Luciérnaga curiosa (Pablo Baico)

            Apagó el cigarrillo. Lo acarició con los ojos, con esos ojos azules tan inmensos como gastados. Sonrió despacio su sonrisa de dientes amarillos.

            — Juan… Juan… ¿cuándo vas a aprender?

            Pidió otra ginebra. Juan la miró.

            — Pago yo —le dijo ella—. No sé… Esta noche parece la última noche de algo… No sé…

            Y su piel de pergamino se fundía con el gris del lugar.

            — ¿Qué te dijo Roberto?, ¿te deja seguir cantando?

            Juan hizo un gesto simple por toda respuesta, alzó dos bolsas de nylon opacas y gastadas con sus cosas viejas.

            — Pedazo de hijueputa… —y su voz se volvía aguardentosa—, a él no le cuesta nada dejar a un pobre cristo en la calle, total, siempre tendrá este agujero

lleno de imbéciles.

            Juan vació su ginebra con un gesto de dolor en su cara. En el vacío de su pensamiento sonaba un tango que nadie había compuesto ni cantado:

           

            “Ay si vos supieras, morocha,

            que sólo canto y cantaré por siempre

            nada más que para tus ojos azules…

            Ay, si no estuvieras siempre

            tan lejos de mi alma, tan lejos…

            Ay, morocha, qué poca vida nos queda

            y, encima, en soledad…”

           

            — ¿Y adónde vas a ir ahora?

            Juan se encogió de hombros, casi sin mirarla.

            Ella suspiró.

            Detrás de ellos sonaba un fuelle gastado y lejano. Breves ruidos de sillas y

murmullos de gente.

            Ella le tomó la mano, apretó fuerte.

            Él la miró. Era ella, era la morocha, la de siempre, la amiga eterna, el amor de su vida jamás revelado.

            La vida naufraga, se va… Son dos árboles resecos y grises que crujen despacio sin que nadie los note.

            Sólo sé hacer una cosa en mi vida, se dijo Juan. Y empezó a cantar.

           

            “Acaricia mi ensueño, el suave murmullo, de tu suspirar…”

           

            Ella abrió sus ojos azules como si lo escuchara cantar por primera vez.

           

            “Cómo ríe la vida, si tus ojos, Negra, me quieren mirar…”

           

            Ella sonrió por el cambio en la letra.

           

            “Y si es mío el amparo, de tu risa leve, que es como un cantar…”

           

            Ella empezó a entender. Y un rato más tarde, las estrellas celosas los vieron pasar.

            Ella no le volvió a soltar la mano en toda la noche.

            Y él supo que, lo mucho o poco que quedara de vida, sería apenas como un

principio.

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7 respuestas a Luciérnaga curiosa (Pablo Baico)

  1. Ángela dijo:

    Pues ya con los tangos me has conquistado del todo. Muy chulo, tienes una manera muy peculiar de escribir, que por lo que veo es ya tu sello.

  2. Pablo Baico dijo:

    Gracias, Ángela.
    Saludos!

  3. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, un saludo. Amaya

  4. Pablo Baico dijo:

    Gracias a vos por leer, Amaya.
    Saludos!

  5. manoli vf dijo:

    Pues dices mucho con poco, Pablo, y encima cantando, asi que…dos veces bueno. Me gusta. 🙂

  6. Dices mucho con poco, Pablo, y encima cantando, así que…dos veces bueno. Me ha gustado.

  7. Pablo Baico dijo:

    Gracias, Manoli, abrazo grande!

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