La Oficina (Amaya Puente de Muzñozguren)

Llueve y la puerta de La Oficina está cerrada, al abrirla me sacude en la cara el calor del local, el olor a café recién hecho y a las tapas que cocina, la Marta, en sus dominios, al fondo del local. Es la cocinera más buena que he visto en la vida, no solo por su gran corazón, también por el dibujo de las curvas de su anatomía casi perfecta y el regalo para la vista de sus hermosos pechos, tanto por grandes como por turgentes; esos que se le adivinan tras el escote en pico de su vestido blanco.

Hoy La Oficina está a tope. Estamos a primeros de mes y los parroquianos ya han cobrado la pensión, el paro o la ayuda. Todos venimos a celebrarlo, cada uno a su manera.

Don Luís, que siempre ha sido altivo y lejano, quizás producto de su antiguo puesto como director de una sucursal bancaria, está sentado junto a la cristalera que da a la calle, en la mesa redonda que tiene llena de periódicos y que lee con sumo detenimiento, como cada día.

El Fermín y el Carlos, Fermín y Carlos, me corregiría mi hija si me oyera, están discutiendo de política en la barra, “A este gobierno solo les queda que les echen a la calle por inútiles” dicen a voz en grito tras el tercer café con aguardiente. Fermín vuelve a hablar de sus gloriosos días de camionero en los que recorría Europa entera mientras Carlos le interrumpe contándole las anécdotas de sus borracheras en la obra. Se quitan la palabra uno a otro. En el fondo cada uno escucha tan solo sus propias palabras.

Todas las palabras quedan suspendidas cuando  cada día, a las nueve y media en punto, entra Rosa, la delicada dependienta de la floristería, se sienta, como siempre, en el rincón de la barra que da a la pared, con su libreta de cuadros en la que escribe, misteriosamente, línea tras línea, absorta en ese mundo suyo que a veces le hace sonreír y otras fruncir el ceño mientras se queda absorta con la mirada fija en el espejo de la pared, rememorando y soñando o elaborando las siguientes frases que va a escribir. Cuando Rosa entra huele a flores y el aire se torna fresco como una caricia de primavera. En esos pocos minutos todos callamos y observamos a nuestra pequeña princesa con la que soñamos. Es como una muñeca, dulce, tierna y preciosa. Un sueño inalcanzable, pero el sueño se rompe cuando entran La Juana y La Mariloli, (mi hija me mataría si me oyese hablar así, no sé por qué me acuerdo siempre después de decirlo) con su olor a pescado y los delantales llenos de escamas. Como iba diciendo, Juana y Mariloli (ahora lo he dicho bien) traen la fuerza de sus cuarenta años, la fortaleza de unos cuerpos rotundos y la aridez de trabajar en el mercado siempre peleando clientes a la vez que se quieren como hermanas. Si una grita. “¡Sardinas frescas!”, la otra contesta desde el puesto de la esquina .”¡Las mías lo son más, y más baratas!”. Una pelea que es solo de cara a la galería porque en el fondo el puesto de una y de la otra da de comer a la misma gran familia.

A pesar de las voces sigo observando como escribe Rosa, sus gestos, la dulzura de su mano sujetando el bolígrafo de colores. Parece una muñeca en un escaparate. Podría ser mi hija, deben tener más o menos la misma edad pero con la diferencia de que mi Ana es fea y gorda como su madre, cosa de genes, dice el médico, y tiene bigote, como yo. Me encantaría tener una hija así, una muñequita dulce y discreta. Creo que le estoy cogiendo cariño, como todos, la miramos de reojo ensordecidos por las voces que dan las pescaderas del mercado.

Pido otro café con coñac, ya van tres, aun me queda por leer la sección de deportes.

La Marta nos obsequia, siempre a esta hora, con una de las tapas que acaba de cocinar. Hoy toca tortilla de patatas, con el café no va muy bien pero hago un esfuerzo y me lo como todo, incluido el pan. Esta cocinera es un primor, se me quedan los ojos colgados de su escote cuando me acerca el plato con los trozos de tortilla sobre rebanaditas de pan, no me queda más remedio que soñar con otras profundidades.

Es tan fácil enamorarse, aquí, en La Oficina… Pido una copa de coñac y el primer sorbo me quema hasta el aliento, noto como baja por mi garganta arrasando con calor todo a su paso para luego perderse entre el sabor a tortilla y a café que me viene de dentro. Las voces se vuelven lejanas, miro dentro de mi copa y ese color de caramelo líquido me atrae como un imán. Sí, es muy fácil enamorarse aquí, en La Oficina.

-¡Marta! ¡Otro coñac!

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8 respuestas a La Oficina (Amaya Puente de Muzñozguren)

  1. Mar dijo:

    Qué bien describes la escena, Amaya, me parece estar en “La oficina”. Muy buen relato.

  2. Ángela dijo:

    “Podría ser mi hija, deben tener más o menos la misma edad pero con la diferencia de que mi Ana es fea y gorda como su madre, cosa de genes, dice el médico, y tiene bigote, como yo.”

    jajaja creo que me voy a estar riendo un mes. Amaya, muy bien contado, muy clarito, y muy bien escrito. Cojonudo.

  3. Ana Calabuig dijo:

    Me ha gustado mucho la descripción que haces de los clientes, incluso lo que dejas entrever de tu protagonista sin nombrarlo en ningún momento. Y el nombre que las has dado al bar, creo que es hasta oportuno. Saludos.

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Ángela y Ana, por leer y comentar, para mi es un gran placer que me dediquéis vuestro tiempo. Un saludo. Amaya

  5. Manger dijo:

    Muy buen relato, Amaya. Buena descriptiva. Suerte.

  6. Nazareth Montero dijo:

    Muy buenas descripciones, tono y estilo muy acertado. Enhorabuena.

  7. Nelaache dijo:

    Felicidades Amaia. Muy buena narración, estupendas descripciones y mucha agilidad a la hora de contar la escena. Me ha gustado mucho.

  8. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias,Nelaache, Nazareth y Manger por leerme y dejar vuestro comentario, es un placer poder escribir para vosotros y haceros pasar un rato agradable de vez en cuando. Un saludo. Amaya

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