Adiós, mi vida (Arturo Dausà Lapuerta)

   El rocío impregnaba el aire helado, la luz tenue del amanecer difundía un suave resplandor que se repartía de un modo fantasmagórico, y todo parecía como si fuera otro planeta.

   Acababan de llegar al andén, ella todavía conservaba la mirada perdida que mantuvo dentro del coche, mientras su pensamiento se centraba en la despedida.

   —Tendrás un buen viaje —dijo ella casi sin dirigirle la mirada

   —Sí, ya lo sé, dentro del vagón estaré caliente, hoy es un buen día para viajar.

   —Ojalá pudiera ir contigo.

   Él la miró y se hizo un silencio, como si el ajetreo de la estación se hubiera paralizado. Faltaban escasos minutos para la partida, dejó la maleta sobre el andén, alzó su brazo y se subió el cuello del abrigo, más un gesto para tomarse tiempo y poder pensar que decir, que por abrigarse.

   —Eres una buena chica, pero tu vida está aquí con los tuyos, tu trabajo, tu familia… no estás sola

   Ella se acercó más y le dijo:

   —¿Crees que eres muy mayor para mí?. Es verdad… ¿no? —fue una pregunta formulada en un tono cariñoso, como si las sílabas resbalaran por un tobogán. No parecía un reproche, más bien un ruego que se mezclaba con el olor a aceite y grasa que llenaba el ambiente, como una cosa natural.

   Él se quedó pensativo, ¿cómo expresarle lo que sentía? ¿Cómo decirle que no desperdiciara su vida con él, que solamente le podía ofrecer un futuro incierto y corto?

   —Sí, es verdad, mírame ¡soy demasiado mayor para ti¡ —le contestó un tanto airado.

   Ella se acercó más, expresaba un gesto como arrepintiéndose de lo que había dicho, un tono rosa se poso sobre sus mejillas como avergonzándose. Bajó  la cabeza y mirando hacia el suelo empezó hablando con cierta duda, como si no se atreviera a decir lo que quería decir:

   —Cuando quieras verme ahí estaré —Alzo los hombros en un gesto un tanto infantil— si alguna vez tienes ganas de volver a verme.

   Él contestó esbozando una sonrisa:

   —Me gustaría mucho.

   Esas palabras la reconfortaron un poco. Volvió a instalarse el silencio entre ambos, como si no supieran decirse adiós.

   Ella le miraba notando la misma sensación de la pasada noche en el lago, y le vinieron los recuerdos vivos de cuando estaban abrazados. De repente se puso de puntillas y le dio un beso en los labios, tenía la mirada lejana y los ojos llorosos. Le susurró:

   —Te echaré de menos.

   Él sonrió cariñosamente y le dijo:

   —Yo también te encontraré a faltar.

   Se abrazaron un buen rato, como si ninguno de los dos tuviera fuerza suficiente para separarse. Hasta que él habló:

   —Recuerda siempre nuestra noche en la casa del lago, eso permanecerá para siempre en nuestros corazones, ya nadie nos lo podrá arrebatar.

   —Gracias —dijo ella dejando fluir las lágrimas —Ahora se que tengo un objetivo en la vida, que puedo amar y ser amada.

   Él la abrazó más fuerte.

   Al poco el silbido del tren le acompañaba mientras subía al estribo del vagón, con su mano derecha se agarraba al asidero, la otra la movía con un gesto de despedida.

 &&&&

    Ella volvía al coche pensando en la noche vivida en el lago. El sol aparecía en un cielo azul enmarcado por el norte por unas grandes nubes negras, y por el oeste por otras como enormes algodones blancos. 

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2 respuestas a Adiós, mi vida (Arturo Dausà Lapuerta)

  1. Ángela dijo:

    Siguiendo con la costumbre de ser sincera, te diré que he encontrado la historia algo sosa. Y es una pena, porque no existe un lugar más idóneo para una historia de amor que en una estación de tren. Digamos que tienes unos ingredientes buenísimos pero no has sabido, bajo mi punto de vista, explotarlos del todo. Ojo, que la historia está muy bien, pero creo que podría estarlo mucho mejor. Pero como las despedidas en los trenes me chiflan, la volveré a leer en otro momento, a ver si me hace cambiar de opinión.

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, Arturo, me has hecho pasar un buen rato aunque me he quedado con ganas de que pasara algo más. Un saludo. Amaya

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