Amor verdadero (Alberto Casado)

La mirada pícara de su amada le derretía, y ella lo sabía. Solo tenía que fruncir los labios y mirar coquetamente para que el hombre cayese rendido a sus pies. Y quién no babearía ante semejante mujer. Su cabello, largo hasta la cintura, dorado como el sol, resplandecía iluminando cuanto le rodeaba. Dos finas líneas, trazadas con la maestría de un pintor, formaban lo que llamamos cejas. Sus pestañas eran largas como las de Cleopatra, y sus labios, sensuales y carnosos como los de Angelina Jolie.

Unas pequeñas y graciosas orejas decoraban su delicado rostro, e igualmente pequeña era su nariz de emperatriz. El mentón ligeramente redondeado, con un hoyuelo que le daba ese carácter de distinción. Conocedora de sus torneados hombros, gustaba llevarlos al descubierto. Un solo beso en esas pequeñas ondulaciones sería suficiente para que él acabase embriagado de placer, mas su cuello blanco y estilizado invitaba a ser recorrido por una lengua juguetona.

Enseguida la vista se desviaba hacia los firmes y turgentes senos, cuyos pezones enhiestos desafiaban la gravedad. Su color rosado destacaba sobre el blanco marmóreo de la piel e incitaban al amante a su caricia y deleite. Cuando este se recuperaba del mareo que las hermosas ondulaciones producían en su ser, se encontraba con un vientre plano coronado con aquel curioso piercing con forma de media luna.

Si aún no había desfallecido por la contemplación de tanta belleza en una sola mujer, llegaría hasta la flor sin bello ni nada que la atormentase. Esta se abría a petición del amado y se cerraba entorno del miembro deseado. Si aún le quedaban fuerzas para seguir contemplando… sus piernas eran como dos esculturas de mármol de la Venus de Milo.

Sus pies, delicados, completan una fina estampa delantera que más de una para sí quisiera. La espalda, recta e inmaculada, acababa en unas nalgas más bellas que la Giralda.

Amor sin barreras, cuerpos revolcándose sin pudor, aquellos amantes gozaban de la vida como si ese fuera su último suspiro. Él y ella, ella y él se fundían en uno solo, siendo la luna la única testigo de su eterna pasión. Amor verdadero, amor duradero, amor corporal, amor espiritual. Cuando dos se aman los demás sobramos, dejemos pues a los amantes gozar ante la sonrisa cómplice de la esposa del mar.

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8 respuestas a Amor verdadero (Alberto Casado)

  1. manolivf dijo:

    Buena descripción de ese cuerpo del deseo en el que se pierde el amante, pero veo más aquí el placer físico que ese amor espiritual y verdadero que nombras al final ya que durante el relato no haces ninguna referencia a estas cualidades sino sólo a las pasionales.

  2. Alberto Casado Alonso dijo:

    Gracias por la lectura y tu comentario. Saludos.

  3. Ana Calabuig dijo:

    Veo tu relato como totalmente pasional. No sé si hay amor verdadero o duradero, lo que sí hay es pasión.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      El amor de pareja, sin pasión, se acaba marchitando. Ana, gracias por leerle el relato y comentarlo. Saludos.

  4. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, Alberto, me has hecho pasar un buen rato. Un saludo. Amaya

  5. Ángela dijo:

    Amor verdadero dices, y amor duradero ¿duradero? ¿Y cuando la flor se marchite, y cuando el culo de la diosa ya no sea más hermoso que la Giralda? Porque ahí solo veo deseo.
    Bueno en todo caso me parece un relato precioso, y muy bien escrito, aunque me parece que lo que nos has hecho ha sido un retrato de tu mujer ideal, que por cierto es una diosa ¡la deseo hasta yo! jaja
    ¡Ay, el amor! para mi el amor el amor ideal es: cincuenta por ciento de buen sexo y cincuenta por ciento de buena conversación y buenas risas.
    En fin, que me enrollo, Alberto, que felicidades, que tu relato es muy visual y muy bello, como la diosa con los labios de Angelina Jolie.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Me ha encantado tu comentario y me has hecho reír. El texto es pura literatura, pues no sé si existirá el amor perfecto; pero aun así, hay que intentar encontrarlo. Muchas gracias por leer el texto y por comentarlo. Un saludo.

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