba sonoramente, mostrando al mundo entero como trituraba la comida que estaba a punto de desfilar hasta su estómago. Su enorme papada brillante bailaba de arriba abajo, siguiendo el ritmo que su mandíbula marcaba. Amasó con la mano inflada un buen puñado de patatas fritas y se las metió a presión dentro de la boca. Esa mezcla de sabores correosos y conocidos le entusiasmaba tanto que le hacían recordar, con cierta melancolía, la experiencia de un orgasmo. 

Cada equis minutos volvía a beber del refresco de Cola para lubricar su esófago. En el vaso había una excesiva cantidad de hielo, por lo que el interior no tardó demasiado en quedársele aguado. Se limpió las manos repletas de aceite en el asiento, deteniéndose en un agujero. Era como un cráter que se abría sobre el cuero marrón, con la espuma amarillenta asomando a modo de entrañas. Metió su dedo en él, ensanchándolo a su paso, hasta que acarició algo duro y de tacto rugoso. Alguien que ocupaba una de las mesas contiguas le dedicó una mirada cargada de repulsión y compasión a partes iguales. Una pareja de adolescentes lo convirtió en el objetivo de sus burlas, que no trataban de disimular lo más mínimo. A un tipo trajeado que sorbía de una pajita se le desviaba la vista sin poder evitarlo, pese a sus esfuerzos por centrarse en su refresco bajo en azúcares o en su teléfono móvil de última generación.

Sobre el interior de la caja de cartón que había servido de envoltorio para su hamburguesa, esparció el kétchup. Abrió los sobres individuales de salsa y vertió su contenido hasta formar una buena montaña roja. Doblegados y vacíos, se le amontonaban al lado de su codo cubierto de eczemas, igual que las servilletas sucias en las que se apoyaba. Luego pringó una a una las patatas fritas que le quedaban y fue engulléndolas hasta que la bolsa se quedó vacía. Sudaba grasa por todos los poros de su cuerpo, y un olor a rancio le empezó a subir de la camisa. Volvió a hundir la cara en la hamburguesa, notando esta vez como le quedaban restos de salsa amarillenta en la comisura de los labios. Y mientras se limpiaba con la manga, pensó entonces en que estaba siendo un buen almuerzo. 

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12 respuestas a Grasa (Emilio Álvarez)

  1. manolivf dijo:

    Demasiada grasa…Pobre hombre…! Seguro que de haber nacido en otra época (no en la era Macdonalds) no le pasaría…

  2. Mar dijo:

    Muy buena descripción física y poco apetitosa del personaje, con todo detalle, un tanto grasiento. Me ha recordado al protagonista de ‘te trataré como a una reina”, pero creo, y es solo mi humilde opinión, que a este relato le falta trama, que pase algo.

  3. Ana Calabuig dijo:

    Bien descrito lo desagradable de tu personaje. He llegado a sentir por él cierta aversión.

  4. Carto Péreton dijo:

    Me he podido imaginar perfectamente al personaje y me ha dado repulsión que creo que es lo que buscabas, muy logrado. Me gusta.

  5. MARIETTH SUAN-MARIA EDITH SUAREZ NOGALES dijo:

    Muy bien escrito, la narración es muy buena, te hace imaginar ese hombre grasiento comiendo.

  6. ojalapaula dijo:

    Genial narración, enhorabuena. El personaje transmite un compendio de sensaciones: es, en parte, desagradable, pero también provoca cierta tristeza su “enorme” soledad.

  7. Manger dijo:

    Estoy de acuerdo con Ojalapaula. Está muy bien descrita la escena que, por otro lado y por desgracia para la salud de esas personas, se ha hecho bastante común en los grandes centros comerciales donde se han instalado este tipo de hamburgueserías. Buen relato, casi fotográfico. Mis saludos.

  8. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Emilio, tu personaje trasmite tristeza, desencanto y una enfermedad grave que está a punto de padecer y que ya palpita en el relato. Un saludo. Amaya

  9. Emilio Álvarez dijo:

    Gracias a todos por comentar y dedicar un instante de vuestro tiempo en leerme. Es un placer compartir relatos con vosotros. ¡Saludos!

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