El regreso (Vicente Novella García)

Ahora, Alba, después de la muerte de su marido en aquel accidente, florecía en su chalet cerca del mar, atendiendo simultáneamente sus quehaceres domésticos y a las preocupaciones por sus rosales y sus paseos; tenía el aspecto de una persona que debía estar en constante movimiento, andar todo lo posible; eso era bueno para su salud y además muy de su agrado. Por eso se la podía encontrar constantemente, en verano, con su sombrero blanco paseando por la playa y los caminos que llevan a ella, con ello daba la sensación  de que se trataba de una especie de espíritu lugareño. Sergio era su vecino, viudo como ella, había regresado hacía unos días.

Él también paseaba a diario, aunque prefería los bosques, aspirar su aroma; los pájaros lo consideraban su amigo; también era su amiga una ardilla que, graciosa y ágilmente, trepaba por los troncos desde cuyas copas agitaba su cola, que parecía más poderosa que su propio cuerpo. ¡Ahora no le hubiese disparado una perdigonada como lo hiciera antaño, cuando era un jovenzuelo!

Pero su amigo particular era un picamaderos en un calvero donde había muchas setas, próximo a un chalet medio derruido. Era este un lugar extraño y hasta un poco enigmático. Le gustaba ir allí, a sentarse en  el troco de un pino caído y escuchar al pájaro carpintero. Este pájaro no le temía a Sergio. Con una tenacidad extraordinaria iba picando en el tronco, trepando lentamente por él y agitando ligeramente su pechuga de rojo chillón; esto sumergía a Sergio en la nebulosa legendaria de su infancia, cuando le decía:

-¿Qué, no te duele la cabeza? –intentando imaginarse que le sucedería si a él, le obligasen a dar con la nariz en un árbol durante todo el día-. Por lo visto debes tener la cabeza de hierro.

Si pronunciaba estas palabras en voz alta, entonces el pájaro carpintero dejaba de picar y arrancaba el vuelo hacia otro árbol, a fin de cuentas era un animal útil, pues limpiaba los arboles de toda clase de insectos.

El derruido chalet presentaba en sí otro mundo. Se decidió y entró por una de las desvencijadas ventanas; recorrió las desoladas habitaciones cuyos pasos resonaban como si anduviese bajo una gran sala abovedada. Subió al segundo piso, donde las telarañas formaban una especie de velamen. En su tiempo descubrieron al dueño que se había suicidado colgándose de una viga del techo, se asomó a una ventana y se quedó mirando desde ella el bosque, luego bajó y salió de nuevo al calvero..

Volvió a su casa. Los mareos iban siendo cada vez más frecuentes, no superaba aquel extraño estado de ánimo en que había caído, era como un cansancio mortal. Todo se mueve bajo el impulso del pasado, lo nuevo no existe para él, ni siente deseos de que exista. No sabía, ni casi le interesaba que enfermedad adolecía. Pero sentía una tranquila e infinita sensación de que se le habían agotado las fuerzas. Los dolores aparecían y desaparecían; a veces, no le dejaban dormir en toda la noche. No sentía apetito y enflaquecía a ojos vista.

El atardecer con un  fantasmagórico cielo se reflejaba sobre el viejo sofá tapizado de cuero verde, en la estantería de los libros y en la vitrina donde guardaba sus objetos más preciados.

Normalmente con su vecina no hablaba mucho, apenas coincidían, a ella le gustaba el mar y a él el bosque, solamente se saludaban cuando coincidían en el jardín.

-Buenos días, Sergio, -dijo Alba cuando al salir de su casa se encontró con él-.

-Hola que tal Alba, como te encuentras.

-Bien, y tú como estas, te veo desmejorado –le indica mientras quita unas rosas secas-.

-Aquí ando, no muy bien.

-Si necesitas algo de mí no dudes en pedírmelo, sabes que estoy aquí prácticamente todo el día, menos cuando doy mis paseos mañaneros –se acerca a la valla y lo mira a los ojos con una dulce sonrisa-.

Si no fuera por la enfermedad, sería un buen momento para cultivar la amistad que tenían desde hace bastante años, una vez más la vida le hace llegar tarde y mal a lo que desea.

-¿Quieres venir a pasear conmigo? –le propone Alba-.

-Creo que seré un estorbo, no podré llevar el ritmo tuyo.

-No te preocupes, yo me adaptaré a tu paso.

-De acuerdo –dijo Sergio, dirigiéndose a la cancela de su casa-.

Empezaron a caminar hacia el paseo de la playa, sería más cómodo. Sergio la miraba, le gustaba su pelo ondulado, su blusa de batista blanca, su sonrisa; ella tenía muchas cosas que le han gustado siempre, pero nunca había tenido la oportunidad de decírselo, ahora no se atrevía.

El tiempo era cálido y húmedo; toda la naturaleza estaba quieta y como un poco enigmática. Sergio estaba nervioso pero le gustaba andar con ella. Se sentaron un momento en un tronco.

-¿No te aburres aquí? –le preguntó Alba-.

-Al contrario, me encanta estar aquí, pasear por el bosque… Aunque pronto habré de regresar a la ciudad a casa de mi hija.

-¿Por qué piensas marcharte tan pronto?

-Cuando salí de allí, le dije que estaría aquí solamente dos semanas, y ya casi han pasado.

Iniciaron de nuevo el paseo los dos, ya divisaban el mar, estaba tranquilo y el sol se reflejaba en sus aguas con unos destellos que deslumbraban.

Volvieron lentamente hacia sus casas, era casi el medio día.

-Ha sido un placer Sergio el dar este paseo contigo, -dijo Alba mientras que abría la cancela de su jardín para entrar en su casa- te noto que respiras con dificultad.

-Siempre me alegra verte, -dijo Sergio- y hoy más que ningún otro día. Dices que tengo la respiración fatigosa; lo que ocurre es que me siento mal. Cada día me encuentro peor. De noche estoy fatigado y unos sombríos pensamientos no me dejan dormir. Todos tenemos que morir, pero… sabes Alba, da miedo la muerte.

-No, hombre, no.  ¿Morirte de qué? Pronto te repondrás. Tendremos que dar muchos paseos todavía –un temblor se apoderó de Alba, por la gran pena que el amigo enfermo le inspiraba-.

-Adiós, Alba, gracias por todo.

-Hasta luego, Sergio –dijo cerrando la cancela lentamente mientras le miraba por última vez antes de entrar en su casa-..

Se habían despedido en la puerta de Alba, al entrar en la casa que le pareció fría y triste, demasiados recuerdos le abrumaban. No tenía ganas de comer, se recostó sobre el sofá y se quedó dormido, estaba agotado.

Se despertó a media tarde, se sentó a la mesa y cogió un papel y escribió unas líneas, fue a la estantería y de un cajón sacó un sobre, garabateó el nombre y la dirección de su hija, metíó la hoja dentro cuando se fijó en la fotografía que tenía sobre el mueble, en ella estaba su mujer, su hija y él, lo cerró lentamente; descuidadamente lo puso en la mesa y se quedó mirando todo el entorno, sus ojos brillaban conteniendo unas lágrimas que pugnaban por salir. Se levanto y recogió una bolsa que tenía preparada desde hace unos días y salió al camino.

La tarde estaba agradable, lentamente, con mucha dificultad, se encaminó al calvero del bosque, ya no le llamaba la atención ni los pájaros ni las ardillas; el sonido de los picamaderos ahora le molestaba, aunque con una mano los saludo. Al fin llegó, el chalet estaba allí, parecía que lo llamaba. Tropezó con unas ramas al adentrarse en el, casi se cae, subió lentamente al segundo piso, no tenía prisa. Sacó de la bolsa una cuerda fuerte, la examina como dudando, después con un ademan decidido la lanza hacia el techo, la cuerda rodea la viga, coge las dos puntas y pega unos tirones para asegurarse de que la viga aguantará. Pausadamente acerca una caja que hay en un rincón, la coloca debajo de la cuerda; en una de las puntas hace un lazo pausadamente, precario porque no es muy ducho en nudos, pero será suficiente para que efectúe su cometido, todo lo hace lentamente; calcula la altura y la otra punta la ata a la puerta que está agujereada, parece fuerte, pasa la cuerda por el agujero asegurándola y comprobando su aguante. Va hacia la ventana y mira ese bosque que ha conocido desde siempre, se ve reflejado en el único cristal que queda y ve sus ojos vidriosos, ya casi sin vida le parece, no piensa en nada, su mente está también vacía; se vuelve y se dirige al cajón, con dificultad se sube a el, coloca alrededor de su cuello la cuerda, hace los movimientos automáticamente, se acerca al filo del cajón y se lanza hacia delante, su cuerpo se balancea, la poca vida que le quedaba se le escapa en unos instantes. El atardecer entra por la ventana, las sombras van ganando su batalla diaria a la luz del día, se ha hecho el silencio en el bosque.

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2 respuestas a El regreso (Vicente Novella García)

  1. MARIETTH SUAN-MARIA EDITH SUAREZ NOGALES dijo:

    Estremecedor. Me gusta la secuencia.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, Vicente, me ha gustado tu relato aunque he sentido el dolor y la soledad de los personajes, a veces estas tan cerca de alguien que no reconoces su dolor hasta que ya es tarde. Un saludo. Amaya

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