La herencia (Amaya Puente de Muñozguren)

La muerte de  Eustaquia fue una de esas muertes tristes a pesar de que todos sabían que un día iba a ser así. Una tarde, cansados de llamarla por teléfono su nieto mayor y su hija tercera, decidieron acercarse al piso alquilado en el que vivía, en el centro de la ciudad. La hija, Taquia, esperó en el coche mientras su hijo Ernesto, joven y deportista, subía al tercer piso en ascensor para ver a su querida abuela, con la que pasaba el final de sus noches de fiesta y las comidas entre las clases de la universidad, para no hacer venir a su madre a buscarlo desde la urbanización de semi-lujo en la que vivían, muy cerca del mar.

El joven y deportista nieto, a sus recién cumplidos veinte años, no se atrevió a pasar de la segunda puerta del pasillo al ver libros en el suelo, cojines junto a la taza del wáter y papeles que empujaba el viento por el pasillo. Ernesto, el joven, bello y deportista nieto de doña Eustaquia no se atrevió a avanzar más sin antes llamar a su tío Florentino, pintor de brocha gorda que en el momento de la llamada acababa de llegar a la casa de su novia, cansado del primer día de trabajo después de tres años en paro y se estaba liando un canuto de marihuana para recuperarse del cansancio de siete horas de rodillo. Tuvo que darle dos caladas y dejarlo en el cenicero, a tope de colillas, antes de salir, jurando en arameo, en dirección a casa de su madre; repitiendo para sus adentros, una vez más: ”alguna vez la encontraremos muerta”. Doña Eustaquia tenía la manía de decir que quería vivir sola en la casa en la que pasó los últimos años con su querido marido, del que a veces ni recordaba el nombre o lo confundía con el de su hijo muerto o con el de alguno de los de sus dos hijos vivos, sin acertar nunca. La cosa es que llevaba más de diez años viviendo sola, menos en los fines de semana de fiesta y juerga de sus nietos mayores que esperaba despierta, asomada al balcón, hasta que llegaban, borrachos y cantando, acompañados por las primeras luces de la mañana. Luego desayunaban juntos, escuchaba las historias de sus nietos y se iban a dormir cada uno a su habitación hasta que el hambre, o la sed, les despertaban y los volvían a reunir en la pequeña cocina, junto al patio de luces en el que cantaba un canario sin descanso.

Esta tocó ser la tarde que todos esperaban, la de encontrarla muerta. El hijo y el nieto mayor se daban ánimos por el pasillo por miedo a encontrar ladrones mientras gritaban el nombre de la madre y la abuela sin que nadie contestara. Al final del pasillo veían la puerta abierta del baño en el que había cojines tirados en el suelo junto a la taza del váter llena de papel higiénico. Los muebles de la salita estaban fuera de su sitio, la estantería en mitad de la sala, un libro tirado en el suelo, papeles que volaban empujados por el aire y varios marcos con fotos rotos por el pasillo. Llegaron hasta el dormitorio principal en el que aparecían esparcidas por el suelo varias prendas de ropa femeninas de talla muy grande. No había nadie sobre la cama. Ambos hombres respiraron aliviados hasta que, a la vez, señalaron hacia el otro lado de la cama, el que daba a la ventana, sobre la alfombra estaba en una postura extraña e incómoda el cuerpo sin vida de la madre y la abuela, el nieto salió de la habitación gritando y pegando un puñetazo al marco de plata desde el que observaba la escena el abuelo fallecido hace años. El hijo mayor, con su ropa de pintor manchada de colores quedó absorto al ver el cuerpo casi desnudo de su madre.

Los dos hombres volvieron al salón y con voz entrecortada llamaron a la policía y a la familia más cercana. No podían tocar nada, solo quedaba esperar que llegase la policía e investigaran en la escena por si podía ser  el escenario de un robo o de un asesinato. En esos momentos todo era posible pero la única realidad era que doña Eustaquia había pasado a mejor o peor vida. Eso estaba por determinar.

No tardaron ni diez minutos en llegar varios coches patrulla, llenos de luces de colores que aparcaron sobre las aceras y junto a la plaza, algunos vecinos se asomaban, curiosos, a los balcones, otros salían a la escalera para preguntar por lo que había pasado. En pocos minutos quedó claro que no había sido un robo, ni una violación, simplemente se había muerto la vecina del tercero primera, algunos ni conocían su nombre y a otros solo les interesaba si el piso se iba a quedar vacío pronto y por cuanto lo iban a alquilar los dueños. En la calle la gente seguía paseando a sus mascotas, llevando las bolsas de la compra, regando las plantas de sus balcones o viendo programas soporíferos en la televisión. La vida seguía como si tal cosa, no importaba nada que cuatro hermanos compartieran tabaco en un salón mientras el forense certificaba la muerte de su madre cuatro cuartos más lejos. La vida es así, no había muchas lágrimas, solo las de llegada y presentación antes de pedir tabaco y un mechero y ponerse, en silencio, a evaluar y elegir los muebles, enseres y cuadros que cada uno quería para sí. Nadie hablaba de la muerta, solo imaginaban que fue rápido, quizás un ataque al corazón, algo sin dolor que había llevado a su madre y abuela junto a su querido esposo e hijo, en ese lugar al que van las almas que dejan de molestar en la tierra. Las lágrimas se secaron en un par de minutos para empezar a discutir si ese cuadro se lo había dado la finada a tal o cual hijo, en varios minutos se habían repartido los muebles y rebuscado en los cajones los documentos de la funeraria, el carnet de identidad y todo el dinero que tenía en varios sobres para pagar el alquiler del piso y los gastos fijos de cada mes, según ponía con letra de una esmerada caligrafía en cada sobre. Mientras los de la funeraria se llevaban el cuerpo, tras cerrar la puerta de cristal que daba al salón, para  que los hijos no vieran pasar ante ellos por el pasillo el cuerpo semi sentado metido dentro de una bolsa de plástico negro de su madre, algunas vecinas se asomaban a los balcones, susurraban una oración y se santiguaban mientras miraban como metían el cuerpo en la furgoneta azul de la funeraria. La vida seguía en la calle como si no hubiese pasado nada mientras cuatro hijos huérfanos, de más de cuarenta años, y dos nietos de más de veinte, se preguntaban unos a otros si alguien tenía más tabaco.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a La herencia (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. manolivf dijo:

    Real, como la misma vida Amaya. Muy bien escrito. Un abrazo.

  2. unalicia dijo:

    Hola Amaya,
    Hay algunas cosas que no me cuadran: la hija va a ver a su madre por que está preocupada por ella, ¿y se queda en el coche? En dos ocasiones haces referencia a que la casa está revuelta, papeles, cojines por el suelo, pero no hay ninguna conclusión. Por otra parte, se encuentran a la
    mujer tirada en el suelo (madre y abuela) y no tocan nada, ¿ni siquiera para comprobar si está muerta? Y por último, yo creo que en la vida real, se espera al menos a enterrar al difunto para repartir. La última frase, perfecta. Un saludo

  3. Ana Calabuig dijo:

    He encontrado algunas cosas que se contradicen. La hija que no sube a ver a la madre. El nieto que sube y en lugar de llamar a la madre, llama al tío. La casa revuelta pero no ha habido ningún asalto. La idea del relato me parece muy buena, el desenlace también, pero tal vez le ha faltado el que lo revisaras un poco más para que fuera más congruente. De todas formas, suerte en la votación. Saludos.

  4. MARIETTH SUAN-MARIA EDITH SUAREZ NOGALES dijo:

    Me gusta la trama de la historia, pero en algunos pasos de la lectura me pierdo.

  5. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por leerme y ayudarme a mejorar el texto, si, teneis razón, me he precipitado al escribirlo y mandarlo sin revisar, ahora ya lo tengo arreglado, gracias a vosotras pero creo que llego tarde para presentarlo en condiciones. Muchísimas gracias por vuestros comentarios. Un saludo. Amaya

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s